10.21.2013

Entrada muy larga para Lydia (o también titulado: "Yo también tengo líos con la lesbiandad.")

Vamos a retomar un poquito la idea de este blog en donde escribo lo que se me da la gana, cuando me da la gana y porque escribir en papel y lápiz me da pereza. Hoy vengo con un posteo robado de la señorita Lydia (Ver aquí) sobre lo que significa o deja de significar ser lesbiana y entre este posteo y que hace poco abrí una cuenta en ask.fm y la gente parece estar absolutamente asombrada con mi orientación sexual, me dieron ganas de escribir este post.

Yo me declaré bisexual a los catorce años de edad por culpa de Shane McCutcheon (sí, mi primer amor fue una lesbiana de televisión): un día estaba canaleando y me encontré con The L Word y me quedé enganchada con esa mujer medio masculina de ojos claros y boquita sexy. En un principio la confundí con un adolescente emo pero luego de mucho buscarla por internet encontré que era mujer y sufrí las siguientes cuatro temporadas como si me hubiera dejado plantada en el altar. Así que esa semana, de ese borroso año de 2006 o 2007 me declaré bisexual. Sí, me declaré, no me volví, porque ahora cuando miro al pasado encuentro mujeres en mi vida por las cuales me sentí atraída desde muy temprana edad pero que pasaron por mi vida disfrazadas de amistad en una sociedad heteronormativa en la cual que yo quisiera contarle las pestañas a mi amiguita de tercero de primaria se contaba como un síntoma de una profunda amistad y no de un sincero gusto. De hecho, me molesta mucho la gente que usa el verbo "volver" para referirse a su condición sexual, como si uno tuviera un interruptor interno que activara a voluntad, pero ese es un post que escribiré algún otro día. El punto es que me declaré bisexual, abrí un blog y me reí mucho del asunto, aunque no dejaba de resultarme algo incómodo, primero porque en esa época de mi vida mi mamá mantenía firmemente que era mejor ser lesbiana que bisexual, ya que la bisexualidad no era sino confusión culpa de la televisión (todavía el boom del beso de Madonna y Britney no había sido superado) y el bombardeo sexual al que estábamos sometidos los adolescentes; y segundo porque hasta ese momento de mi vida no me había provocado besar a nadie y... ¡me venía a provocar una lesbiana veinte años mayor y tras del hecho inexistente! Porque sí, Shane fue la primera persona a la que quise besar. Y digo Shane porque era ella, con sus líos, su autodestrucción y su pinta de niña mala la que me llamaba la atención, Kate Moening (la actriz que encarna a Shane) no generaba lo mismo en mí. Me pasaba las noches escribiendo en mi diario de papel y mi diario online acerca de lo que estaba descubriendo. Sí, me declaré bisexual en ésa época y se lo conté a los pocos amigos que tenía (que no eran muchos). Para mí, gracias a Jebús, no hubo ningún conflicto conmigo misma, ni odio, ni asco, ni resentimiento. Me gustaban las mujeres, la tristeza, el cappuccino y Arjona, entre todas mis rarezas esa resultaba hasta normal. 

Lo que me torturaba en esa época era la idea de que no me gustara jamás un hombre, de que todos mis "amoríos" de infancia (de esos noviazgos de primaria en que uno enviaba carticas por debajo del pupitre y se cogía la mano en los recreos) hubieran sido amistades disfrazadas de otra cosa porque la sociedad así lo estipulaba. Me costaba renunciar a mis ideas de princesa Disney donde un hombre alto y gentil me agarraba de la cintura y me daba el primer beso de amor y luego nos casábamos y teníamos dos hijos y un golden retriever. No quería renunciar a ese hombre de mis sueños pero todo en mí parecía decir que mi camino estaba marcado de mujeres, al menos en el ámbito sexual porque en esa época mantenía una relación tormentosa con un hombre mucho mayor que yo que tenía un nivel de intensidad emocional altísimo pero que por la distancia y la diferencia de edad nunca dio pie a que  el cuerpo se pronunciara.

Luego, en el 2008, me enamoré por primera vez. Tenía 15 años. Me enamoré de una mujer, claro está, y la relación tormentosa con este hombre fue reemplazada por una relación igual de tormentosa con una argentina que inspiró muchas de las letras con las que se fundó este blog. Ella. Una argentina 28 días menor que yo, a la cual nunca he visto en mi vida, pero que fue mi mejor amiga durante muchos años y mi amor imposible por excelencia. En esa época comencé a mirar a otras mujeres a mi alrededor y desarrollé una pasión desbordada por los uniformes de colegio y esa camaradería femenina que me permitía mirarle las piernas a mi compañera de salón sólo para decirle si la jardinera estaba lo suficientemente larga para que el coordinador de disciplina no molestara. Nunca intenté nada con ninguna de esas mujeres porque seguía con mi amor de distancias, de chatear hasta la madrugada y de llamarla a larga distancia una vez cada mil meses. Mi cuerpo, con el que aún tenía muchos problemas, permanecía mudo y es que yo me creía fea, gorda e inapetente sexual, así que el amor de ideales y de letras que me hacía llorar por las noches era mejor que los noviazgos de besos detrás de la tienda de mis amigas del colegio. Yo creía firmemente que el sexo estaba sobreestimado y que sentir lo que estaba sintiendo, escribir poemas y dedicarle canciones de rock en español, era mejor que cualquier beso o mordisco. Además, en esa época eso de la diversidad sexual todavía era tabú y no como ahora que misteriosamente si no te gradúas del colegio habiéndole dado un beso a alguna mujer, no eres nadie.

Hasta que llegó Lía. Sí, la famosa Lía, princesa gitana, corazón de candela. Eran finales del 2009, yo estaba a punto de graduarme del colegio y tenía el corazón cansado de soñar con una mujer que no sabía cómo olía, cómo se reía o cómo bailaba. Comenzaba a pensar en "mi primera vez" y decía que mi primer beso iba a ser con un hombre pero mi primera acostaba iba a ser con una mujer. Para ésa época ya mi condición de bisexual estaba todavía en furor y ya varios de mis compañeros de colegio sabían. Aún así, prefería decir que era una "mujer que se enamoraba de mujeres", porque no me sentía cómoda ni con el título de lesbiana, ni con el título de bisexual. El de lesbiana me daba miedo porque me quitaba opciones, me limitaba en un mundo en el cual era más fácil conseguir novio que novia y el de bisexual... ¿cómo podía llamarme bisexual si nunca me había sentido atraída por ningún hombre? Aunque, técnicamente, tampoco me había sentido atraída por ninguna mujer. Y llegó Lía. Con su piel morena y su sensualidad de mulata. Llegó a dormir en mi cama, a dejarme la almohada oliendo a ella, a robarme besos de aguardiente y tabaco (bien documentados en este blog) y a decirme, por primera vez en la vida, no que me quería o me amaba: Sino que le gustaba. Que ya no era sólo letras y sensibilidad poética sino que también era labios, caderas, cintura. Me descubrí mirándome las tetas y mirándole las tetas, creo que fue por ésa época que la palabra tetas comenzó a gustarme tanto.

Pero en mi vida nada es fácil, ni normal, ni sigue el camino común. Y no me quejo, eso me encanta. Con Lía nunca tuvimos una relación formal, vivía enamorada de otro hombre y sólo cuando el alcohol le bajaba las inhibiciones aceptaba que quería comerme tanto como yo a ella, pero no pasó nada. Así que yo era un reguero de hormonas y calentura cuando conocí a Jose, un adolescente que se etiquetaba gay a morir, menor que yo y más rico que el pan. Tuvimos por buen rato una amistad muy gay, en el que él me hablaba de sus hombres y yo de mi mujer, y en el que intentábamos decirle a Lydia que la bisexualidad era una cosa maravillosa, más porque realmente queríamos creérnoslo que por otra cosa. Incluso en ésa época le tenía algo de envidia a Lydia y la seguridad con que hablaba de su gayness (término que le adjudico a ella y que usábamos en vez de lesbiandad, dado que es la hora en que no estamos seguras de que la palabra exista). Yo le tenía miedo a la incertidumbre y a no poder sentirme contenta en una etiqueta en este mundo que nos vive etiquetando. Pero volviendo al caso, una noche de despecho cansada de que Lía me negara besos le dije a Jose que necesitaba alguien que me quitara las ganas, y él se ofreció. Fueron muchos los encuentros torpes en que yo iba descubriendo al mismo tiempo mi cuerpo de mujer y su cuerpo de hombre, hasta que finalmente, sin amor pero con mucho cariño, nos acostamos. No me arrepiento de mi primera vez, no fue ni traumática ni dolorosa, estuvo cargada de una complicidad de la cual creo que muchas parejas carecen. Aún así, durante todos esos encuentros, nunca tuve un orgasmo y aunque me encantaba mordernos, tocarnos y besarnos, una y otra vez volvía a mi la idea disfrazada de certeza de que el placer lo encontraría con una mujer. ¿Será que era lesbiana y me negaba a aceptarlo? ¿De que tenía tanto miedo? No me enamoré de Jose porque no iba a ser esa persona en mi vida, pero le debo mucho. Le debo reencontrarme con mi cuerpo, porque lo había perdido hacía muchísimos años, le debo que me hiciera sentir una mujer atractiva y despertar una sexualidad que había sepultado por dolor más que por inapetencia.

Pasó mucho tiempo antes de que volviera a tener un encuentro sexual con alguien. Lía desapareció de mi vida y me sumí en un desamor en el cual todos los besos que me daba con alguien, fuera hombre o mujer, me dejaban hueca porque no eran sus besos. Estaba buscando a Lía en otras personas y no la iba a encontrar, porque como ella sólo hay una. Cuando por fin sentí que me la había quitado de encima me sumergí en un vórtice loco en el que me acosté con varios hombres, casi desconocidos ellos, sin sentir nunca lo que esperaba sentir y preguntándome una y otra vez si lo que necesitaba era acostarme con una mujer para salir de dudas de una vez y si quizá eso era lo que necesitaba para llamarme lesbiana a mí misma y dejar de joder.

Entonces, hace casi dos años, conocí a mi ex y el amor resultó ser mucho mejor guía sexual que las ganas. La amé como no había amado a ninguna otra persona, físicamente hablando. Encontré el orgasmo entre sus dedos y también entre los míos, porque nunca me había excitado tanto llevar hasta el borde del placer a alguien. Lo encontré una, nos, tres veces y lo busqué en ella otras tres, porque era ella, no era cualquier alguien, era la mujer a la que amaba, era aquella con la que quería compartir mi vida. Tuve sexo en la ducha, en la sala, en un baño de un bar, en la escalera. Hice el amor en su cama y en la mía, aprendí la diferencia sutil entre hacer el amor y tener sexo y toqué el cielo en su boca, pero cada vez que iba a definirme a mí misma como lesbiana, la palabra bisexual volvía una y otra vez a salir. ¿Cómo podía negar todas mis historias de cama? ¿Qué habían sido ellos? ¿Un error? ¿Un experimento? Me negaba, y además me aterraba que cuando ella se fuera de nuevo iba a estar en un mercado muy limitado, éso de sólo buscar mujeres lesbianas o bisexuales me aterraba (porque no, respeto la heterosexualidad y no me da la gana de andar tentando a alguien que no me va a corresponder). Entonces terminé con ella y ya la sexualidad era lo que menos me importaba porque con el corazón roto estar en otras manos y en otras bocas carecía de sentido.

Hasta hace dos semanas. Hace dos semanas entendí muchas cosas y quizá por eso este posteo es tan extenso, porque tengo que poner mi aprendizaje en alguna parte y compartirlo, aunque sea a mí misma. Hace dos semanas volví a tener sexo con alguien que no era ella. Llevaba meses sin desnudarme, porque cada vez que estoy rota mi cuerpo siempre se lleva la peor parte a pesar que en estos siete años de descubrimientos he encontrado una sabiduría infinita en la sexualidad: en el sexo. Vamos, que después de tantos meses moría de ganas y de calentura. Y lo encontré a él. Un hombre que se robó mi primer viernes después de llegar del exilio, un tipo con el que llevaba un mes hablando pero al cual nunca había visto. Me hizo sentir cómoda al primer beso y por eso acepté la invitación a su casa. Me sumergí en sus sábanas como si fueran el mar y lo anclé a mí entre mis piernas con una ferocidad que desconocía. Ya no tenía miedo, ya no estaba pensando en la etiqueta con que iba a salir de esa cama, era sencillamente yo y él. Encontré el orgasmo al segundo polvo con los ojos cerrados y una sensación de felicidad que me recorría la piel, aunque podía notar en el titubeo casi imperceptible de su boca que no estaba seguro de estarse acostando con una mujer tan gay como yo, pero le quité las dudas a mordiscos porque yo no tenía ninguna. Salí de esa habitación a la mañana siguiente sabiendo que no iba a volver a llamarme, pero contenta y radiante, como deberíamos salir todas las mujeres después de tener sexo: sin culpas, ni complejos, ni tonterías. 

Y así entendí. Entendí que ese orgasmo me había estado esperando muchos años no porque mi pareja sexual fuera un hombre y no una mujer, sino porque las dudas no me dejaban llegar a él. Entendí que no es que este hombre de hace dos semanas sea el mejor polvo del universo, pero que fue un revolvón de puta madre porque me entregué a él sin etiquetas ni enredos. Entendí que nunca me había sentido cómoda en ninguna etiqueta porque no soy ni lesbiana, ni bisexual, ni heterosexual, ni pansexual, ni qué sé yo. Soy una persona y el mundo allá afuera está lleno de personas. Me pongo y me quito las etiquetas como me cambio el color de pelo, de ropa y hasta el apodo. Nací con la capacidad de no ver en el género un limitante, pero no es porque no me importe el género, sino porque me gusta la persona que va más allá: Lía es una mujer y me gustó como una mujer, Jazz es una mujer y la amé como mujer, los hombres de mi vida han sido hombres y los he amado siendo hombres. Me gustan sus tetas (en ellas), me gustan sus caderas (en ambos), me gustan sus quijadas (en ellos). Pero lo que más me gusta es lo que dicen, cómo piensan, cómo se mueven. Yo me gusto mujer y no quisiera ser hombre, me gusto hormonal, me gusto con tetas, me gusto con voz aguda y con vagina, sí. No quiero cambiar porque a través de los años ser mujer es algo que he construido,  pero quiero creer que si hubiera sido hombre me gustaría a mí mismo de igual manera. Allá ustedes si se molestan cuando digo que soy lesbiana pero tengo sexo con hombres porque es una categoría que me gusta en este momento de mi vida y que se asemeja mucho a lo que estoy viviendo, allá ustedes si insisten en preguntarme qué si prefiero acostarme con hombres o con mujeres porque me encanta con ambos ya que para mí el sexo depende menos del aparato reproductivo y más de otras mañas. Allá ustedes, que aquí me quedo yo con mis líos con la lesbiandad amando a quién se me venga en gana y gozando este 1,67 de estatura como se me venga en gana... que a final de cuentas al amor de mi vida se le van a caer las tetas o se le va a dejar de parar el pene y eso será lo de menos, porque si es el amor de mi vida lo que me va a importar más es cómo le brillen los ojos cuando me diga que me ame. Y aunque nunca he encontrado ese brillo en un hombre, quién quita, todavía tengo fantasías rosas y aún no renuncio al príncipe con dos hijos y un golden retriever.

Con amor,

Yo.

2 comentarios:

Lyds* dijo...

Aaaaaaaaaaaaaah, qué hermosura :')

Me encanta, me encanta. Y esto, esto es la ley: " Salí de esa habitación a la mañana siguiente sabiendo que no iba a volver a llamarme, pero contenta y radiante, como deberíamos salir todas las mujeres después de tener sexo: sin culpas, ni complejos, ni tonterías".

Yo me siento muy lesbiana, con novio y todo. ¿Por qué joderme con eso?

Ay, te quiero montones <3

Mi Ser dijo...


El Amor te Atrapa Simplemente... No usa Disfraces... Solo Existe en Cada uno de Manera Diferente...!

Excelente Post... el Mejor que te eh Leído!...

Abrazoles..
Mi Ser...