10.03.2017

Platos rotos

Hoy he pasado la tarde leyendo conversaciones de cuando era pequeña. Más pequeña que ahora, quiero decir. De cuando tenía diez años menos. De aquel año de mi vida que casi no recuerdo porque no es más que bruma y agua salada. De antes de aquel año también, pero sin duda ese es el peor.

No me reconozco en esas letras. 
No sé quién es esa persona. 
No sé cómo pude escribir todas esas cosas.
Y aún no descifro del todo cómo ser quién soy después de eso.
No sé cómo encajar esa yo en mí.

A medida que leo vienen imágenes a mí. Imágenes inconexas que intentan relacionarse de alguna manera con eso que estoy leyendo. Recuerdos. A veces, también, llegan a mí flashes de audio. Hay uno que se repite incesantemente: un plato que se rompe, estrepitoso, como lanzado de un lado a otro de una habitación.

No recuerdo haber lanzado ningún plato en ninguna de mis crisis. Una vez rompí una ventana y otra un celular, pero lo del plato me coge fuera de base. 

Después de un rato, lentamente, llego a la conclusión de que ese es el sonido que le da mi cabeza a las grietas que fui abriendo en las personas que más amé. A las personas que todavía amo con ese amor cauteloso que deja el dolor. Es el sonido, también, de las grietas que se fueron abriendo en mí.

La depresión es eso, una hilera de platos que se rompen. Uno tras otro. 

En Colombia, no sé en el resto del mundo, uno dice "pagar los platos rotos" cuando tiene que asumir las consecuencias de algo injusto. Estar cerca de una persona con una enfermedad mental es, muchas veces, tener que pagar los platos rotos. Nada en la depresión es justo. La responsabilidad esta ahí, claro, y muchas veces las personas con depresión o las personas a su alrededor toman decisiones que tienen consecuencias, pero nada es justo. Alguna vez le decía a alguien que la depresión no te quita lo hijueputa, que tener una enfermedad mental no es una carta comodín para andar por la vida agrediendo a las personas sin que luego pase nada, pero la línea entre una persona en crisis y un hijueputa es a veces muy delgada. Yo la crucé varias veces. Leyendo esas conversaciones me doy cuenta de como saltaba de allá para acá, pero eso es ahora. Ahora, más grande, años después. En ese momento era un sólo continuo, una hilera de platos que se rompen.

Al final, justo o no, sólo queda pagar los platos. Eso sí, uno no vuelve a tener la vajilla, por más que los japoneses hagan kintsukuroi y reparen la porcelana con oro, la vajilla no vuelve a estar completa. Y uno tiene que vivir con eso. Y, no voy a mentirles, duele. 

Lo bueno es que ahora, años después, he aprendido. Ya no rompo tantos platos. Podría decirse, incluso, que a veces sólo los desportillo. He aprendido a cuidarme a mí y a los míos, a ver el límite con más claridad en esos momentos. A reconocer cuando está hablando la enfermedad y cuándo estoy hablando yo. A pedir ayuda a tiempo. Al final es verdad, si uno tiene la voluntad (y la suerte, porque también creo que es suerte tener la oportunidad de tener a mano las herramientas apropiadas), uno aprende a vivir con ello.



Perdóname por tantos platos rotos,
tu amiga que te ama,
Lú.

6.06.2017

Gracias, Facha.


La primera vez que vine a escribir a este blog, hace diez años, mi abuelo había muerto el jueves anterior. Hoy, que vuelvo a escribir aquí después de dos años de no hacerlo, Fabián ha muerto el jueves.  Será que los eventos dolorosos, que desafían la lógica, son los que terminan trayéndonos de nuevo a la arena de, como dice el cabezote de este blog, pensarnos y diseccionarnos.

No hablaba con Fabián hacía al menos tres años, la última vez que me aventuré a una construcción de Techo. Lo conocí, claro está, en otra construcción de Techo, cuando Techo era Un Techo Para Mi País, hace siete años, en una escuelita en el Edén en el diciembre más frío que me ha tocado (quizá porque por primípara se me olvidó llevar cobijas a la construcción). Lo recuerdo con su sonrisa grande y su cara de cansado, en la terraza de la oficina, con su uniforme de médico, en esas interminables tardes que duré montando las construcciones de agosto de 2011. 

Pero no quiero hablar de lo que Fabián le dejó al mundo, porque de eso se ha hablado mucho. De su voluntad de servir, de su carrera de médico, de su vida de voluntario se ha hablado mucho. De cada una de las familias que ayudó ya fuera construyendo una vivienda de emergencia, ya fuera en una brigada de salud, ya fuera desde la dirección de Habilitación Social. De todo lo que nos regaló estando vivo hemos hablado mucho, y vamos a seguir hablando porque nos negamos a olvidar, pero yo quiero hablar de lo que me regaló cuando ya se había ido.

El sábado pasado la noticia me golpeó como un balde de agua fría. Toda la angustia acumulada a lo largo de la semana se desvaneció y dejó sólo un hueco profundo en la mitad de mí. No pude hablar. No sabía qué decir. Las muertes violentas sólo dejan el frío en la piel y el nudo en la garganta. En ese estado de asombro y vacío, reuní no sé cómo las fuerzas para ir al homenaje que le rendimos en la 85. Allí me encontré una decena de personas, algunas conocidas y otras no, todas despidiéndose del gran amigo, compañero, voluntario y médico que fue Fabián.

Y, de pronto, en uno de esos abrazos que me dieron personas que no veo hace años, lo sentí. La última gran cosa que me regalaba Facha, la última de sus grandes sonrisas y perlas de sabiduría. Allí sentí un cariño que no sentía hace mucho. El hueco frío dentro de mí se llenó de abrazos fuertes, de sonrisas cansadas, de mucho amor. Fabi, como pocos, era de esas personas que son capaces de hacerte sentir la persona más especial del universo con un saludo. Era de esas personas que siente uno que conoce de toda la vida y a la que les puede contar cualquier cosa. Fachita era una de esas personas a las que uno con atrevimiento empezaba a llamarla amigo a las pocas horas de conocerle porque creo, firmemente, que él lo consideraba a uno amigo suyo sólo por el simple hecho de haberse uno cruzado en su camino. Y quizá por eso era tanto su ánimo de servir, porque al final si todos eran sus amigos no se le habría ocurrido nunca no hacer algo para ayudarlos, ayudarnos, en cada oportunidad que tenía.

Gracias, Fachita, por permitirme el sábado tener un montón de amigos. Gracias por cada uno de esos abrazos que recibí que sin haberte conocido probablemente no hubiera sucedido. Gracias por compartir conmigo todo ese amor y ese cariño que a lo largo de los años reuniste a tu alrededor. Gracias por dejarme sentirlo. Lo voy a guardar, lo voy a guardar y lo voy a compartir con las personas que me encuentre en mi camino. 

No sé que opines, pero creo que si como tú, todos fuéramos amigos de todos aquellos con los que tenemos la oportunidad de cruzarnos, estas cosas no pasarían.

No puedo prometerte mucho, la verdad, pero haré el esfuerzo para que cada persona que se cruce en mi vida sienta que tiene en mí una amiga y que, como tú, haré siempre todo lo que esté en mi poder para ayudarle.

Gracias por tanto.

Vete tranquilo, que aquí, entre amigos, nos quedamos.

Un abrazo al inifinto, Fabián.


Eloísa.