3.30.2014

¿Estás triste? No, estoy llena de bruma.

La bruma es la imagen literaria que siempre viene a mi mente cuando intento hablar de esto que me pasa (o, quizá, esto que no me pasa, porque hay un momento en que ya nada pasa y no sé qué es peor). La imagen es clara y siempre es la misma: Estoy parada en la mitad de la pequeña playa pedregosa de un pueblo inglés que visité alguna vez. Frente a mí sólo hay bruma grisácea y no hay límites, el cielo y el mar se funden en uno y el horizonte desaparece. Es sólo esa pared algodonosa que no empieza y no termina. Que se mete, húmeda y helada, en los pulmones al respirar. Que me rodea por todas partes. Que me aísla, estoy sola y no hay nadie aunque tampoco veo mucho más allá de mi brazo extendido. Sólo se oye el mar, rugiendo, inamovible. Un ruido que nunca calla y que no me deja pensar. Y hace frío, muchísimo, ese frío que corta y que cansa, que da ganas sólo de hacerse un ovillo y esperar. Aunque ni sepa ya qué espero.

Así se siente para mí estar deprimida. O algo similar. Una vez intenté compararlo con el monstruo de El viaje de Chihiro, Kaonashi, pero aunque a veces mi depresión es un pequeño monstruo sin cara que  va creciendo conforme me traga y que habla con mi voz, prefiero pensar en ella como un lugar. Por eso y porque el sincara en últimas me cae bien y tengo miedo de haber convertido a mi depresión en una amiga.  Es más poético plantearlo como un lugar que enumerar uno a uno los síntomas que ya conozco de memoria (anhedonia, afecto plano, apatía, abulia, anorexia, irritabilidad, ideación suicida, ideas fijas de minusvalía, hipersomnio, conducta autolesiva y podría seguir recitando como recito Rinrin Renacuajo pero no tiene sentido), ¿no?

Me diagnosticaron bipolaridad tipo II hace dos años. Dos años antes de eso, ya me habían diagnosticado una depresión mayor. Hace dos años estuve interna en una clínica psiquiátrica por un rato, hasta que me cansé de estar entre la bruma y decidí salir a caminar. Claro que las rutinas, las pastillas y la psicología ayudaron, pero me gusta creer que fue mi espíritu nómada el que me sacó de ahí. Hace seis meses dejé la medicación por completo, craso error. Igual los médicos tradicionales y yo no nos llevamos muy bien, soy de esas que se crió curándose los males con cristales y agüitas varias. Pero debo admitir que cortar de golpe y sin aviso fue un error. El primero de una serie larga de errores. 

Ahora estoy teniendo una crisis depresiva. Estoy de nuevo sentada en la playa gris y me froto las manos para conservar algo de calor.  Sé que cumplo los criterios de un episodio de depresión mayor porque me entrené para saberlo, pero eso no dispersa la bruma. Llevo veinte días aquí. Ya corrí en círculos buscando la salida y al tropezarme me raspé las rodillas (en la vida real eso equivale a que tuve una crisis de angustia y rompí el vidrio de mi ventana, cortándome en el proceso, pero es más bonito imaginarme corriendo a la orilla del mar). A esta playa siempre es más fácil llegar que salir, tengo miedo del día en que encuentre una carpa o una mecedora aquí y no vuelva a sentir la necesidad de salir ya jamás. O el día en que al salir a correr me pierda y ya no me encuentre nunca. El día en que una cortada sea fatal. El día en que esté sintiéndome tan mal que no tenga cómo hacerle frente a la idea insistente de saltar por la ventana. El día en que, tras veinte días de bruma, decida efectivamente tomarme todas las pastillas del botiquín con vodka. 

Lo he pensado. Sí. Cada uno de esos escenarios y otros varios. Los he deseado, incluso. Hasta me los he argumentado lo más lógicamente que mi mente ha podido. Pero me acuerdo de un término japonés: kintsukuroi, que habla de reparar la porcelana con oro y de cómo esa pieza es más hermosa ahora por haber estado rota. Pienso que ojalá algún día pueda repararme con oro, pero que no me molesta mientras tanto volverme una y otra vez a reparar con resina de dentistería rosada como la que usaba mi abuelo para reparar todo lo que caía en sus manos. Pienso también en la rabia que me da que Kurt Cobain se haya matado a los 27 y en lo guapo que se vería ahora canoso. En todo lo que le faltaba a Alejandra Pizarnik por escribir y lo mucho que hubiera querido leer su novela. Pienso que Alfonsina no debió internarse en el mar y que a Hendrix lo extraña mucho su guitarra y los treinta o cuarenta años de música que habría podido seguir haciendo. Y si bien yo no soy músico, actriz, poeta... ni siquiera creo ser buena psicóloga, no estoy dispuesta a dejarme ganar la pelea aunque, coño, cómo cuesta.


Hace frío, me siento sola y aunque sé que hay gente por ahí la bruma no permite verlos, no sé si están lejos o cerca, no sé si me puedan encontrar. A veces tengo la energía suficiente para pedir auxilio, pero no siempre. Hay un buque de guerra permanentemente sobre mis costillas y no se hace fácil respirar. Pensar me cuesta, el incesante rugido del mar me impide hilar las ideas. Cuando tengo ánimo juego candy crush y en este estado siempre pierdo porque no puedo concentrarme lo suficiente.  Aunque hay días buenos y días malos, claro. Hoy es un buen día. Hoy me bañé, me vestí, tendí la cama, comí y hasta salí a dar una vuelta. Creo que ha salido un poco el sol porque la bruma brilla, más blanca que gris. Todavía no veo con claridad, estoy cansada y he tenido ganas de llorar sin razón al menos unas tres veces, pero ya no quiero estar aquí. Volví a tomar la medicación, saqué cita con la psiquiatra, volví al origami. Pero aún no estoy de vuelta (y hay una pequeña parte de mí que sabe que una vez pisas este lugar nunca vuelves del todo, "la depresión nunca termina de irse, de pronto da coletazos" dice Sabina).


Y bueno, aquí estoy, llena de bruma pero con una leve idea de dónde está la salida. Y vuelvo al blog, vuelvo a escribir, porque esto es lo que siempre me ha salvado. Porque las letras son mis migajas de pan en el bosque de Hansel y Gretel, no sirven de mucho para hallar el camino de vuelta a casa pero llenan la vida de pájaros y uno tiene la sensación de que sí, de que conoce el camino de vuelta. Lo bello es, a veces, inútil (como recitar Rinrin Renacuajo, como saberme el nombre en japonés del sincara, como las grietas restañadas con oro, como el origami, como este paréntesis...como yo).

3.21.2014

Autorretrato.

Tiene la cabeza siempre entre las nubes de su pelo revuelto. Azul, verde, dorado. Como un cuadro de Van Gogh. Como campo de trigo con cipreses aunque hay días en que quisiera pintarse todo de azul y violeta y parecerse más a la noche estrellada. En sus pupilas se tejen historias que a veces terminan mal y toda ella se oscurece y quiere cerrar los ojos con fuerza y no abrirlos más. Quizá es por andar con tantas historias que es miope y no ve lo que hay justo bajo sus narices. El presente nunca le pareció un lugar interesante para vivir. Tiene los labios quebrados de tanto morderlos, por angustia, por manía, por costumbre, por ganas. Esas mismas ganas que la hacen sonreír torcido y, de la nada, hacen aparecer un hoyuelo, uno, dispar, en su mejilla derecha. Asimétrico como toda ella. Tiene el cuello largo por siempre estar mirando para arriba y dos lunares bajo la clavícula derecha. Todo lo tiene un poco a la derecha, aunque siempre sea más de izquierdas. Si achicas los ojos puedes ver una sombra sobre sus hombros, una que nunca se va y que a veces la agarra también por la cintura y le murmura cosas al oído. ¿Recuerdas el monstruo gris de la máscara blanca en el viaje de Chihiro? Kaonashi.  Sin cara. Algo así. Es un monstruo que la devora y a veces toma su forma, habla como ella, pero otras veces es sólo una pequeña capa gris, casi transparente. Especialmente si hace sol y alguien le cuenta las costillas. Sus costillas. Sus costillas son como las ramas de un árbol, largas y escalonadas y bajo ellas hay un mar. La mar, en femenino, como la de El Viejo y el Mar, porque ella está toda construida de mujeres. En los días de frío se puede escuchar rugir, en tempestad, con la bruma que se le sube a la garganta y los barcos que enfilan hacia su ombligo, hacia puerto seguro. En la mitad del pecho tiene una grieta, profunda, que le parte la vida de lado a lado y atraviesa toda su caja torácica. A veces, hay quien ha logrado plantar girasoles, amapolas o dientes de león allí. Otras veces sólo crecen hierbajos. Tiene los brazos largos y delgados, igual que sus dedos. En alguna otra vida debió haber sido pianista. Tiene las muñecas delgadas y huesudas, como las caderas, aunque sean anchas. Sí, como las de la Venus de algún artista renacentista aunque no se sabe a ciencia cierta cuál. Sus piernas, en cambio, largas e inquietas, tachonadas de cicatrices, recuerdan a una pintura de Klimt. A las piernas de la modelo de el pintor y la modelo. Y su cuerpo termina, aún un poco en las nubes, en unos pies pequeños que dan la impresión de siempre querer salir corriendo, de poner pies en polvorosa. Y es que ella a veces sencillamente parece un atardecer lleno de bruma.