8.11.2013

Feliz cumpleaños, gitana.

Hoy vengo, tarde como siempre, a escribirte como hace mucho no te escribía en este blog. He aquí, tu regalo de cumpleaños, en un momento en el que sólo puedo regalarte palabras (es decir, pedacitos de mí) y sonrisas trasnochadas, porque la madrugada siempre será nuestro momento para converger.

Así que, ¡feliz 2+8 de agosto atrasado, leona! Feliz martes 13, bruja, (de cualquier mes, pero hoy curiosamente cae a martes 13 de agosto) adelantado. Feliz día, feliz semana, feliz año, feliz cumple-años. Cero y van cuatro años en los que yo celebro tu cumpleaños (porque siempre he creído que aquellos que debemos celebrar somos los que podemos contar un año más con alguien), celebro la maravilla que ha sido encontrarte al lado del camino y abrazarte, fumar el humo mientras todo pasa y llenarnos de espinas y de rosas, aunque mi flor favorita sean los girasoles -que no tiene espinas- y la tuya probablemente no sea flor sino árbol.

La vida pasa, pisa y pesa y aquí seguimos. Aunque la vida me pesa menos a tu lado. ¿Qué mejor motivo para celebrar? Para celebrar incluso que blablablabla, seguimos lloviendo sobre mojado. Para celebrar que de tu brazo (porque caminar de la mano es algo que no hacemos, usualmente vamos jalándonos una a la otra u otra a la una) la vida nos sigue maravillando y, creo que aún mejor, nos sigue doliendo. Porque si no doliera sería una vida cómoda y al único que le salen buenas cosas de las comodidades es, ¡eureka!, a Arquímedes y a su principio físico, aunque tú entiendas menos de pesos y más de corrientes y voltajes.

Celebro las veces que hemos llorado y que hemos reído, por fortuna más lo segundo que lo primero. Celebro haberte visto hace poco así, con esos años encima, con la sonrisa bien puesta y el pelo cortico. Celebro la esperanza de seguirte viendo, de que sean muchos los re-encuentros y los re-conocimientos, y más aún, todos los des-encuentros y des-conocimientos que nos quedan por delante. Celebro que aún cantes, celebro creer que nunca vas a dejar de cantar y celebro que sepas que aquí alguien siempre te escucha. Celebro que aún me contestes al teléfono y que te acuerdes de mí si un gato pasa. Celebro que el pasto aún pueda hacerte cosquillas en los pies y que mis pensamientos aún te despeinen las pestañas cuando me siento en el callejón del Embudo a imaginarte. Celebro poder decir aún enLÍAme que me gusta y que me hayas enseñado que “creo en el amor a través de los años”. Celebro todo lo que aún tienes por enseñarme.

¡Seguimos existiendo, gitana! Con los tatuajes en la piel y las cicatrices en el alma. Seguimos existiendo aunque tantas veces nos hayamos mirado sintiéndonos morir. Andando a veces con los ojos vendados (como ese cumpleaños tuyo en el que te llevé a celebrar la cotidianidad -que también hay que celebrarla más a menudo- caminando por Chapinero sin que pudieras ver a dónde te llevaba), y a veces con los ojos brillantes -que a ambas nos cambian de color-.

Celebro los cafés que nos debemos y los que ya nos hemos tomado. Celebro el amarte hasta los huesos y seguirte encontrando aunque hace muchos años haya aprendido que es mejor no buscarte. Celebro los parasiempres en los que creo tanto y que a vos te recorren la vida con tanto miedo. Celebro que aunque no creamos llegar a los 80 años, todavía me queda la vaga imagen de llegar, viejas y arrugaditas, a un abrazo grande que le pruebe a un mundo que a raudales cree que el amor no existe, que sí existe y que ¡vaya cómo dura!


Celebro que, cuatro años y medio después, aún seas mi Candelaria.

Una Luna de todos pero más tuya,
Yo.