9.27.2013

En el exilio. (Parte 1)

República Dominicana.
2013.

Los días en el exilio son siempre iguales.  Las mismas caras cansadas, el mismo olor a campo, el mismo miedo agazapado en el ombligo, el mismo calor húmedo y el mismo tic tac del reloj una hora adelantado. Me exilié para seguir siendo libre y aquí encontré el cautiverio en una rutina sin excesos que ya no se cuenta en días sino en meses. Me asfixio de a pocos, con una asfixia muy diferente a la que en un principio me hizo poner pies en polvorosa. Creí que encontraría paz y en realidad estoy sumida en un tedio pasmoso que no tiene nada que envidiarle a lo que dejé atrás, aunque sea su antítesis. Aquí sólo encuentro paz en las contadas ocasiones en las que voy al mar y me dejo mecer por las olas, me vuelvo liviana y me dejo llevar hasta que estas ganas mías de seguir viviendo me llenan los pulmones de pánico y nado de vuelta a la orilla. He descubierto que aún no tengo el coraje que tenía Alfonsina, pero que estoy irremediablemente enamorada del mar, de ese ser que me abarca entera y me susurra canciones acuáticas al oído, y que si en mí está decidir mi final será dejándome llevar por él de una vez y para siempre. También encuentro paz en las madrugadas en las que me escapo y me siento en la hamaca a escuchar de lejos los gallos que cantan, a contar luciérnagas y a fumar despacio intercalando los cigarrillos con mordiscos de dulce de leche, madrugadas en las que pierdo la noción del tiempo y por un momento siento que estoy hecha de algodón de nube cosido con rayos de luna, en que las horas son vidas enteras y siento que podría quedarme aquí, inmóvil y a oscuras, otro par de vidas más; pero siempre amanece y la rutina me recrimina a coscorrones el haber pasado la noche en vela. Me pregunto a veces si esta tendencia a la quietud solitaria es natural en mí o tiene algo de patológico.

Hablando de patologías, no le he dicho a nadie exactamente porque estoy aquí, tan lejos y en una época tan curiosa del año. Tampoco es que la gente pregunte mucho o que yo tenga ganas de ampliar el concepto de universitaria en vacaciones que tienen de mí. Cuando me piden más información me limito a responder que vine a visitar a mi familia, lo cual es técnicamente cierto pero en la práctica absolutamente falso. Vine huyendo. No me importaba a donde fuera a parar si el clima cambiaba y había mar, si era lo suficientemente lejos. Tengo claro que empaqué maletas y salí a correr sin mayores planes que alejarme de todo y desaparecer del mapa unos cuántos meses. No sabía si venía a renacer o a morirme. Quería liberarme de la prisión de traiciones e intentos fallidos en la que yo solita me había metido por mis ansias de adrenalina emocional, esconderme de esa yo que andaba a trompicones por la vida hiriéndose más de lo que andaba, de los ojos que me miraban entre aprensivos y acusadores, como si temieran que mis remiendos se soltaran de pronto y yo tuviera la culpa de quedar ahí, tirada y descosida. Salí corriendo para alejarme de una ciudad que me sabía a furia y cansancio, de un cuarto que era un reino de colillas, ceniza y tristeza caducada. Y lo logré, pero vine a caer en una prisión aún más angosta que no entraba en mis planes, eso planes que ni siquiera había hecho.

Aunque no he sido sincera del todo, ni conmigo misma: la verdad es que vine huyendo de todo eso en general, pero de una mujer en específico. Siempre creí que mis motivos para emigrar iban a ser por amor y resultó al contrario. Tenía el desamor tan pegado a la piel que no me dejaba estirarme, que me iba carcomiendo las horas y las ganas. Un desamor que, por supuesto, me traje a través del océano a esta isla caribeña pero que aquí, en un lugar que ella nunca ha pisado, un lugar en que no la amé, me he quitado a punta de estropajo y aguasal. Un proceso que no hubiera podido llevar a cabo cuando ella estaba allí, con su sonrisa y su pelo moreno a tan sólo una llamada de distancia. Allí en cada recoveco de la cama, de la cocina, del sofá o del baño donde hicimos el amor y él nos deshizo. No podría haberme zafado de ella caminando por las mismas calles por las que ella camina a horas diferentes, sentándome en aquellas esquinas en las que la llamé a los gritos y mi garganta, por instinto, me pedía siempre que gritara una vez más.

Por eso me exilié. Soy una refugiada de guerra y nadie lo sabe. Incluso yo no lo tenía muy claro al principio, llevaba la cuenta de los muertos y el armamento, sí, pero no sabía muy bien si estaba luchando la guerra del Golfo o la de Corea. Ahora sé que la guerra que estaba peleando era muy compleja, mucho más compleja de lo que se imaginaría Hitler o Napoleón. Ellos peleaban por un territorio, yo por una mujer. Estaba peleando por conquistarme a mí.  Sí, a mí y no a ella. A esa yo que llamaba hogar al hueco de su clavícula y que era capaz de enfrentarse al mundo si la tenía cogida de su mano, esa que aprendió a levitar y que creaba monstruos aterradores sólo para verla sonreír cuando les vencía y ebria de amor le regalaba mis triunfos. Quería recuperar a esa mujer que había sido a su lado y que ella había guardado con recelo todos estos meses para dejármela ver sólo de vez en cuando, cuando le apetecía, cuando me tumbaba sobre el colchón de su cama y la guerra entraba en tregua a punta de gemidos. Una mujer que cedí a su soberanía por idiota y por ingenua, porque creí que la dejaba a buen resguardo, porque el resto de mí sólo sabía de tormentas, de depresiones itinerantes y de una rabia universal que hacía que mis nudillos fueran a parar, una y otra vez, contra las paredes. Creí que cuando me perdiera por completo en mi naturaleza autodestructiva y lograra firmar una tregua con los fantasmas que me han perseguido desde pequeña, podría volver a ella y en ella encontraría ese pedazo de mí, pero al volver no encontré nada y entonces me sumí completamente en una guerra a ciegas de reproches y caricias en el frente que compartía con ella y de golpes y tristezas en el frente que compartía con la depresión.


...Continuará.

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