4.18.2013

No confío en los amores que no duelen.


No confío en los amores que no duelen, en los amores que no revientan, que no trastornan, que no retan. No me gustan los amores pausados e insípidos y no soporto que me mezclen el vodka con alguna otra cosa. Confío en los amores que se luchan y sufro de un romanticismo casi fanático con los amores imposibles. Me he enamorado de tantos que me fallan las cuentas. Soy de las mujeres que besan con rabia, con prisa, con los dientes. No me gustan los besos tiernos que dejan los labios con ganas de más, de sentir, de romperse un poco. Soy de las mujeres que corren, que van y vienen, que toman café sin azúcar y saltan de pronto. Saltan al vacío y se juegan la piel. No me gusta el agua tibia ni el sexo con pudor y jamás he comprendido del todo cuándo se usa la palabra cautela. Quizá por eso no pueda entender qué hago salvándome, qué hago retirándome a tiempo si en las batallas mi estrategia siempre es la del suicida que salta de la trinchera sin chaleco antibalas. ¿Qué hago lejos de su trinchera? Acá, queriendo con desgana y besando sin afán, caminando en puntas de pies para no hacer ruido, para no despertar lo que guardé en mis costillas el día en que me rendí y escogí las horas lentas tratando de olvidarla en vez del tiempo de huracán cuando estoy a su lado. No confío en los amores que no duelen, y es por eso que confío en el suyo, en su amor que me tumba los esquemas y me deja campo yermo para sembrar amapolas entre mi ombligo y mi clavícula. ¿Por qué no viene a buscarme? Nunca supe correr lo suficientemente rápido como para perderme y soy pésima borrando huellas, usted ha de saberlo. Era esa clase de mujer que podría amarla con locura hasta que se le desmoronaran los huesos y quizá lo soy todavía porque en este puerto seguro en el que me he resguardado para no sentir su brisa de vendaval aún le mando pedazos míos con las olas. Quizá así pueda encontrarme.