5.26.2014

Del abstencionismo de mierda y la desesperanza aprendida, un grito electoral.

No sé cómo escribir esta entrada. Lo he intentado tres veces, y he intentado aún más no escribirla. Pero no puedo. No puedo quedarme callada. 

Hace cuatro años estaba levantada a las 8 de la mañana, bañada, perfumada y con mi camiseta verde.  Incluso aunque seis meses me separaban para cumplir mis dieciocho años y tener la claridad mental para poder votar, según la Constitución de Colombia. Hace un par de meses también estaba parada, bañada y con mi camiseta verde. Caminé orgullosa hasta mi puesto de votación aunque es un camino largo y en subida. Voté orgullosa por mi elección y llena de razones y me dediqué a atizar a punta de mensajes en whatsapp a todos los que aún no habían salido de su casa a votar.

Hoy me desperté tarde, abracé a mi perrita con un suspiro y dormí una hora más. Me levanté y me puse a ver un reality de E!. Tenía la desesperanza firmemente agarrada a mi ombligo y no quería enfrentarme a ese tarjetón que me llenaba de malos augurios. Finalmente, a las ya casi tres y  media de la tarde, me ganó el deber. Me paré, me cambié la parte de arriba de la pijama para no verme tan ridícula y me puse unos tennis. Caminé hasta mi puesto de votación como si fuera un hombre que va a un examen de próstata. Llegué faltando 10 minutos para el cierre de las mesas de votación y encontré el lugar vacío. Voté por la candidata más afín a mis ideas, pero sin convicción, sin ganas y totalmente ausente de orgullo y retorné a mi casa arrastrando los pies.

Menos de una hora y media después, me aferraba a mi comprobante electoral como quien se aferra a un salvavidas. La pantalla de mi televisor mostraba que todos mis augurios oscuros se estaban cumpliendo, pero los había sufrido tanto los meses anteriores, entre escándalos de hackers y guerras sucias, que ya no dolían tanto.  Me aferré a mi certificado electoral porque era mi salvavidas moral, porque lo que dolía no era tanto que este país siguiera sin memoria, godo y en pro de la guerra, como me dolía que fuera un país de abstencionistas. Ese era el resultado doloroso: el de la abstención.

Seis de cada diez colombianos que podían votar se quedaron en sus casas, como yo había estado a punto de hacer. Y los entendía, yo también estaba sufriendo de lo mismo aunque mi obediencia me llevó a llevarme la contraria. Y eso de lo que estamos sufriendo todos, en especial los jóvenes (cuyo nivel de abstención supera el 70%) tiene un nombre desde la psicología: se llama desesperanza -o indefensión- aprendida.

El cuento es así: Un día a alguien (no me acuerdo quién, soy más de ideas que de personas) se le ocurrió coger a dos ratas y meterlas cada una en una caja. La caja estaba dividida por una barrita plástica y una de ellas (la caja de la rata experimental, de ahora en adelante E) tenía una tapa que evitaba que E pudiera saltar al otro lado. La caja de la rata control (de ahora en adelante C) no tenía esta tapa. Ambas cajas tenían un mecanismo que electrificaba la mitad del suelo de la caja, suministrándole molestas descargas eléctricas a las pobres de E y C. A la primera descarga, ambas ratas saltaron, C logrando escapar satisfactoriamente del choque eléctrico y E dándose contra la tapa y teniendo que sufrir el choque completo. Pasaron varios choques, aunque no tantos, y al final E ya no saltaba. Se quedaba allí, quieta, esperando el choque eléctrico. Posteriormente, se quitó la tapa de la caja de E. Y se repitió el experimento. E no saltó, se quedó allí, siendo electrocutada. Pasaron uno, dos, cinco intentos más y E tampoco saltó. Nunca más volvió a intentar escapar y se podría decir que se resignó a su pobre vida de rata de laboratorio electrocutada. E había aprendido que hiciera lo que hiciera la iban a electrocutar y por eso al final dejó de intentar hacer algo.

Temo mucho que el electorado colombiano sea E. Esto pasa también en humanos, es una de las teorías más usadas para explicar la depresión, y resulta que en nuestro caso la tapa de la caja ni siquiera tiene que ser real. Selligman dice (clic aquí en caso de querer ñoñear un rato) que en el caso humano las circunstancias que nos llevan a creer que no podemos hacer nada son a veces más una percepción subjetiva que una realidad. Aprendemos, ya sea por lo que vivimos o porque alguien nos lo dice, que la tapa de la caja está ahí y nunca intentamos saltar, a pesar de los choques eléctricos, a pesar de que nos espera un panorama mucho mejor del otro lado, a pesar de que no hay tapa.

¡Claro que nunca nadie a electrocutado así a un humano! Pero siento que esto es lo que pasa en la dinámica electoral. Porque de ese 60% que no vota, la mayoría no vota porque no le importe el país en el que está viviendo (¡¿cómo no te va a importar si a tu abuela la dejan esperando en urgencias 4 horas por la EPS?!, por ejemplo) sino porque ha aprendido que no puede hacer nada votando. Hemos crecido escuchando que votar en realidad es botar, que todos los políticos son iguales, que todo está comprado. Que hagamos lo que hagamos nuestro voto es voto perdido. Y claro, así, ¿quién sale a votar? Y yo estuve a punto de hacer caso a todo eso, de ser una abstencionista más, de caer en la desesperanza aprendida (que además resultó real, porque con esa segunda vuelta me voy a echar a llorar), pero descubrí que no es cierto.

Sí, ¡resulta que no es cierto! ¿qué pasa si no hay tapa? El voto es un mecanismo legítimo para la expresión de la voluntad del pueblo con un correlato jurídico e inmediato, sólo que nunca lo hemos usado. Nunca hemos saltado. En mis diez años de consciencia y memoria electoral la abstención siempre ha superado el 50%. Colombia como país nunca ha votado, nos han gobernado siempre los votos comprados, los arreglados y los pocos que quedan de lealtad partidista. Los que ejercemos voto de opinión somos pocos y vivimos dando patadas de ahogado, nunca hemos ganado. Pero Colombia nunca ha votado, en estos diez años nunca ha habido quórum. O somos un país con una desesperanza aprendida muy arraigada, o somos un país al que le gustan los tiranos, porque "aquel que renuncia a su derecho a elegir, está legitimando la tiranía". 

Mi análisis de estas elecciones es que el panorama cruento y terrorífico que tenemos para segunda vuelta es culpa de los abstencionistas. Y el panorama de hace cuatro años. Y el de hace ocho. Y así. Es culpa de esos 6 de cada 10 que no salieron a votar. Ese 60% que está enviando el mensaje equivocado (quiero creer que es el equivocado y mis conocidos que no votaron me dicen que estoy en lo correcto), le están diciendo al gobierno y a la clase política que hagan lo que hagan no se van a mover. Que pueden gobernar cómo se les antoje. Que menos de la mitad del país los mira y los juzga. ¡Y vaya mensaje tan peligroso! 

En vista de esto, he decidido emprender una campaña a favor del voto para esta segunda vuelta electoral y para todas las elecciones que siguen. La democracia es un sistema que se supone da voz a todos y nosotros cada vez que tenemos el micrófono en frente nos negamos a gritar. Pues yo quiero que, al menos, todos mis amigos griten, de lo contrario he decidido retirarles la palabra. Así tal cual. No sé como se "des-programa" a una rata, pero sí sé cómo hacerlo con un humano y dado que no tengo la capacidad de darles premio a cada uno (refuerzo positivo) he decido retirarles mi palabra por el tiempo que haya entre estas y algunas otras elecciones, que debo confesar que no sé cuánto es, implementando así un castigo negativo. Chachára de psicóloga, al fin y al cabo, pero creo que si cada uno de los que sí votamos hiciéramos esto con nuestros conocidos, el abstencionismo bajaría sustancialmente. Quizá si no les asusta la posibilidad de tener un país como el que estamos encaminados a tener con estas elecciones, les asustará la posibilidad de perder a un amigo.

Y mejor aún, quizá así saltemos. Y de pronto al saltar descubramos que no hay tapa (ya para estas elecciones no fue, porque nos quedamos sin opciones, ni siquiera el voto en blanco tiene algún valor pragmático, pero habrán otras y las conductas hay que volverlas hábitos). Quizá descubramos que sí, pero el chichón al menos hará que nos replanteemos algunas cosas como país. Pero, insisto, ¿qué tal que no haya tapa? Es que, sinceramente, nunca lo intentamos... ¿no estamos cansados de vivir electrocutados?

Ahora bien, no hablo del voto a alguien o en contra de alguien. En realidad no me importa. No me importa si vota por Santos para que no gane Urib¡qué digo! Zuluaga. No me importa si vota en blanco aunque no tenga mayor peso jurídico (en segunda vuelta el voto en blanco es más un acto poético que un acto político). No me importa si escribe de lado a lado en el tarjetón "hijueputas todos" o si mejor lo anula con una flor. No me importa que deje el tarjetón en blanco. Me importa que su cédula quede resaltada en amarillo en la lista y que los pobres jurados no se demoren una hora y media contando diez votos sino que tengan que contar cientos y cientos. ¿Por qué? Porque entonces la lectura que tendrán los políticos es que hay cada vez más personas respirándoles en la nuca, que no somos el 15% (porque es que del 40% que votó, hay que tener en cuenta los votos vendidos, los amenazados y los inventados) los que estamos atentos a qué pasa en este país, sino que somos más. Que somos en efecto una democracia con un pueblo activo, porque este pueblo pasivo no está dando resultados. 

Y es que en este cielo tan oscuro que se cierne sobre nuestras cabezas los próximos cuatro años, gane quien gane, lo que va a importar es eso: la participación ciudadana. La veeduría a un congreso que podría poner trabas (recordemos que entre Verdes, Mira, Polo, UP, CR, hay un peso importante en este congreso, un peso que no está en la silla presidencial) al gobierno de turno si lo presionamos lo suficiente. Lo importante es gestionar proyectos de ley desde la ciudadanía, referendos y consultas. Recuerde que, por ejemplo, al final del proceso de paz habrá un referendo. Pero si no votamos en la elección más importante de estos cuatro años, ¡qué vamos a votar en las pequeñas elecciones!

La democracia se ejerce día a día. Es cierto. Me lo han repetido mis amigos que no votaron un millón de veces (amigos que si no cambian de perspectiva, se quedarán con mi silencio): La democracia se hace en las calles, en las marchas, en los plantones. Y sí, estoy de acuerdo. ¿Pero por qué no mezclamos mecanismos? Una cosa no es excluyente de la otra. Asistir a las urnas a votar así sea para pintarle bigotes a todos los candidatos (a todos, porque recuerde que si se los pinta a uno solo el voto se cuenta) es marcar un grito que luego se hará visible al marchar en la plaza. Si usted no se siente cómodo ni con Santos ni con Zuluaga vote en blanco o anule y luego plántese en la Plaza de Bolívar  (como este evento al que me invitaron: clic aquí) ¡PERO PRIMERO VOTE! ¡Y es que existen ejemplos de que los dos mecanismos son efectivos usados en conjunto! Nada más hay que mirar lo que pasó hoy en Boyacá: un municipio en el cual Santos había ganado contundentemente en las elecciones del 2010 (puede verlo acá) cuatro años después lo deja con menos del 16% de la votación y por debajo de otros tres candidatos (clic aquí para mirar reporte de la Registraduría). La lectura es clara, Boyacá está cobrando en las urnas eso de que "ese tal paro agrario no existe" y para la  segunda vuelta este será un municipio clave en la campaña de Santos pues necesita recapturar los votos de Clara López y de Marta Lucía Ramírez para ser re-elegido allí, de manera que las propuestas de agro tendrán un peso imporante. En cambio no hay un diálogo serio sobre educación superior (les recuerdo que la reforma a la Ley 30 es necesaria y tres años después del adefesio de la primera reforma todavía no tenemos otro proyecto de ley) porque, por lo menos en Bogotá, la abstención en votantes menores de 25 años asciende a más del 70%. No estamos ejerciendo un peso electoral real, ni para bien ni para mal, así que no nos toman en cuenta (¿les sorprende la inasistencia de los candidatos a los debates en las universidades? teniendo en cuenta esto, a mí no, yo tampoco iría a quedarme sin voz en un lugar en el cual la mayoría de los oyentes no va a ir a votar por mí, mejor me gasto en otro entorno).

Así que en conclusión, prefiero vivir en un país de poetas sin remedio que votan en blanco o de pintores frustrados que anulan sus votos con bigotes y flores, que vivir en un país de indiferentes e indolentes, o, ¡peor aún! de tontos. Tontos que tenemos un mecanismo legítimo contra el sistema (porque es un mecanismo del sistema en sí) que nunca hemos querido usar y que además podemos mezclar con los otros cientos mecanismos que se nos han ocurrido sobre la marcha, pero que el sistema no reconoce. Prefiero vivir en un país de ratas con dolor de cabeza a vivir en uno de ratas electrocutadas. Yo no le como cuento a la desesperanza aprendida, soy un ser racional que puede darse cuenta de lo erradas que están sus atribuciones del entorno y cambiarlas, a diferencia de la rata. Y además, algún día la tapa va a desaparecer (si es que está ahí) y vamos a poder saltar a ese otro lado, a ese país diverso, coherente y en paz que sueño y lucho todos los días por construir. Dejemos el abstencionismo de mierda y por una vez hagamos quórum.

Un abrazo de depresión post-electoral,

Eloísa.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Luna del día 103...

Anónimo dijo...

Yo sé que no hay tapa. Quiero creer, así siempre me choque con la pared.