12.14.2013

Una historia de amor, bicicletas y mi imposibilidad para hallar el equilibrio.

(Otra entrada culpa de Lydia y mis ganas de responderle 
por qué yo no monto en bici.)

En mi infancia no hubo bicicletas, hubo un pequeño triciclo amarillo con ruedas rojas y pedales negros que mi hermano y yo nos disputábamos en eternas horas de pelea. Recuerdo que tenía un pequeño baúl entre las dos ruedas traseras, con tapa roja y que allí solía esconder todas las cosas que tenían valor para mí, en concreto: Un libro, un libro para colorear, un par de colores y una que otra muñeca o peluche con el que estuviera encariñada en el momento. Solía montarlo en el "área común" de mi conjunto de apartamentos y monté en él hasta que comencé a hacerme morados en las rodillas y descubrí que dolía más de lo que disfrutaba y lo dejé llenarse de polvo en el garaje de la casa de mis abuelos hasta que se lo regalaron a alguien. 

Después de eso, a la tierna edad de siete u ocho años cuando todo el mundo comienza con su bicicleta: yo descubrí el patinaje. Tenía unos patines fisher-price de cuatro ruedas que me recordaban a mi triciclo porque también eran rojos con amarillo y tenían una campanita que sonaba en donde iba el freno. Aprendí rápido porque era una época en la cual estar fuera de casa no era ya un pasatiempo sino un método de supervivencia, mientras mi hermano pedaleaba en el todavía-no-empolvado triciclo y yo me agarraba del baúl para que me arrastrara lejos, cuatro (¿o eran tres?) pisos arriba los gritos eran moneda corriente. No sólo aprendí a patinar sola sino que también le enseñé a mi hermano. A los nueve años ya me habían comprado patines profesionales, eran unos Chicago negros y también tenían cuatro ruedas, en algún momento de mi vida, entre mi constante miedo al abandono y mi inestabilidad emocional, descubrí que necesitaba dos ejes para poder moverme, uno sólo no era suficiente: uno sólo llevaba a la debacle emocional, a los gritos tras la puerta y a que nunca nadie me enseñara a montar bicicleta. 

Me volví experta en medios de transporte con dos ejes: No sólo practiqué patinaje artístico de manera semi-profesional sino que también aprendí a montar patineta y hasta a manejar carritos de golf. Los patines en línea me daban pavor y las bicicletas ya no eran un tema, no había una en mi casa y total el "área común" de mi nuevo conjunto con sus escalones, sus subidas y sus bajadas era un mejor reto en patines.

A los diez años ya no vivía en un conjunto con "área común" sino en la casa de mis abuelos. Fue a esa edad que decidí por primera vez que las bicicletas y el amor estaban unidos y que yo era muy de malas para ambas: me enamoré. Me enamoré como se enamora uno en la primaria, con un amor bobalicón y rosado que escribe en el diario y que tartamudea cuando el sujeto de afecto se acerca. Me enamoré de un compañero de colegio que, ¡oh sorpresa! vivía dos cuadras detrás de la casa de mis abuelos e iba a visitarme montado en bici. Una vez me pidió un beso y se ofreció a enseñarme a domar al caballito de acero, ninguna de las dos cosas pasó. Él era dos años mayor que yo y su bicicleta era un monstruo que medía dos metros y tenía cuatro velocidades, a mí me daba una mezcla de vergüenza y miedo besar y su bicicleta me producía auténtico pavor. Recuerdo que tenía que subirme en un ladrillo encima del andén para montarme en la bici y que tras dos o tres intentos desistimos lo dos. Con el beso sólo hizo falta una vez: me lo pidió y salí corriendo a casa, cerré la puerta y no le volví a hablar. Entonces supe que sólo alguien que me quitara el miedo a fallar podría enseñarme a amar y a montar en bici.

Hace cuatro años, siete años después del episodio del beso, volví a pensar en bicicletas. Era diciembre, como ahora, y Lía se burlaba de mis patines de rueditas (ya no aquellos Chicago de mi infancia, sino unos nuevos, aún más profesionales, todavía negros y que marcaron el regreso del patinaje a mi vida por culpa de un director de teatro loco que quiso que uniera mis habilidades en patinaje con mis habilidades escénicas y me hizo personificar a Puk sobre ruedas, pero esa es otra historia.) y quizá de mis ganas desaforadas de amarla. Era noche de ciclovía nocturna y cuando se ofreció a enseñarme a montar acepté sin pensarlo mucho, total ya me había enseñado a besar. Era una callecita oscura, no me acuerdo de su bicicleta por estarla mirando a ella y lo único que aprendí en esos intentos fue que me gustaba mucho sentir sus manos alrededor de mi cadera. Quizá logré andar treinta segundos sin pedir a gritos que fuera mi segundo eje y me tomara de la cadera con fuerza para evitar que bicicleta y yo termináramos en la carrera once atropellas, quizá fueron quince segundos. No recuerdo. Sé que el intento de montar fracasó porque la atropellé, era tarde y nos esperaban otras amigas en otro lugar. El intento de enseñarme a amar fracasó porque a ella nunca le interesó amarme en el mismo sentido que a mí. Menos de un mes después Lía se alejó de mi vida y con ella se fueron mis clases de bicicleta y mis ganas de amar.

Tres años después tenía novia por primera vez en la vida. Ella montaba bicicleta a diario para ir a su trabajo y se burlaba de las muecas extrañas que yo hacía cuando alguien me invitaba a la ciclovía. Una vez, tuvimos una pelea y la perseguí corriendo por todo el pueblo mientras ella, en su bicicleta, me dejaba atrás con pasmosa facilidad. Ésa vez, que terminé perdida en la mitad de la nada, llorando y enojada, juré aprender pronto a montar en bicicleta. Ella fue a rescatarme luego, ya sin la bici, y yo me fundí en un abrazo lloroso sabiendo que en ese momento ella era mi segundo eje y que a su lado la vida me andaba bonito. Tardamos un par de meses en encontrar el momento para aprender a montar bicicleta, ya ni siquiera éramos pareja para entonces, pero yo todavía sentía que si mi mundo estaba en sus manos nada podía salir mal. Recuerdo que estábamos en el parqueadero de su conjunto, con su hermanita menor montando una bici rosa de rueditas y riéndose de mis movimientos torpes y del miedo que tenía. Tenía miedo a caerme, a perderla, a irme de lado y ya no saber cómo avanzar nunca más. Me llenó las mejillas de besos y el alma de confianza y arranqué a pedalear: logré darle dos vueltas nerviosas al parqueadero sin ayuda hasta que me venció el miedo, di un mal giro y terminé rayando un carro (y en sus brazos, pues me salvó de ir a parar yo debajo del carro). No quise volver a intentar, estaba temblando de miedo y sólo quería echar a correr. Un par de meses después tuvimos una gran pelea y no volví a pisar su casa (no creo ya que la pise nunca más), me pudo el miedo y salí a correr. No estaba lista para amar y tampoco para montar en bicicleta.

Hace dos días fue la ciclovía nocturna otra vez, Lydia se ofreció a enseñarme a montar pero yo llevaba a Mila (mi perrita) y nos fue imposible. También tenía miedo, miedo a confiar tanto en una persona que no amo (porque venga, a Lydia la puedo querer mucho pero no me he enamorado de ella jamás), miedo a descubrir que la vida no necesita dos ejes. No aprendí pero me quedé con las ganas, llevo seis meses buscando el equilibrio, aprendiendo a andar sola y quizá pronto me anime a dejar que me enseñen en serio, a pesar de que le tengo pánico a los raspones, a no saber frenar, a dar el giro incorrecto a... ¡a todo lo que le temo cuando amo!

A fin de cuentas, en mi vida montar bicicleta es como amar: Para aprender hay que perderle el miedo a salir lastimado, hay que saber que si dejas de avanzar se vuelve más difícil mantener el equilibrio y una vez que aprendes ya no se te olvida. Y yo todavía no he aprendido a hacer ninguna de las dos.

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