10.20.2013

Un cuento corto.

Estaba parada al borde de las pesadillas, en ese vórtice ruidoso de la mente dónde el que más razón tiene es siempre el que menos manda. Estaba parada con sus piecitos de uñas turquesa balanceándose sobre el borde de la memoria, esa memoria que hemos dejado caer entre el polvo por años porque cada recuerdo corta y lacera como si en vez de estar hecho de pedazos de corazón estuviera hecho de cristal. Quizá, pensó ella en un arrebato de lucidez, el corazón también está hecho de cristal y por eso se escucha romperse en las noches de luna nueva cuando la vida le sacude a uno el pecho. Estaba allí, simplemente sentada, agarrándose de una melodía vieja que la tenía como un arnés y con su pelo ondeando sobre las ganas de saltar... cuando la oyó llegar.
En un principio no supo qué había quebrado la rutina gris de ese lugar que a pesar de ser tan intempestivo se regocijaba en una cotidianidad que agarraba los vértices de su sonrisa y los convertía más bien en una mueca cargada de cansancio. Sencillamente la oyó llegar. Un acorde de más en la melodía que tarareaba, una segunda voz que la acompañaba despacito, desde lejos, levantándole algunas notas que por falta de práctica se le habían caído. Dejó de cantar. Al instante sintió con pavor el agujero que se abría ante sus pies y entre su estómago al haber soltado el arnés. Sin melodía ya nada la tenía a salvo de las pesadillas. Cerró los ojos y arrugó la nariz en espera del golpe seco que seguro se daría contra las rocas monolíticas en las cuales se habían convertido sus derrotas. En ese momento sintió algo que no recordaba haber sentido jamás en la vida alrededor de su muñeca, algo cálido que la agarraba con fiereza y la jalaba de vuelta a la esquina del precipicio. Ella, después de una duda pequeña (porque siempre debía permitirse una duda, en ese lugar la decisión estaba escasa) se agarró con la mano que le quedaba libre y con la punta de sus pies se impulsó para arriba sintiendo como los sueños rotos, enojados, le ladraban a los pies. Era curioso que después de ser águilas, al perder las alas, sus sueños se convirtieran en hienas: siempre a un paso de reírse de ella o tragársela entera. Se sentó y miró al abismo, mitad aterrada y mitad embelesada. La otra mitad de espanto la reservaba para lo que fuera que la había traído de vuelta a tierra firme.
Respiró profundo y el aire cargado de aguasal hizo piruetas a su alrededor. Aquel contacto cálido seguía firme en su muñeca pero ella no se atrevía a mirar, seguía con las pupilas fijas en el abismo. En más de diez años nada que no fuera ella había interrumpido aquella calma tediosa que dominaba aquel lugar en el que ni siquiera podían contarse días y noches porque una luz gris mortecina imperecedera lo iluminaba todo siempre. Las hienas aumentaron el volumen de sus aullidos: Tenía miedo. Pero no, aquello no era miedo. Ella conocía muy bien el miedo, esa bestia horrenda que salía de una caverna de vez en cuando y la revolcaba, la tumbaba a zarpazos y la lamía como si fuera amigable, pero ella bien sabía que era una saliva venenosa que la paralizaba sólo para que aquel monstruo pudiera seguir desordenando sus trenzas con las garras y mordisqueándole la cintura. Usualmente cuando el veneno dejaba de hacer efecto ella solía hacer alguna estupidez, salir corriendo y tropezar con una roca y caer, caer, caer. Caer a ese abismo que siempre la llamaba y siempre la esperaba, ese abismo que la rodeaba sin importar cuánto corriera. Ése mismo abismo del cual la habían salvado hacía apenas un minuto. No, no quería voltear. Lo que sentía no era miedo: era esperanza y eso la aterró aún más.
A las pesadillas no les gusta la esperanza y a la gente que vive en constante compañía de ellas le gusta aún menos. La esperanza no es un buen sentimiento… en realidad, no es ni bueno ni malo. Está ahí, en el límite de todo. La esperanza agarra a los desesperanzados, juega con ellos un rato y luego se marcha. Puede volverlos locos en un segundo. La esperanza es todo lo contrario a la certeza, es un sentimiento que es y no, que revolotea pero no se posa. Los miedos al menos muerden, la esperanza coquetea y no se deja agarrar. Entre las pesadillas se puede habitar, siempre están allí, la desazón hace nido y uno se acurruca en él y cuenta sus fracasos hasta quedarse dormido, pero la esperanza no te deja habitar, te zarandea, te eleva y te tumba. La esperanza espera y ella siempre ha sido impaciente por naturaleza y creía que nunca iba a esperar más, que no había más que esperar. Se mira las uñas turquesa y se muerde el labio. Sacude la cabeza. No quiere imaginarse nada, no quiere ilusionarse: las ilusiones viven (si es que todavía sobreviven) en algún otro lugar de ese enorme laberinto que es su mente y no tiene ganas de ir a buscarlas, ya olvidó el camino. Tiembla y el contacto en su muñeca se hace más fuerte, más cálido y más sólido, la aprieta tanto que hace daño. No quiere voltear, quiere que se vaya, quiere volver a cantar y balancear los pies sobre el abismo, nada más.
De pronto, todo se queda en silencio. Las hienas no ladran, el miedo no gruñe y el viento ha dejado de aullar. El calor que se concentraba en su muñeca comienza a difuminarse, a extenderse por todo el brazo hasta su clavícula y el temblor disminuye. Resulta incómodo y acogedor al mismo tiempo. Ya no sabe si quiere que pare; abajo las hienas esconden el rabo. Ella no entiende por qué todo se ha callado hasta que la escucha: está cantando. Ha recogido la melodía en el punto exacto en que ella la había dejado, es una vieja canción de cuna que canta para no perderse, es su arnés y aquella voz la está atando por partida doble a tierra firme. Suena más hermoso y más triste que antes. Respira profundo y los pulmones se le llenan de aguasal; tiene ganas de llorar. Sabe que cuando la canción acabe se desmoronará todo el peñasco y rebotará entre piedras hasta que las hienas hagan con ella un banquete. Oye al miedo gruñir preparándose para saltar, pero por alguna razón sus gruñidos suenan indecisos, asustados. Eso que le aprieta la muñeca y no es capaz de voltear a ver ha hecho que el miedo tenga miedo. ¿Será capaz de seguir agarrándola cuando se desmorone todo? Se muerde el labio con más fuerza: quiere gritar, gritar que se vaya ahora que está tiempo, que huya aunque está convencida de que aquel lugar no tiene salida. La voz sigue cantando y el calor se extiende ya hasta su pecho, ella se alisa la falda y se pone en pie con las rodillas raspadas y fallándole, ha estado tirada en el piso todo el tiempo. Ya no quiere que se vaya, quiere que se quede y que le estreche con fuerza no sólo la muñeca sino también las costillas, que la abrace tanto que duela, que apriete de tal manera que todo el aguasal deje sus pulmones y vuelva al aire. Cierra los ojos, pasa saliva y entonces voltea.
De pronto, la mujer del café levanta la mirada y se sumerge en esos ojos que ha estado evitando mientras susurra: "Yo también te quiero".

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