4.01.2015

Cotidianas.

Ya poco comparto en este espacio pero hoy tengo ganas de escribir. Escribir por escribir. Por dejar un rastro permanente de lo que resulta tan fugaz, o quizá no. Por primera vez en mi vida siento que no estoy en una carrera contra el tiempo, que los segundos no se me escapan de las manos, que esto va a durar. Tengo la vida llena de cotidianidad y, quizá, un poco falta de palabras.

Benedetti tiene un libro titulado así, Cotidianas. Nunca lo leí completo. Nunca me gustó la poesía encuadernada, poema tras poema. Y Benedetti nunca me gustó del todo. Pero hoy no vengo a hablar de esa poesía confinada a la tinta sino de esa otra, esa que apenas se intuye por encima al leer ciertos libros pero que no siente del todo hasta que se vive: La poesía de los momentos.

Estoy llena de versos cotidianos en este momento de mi vida. De el olor del mismo café endulzado con leche de almendras por las mañanas. De las mismas almohadas esperándome siempre a una hora similar, aunque los ritmos circadianos aún los tenga todos chuecos. De las mismas calles, el mismo frío, la misma cola para la misma ruta de transmilenio. Pero no es tedio lo que me invade al repetir esas escenas, sino maravilla, absoluta maravilla. Más aún cuando día a día me regala ella también sus pequeños versos cotidianos: La manera en la que se recoge el pelo antes de irse a bañar, cómo arruga la nariz todas las mañanas al ponerse las gafas que -inevitablemente- están sucias, ese pequeñísimo ataque de estornudos que le da al despertar o la manera en que se quita la ropa cuando es hora de ir a dormir. Todas esas pequeñas escenas a las que sólo el gato y yo tenemos acceso, una y otra vez, cada día. 

No sé contabilizar el tiempo con exactitud. Nunca he sabido. Solía contarlo en subidas y bajadas, como las vueltas del riel en una montaña rusa. En afanes, ilusiones y dolores. No contaba años sino pesares: Una, dos, tres grietas en el corazón. Ahora está todo en calma. No sé cuánto tiempo lleva en calma y, así mismo, no sé cuándo llegó ella. Sé que llegó cuando me estaba remendando la segunda o tercera grieta, como hace un año más o menos, pero ahora que están casi completamente curadas no sé cuánto tiempo ha transcurrido. Tampoco me importa. Por mí que se repita hasta el infinito.

El amor, a final de cuentas, por fin me reveló su secreto: No era una cuestión de tiranosaurios en la panza sino de hormigas en las palmas de las manos. Ésas que causan cosquillas y no duelen. Claro, eso sí, que la cotidianidad cuesta. Es un trabajo constante. El equilibrio del funambulista no yace en la quietud sino en el movimiento, en dar un paso tras otro con los brazos bien extendidos: En ir cultivando mi carrera, mi futuro, mi salud... y un nosotras.

Para así todos los días poder llegar a la cama a compartir todos los versos con ella. 
Y sentirme en casa.

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