10.02.2013

En el exilio. (Parte 2 de 2.)

Cuando llegué aquí estaba vencida en todos los frentes de batalla. Estaba exhausta. Llegué sin planes y casi sin alma con la maleta llena de antidepresivos, estabilizadores del ánimo y consejos de psiquiatras. Tenía destrozada la voluntad, mi autoestima había sido amputada y a mis ganas de vivir les hacían falta un par de dientes. Sólo quería hacerme un ovillo y lamerme las heridas, fundir el mar en tempestad de mi pecho con ese mar en calma que me daba la bienvenida. No sabía si quería nadar o ahogarme, así que recibí de buen grado el aislamiento, el calor húmedo y el olor a campo. Esta prisión era mucho más acogedora que lo que había dejado atrás. Permití que me manejaran la vida, me hicieran los horarios, me pintaran las uñas y me apuntalaran la sonrisa porque yo no tenía fuerza para ninguna de esas cosas. Hallé en el murmullo incesante de voces cálidas una buena nana para adormecer las ideas de mi cabeza, a las que volvería semanas después. A punta de yuca frita, plátano con queso, cerveza Presidente y dulce de leche comencé a recuperar no sólo los kilos que había perdido sino también las ganas.  Cuando me sentí lista volví de a poquitos y con tiento sobre esas ideas, sobre esos días brumosos, y fui atando cabos. En algún momento, henchida de brisa marina y de valor, le asesté un golpe tan fuerte a la depresión que se fue dando tumbos aunque no del todo vencida, pues para esa batalla final hacen falta herramientas y aliados que aún no tengo. Todavía la oigo gemir en las esquinas de mi cabeza tramando el desempate,  Casi sin querer y oyendo merengue logré recuperar a mi felicidad del olvido y ahora viene a hacerme compañía y a tomar el té por lo menos una vez cada dos días, aunque todavía no tiene la confianza para quedarse a dormir. Hace un par de semanas reuní el valor necesario para firmar el armisticio que la mujer que amo me ofrecía y, aunque firmé más por amor que por voluntad, aunque firmé porque ella lo pidió y no porque yo estuviera convencida, logré instalar un par de párrafos en los que me devolvía partes de esa mujer que tanto amé y que fui con ella y le regalé de por vida (o hasta que nos dure la memoria) otras partes que en realidad siempre le pertenecieron. Ahora, con la bandera blanca enarbolada, comienzo a dejarnos ir sin embarcarme yo en el mismo barquito de papel porque me necesito en tierra firme, anclada a la vida.

Aún no estoy completamente sana y no creo que logre sanar del todo aquí. El exilio comienza a dejar de ser refugio para convertirse en castigo. Comienzo a llenar las horas vacías del día con nostalgia y a extrañar cosas tan pequeñas que estando en casa casi ni notaba su existencia. Sé que no pertenezco a este lugar, que no son sólo las costumbres y las raíces lo que me llaman de vuelta sino los asuntos pendientes. No emigré, me exilié. No estoy aquí para comenzar una nueva vida sino para secarme las lágrimas, dar dos pasos atrás y ver la pintura desde la lejanía. La nueva vida empieza allá, en esa tierra en la que ya no me siento perseguida porque los monstruos que sobrevivieron se entretienen tomando tinto con panela y jugando al parqués. Esa es mi casa, es mi tierra y merece que si alguna vez me voy me despida con algo más que un portazo. Es hora de volver por completo a mí y de ser verdaderamente libre o al menos intentarlo, y aunque me dé algo de miedo no saber a qué llamar hogar (puesto que he prescindido por fin del hueco de su clavícula), sé que me espera mi terreno y que, ojalá, la próxima casa la construya aquí adentro, en mis costillas, y así nunca más tenga que huir.

Los días en el exilio son siempre iguales y yo ya empaqué mi maleta llena de cambios, los antidepresivos que aún quedan y una sonrisa para estrenar. Es tiempo de agradecer y, sobre todo, ¡por fin es tiempo de volver!

Eloísa Vela Mantilla.

3 de octubre de 2013

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