6.29.2013

A mi Quijote.

Cinco años y unos meses. Hace cinco años y unos meses que no estás aquí, pero parece que nunca te hubieras ido. Quizá es porque es así, porque permaneces en cada uno de tus nietos, de tus hijos y hasta de tus árboles, esos que plantaste con tanto esmero. Aunque pienso en ti todos los días, hace mucho no hablaba contigo porque es difícil acostumbrarse a que tus respuestas ya no vienen en forma de tu voz profunda y tus ojos brillantes, sino que vienen de otras maneras que resultan a veces confusas. Hace mucho no te escribía tampoco, es más, estoy segura que la última vez que te escribí fue el día en que dejaste el plano físico (me niego a decir "el día en que moriste", porque sé  que sigues vivo de alguna manera que sólo los que te conocimos podremos entender), el día en que me arrunché junto a la abuela a mirar tu cama vacía y a recordar, aislándonos de un mundo vertiginoso que seguía sin nosotras. No volví a este mundo hasta tu funeral, cuando leí aquello que te había escrito y sentí tu abrazo cálido en mí y supe, yo que le tengo tanto miedo al abandono, que no me dejarías nunca.

Quizás es por eso que ahora te vuelvo a escribir. Porque siento que me bajé de este carrusel que llaman mundo no sé en qué momento y no descubro aún como subir de nuevo. Estoy segura de que tu puedes ayudarme, porque siempre me supiste dar las indicaciones adecuadas para subirme al árbol más imposible de toda la finca aunque hubiera hormigas rojas, avisperos y miedo. Especialmente eso, aunque hubiera miedo. Era cuestión de ver tu sonrisa confiada para subir a lo más alto del mandarino, vencer el miedo y conseguir el botín. Ahora tengo miedo y llevo cargándolo a cuestas como cargabas tú tu costal con mangos, mandarinas y hasta nietos. Llevo cargándolo mucho tiempo. Por eso te necesito, te necesito ahora más que esa vez que, por mi mal humor y mi impulsividad, de un portazo tumbé el corcho de la puerta de mi habitación y pisé un chinche que quedó clavado en mi talón con consecuencias -para mí, a mis 10 años- aterradoras. Necesito tu voz calmándome y llevándome después de una oreja al médico para mi vacuna contra el tétano, que yo me imaginaba horrible y no resultó así. Y, además, aunque no lo sepas, me salvó años después en una construcción en la que me corté con una teja de zinc. Te necesito más que esa vez en la que por andar correteando en la psicina con mis primos un tropezón hizo que casi me quedara sin codo, y fuiste tú el que después de corretearme por toda la finca con remedios que juro que habían vencido antes de mi nacimiento (especialmente ese mertiolate horrible que tanto te gustaba), logró finalmente que me sentara quietecita mientras limpiabas, desinfectabas y vendabas. Recuerdo que cuando volvimos a Bogotá todavía fueron muchos días en los que, con tu paciencia infinita, seguiste sacando piedrecitas de mi codo y, aunque cualquier médico hubiera recomendado al menos cuatro puntos de sutura, tu cariño y tu cuidado lograron que de mi herida quedara sólo una pequeña cicatriz en forma de luna que con los años ha dejado de estar en el codo y ya va cuatro dedos arriba en mi antebrazo. 

Ahora me he tropezado muchas veces en la vida y no sé cuántas heridas tengo. Algunas son viejas y todavía duelen, estoy segura de que deben tener piedritas dentro pero no he encontrado el valor que me infundías tú para quitarles la costra y limpiarlas de nuevo. Por eso te escribo a ti, mi Quijote, mi héroe barbado que se enfrentaba contra cualquier gigante-molino recogiendo de tu ejemplo y tu amor la fuerza para montarme en la vida de nuevo y cabalgar a enfrentarme con todos esos gigantes-miedo que me han tenido escondida bajo las sábanas varios meses ya.