11.06.2014

Los amores que matan sí mueren.

Siempre creí que el amor dolía. Me lo debieron enseñar en algún libro de esos que leía con avidez cuando pequeña o en alguna película romanticona. Creí que el amor dolía y así lo busqué: Amores de esos que marcan como hierro al rojo vivo. ¡Y vaya que los encontré! Amores imposibles repletos de distancia, de malentendidos, de cicatrices, de desencuentros. Me convencí que el amor era una de esas cosas que pasa, pisa y pesa. Una montaña rusa. Pero al contrario de mis películas y mis libros los amores nunca llegaban al final del recorrido en que uno se quita el cinturón de seguridad, se baja y agarrado de la mano camina hacia un vivieron felices para siempre, no, mis amores se quedaban sin pista y caían al vacío hasta estrellarse contra el piso. Y, amor tras amor, comprendía que estaba muy cerca de entender que sí se podía morir de amor, que uno podía evaporarse de tanto sentir.

Y casi lo hago. Casi me muero de amor. Quizá incluso sí me morí un poquito, no lo sé con certeza, pero sé que me empeñé con terquedad en cumplir aquella promesa que se hacen los enamorados de "moriría por ti". De pronto es todo culpa de Woody Allen que a mis contados trece años me dijo que sólo los amores imposibles podían ser románticos, y seguro ya te habrás dado cuento de que soy una romántica incurable así que no te sorprenderá saber que todos me los conseguí así. Llegué a un límite de insanidad que habría sido digno de una novela de Andrés Caicedo (con lo poquito que me gustan), de una canción de Marea o, al menos, de un manual de relaciones tóxicas. Mis amores dolían desde el mismísimo instante en que, con la voz queda, me decía a mí misma "me enamoré" como si fuera una condena más que una bendición, dolían cuando ya meses después, queriendo huir y dejar el dolor atrás, le daba razón a Sabina en aquello de que los amores que matan nunca mueren.

Pero me equivoqué. Lo supe una noche en que arrunchada en tu pecho comencé a llorar y preguntaste qué pasaba. Pasa que no dueles, te contesté y te abracé con más fuerza. Lloraba porque se sentía lindo, porque estaba venciendo el miedo a no confiar en aquellos amores que no duelen porque no los creía posibles. Estaba sorprendida, no era la primera vez en mi vida que lloraba por amor pero sí la primera en que lloraba por amor de alegría, de pura maravilla al saber que era real, que ese amor que en lo profundo soñaba sí podía ser posible y tan romántico como ninguno.

Debo confesarte que le tenía miedo a que un amor sin dolor fuera un amor soso, cómodo, aburrido y es que quizá los hay así, pero fui comprobando con el tiempo y de tu mano que el nuestro podía ser de otra manera. Que podemos construir lo que queramos y que no hay prisa porque tenemos todo el tiempo que seamos capaces de imaginar, que esto no es una montaña rusa sino un caminito al galope. Y es que contigo siento que puedo equilibrar la cotidianidad con las sorpresas, la pasión con la ternura, la libertad con el apego. Que a pesar de mi alma de nómada siempre quiero regresar a casa contigo, pedirle permiso al gato en la cama y abrazarte hasta quedarme dormida. Amándote me siento como la sirenita en la laguna azul pero con alguien que sí me besa (como sé que no tienes ni idea de qué hablo, amor, hablo de esto. ) pero a la vez con una madurez infinita, con una certeza que nace de lo más profundo de mí. Te amo intensamente pero también llena de tranquilidad y aún hoy, muchos meses después de conocerte, todavía siento hormigas en las palmas de mis manos cuando estás cerca.

No me arrepiento de esos amores de Sabina, pero descubrí que los amores que matan sí mueren y ahora te tengo una propuesta, ¿qué te parece si tenemos un amor de merengue ochentero (como este) o de cancioncitas hipsters que me hacen sonreír mostrando todos los dientes (como esta)?

Te amo veinticinto horas al día, vida mía, ocho días a la semana si te da la gana,

Yo.