7.09.2014

No sé si soy mejor o estoy mejor (o ideas varias acerca de la etiología de una enfermedad mental)

Recuerdo que la primera vez que me enfrenté un diagnóstico estaba tan cansada de la vida y creía tan a pie juntillas que lo merecía, que no me pregunté por qué. Era una adolescente deprimida y la depresión era sólo la cereza del pastel en un año de dificultades y pérdida, prácticamente una broma del destino.

Cuatro años después, en el mismo consultorio, sentada frente a la misma mesa y con un doctor diferente me enfrenté a mi diagnóstico de Trastorno Bipolar Tipo II, y ahí sí me hice la pregunta. ¿Por qué? Es como cuando uno tiene los primeros síntomas de gripa y automáticamente empieza a pensar en todas las personas con gripa con las cuáles tuvo contacto en los últimos días para encontrar ese momento exacto en que el virus llegó a uno. Pero ya tenía cuatro semestres de psicología encima y sabía lo que cualquier profesional en salud mental sabe: que las enfermedades mentales aún no tienen una etiología clara y quién sabe si la tendrán. Aun así, durante varias semanas, continué preguntándome qué había hecho que esa enfermedad se manifestara en mí. Qué paso había dado en falso. Pero no hallé una respuesta concreta porque no la había, no había un momento cero, era un juego de dados, una conjunción de genética y ambiente, tenía la predisposición en mí (producto de una larga historia de enfermedades mentales en mi familia), una personalidad que acunaba perfectamente al trastorno (mi tendencia al dramatismo, la inestabilidad emocional y el aislamiento) y una serie de situaciones y prácticas que no habían ayudado en absoluto. Incluso alguna vez me senté a pensar que mi signo zodiacal, sagitario, tan apasionado, extremista y radical tampoco ayudaba. 

Pero lo difícil no era no saber de dónde provenía la enfermedad, sino no tener algo a lo que culpar. No poder saber nunca cuándo fue que ese alguien te estornudó encima y te pegó la gripa. Porque lo curioso de las enfermedades mentales es eso, que no provienen de un agente externo, no es una bacteria o una sustancia tóxica, no es una mutación de tus células, no se ve con claridad en un escáner y no es extirpable. Y por eso mismo es tan difícil disociarlas de quién es uno en realidad y es tan fácil reducirte a ellas. Uno comienza a creer, con una velocidad impresionante, que no es más que un conjunto de síntomas desadaptativos y que ya no se tiene mayor soberanía sobre sí mismo, si es que se la ha tenido alguna vez. ¿Cómo? Si la soberanía, la voluntad, proviene de la mente y es justamente eso lo que tenemos enfermo.

Cuando uno no es el paciente sino el profesional a cargo y comienza a retroceder en las historias de vida para encontrar el momento del inicio de la enfermedad, casi nunca encuentra un punto cero. Si bien es cierto que las enfermedades mentales suelen manifestarse por completo a ciertas edades (la bipolaridad tiene su etapa cumbre entre finales de la adolescencia y principios de la adultez mientras que la esquizofrenia aparece más tarde, alrededor de los 25 años), cuando uno hace el recuento siempre se puede encontrar a la enfermedad asomando la nariz de manera intermitente a lo largo de toda la historia de vida, escondiéndose en conductas que son normales. Y es que cuando se habla de salud mental la línea entre normal y anormal es muy delgada: Todos hemos tenido un desamor que nos ha tenido de llantina en llantina durante un par de semanas, todos hemos sentido en algún momento las ganas de dejar de vivir, todos hemos tenido un ataque de rabia tal que nos provoca coger a golpes una pared y también nos hemos sentido tan felices que hemos querido bailar en medio de la oficina. La tristeza, la rabia, la alegría y demás sentimientos son normales. Nadie va al psicólogo (aunque deberían) después de una pérdida común como nadie corre a urgencias al primer estornudo. Uno llega al consultorio cuando ya varias áreas de su vida han sido afectadas, como yo, que llegué con una relación amorosa en crisis, una familia al borde del colapso y la universidad en ciernes de una catástrofe. Como el paciente que llega cuando la gripe ya es una bronquitis. 

Y entonces se enfrenta uno al diagnóstico. Y a la realidad terrible (muy terrible en ese preciso momento) de que no es algo que te puedan quitar de adentro, que va a vivir contigo siempre, que tienes que aprender a manejar y que, como la muy maldita enfermedad es multifactorial, el tratamiento así debe serlo. Y la borrosa línea de la normalidad ahora ni siquiera es una línea, es más bien una serie de rayitas y te cuesta encontrar cuándo estás siendo tú y cuándo la enfermedad ha tomado las riendas de tu vida (que, acaso, ¿no soy yo misma la enfermedad? ¿no somos una?). Y si es difícil de establecer la diferencia en retrospectiva, a futuro lo es aún más: ya no estamos seguros de cómo nos comportamos estando en remisión y tenemos tanto miedo de volver a caer que en todo vemos un posible síntoma.

Recuerdo que cuando salí del hospital me sentí liberada. Mi depresión había cedido a la medicación, las rutinas y la psicología y me sentía bien (además salir del hospital hace que cualquiera se sienta mejor). Comencé a pasar mucho tiempo con mi familia y con mi novia de la época y empecé a sentirme realmente feliz, estaba en vacaciones, salía de noche, fumaba más (en la clínica no era permitido) y me sentía todo lo maravillosa que me podía sentir en la situación en la que estaba. Hasta que una noche me descubrí en un ataque de llanto muerta del miedo. Temía que esa alegría re-descubierta fuera la siguiente cara del péndulo que es la bipolaridad: la hipomanía. 

Afortunadamente no lo era. Y han pasado años desde entonces, años en los que he ido aprendido despacito que yo no soy la enfermedad. Que puedo sentirme triste o feliz sin estar entrando en un episodio, en que le perdí el miedo a la alegría porque quizá lo más tenebroso de haber leído ese TAB II en mi historia clínica fue ya no estar segura de si mis alegrías eran reales o eran síntomas (nadie, nunca, debería tenerle miedo a ser feliz, pero de eso hablaré alguna otra vez). Aprendí a no sentirme enferma cada vez que me emocionaba o que lloraba y lo aprendí en parte de mi mamá, que tiene una cepa de estafilococos resistentes a cualquier antibiótico dentro de su nariz y no por eso corre al hospital cada vez que estornuda. Convive con ellos, probablemente los va a tener toda su vida y les puedo jurar que mi mamá no es un estafilococo. En mí, no fue tan fácil establecer la diferencia. No hay un montón de bacterias viviendo en mi nariz a las que pueda criar en una caja de Petri. Hay una enfermedad que no sé dónde se aloja ni qué forma tiene, aunque me gusta imaginármela como un pequeño fantasmita negro sin cara en mi hombro derecho. 

 Hoy puedo decir que llevo más de tres meses en eutimia (ese es el nombre que recibe la ausencia de episodios en el trastorno bipolar) y escribo este texto para celebrarlo. Aún no sé si estoy mejor o soy mejor. Si la enfermedad está en un periodo asintomático o si soy yo la que he crecido y soy una mejor versión de mí, una versión que se ha tomado el tiempo de encontrarse, quererse y explorarse. No sé si es que últimamente la vida se ha portado bien conmigo sin presentarme situaciones estresantes y dolorosas, o si es el haberme tomado el tiempo de llenarme de estrategias y herramientas para sobrellevar mejor las cosas y no dejar que los síntomas se conviertan en un episodio, detectando (en su mayoría, que todavía algunos se me escapan) los factores de riesgo y evitándolos a tiempo. Quizá lo más probable, como en toda enfermedad mental, es que la mejoría tenga una etiología multifactorial. 

Estoy mejor y soy mejor, la enfermedad ya no soy yo

Y eso, en esta pelea tan larga, tan llena de dudas y de terreno pantanoso, es una victoria. Y cada pequeña victoria se siente como ganar la guerra. Releer esta entrada notando todo lo que he aprendido, mirar a mí alrededor y darme cuenta de todo lo que he construido y reconstruido, se siente como ganarle al ejército imperial. Por primera vez desde hace más de tres años me detengo a decir: ¡Viva yo!

3 comentarios:

Laura Angelica Gracia dijo...

Me gusta siempre ser la primera en leer tus 'delirios'. Tal vez ya ese puesto fue tomado, pero, en mi defensa, sigo siendo el primer comentario. Como amo leerte, siempre me gustó hacerlo. Solía creer que era porque como dicen "nadie que tenga una vida completamente sana puede ser un gran escritor"... Aún lo creo, creo que tu mente te hizo una gran escritora, tu 'enfermedad' te regaló la necesidad de buscar esas palabras, de contar esas historias, de gritar, casi vomitar toda la confusión. No somos la enfermedad, pero sí nos hizo lo que somos. Y siempre tendré que agradecer haber estado loca, haber conocido una loca escritora que me enseñó a escribir lo que pienso, y aún más, me enseñó a entender lo que siento. Sanamos con y por las palabras, crecimos y cambiamos un poco, o mucho... pero las cicatrices siempre estarán, y las llevo con felicidad, porque me recuerdan que tal vez sí soy mejor... pero que eso no implica que fui peor, sólo fuimos lo que pudimos ser.
Te quiero Elo

Anónimo dijo...

Te amo por cosas como estas.
Jazz

Anónimo dijo...

Regresa pronto, no sobra espacio...
faltas tú.
Jenny (de Argentina).