3.21.2014

Autorretrato.

Tiene la cabeza siempre entre las nubes de su pelo revuelto. Azul, verde, dorado. Como un cuadro de Van Gogh. Como campo de trigo con cipreses aunque hay días en que quisiera pintarse todo de azul y violeta y parecerse más a la noche estrellada. En sus pupilas se tejen historias que a veces terminan mal y toda ella se oscurece y quiere cerrar los ojos con fuerza y no abrirlos más. Quizá es por andar con tantas historias que es miope y no ve lo que hay justo bajo sus narices. El presente nunca le pareció un lugar interesante para vivir. Tiene los labios quebrados de tanto morderlos, por angustia, por manía, por costumbre, por ganas. Esas mismas ganas que la hacen sonreír torcido y, de la nada, hacen aparecer un hoyuelo, uno, dispar, en su mejilla derecha. Asimétrico como toda ella. Tiene el cuello largo por siempre estar mirando para arriba y dos lunares bajo la clavícula derecha. Todo lo tiene un poco a la derecha, aunque siempre sea más de izquierdas. Si achicas los ojos puedes ver una sombra sobre sus hombros, una que nunca se va y que a veces la agarra también por la cintura y le murmura cosas al oído. ¿Recuerdas el monstruo gris de la máscara blanca en el viaje de Chihiro? Kaonashi.  Sin cara. Algo así. Es un monstruo que la devora y a veces toma su forma, habla como ella, pero otras veces es sólo una pequeña capa gris, casi transparente. Especialmente si hace sol y alguien le cuenta las costillas. Sus costillas. Sus costillas son como las ramas de un árbol, largas y escalonadas y bajo ellas hay un mar. La mar, en femenino, como la de El Viejo y el Mar, porque ella está toda construida de mujeres. En los días de frío se puede escuchar rugir, en tempestad, con la bruma que se le sube a la garganta y los barcos que enfilan hacia su ombligo, hacia puerto seguro. En la mitad del pecho tiene una grieta, profunda, que le parte la vida de lado a lado y atraviesa toda su caja torácica. A veces, hay quien ha logrado plantar girasoles, amapolas o dientes de león allí. Otras veces sólo crecen hierbajos. Tiene los brazos largos y delgados, igual que sus dedos. En alguna otra vida debió haber sido pianista. Tiene las muñecas delgadas y huesudas, como las caderas, aunque sean anchas. Sí, como las de la Venus de algún artista renacentista aunque no se sabe a ciencia cierta cuál. Sus piernas, en cambio, largas e inquietas, tachonadas de cicatrices, recuerdan a una pintura de Klimt. A las piernas de la modelo de el pintor y la modelo. Y su cuerpo termina, aún un poco en las nubes, en unos pies pequeños que dan la impresión de siempre querer salir corriendo, de poner pies en polvorosa. Y es que ella a veces sencillamente parece un atardecer lleno de bruma.

1 comentario:

Lyds* dijo...

No había leído este post. Qué bello autorretrato, de verdad :)