1.19.2013

Hace un año me desayunaba sus sonrisas con café.

Hace un año me desayunaba sus sonrisas con café mientras la adrenalina me picaba en la punta de los dedos y me hacía agarrar con fuerza el vasito de cartón. En ese momento no me imaginaba que me iba a enamorar de ella, que esos cuentos de amor que le contaba mientras jugábamos a conocernos pronto serían sus cuentos. Me gustaría que a este escrito no lo empaparan las lágrimas, pero de todas maneras parece que no quieren salir. Que están tan enredadas en el fondo de mi garganta como el día que nos dijimos adiós. Quiero cerrar los ojos y sentarme de nuevo en ese café, con su mirada coqueta despeinándome los crespos. Con la certeza de que nada dolía. Hoy hace un año tampoco había dormido, tampoco sabía qué hacer con mi vida y tenía el pelo color violeta. Hoy hace un año llegué tarde como siempre, y sonreí al ver que todavía estaba allí. Me saludó tendiéndome la mano, hola, Amapola. Hola, amor de mi vida. Hola mi princesa, mi canela, mi herida. Si hoy pudiera ser ayer hace un año, y supiera todo lo que deparaba ese año de lágrimas, pesquizas, sonrisas y besos, hubiera ido al encuentro aún así. Aunque a veces desee no haberlo hecho, que ella fuera sólo la nena de twitter y no esa mujer mágica que amo. Porque hoy, un año después, la amo. La amo en silencio y a los gritos, la amo con este amor que no va a ninguna parte pero que galopa con fuerza dentro de mí, esperando. En ese momento yo no sabía de futuros, hoy guardo los futuros debajo de la cama esperando el momento en que un soplo de nosotras los desempolve y podamos soñarnos juntas en una buhardilla en París. Hoy hace un año no sabía que esa mujer con sonrisa de viento era un vendaval. Ella no sabía que yo guardaba tormentas entre mis costillas, tormentas por las que navegaría más de seis meses. Hoy hace un año creíamos más. Teníamos la vida en la puntita de los pies. Hoy estamos tan viejas que parece que nos hubieran pasado veinte años por encima.

Miento, no puedo escribir sin que se me moje el teclado. Se me acumulan los errores de un año, y también las sonrisas que no van a volver. Hoy hace un año, yo sólo quería un café. Hoy, un año después, la quiero a ella.

1.03.2013


He descubierto que nos entendemos mejor en la cama que en la vida. Entre las sábanas enredadas, con los cuerpos calientes, los ojos cerrados y la boca seca. Allí volvemos a encontrarnos, después de tantos desencuentros. Allí vuelvo a encontrarla, tan canela como siempre. Sin palabras. No hay necesidad de ellas, las palabras nos pesan y nos remiten a un pasado que no queremos de huésped. Nos entendemos cuando nos desnudamos, nos quitamos la ropa, la vida, las historias, las razones y hasta la moral. Y si por casualidad se nos escapa una palabra, una simple palabra de nuestros labios rotos, la ahogamos en un gemido, mordiendo una almohada, besando con más fuerza. Porque las palabras son peligrosas y se me quedan enredadas en la cordura que no queremos tener. Allí, desnudas y entrelazadas, nuestros corazones parecen latir de nuevo al mismo ritmo, desenfrenados, desatados y sin dueño. Como latían cuando nos cogíamos de la mano. Una sola palabra podría quebrarlo todo. En la cama parecemos hechas para estar. Parecemos estar para ser. Ser para encajar. Sus manos sobre mis tetas, mis uñas sobre sus caderas, su piel morena coloreando la mía, mi boca roja arrancándole colores del hueco de la clavícula, ése que sólo yo sé cuántos sueños guarda. Nunca pertenecí tanto a alguien como cuando la siento dentro de mí hurgándome las entrañas, nunca soy tan mía como cuando acompaso el ritmo de mi cadera a la suya. Usted nunca ha sido tan mía como cuando el placer de mis dedos le sube un grito a la garganta y funde su boca en mi cuello para que no escape, para que sea mi garganta la que contenga ese grito. Para que sea yo quien la contenga a usted. Y de pronto nos diluimos, nos expandimos, nos llenamos de chispas de luz y el miedo que siempre cargo desaparece por un momento. Es entonces cuando más la comprendo, porque por una fracción de segundo somos una y no sé si habitamos en sus costillas o en las mías. Así nos separamos, sólo para volvernos a fundir en un abrazo en el que mi cuerpo encuentra escondite perfecto en el suyo, en el que nos acoplamos mientras la respiración deja de ser jadeo. Y su amor me envuelve completa, ese amor tan parecido a usted, mi tormentica huracanada, este amor de orgasmo, de vendaval. Y mi cuerpo temblando susurra mi amor, este amor que tiene siempre ganas de correr, este amor que no cabe en mi estatura, este amor que quiere ser y no. Este amor que sólo se entiende con el suyo cuando sus manos me escriben sin letras y definen mi cintura, cuando me besa con dulzura la frente y yo pienso que usted es mi caramelo favorito. Entonces siento las palabras que me corretean buscándome cacería, las preguntas, las esperanzas, los desengaños y yo salto antes de que usted pueda percibirlo y hundo mi rostro en su vientre, deslizándome, desencontrándome, perdiéndome en el hueso de su pelvis. Y allí, en su entrepierna, mi lengua dice todo lo que yo no puedo decir y su cuerpo lo entiende. Usted gime y yo tiemblo. Y le pido entre mordiscos que me caliente, que me queme entera para llevarme a cuestas el ardor de la quemadura y tener con qué calentarme el frío solitario que me escuece en los pies apenas dejo su cama. Y usted lo hace y una vez más me elevo, me convierto en espasmo y se desdibuja el miedo. Exhaustas nos tumbamos lado a lado, y nos buscamos sueños en los ojos, y yo me pierdo en sus ojos de estrella brillantes de placer y pienso en estrellas y constelaciones y nebulosas y que nadie me advirtió que en el espacio no hay oxígeno y me falta el aire. Pero mantengo la sonrisa de orgasmo tranquilo entre los ojos encharcados y me acurruco despistando a la soledad con el aroma de su cuerpo salado, temiendo bien adentro el momento en el que el sol nos encuentre y entre las ropas y el café volvamos a hacernos ajenas y vuelva a no entenderla. Porque nos entendemos mejor en la cama que en la vida, con el corazón latiendo tan rápido que no sabemos ni sentir. Que quizá estamos porque no somos, o somos porque no estamos, que en la vida cotidiana a mi cariño no le encaja el suyo hasta que me toca, y volvemos a inventarnos destrozando el colchón.

(Tengo miedo de nunca más saber cómo hacer el amor sin que nos deshaga.)