10.21.2013

Entrada muy larga para Lydia (o también titulado: "Yo también tengo líos con la lesbiandad.")

Vamos a retomar un poquito la idea de este blog en donde escribo lo que se me da la gana, cuando me da la gana y porque escribir en papel y lápiz me da pereza. Hoy vengo con un posteo robado de la señorita Lydia (Ver aquí) sobre lo que significa o deja de significar ser lesbiana y entre este posteo y que hace poco abrí una cuenta en ask.fm y la gente parece estar absolutamente asombrada con mi orientación sexual, me dieron ganas de escribir este post.

Yo me declaré bisexual a los catorce años de edad por culpa de Shane McCutcheon (sí, mi primer amor fue una lesbiana de televisión): un día estaba canaleando y me encontré con The L Word y me quedé enganchada con esa mujer medio masculina de ojos claros y boquita sexy. En un principio la confundí con un adolescente emo pero luego de mucho buscarla por internet encontré que era mujer y sufrí las siguientes cuatro temporadas como si me hubiera dejado plantada en el altar. Así que esa semana, de ese borroso año de 2006 o 2007 me declaré bisexual. Sí, me declaré, no me volví, porque ahora cuando miro al pasado encuentro mujeres en mi vida por las cuales me sentí atraída desde muy temprana edad pero que pasaron por mi vida disfrazadas de amistad en una sociedad heteronormativa en la cual que yo quisiera contarle las pestañas a mi amiguita de tercero de primaria se contaba como un síntoma de una profunda amistad y no de un sincero gusto. De hecho, me molesta mucho la gente que usa el verbo "volver" para referirse a su condición sexual, como si uno tuviera un interruptor interno que activara a voluntad, pero ese es un post que escribiré algún otro día. El punto es que me declaré bisexual, abrí un blog y me reí mucho del asunto, aunque no dejaba de resultarme algo incómodo, primero porque en esa época de mi vida mi mamá mantenía firmemente que era mejor ser lesbiana que bisexual, ya que la bisexualidad no era sino confusión culpa de la televisión (todavía el boom del beso de Madonna y Britney no había sido superado) y el bombardeo sexual al que estábamos sometidos los adolescentes; y segundo porque hasta ese momento de mi vida no me había provocado besar a nadie y... ¡me venía a provocar una lesbiana veinte años mayor y tras del hecho inexistente! Porque sí, Shane fue la primera persona a la que quise besar. Y digo Shane porque era ella, con sus líos, su autodestrucción y su pinta de niña mala la que me llamaba la atención, Kate Moening (la actriz que encarna a Shane) no generaba lo mismo en mí. Me pasaba las noches escribiendo en mi diario de papel y mi diario online acerca de lo que estaba descubriendo. Sí, me declaré bisexual en ésa época y se lo conté a los pocos amigos que tenía (que no eran muchos). Para mí, gracias a Jebús, no hubo ningún conflicto conmigo misma, ni odio, ni asco, ni resentimiento. Me gustaban las mujeres, la tristeza, el cappuccino y Arjona, entre todas mis rarezas esa resultaba hasta normal. 

Lo que me torturaba en esa época era la idea de que no me gustara jamás un hombre, de que todos mis "amoríos" de infancia (de esos noviazgos de primaria en que uno enviaba carticas por debajo del pupitre y se cogía la mano en los recreos) hubieran sido amistades disfrazadas de otra cosa porque la sociedad así lo estipulaba. Me costaba renunciar a mis ideas de princesa Disney donde un hombre alto y gentil me agarraba de la cintura y me daba el primer beso de amor y luego nos casábamos y teníamos dos hijos y un golden retriever. No quería renunciar a ese hombre de mis sueños pero todo en mí parecía decir que mi camino estaba marcado de mujeres, al menos en el ámbito sexual porque en esa época mantenía una relación tormentosa con un hombre mucho mayor que yo que tenía un nivel de intensidad emocional altísimo pero que por la distancia y la diferencia de edad nunca dio pie a que  el cuerpo se pronunciara.

Luego, en el 2008, me enamoré por primera vez. Tenía 15 años. Me enamoré de una mujer, claro está, y la relación tormentosa con este hombre fue reemplazada por una relación igual de tormentosa con una argentina que inspiró muchas de las letras con las que se fundó este blog. Ella. Una argentina 28 días menor que yo, a la cual nunca he visto en mi vida, pero que fue mi mejor amiga durante muchos años y mi amor imposible por excelencia. En esa época comencé a mirar a otras mujeres a mi alrededor y desarrollé una pasión desbordada por los uniformes de colegio y esa camaradería femenina que me permitía mirarle las piernas a mi compañera de salón sólo para decirle si la jardinera estaba lo suficientemente larga para que el coordinador de disciplina no molestara. Nunca intenté nada con ninguna de esas mujeres porque seguía con mi amor de distancias, de chatear hasta la madrugada y de llamarla a larga distancia una vez cada mil meses. Mi cuerpo, con el que aún tenía muchos problemas, permanecía mudo y es que yo me creía fea, gorda e inapetente sexual, así que el amor de ideales y de letras que me hacía llorar por las noches era mejor que los noviazgos de besos detrás de la tienda de mis amigas del colegio. Yo creía firmemente que el sexo estaba sobreestimado y que sentir lo que estaba sintiendo, escribir poemas y dedicarle canciones de rock en español, era mejor que cualquier beso o mordisco. Además, en esa época eso de la diversidad sexual todavía era tabú y no como ahora que misteriosamente si no te gradúas del colegio habiéndole dado un beso a alguna mujer, no eres nadie.

Hasta que llegó Lía. Sí, la famosa Lía, princesa gitana, corazón de candela. Eran finales del 2009, yo estaba a punto de graduarme del colegio y tenía el corazón cansado de soñar con una mujer que no sabía cómo olía, cómo se reía o cómo bailaba. Comenzaba a pensar en "mi primera vez" y decía que mi primer beso iba a ser con un hombre pero mi primera acostaba iba a ser con una mujer. Para ésa época ya mi condición de bisexual estaba todavía en furor y ya varios de mis compañeros de colegio sabían. Aún así, prefería decir que era una "mujer que se enamoraba de mujeres", porque no me sentía cómoda ni con el título de lesbiana, ni con el título de bisexual. El de lesbiana me daba miedo porque me quitaba opciones, me limitaba en un mundo en el cual era más fácil conseguir novio que novia y el de bisexual... ¿cómo podía llamarme bisexual si nunca me había sentido atraída por ningún hombre? Aunque, técnicamente, tampoco me había sentido atraída por ninguna mujer. Y llegó Lía. Con su piel morena y su sensualidad de mulata. Llegó a dormir en mi cama, a dejarme la almohada oliendo a ella, a robarme besos de aguardiente y tabaco (bien documentados en este blog) y a decirme, por primera vez en la vida, no que me quería o me amaba: Sino que le gustaba. Que ya no era sólo letras y sensibilidad poética sino que también era labios, caderas, cintura. Me descubrí mirándome las tetas y mirándole las tetas, creo que fue por ésa época que la palabra tetas comenzó a gustarme tanto.

Pero en mi vida nada es fácil, ni normal, ni sigue el camino común. Y no me quejo, eso me encanta. Con Lía nunca tuvimos una relación formal, vivía enamorada de otro hombre y sólo cuando el alcohol le bajaba las inhibiciones aceptaba que quería comerme tanto como yo a ella, pero no pasó nada. Así que yo era un reguero de hormonas y calentura cuando conocí a Jose, un adolescente que se etiquetaba gay a morir, menor que yo y más rico que el pan. Tuvimos por buen rato una amistad muy gay, en el que él me hablaba de sus hombres y yo de mi mujer, y en el que intentábamos decirle a Lydia que la bisexualidad era una cosa maravillosa, más porque realmente queríamos creérnoslo que por otra cosa. Incluso en ésa época le tenía algo de envidia a Lydia y la seguridad con que hablaba de su gayness (término que le adjudico a ella y que usábamos en vez de lesbiandad, dado que es la hora en que no estamos seguras de que la palabra exista). Yo le tenía miedo a la incertidumbre y a no poder sentirme contenta en una etiqueta en este mundo que nos vive etiquetando. Pero volviendo al caso, una noche de despecho cansada de que Lía me negara besos le dije a Jose que necesitaba alguien que me quitara las ganas, y él se ofreció. Fueron muchos los encuentros torpes en que yo iba descubriendo al mismo tiempo mi cuerpo de mujer y su cuerpo de hombre, hasta que finalmente, sin amor pero con mucho cariño, nos acostamos. No me arrepiento de mi primera vez, no fue ni traumática ni dolorosa, estuvo cargada de una complicidad de la cual creo que muchas parejas carecen. Aún así, durante todos esos encuentros, nunca tuve un orgasmo y aunque me encantaba mordernos, tocarnos y besarnos, una y otra vez volvía a mi la idea disfrazada de certeza de que el placer lo encontraría con una mujer. ¿Será que era lesbiana y me negaba a aceptarlo? ¿De que tenía tanto miedo? No me enamoré de Jose porque no iba a ser esa persona en mi vida, pero le debo mucho. Le debo reencontrarme con mi cuerpo, porque lo había perdido hacía muchísimos años, le debo que me hiciera sentir una mujer atractiva y despertar una sexualidad que había sepultado por dolor más que por inapetencia.

Pasó mucho tiempo antes de que volviera a tener un encuentro sexual con alguien. Lía desapareció de mi vida y me sumí en un desamor en el cual todos los besos que me daba con alguien, fuera hombre o mujer, me dejaban hueca porque no eran sus besos. Estaba buscando a Lía en otras personas y no la iba a encontrar, porque como ella sólo hay una. Cuando por fin sentí que me la había quitado de encima me sumergí en un vórtice loco en el que me acosté con varios hombres, casi desconocidos ellos, sin sentir nunca lo que esperaba sentir y preguntándome una y otra vez si lo que necesitaba era acostarme con una mujer para salir de dudas de una vez y si quizá eso era lo que necesitaba para llamarme lesbiana a mí misma y dejar de joder.

Entonces, hace casi dos años, conocí a mi ex y el amor resultó ser mucho mejor guía sexual que las ganas. La amé como no había amado a ninguna otra persona, físicamente hablando. Encontré el orgasmo entre sus dedos y también entre los míos, porque nunca me había excitado tanto llevar hasta el borde del placer a alguien. Lo encontré una, nos, tres veces y lo busqué en ella otras tres, porque era ella, no era cualquier alguien, era la mujer a la que amaba, era aquella con la que quería compartir mi vida. Tuve sexo en la ducha, en la sala, en un baño de un bar, en la escalera. Hice el amor en su cama y en la mía, aprendí la diferencia sutil entre hacer el amor y tener sexo y toqué el cielo en su boca, pero cada vez que iba a definirme a mí misma como lesbiana, la palabra bisexual volvía una y otra vez a salir. ¿Cómo podía negar todas mis historias de cama? ¿Qué habían sido ellos? ¿Un error? ¿Un experimento? Me negaba, y además me aterraba que cuando ella se fuera de nuevo iba a estar en un mercado muy limitado, éso de sólo buscar mujeres lesbianas o bisexuales me aterraba (porque no, respeto la heterosexualidad y no me da la gana de andar tentando a alguien que no me va a corresponder). Entonces terminé con ella y ya la sexualidad era lo que menos me importaba porque con el corazón roto estar en otras manos y en otras bocas carecía de sentido.

Hasta hace dos semanas. Hace dos semanas entendí muchas cosas y quizá por eso este posteo es tan extenso, porque tengo que poner mi aprendizaje en alguna parte y compartirlo, aunque sea a mí misma. Hace dos semanas volví a tener sexo con alguien que no era ella. Llevaba meses sin desnudarme, porque cada vez que estoy rota mi cuerpo siempre se lleva la peor parte a pesar que en estos siete años de descubrimientos he encontrado una sabiduría infinita en la sexualidad: en el sexo. Vamos, que después de tantos meses moría de ganas y de calentura. Y lo encontré a él. Un hombre que se robó mi primer viernes después de llegar del exilio, un tipo con el que llevaba un mes hablando pero al cual nunca había visto. Me hizo sentir cómoda al primer beso y por eso acepté la invitación a su casa. Me sumergí en sus sábanas como si fueran el mar y lo anclé a mí entre mis piernas con una ferocidad que desconocía. Ya no tenía miedo, ya no estaba pensando en la etiqueta con que iba a salir de esa cama, era sencillamente yo y él. Encontré el orgasmo al segundo polvo con los ojos cerrados y una sensación de felicidad que me recorría la piel, aunque podía notar en el titubeo casi imperceptible de su boca que no estaba seguro de estarse acostando con una mujer tan gay como yo, pero le quité las dudas a mordiscos porque yo no tenía ninguna. Salí de esa habitación a la mañana siguiente sabiendo que no iba a volver a llamarme, pero contenta y radiante, como deberíamos salir todas las mujeres después de tener sexo: sin culpas, ni complejos, ni tonterías. 

Y así entendí. Entendí que ese orgasmo me había estado esperando muchos años no porque mi pareja sexual fuera un hombre y no una mujer, sino porque las dudas no me dejaban llegar a él. Entendí que no es que este hombre de hace dos semanas sea el mejor polvo del universo, pero que fue un revolvón de puta madre porque me entregué a él sin etiquetas ni enredos. Entendí que nunca me había sentido cómoda en ninguna etiqueta porque no soy ni lesbiana, ni bisexual, ni heterosexual, ni pansexual, ni qué sé yo. Soy una persona y el mundo allá afuera está lleno de personas. Me pongo y me quito las etiquetas como me cambio el color de pelo, de ropa y hasta el apodo. Nací con la capacidad de no ver en el género un limitante, pero no es porque no me importe el género, sino porque me gusta la persona que va más allá: Lía es una mujer y me gustó como una mujer, Jazz es una mujer y la amé como mujer, los hombres de mi vida han sido hombres y los he amado siendo hombres. Me gustan sus tetas (en ellas), me gustan sus caderas (en ambos), me gustan sus quijadas (en ellos). Pero lo que más me gusta es lo que dicen, cómo piensan, cómo se mueven. Yo me gusto mujer y no quisiera ser hombre, me gusto hormonal, me gusto con tetas, me gusto con voz aguda y con vagina, sí. No quiero cambiar porque a través de los años ser mujer es algo que he construido,  pero quiero creer que si hubiera sido hombre me gustaría a mí mismo de igual manera. Allá ustedes si se molestan cuando digo que soy lesbiana pero tengo sexo con hombres porque es una categoría que me gusta en este momento de mi vida y que se asemeja mucho a lo que estoy viviendo, allá ustedes si insisten en preguntarme qué si prefiero acostarme con hombres o con mujeres porque me encanta con ambos ya que para mí el sexo depende menos del aparato reproductivo y más de otras mañas. Allá ustedes, que aquí me quedo yo con mis líos con la lesbiandad amando a quién se me venga en gana y gozando este 1,67 de estatura como se me venga en gana... que a final de cuentas al amor de mi vida se le van a caer las tetas o se le va a dejar de parar el pene y eso será lo de menos, porque si es el amor de mi vida lo que me va a importar más es cómo le brillen los ojos cuando me diga que me ame. Y aunque nunca he encontrado ese brillo en un hombre, quién quita, todavía tengo fantasías rosas y aún no renuncio al príncipe con dos hijos y un golden retriever.

Con amor,

Yo.

10.20.2013

Un cuento corto.

Estaba parada al borde de las pesadillas, en ese vórtice ruidoso de la mente dónde el que más razón tiene es siempre el que menos manda. Estaba parada con sus piecitos de uñas turquesa balanceándose sobre el borde de la memoria, esa memoria que hemos dejado caer entre el polvo por años porque cada recuerdo corta y lacera como si en vez de estar hecho de pedazos de corazón estuviera hecho de cristal. Quizá, pensó ella en un arrebato de lucidez, el corazón también está hecho de cristal y por eso se escucha romperse en las noches de luna nueva cuando la vida le sacude a uno el pecho. Estaba allí, simplemente sentada, agarrándose de una melodía vieja que la tenía como un arnés y con su pelo ondeando sobre las ganas de saltar... cuando la oyó llegar.
En un principio no supo qué había quebrado la rutina gris de ese lugar que a pesar de ser tan intempestivo se regocijaba en una cotidianidad que agarraba los vértices de su sonrisa y los convertía más bien en una mueca cargada de cansancio. Sencillamente la oyó llegar. Un acorde de más en la melodía que tarareaba, una segunda voz que la acompañaba despacito, desde lejos, levantándole algunas notas que por falta de práctica se le habían caído. Dejó de cantar. Al instante sintió con pavor el agujero que se abría ante sus pies y entre su estómago al haber soltado el arnés. Sin melodía ya nada la tenía a salvo de las pesadillas. Cerró los ojos y arrugó la nariz en espera del golpe seco que seguro se daría contra las rocas monolíticas en las cuales se habían convertido sus derrotas. En ese momento sintió algo que no recordaba haber sentido jamás en la vida alrededor de su muñeca, algo cálido que la agarraba con fiereza y la jalaba de vuelta a la esquina del precipicio. Ella, después de una duda pequeña (porque siempre debía permitirse una duda, en ese lugar la decisión estaba escasa) se agarró con la mano que le quedaba libre y con la punta de sus pies se impulsó para arriba sintiendo como los sueños rotos, enojados, le ladraban a los pies. Era curioso que después de ser águilas, al perder las alas, sus sueños se convirtieran en hienas: siempre a un paso de reírse de ella o tragársela entera. Se sentó y miró al abismo, mitad aterrada y mitad embelesada. La otra mitad de espanto la reservaba para lo que fuera que la había traído de vuelta a tierra firme.
Respiró profundo y el aire cargado de aguasal hizo piruetas a su alrededor. Aquel contacto cálido seguía firme en su muñeca pero ella no se atrevía a mirar, seguía con las pupilas fijas en el abismo. En más de diez años nada que no fuera ella había interrumpido aquella calma tediosa que dominaba aquel lugar en el que ni siquiera podían contarse días y noches porque una luz gris mortecina imperecedera lo iluminaba todo siempre. Las hienas aumentaron el volumen de sus aullidos: Tenía miedo. Pero no, aquello no era miedo. Ella conocía muy bien el miedo, esa bestia horrenda que salía de una caverna de vez en cuando y la revolcaba, la tumbaba a zarpazos y la lamía como si fuera amigable, pero ella bien sabía que era una saliva venenosa que la paralizaba sólo para que aquel monstruo pudiera seguir desordenando sus trenzas con las garras y mordisqueándole la cintura. Usualmente cuando el veneno dejaba de hacer efecto ella solía hacer alguna estupidez, salir corriendo y tropezar con una roca y caer, caer, caer. Caer a ese abismo que siempre la llamaba y siempre la esperaba, ese abismo que la rodeaba sin importar cuánto corriera. Ése mismo abismo del cual la habían salvado hacía apenas un minuto. No, no quería voltear. Lo que sentía no era miedo: era esperanza y eso la aterró aún más.
A las pesadillas no les gusta la esperanza y a la gente que vive en constante compañía de ellas le gusta aún menos. La esperanza no es un buen sentimiento… en realidad, no es ni bueno ni malo. Está ahí, en el límite de todo. La esperanza agarra a los desesperanzados, juega con ellos un rato y luego se marcha. Puede volverlos locos en un segundo. La esperanza es todo lo contrario a la certeza, es un sentimiento que es y no, que revolotea pero no se posa. Los miedos al menos muerden, la esperanza coquetea y no se deja agarrar. Entre las pesadillas se puede habitar, siempre están allí, la desazón hace nido y uno se acurruca en él y cuenta sus fracasos hasta quedarse dormido, pero la esperanza no te deja habitar, te zarandea, te eleva y te tumba. La esperanza espera y ella siempre ha sido impaciente por naturaleza y creía que nunca iba a esperar más, que no había más que esperar. Se mira las uñas turquesa y se muerde el labio. Sacude la cabeza. No quiere imaginarse nada, no quiere ilusionarse: las ilusiones viven (si es que todavía sobreviven) en algún otro lugar de ese enorme laberinto que es su mente y no tiene ganas de ir a buscarlas, ya olvidó el camino. Tiembla y el contacto en su muñeca se hace más fuerte, más cálido y más sólido, la aprieta tanto que hace daño. No quiere voltear, quiere que se vaya, quiere volver a cantar y balancear los pies sobre el abismo, nada más.
De pronto, todo se queda en silencio. Las hienas no ladran, el miedo no gruñe y el viento ha dejado de aullar. El calor que se concentraba en su muñeca comienza a difuminarse, a extenderse por todo el brazo hasta su clavícula y el temblor disminuye. Resulta incómodo y acogedor al mismo tiempo. Ya no sabe si quiere que pare; abajo las hienas esconden el rabo. Ella no entiende por qué todo se ha callado hasta que la escucha: está cantando. Ha recogido la melodía en el punto exacto en que ella la había dejado, es una vieja canción de cuna que canta para no perderse, es su arnés y aquella voz la está atando por partida doble a tierra firme. Suena más hermoso y más triste que antes. Respira profundo y los pulmones se le llenan de aguasal; tiene ganas de llorar. Sabe que cuando la canción acabe se desmoronará todo el peñasco y rebotará entre piedras hasta que las hienas hagan con ella un banquete. Oye al miedo gruñir preparándose para saltar, pero por alguna razón sus gruñidos suenan indecisos, asustados. Eso que le aprieta la muñeca y no es capaz de voltear a ver ha hecho que el miedo tenga miedo. ¿Será capaz de seguir agarrándola cuando se desmorone todo? Se muerde el labio con más fuerza: quiere gritar, gritar que se vaya ahora que está tiempo, que huya aunque está convencida de que aquel lugar no tiene salida. La voz sigue cantando y el calor se extiende ya hasta su pecho, ella se alisa la falda y se pone en pie con las rodillas raspadas y fallándole, ha estado tirada en el piso todo el tiempo. Ya no quiere que se vaya, quiere que se quede y que le estreche con fuerza no sólo la muñeca sino también las costillas, que la abrace tanto que duela, que apriete de tal manera que todo el aguasal deje sus pulmones y vuelva al aire. Cierra los ojos, pasa saliva y entonces voltea.
De pronto, la mujer del café levanta la mirada y se sumerge en esos ojos que ha estado evitando mientras susurra: "Yo también te quiero".

10.15.2013


"No es oro todo lo que reluce, ni todo lo que anda errante está perdido. "
-Tolkien

10.02.2013

En el exilio. (Parte 2 de 2.)

Cuando llegué aquí estaba vencida en todos los frentes de batalla. Estaba exhausta. Llegué sin planes y casi sin alma con la maleta llena de antidepresivos, estabilizadores del ánimo y consejos de psiquiatras. Tenía destrozada la voluntad, mi autoestima había sido amputada y a mis ganas de vivir les hacían falta un par de dientes. Sólo quería hacerme un ovillo y lamerme las heridas, fundir el mar en tempestad de mi pecho con ese mar en calma que me daba la bienvenida. No sabía si quería nadar o ahogarme, así que recibí de buen grado el aislamiento, el calor húmedo y el olor a campo. Esta prisión era mucho más acogedora que lo que había dejado atrás. Permití que me manejaran la vida, me hicieran los horarios, me pintaran las uñas y me apuntalaran la sonrisa porque yo no tenía fuerza para ninguna de esas cosas. Hallé en el murmullo incesante de voces cálidas una buena nana para adormecer las ideas de mi cabeza, a las que volvería semanas después. A punta de yuca frita, plátano con queso, cerveza Presidente y dulce de leche comencé a recuperar no sólo los kilos que había perdido sino también las ganas.  Cuando me sentí lista volví de a poquitos y con tiento sobre esas ideas, sobre esos días brumosos, y fui atando cabos. En algún momento, henchida de brisa marina y de valor, le asesté un golpe tan fuerte a la depresión que se fue dando tumbos aunque no del todo vencida, pues para esa batalla final hacen falta herramientas y aliados que aún no tengo. Todavía la oigo gemir en las esquinas de mi cabeza tramando el desempate,  Casi sin querer y oyendo merengue logré recuperar a mi felicidad del olvido y ahora viene a hacerme compañía y a tomar el té por lo menos una vez cada dos días, aunque todavía no tiene la confianza para quedarse a dormir. Hace un par de semanas reuní el valor necesario para firmar el armisticio que la mujer que amo me ofrecía y, aunque firmé más por amor que por voluntad, aunque firmé porque ella lo pidió y no porque yo estuviera convencida, logré instalar un par de párrafos en los que me devolvía partes de esa mujer que tanto amé y que fui con ella y le regalé de por vida (o hasta que nos dure la memoria) otras partes que en realidad siempre le pertenecieron. Ahora, con la bandera blanca enarbolada, comienzo a dejarnos ir sin embarcarme yo en el mismo barquito de papel porque me necesito en tierra firme, anclada a la vida.

Aún no estoy completamente sana y no creo que logre sanar del todo aquí. El exilio comienza a dejar de ser refugio para convertirse en castigo. Comienzo a llenar las horas vacías del día con nostalgia y a extrañar cosas tan pequeñas que estando en casa casi ni notaba su existencia. Sé que no pertenezco a este lugar, que no son sólo las costumbres y las raíces lo que me llaman de vuelta sino los asuntos pendientes. No emigré, me exilié. No estoy aquí para comenzar una nueva vida sino para secarme las lágrimas, dar dos pasos atrás y ver la pintura desde la lejanía. La nueva vida empieza allá, en esa tierra en la que ya no me siento perseguida porque los monstruos que sobrevivieron se entretienen tomando tinto con panela y jugando al parqués. Esa es mi casa, es mi tierra y merece que si alguna vez me voy me despida con algo más que un portazo. Es hora de volver por completo a mí y de ser verdaderamente libre o al menos intentarlo, y aunque me dé algo de miedo no saber a qué llamar hogar (puesto que he prescindido por fin del hueco de su clavícula), sé que me espera mi terreno y que, ojalá, la próxima casa la construya aquí adentro, en mis costillas, y así nunca más tenga que huir.

Los días en el exilio son siempre iguales y yo ya empaqué mi maleta llena de cambios, los antidepresivos que aún quedan y una sonrisa para estrenar. Es tiempo de agradecer y, sobre todo, ¡por fin es tiempo de volver!

Eloísa Vela Mantilla.

3 de octubre de 2013