12.30.2013

Epistolario.

Hey you, out there in the cold 
Getting lonely, getting old 
Can you feel me? ~

Bonita,

La he visto irse más veces de las que puedo contar. Me sé el ritual de memoria: Se pone la mochila en el hombro derecho, esconde el pelo en el saco, dice algo en voz baja y sale dando un portazo. Se ve muy guapa de espaldas y por alguna razón siempre espero que voltee y nunca lo hace. Yo tampoco corro detrás de ella. Y nunca sé de quién es el error, si de ella por irse o mío por quedarme. También yo he dado un par de portazos y he salido corriendo, no puedo negarlo, pero siempre me quedo sin aire rápido. Estoy cansada. Tomo gotitas de Olivo y Corazoncillo para el mal de amores y vuelvo una y otra vez al origami a hacer grullas, que es lo único que sé doblar. También leo libros y duermo más de la cuenta como hacía de pequeña para escapar. Recito consejos de autoayuda y hasta pego post-it en las ventanas con propósitos que nunca cumplo. Mis amigos están cansados de que siempre que tomo de más termine buscándola en mi cajón de recuerdos. También se ríen de mí y de mi ciclotimia amorosa en la cual nunca se sabe si quiero hablar de ella o me arde que la nombren. No sé no amarla. Todavía respondo el teléfono si llama y le doy consejos aunque eso implique olvidarme de mí y todavía daría la vida para que nada le vuelva a doler jamás. Claro que a veces también quiero golpearla, olvidarla y entonces la borro de todas mis redes sociales y apago el número celular. ¡Cómo si eso sirviera de algo! Sé que no es sano pero la coca-cola tampoco y si no puedo dejar a la segunda, menos a la primera. También tengo más mujeres, que hay una a la que le debo la vida aunque ya casi no se acuerde de mí, que hay otra cuya voz ronca me mueve el alma como si fuera cuerda de guitarra y a quien le digo te amo prometiendo que le donaría un riñón porque así de fucked up son mis historias de amor. Incluso tengo un fantasma viejo, un lobo de mar que me atrapó cuando era sirena y que todavía puebla mis pesadillas cuando hay luna nueva. También te busco a ti, debo confesarlo, te busco a veces, en los mensajes de texto, en la esquina derecha de mi sonrisa, en una que otra canción de Pink Floyd. Te busco en la nada, que al fin y al cabo aquí nada está pasando. Y, por supuesto, hay meses en que se me llena la vida de desconocidos y de besos de bar con personas advertidas de que voy a emprender retirada pronto porque no soporto los no-amores cómodos, soy presa fácil del tedio.

No puedo con la vida cuando no pasa nada, ¿sabías? Quizá ya me conoces lo suficiente como para saberlo. Será el alma de poeta, como dices tú, yo creo que es una pequeña pulga que vive en mi esternón y me pica cuando no me muevo. Aprendí del dolor a sentirme viva hace ya muchos, muchísimos años. La adrenalina emocional es mi adicción más complicada, más que al cigarrillo, a las personas, los relajantes musculares o a la cafeína. Y pago las consecuencias a tiempo y en efectivo, a punta de soledades, morados, cicatrices y un cansancio que no me deja sino cuando voy a bailar. Siento la vida hasta el agotamiento, me enamoro igual. Por eso la amo hasta los huesos y los oigo romperse cuando se va. Por eso mi riñón derecho le pertenece a alguien que no soy yo. Por eso cuando llama se me encoge el estómago a tal punto que se me quita el hambre por horas, casi días. Por eso cuando beso se me dilatan las pupilas. Y cuando beso y no pasa salgo corriendo, porque no soporto a la gente que cuando besa no muerde, que nunca ha saltado al vacío, que no entabla conversaciones a las tres de la mañana con sus fantasmas. No sé por qué te escribo todo esto, quizá porque necesitaba hacerlo, quizá porque te quiero, quizá porque quiero que me conozcas, quizá porque sí. No pido que entiendas la vorágine en la que me acostumbré a vivir y en la cual ella es mi ingrediente favorito porque me conoce maravillosa y terrible y en su momento me amó (¿ama?) así; hace mucho dejé de pedir que alguien entendiera y empecé a llenar las conversaciones de silencios y suspiros resignados. A veces, en días como hoy, tanto sentir me deja exhausta y sólo sé hacerme un ovillo, enrroscarme sobre mí misma, confortably numb. Me escondo, sí, porque no sé cómo explicar lo que pasa durante y después de esos ataques de... ¿de vida? ¿de rabia, de risa, de lágrimas, de besos, de promesas, de reclamos? ¿de destellos de luces de colores en mitad de la más profunda oscuridad? Porque a veces ni siquiera tengo fuerza para recordarlos por completo, porque a veces ni siquiera tengo la fuerza para reconocerlos por completo. Prefiero el silencio porque antes hubo tanto, tantísimo ruido...

Y luego algo me salva. Me salva de quedarme ahí, estancada, inmóvil, en esa inapetencia que tanto miedo me da pero a la que siempre vuelvo. Con la que tanto peleo. A veces no sé si esa soledad, esas ganas de silencio, de quietud y de recogimiento son un rasgo de personalidad o algo un poco más patológico. El punto es que algo me salva, una canción de Disney, el amanecer de colores, que me regalen un chocolate, descubrir que a Mila le gusta Pink Floyd y que me gruñe si pauso la canción, sentir que se me arruga la nariz cuando sonrío con todos los dientes. Algo me salva y me embarco en la otra cara de la luna, en la cara brillante, en esa que mencioné antes y hace origami, recita poesía, toma té arrunchada en su cobija favorita (porque no tomo café cuando ella acaba de irse, me sabe demasiado amargo) y baila en calzones encima de la cama. Pero soy pendular, el tiempo y el mundo también lo son aunque la gente no lo sepa ver, pero yo soy marcadamente pendular y por eso la dejo (a ella y a mi depresión, no sé exactamente a cual me refiero) volver las veces que quiera aunque tenga que repetir el ritual de las lágrimas, la puerta que se cierra y los golpes sordos a la pared. Quizá por eso, como dice Ismael, me enamoro de mujeres comprometidas, llenas de abrazos, de camas compartidas, quizá por eso me enamoro de mujeres jodidas porque necesito poderme reflejar un poco. Porque no hay nadie que pueda entender mi andar torcido si no está, al menos, un poco chueco. Porque no soporto que me juzguen ya que soy juez por excelencia de cada cosa que hago y tengo parámetros para mí tan rígidos que a cualquiera le darían pavor. Quizá, sí, estoy enamorada de esa yo terrible de golpes, muertes y ojos hinchados aunque cuando aparece la odie y me llene de miedo. Y no porque esté enamorada quiero que se quede ahí para siempre, pero la necesito, me necesito, porque la otra opción es peor. 

Te quiero y agradezco mucho que hayas estado ahí aunque todavía dudo que te quedes. Dudo porque yo no me quedaría conmigo si me pudieran dar a elegir, pero estoy trabajando en eso de a pocos. Lamento no escuchar, pero acerca de si ella vale o no la pena la suerte está echada y siempre la valdrá. Todas las mujeres a las que amo valen la pena porque no las amo por el bien que me hacen sino por quiénes son, con todo y sus miedos, sus dobleces mal hechos, sus fantasmas. Eso las hace quienes son y quienes son me ha enseñado mucho aunque no siempre de la manera más fácil, porque no sé aprender de la manera fácil, soy de las que nunca entendió que el fuego quemaba hasta que se quemó. Te quiero y no espero que me quieras, pero lo haces y entonces esperaré que me quieras así, con los silencios y los gritos. 

Un abrazo grande lleno de frío,
Yo.


Your lips move but I cant hear what youre sayin.
When I was a child I had a fever.
My hands felt just like two balloons.
Now I got that feeling once again.
I cant explain, you would not understand.
This is not how I am.
I have become comfortably numb. ~

12.14.2013

Una historia de amor, bicicletas y mi imposibilidad para hallar el equilibrio.

(Otra entrada culpa de Lydia y mis ganas de responderle 
por qué yo no monto en bici.)

En mi infancia no hubo bicicletas, hubo un pequeño triciclo amarillo con ruedas rojas y pedales negros que mi hermano y yo nos disputábamos en eternas horas de pelea. Recuerdo que tenía un pequeño baúl entre las dos ruedas traseras, con tapa roja y que allí solía esconder todas las cosas que tenían valor para mí, en concreto: Un libro, un libro para colorear, un par de colores y una que otra muñeca o peluche con el que estuviera encariñada en el momento. Solía montarlo en el "área común" de mi conjunto de apartamentos y monté en él hasta que comencé a hacerme morados en las rodillas y descubrí que dolía más de lo que disfrutaba y lo dejé llenarse de polvo en el garaje de la casa de mis abuelos hasta que se lo regalaron a alguien. 

Después de eso, a la tierna edad de siete u ocho años cuando todo el mundo comienza con su bicicleta: yo descubrí el patinaje. Tenía unos patines fisher-price de cuatro ruedas que me recordaban a mi triciclo porque también eran rojos con amarillo y tenían una campanita que sonaba en donde iba el freno. Aprendí rápido porque era una época en la cual estar fuera de casa no era ya un pasatiempo sino un método de supervivencia, mientras mi hermano pedaleaba en el todavía-no-empolvado triciclo y yo me agarraba del baúl para que me arrastrara lejos, cuatro (¿o eran tres?) pisos arriba los gritos eran moneda corriente. No sólo aprendí a patinar sola sino que también le enseñé a mi hermano. A los nueve años ya me habían comprado patines profesionales, eran unos Chicago negros y también tenían cuatro ruedas, en algún momento de mi vida, entre mi constante miedo al abandono y mi inestabilidad emocional, descubrí que necesitaba dos ejes para poder moverme, uno sólo no era suficiente: uno sólo llevaba a la debacle emocional, a los gritos tras la puerta y a que nunca nadie me enseñara a montar bicicleta. 

Me volví experta en medios de transporte con dos ejes: No sólo practiqué patinaje artístico de manera semi-profesional sino que también aprendí a montar patineta y hasta a manejar carritos de golf. Los patines en línea me daban pavor y las bicicletas ya no eran un tema, no había una en mi casa y total el "área común" de mi nuevo conjunto con sus escalones, sus subidas y sus bajadas era un mejor reto en patines.

A los diez años ya no vivía en un conjunto con "área común" sino en la casa de mis abuelos. Fue a esa edad que decidí por primera vez que las bicicletas y el amor estaban unidos y que yo era muy de malas para ambas: me enamoré. Me enamoré como se enamora uno en la primaria, con un amor bobalicón y rosado que escribe en el diario y que tartamudea cuando el sujeto de afecto se acerca. Me enamoré de un compañero de colegio que, ¡oh sorpresa! vivía dos cuadras detrás de la casa de mis abuelos e iba a visitarme montado en bici. Una vez me pidió un beso y se ofreció a enseñarme a domar al caballito de acero, ninguna de las dos cosas pasó. Él era dos años mayor que yo y su bicicleta era un monstruo que medía dos metros y tenía cuatro velocidades, a mí me daba una mezcla de vergüenza y miedo besar y su bicicleta me producía auténtico pavor. Recuerdo que tenía que subirme en un ladrillo encima del andén para montarme en la bici y que tras dos o tres intentos desistimos lo dos. Con el beso sólo hizo falta una vez: me lo pidió y salí corriendo a casa, cerré la puerta y no le volví a hablar. Entonces supe que sólo alguien que me quitara el miedo a fallar podría enseñarme a amar y a montar en bici.

Hace cuatro años, siete años después del episodio del beso, volví a pensar en bicicletas. Era diciembre, como ahora, y Lía se burlaba de mis patines de rueditas (ya no aquellos Chicago de mi infancia, sino unos nuevos, aún más profesionales, todavía negros y que marcaron el regreso del patinaje a mi vida por culpa de un director de teatro loco que quiso que uniera mis habilidades en patinaje con mis habilidades escénicas y me hizo personificar a Puk sobre ruedas, pero esa es otra historia.) y quizá de mis ganas desaforadas de amarla. Era noche de ciclovía nocturna y cuando se ofreció a enseñarme a montar acepté sin pensarlo mucho, total ya me había enseñado a besar. Era una callecita oscura, no me acuerdo de su bicicleta por estarla mirando a ella y lo único que aprendí en esos intentos fue que me gustaba mucho sentir sus manos alrededor de mi cadera. Quizá logré andar treinta segundos sin pedir a gritos que fuera mi segundo eje y me tomara de la cadera con fuerza para evitar que bicicleta y yo termináramos en la carrera once atropellas, quizá fueron quince segundos. No recuerdo. Sé que el intento de montar fracasó porque la atropellé, era tarde y nos esperaban otras amigas en otro lugar. El intento de enseñarme a amar fracasó porque a ella nunca le interesó amarme en el mismo sentido que a mí. Menos de un mes después Lía se alejó de mi vida y con ella se fueron mis clases de bicicleta y mis ganas de amar.

Tres años después tenía novia por primera vez en la vida. Ella montaba bicicleta a diario para ir a su trabajo y se burlaba de las muecas extrañas que yo hacía cuando alguien me invitaba a la ciclovía. Una vez, tuvimos una pelea y la perseguí corriendo por todo el pueblo mientras ella, en su bicicleta, me dejaba atrás con pasmosa facilidad. Ésa vez, que terminé perdida en la mitad de la nada, llorando y enojada, juré aprender pronto a montar en bicicleta. Ella fue a rescatarme luego, ya sin la bici, y yo me fundí en un abrazo lloroso sabiendo que en ese momento ella era mi segundo eje y que a su lado la vida me andaba bonito. Tardamos un par de meses en encontrar el momento para aprender a montar bicicleta, ya ni siquiera éramos pareja para entonces, pero yo todavía sentía que si mi mundo estaba en sus manos nada podía salir mal. Recuerdo que estábamos en el parqueadero de su conjunto, con su hermanita menor montando una bici rosa de rueditas y riéndose de mis movimientos torpes y del miedo que tenía. Tenía miedo a caerme, a perderla, a irme de lado y ya no saber cómo avanzar nunca más. Me llenó las mejillas de besos y el alma de confianza y arranqué a pedalear: logré darle dos vueltas nerviosas al parqueadero sin ayuda hasta que me venció el miedo, di un mal giro y terminé rayando un carro (y en sus brazos, pues me salvó de ir a parar yo debajo del carro). No quise volver a intentar, estaba temblando de miedo y sólo quería echar a correr. Un par de meses después tuvimos una gran pelea y no volví a pisar su casa (no creo ya que la pise nunca más), me pudo el miedo y salí a correr. No estaba lista para amar y tampoco para montar en bicicleta.

Hace dos días fue la ciclovía nocturna otra vez, Lydia se ofreció a enseñarme a montar pero yo llevaba a Mila (mi perrita) y nos fue imposible. También tenía miedo, miedo a confiar tanto en una persona que no amo (porque venga, a Lydia la puedo querer mucho pero no me he enamorado de ella jamás), miedo a descubrir que la vida no necesita dos ejes. No aprendí pero me quedé con las ganas, llevo seis meses buscando el equilibrio, aprendiendo a andar sola y quizá pronto me anime a dejar que me enseñen en serio, a pesar de que le tengo pánico a los raspones, a no saber frenar, a dar el giro incorrecto a... ¡a todo lo que le temo cuando amo!

A fin de cuentas, en mi vida montar bicicleta es como amar: Para aprender hay que perderle el miedo a salir lastimado, hay que saber que si dejas de avanzar se vuelve más difícil mantener el equilibrio y una vez que aprendes ya no se te olvida. Y yo todavía no he aprendido a hacer ninguna de las dos.

12.13.2013

¡Qué extraño cuánto extraño!

No sé si es diciembre, que ya casi es 17, que volví a caminar por la séptima con Lydia o qué, pero estoy nostálgica. Así que decidí hacer una lista de cosas que extraño, como las listas que solíamos hacer en blog por allá en el 2010...

- Extraño la gente que comentaba en los blogs. Aunque fueran anónimos. Pinches vouyeristas posmodernos.
- Extraño la carroza de Theatron en la marcha del orgullo gay.
- La extraño a ella. ¡Cómo la extraño, joder!
- Extraño messenger, sus conversaciones grupales, desvelarme (con ella) y los indirectazos en el subnick.
- Extraño a mi abuela.
- Extraño a mi abuelo, a sus barbas, sus abrazos gigantes, su silbido al abrir la puerta, su olor a pipa y su voz profunda.
- Extraño sus correos en mi buzón.
- Extraño escribir cartas a mano, pero ya no tengo a quién.
- Extraño la sensación de ser invencible.
- Extraño a Lía en mi cama, no en mi vida: sólo en mi cama. Extraño dormir con la nariz entre sus crespos.
- Extraño pasar las tardes contando gatos y el graffiti que ya no está.
- Extraño llamar a Lydia por teléfono aunque no extraño llamar a nadie por teléfono, ¡odio los teléfonos!
- Extraño el teléfono-cuernófono de la casa de mis abuelos.
- Extraño las épocas en las que la gayness no era sinónimo de status social.
- Extraño las empanadas del colegio y las vueltas en forma de mentas.
- Extraño ver muchachitas en uniforme de colegio y no sentirme una asalta-cunas.
- Extraño mis sueños de irme a Italia.
- Extraño el sexo, sí.
- Extraño agarrarla de la cadera y besarle el cuello mientras cocinaba.
- Extraño cuando la conocía, cuando no me había decepcionado tanto.
- Extraño que los pasajes del bus valieran $700.
- Extraño confiar en mí.
(Extraño cuánto te extraño,
guapa.)

11.20.2013

Ansiedad.

Estás en la marca de mis uñas sobre mi antebrazo, en mis dientes dejando marcas en mi índice izquierdo, en mis pies amoratados del frío porque necesito sentir la alfombra del suelo. Erre con erre cigarro. Estás en mi manía de retener el aire entre los pulmones con fuerza hasta que siento el corazón en la garganta y el mareo en los sesos, en la manera en que me froto las manos hasta que las palmas se ponen rosas y en el eco incesante de las palabras que repito al menos trece veces para alejarte. Erre con erre barril. Estás en el calor que me recorre la espina dorsal y en el escozor de mi piel que impide que lleguen los abrazos. Rápido corren los carros. Estás en mis ganas de huir, de correr descalza por la séptima a las tres de la mañana, de mordisquear el filtro del último cigarrillo de la caja. Cargados de azúcar al ferrocarril. 

11.04.2013

Noviembre.

(Esta entrada se lee escuchando: http://www.youtube.com/watch?v=6sVK4g5w4J8 )

Te escribo porque soy cobarde y he aprendido a encontrar cordura en algunos de mis miedos. Te escribo porque no quiero llamarte, porque alguien más duerme a tu lado, porque no quiero saberte. Porque quiero que un día todas estas sensaciones me evoquen una sonrisa pequeñita y ladeada a la derecha y no este mar en tormenta que se me desborda entre las pestañas. Porque sé que si te llamo querré verte, que si te veo querré abrazarte, que si te abrazo querré tenerte y que volveré al principio. Porque si te llamo querré pelear como siempre, querré gritarte por cualquier motivo, querré que me calles los gritos a besos y no lo harás. El amor es peligroso, ¿sabías, princesa?, es peligrosísimo porque cuando se encuentra así, sin caderas que agarrar, le gusta disfrazarse de odio. Cómo te odio a veces. Te odio con la misma pasión con la que te tiraba sobre mi cama y te mordía el cuello. Te odio porque me cuesta tanto tanto tanto no amarte así. De manera que para no llamarte y terminar odiándote, te escribo. Enciendo el quinto cigarro de la madrugada porque sabes que cuando fumo no lloro, y no puedo escribir si no veo bien. 

Es ya noviembre. ¿Te acuerdas? Noviembre, mi mes. El mes más mágico de todo el año. El mes en que decidí tatuarme, el mes en que vi a Sabina en vivo, el mes en que te supliqué que no te fueras, y de cierta forma te quedaste. El mes en que nací.

Llevo toda la madrugada leyendo nuestras conversaciones. Es curioso verte ahí, en esa foto de perfil que facebook aún me muestra aunque te tenga bloqueada, verte ahí, sonriendo con alguien que no soy yo. Verte ahí y leerte diciendo que me amabas. Leer todo lo que soñamos, todas las heridas que nos abrimos. Estaba tan sola cuando te encontré. Estaba tan perdida. Y de pronto allí estabas vos, amándome como nadie me había amado en la vida. Me dista una fuerza que desconocía, y que me hizo tan maravillosa como terrible. Henchiste de valor mi pecho pero de fiereza mis miedos. Crecí como nunca, pero crecieron también los monstruos. Fui todo contigo. Sacaste de mí la parte más hermosa, esa que te agarraba a besos cuando querías llorar, esa que se iba hasta el otro lado de la ciudad para agarrarte de la mano, esa que escribía cartas con futuros violetas en hojas cuadriculadas, esa que se hubiera dejado matar con tal de que nunca nada más en la vida te volviera a doler, la tierna, la fiel, la apasionada. Pero también sacaste la parte más fea de mí, esa insegura que cogía a golpes las paredes cuando tu ex aparecía, esa que mentía de manera irrefrenable, la malparida, la cabrona, la testaruda, la autodestructiva. Fui puta y fui dama de tu mano. Y vos, vos fuiste bruja y princesa, me hiciste todo el daño que me habías curado. Me pregunto si alguna vez esta habitación podrá ser cielo e infierno de la misma manera en que lo era cuando estabas vos. Ahora no estás. Y yo ya no quiero ser ni maravillosa ni terrible aunque aún me muerdo el dedo índice hasta dejar marca cuando estoy mal.

Fuimos tanto que tuve que huir. Huí porque nos íbamos a morir de amor, ¿entiendes? nos salvé la vida. Esta vida que sigue ahora como siguen las cosas que no tienen mucho sentido, aunque a veces hubiera querido morirme a tu lado.

Es noviembre otra vez. Tengo frío. Empaco una a una nuestras historias a futuro y las quemo con la colilla del cigarrillo, aún encendida. No sé si fuiste el amor de mi vida, pero fuiste el amor de mi muerte y no puedo seguir anhelando que estés. Dudo que debajo de la cama de tu novia aún guardes nuestros viajes a París y el hijo que jamás tendremos, como los guardo yo. Quiero creer que necesitaré ese espacio después, que volveré a soñar con despertarme al lado de alguien que no eres tú. 

"Y sí, sí, sí. Eres mucho, muchísimo más de lo que estaba pidiendo. Y eso a veces aterra jodidamente. Porque no sé ser feliz. No sé. Y estaba tan segura...tan segura de que con vos podía ser infinitamente feliz. Porque eres... eres hermosa. Y se siente tan lindo. Pero yo simplemente no sé. No puedo. Sos mucho más de lo que pedí, y quizá hasta más de lo que soñé.
Y yo sencillamente me tiro todo porque no sé ser feliz." - Sept. 2012.

Creo que es hora de que yo me descubra siendo feliz, y ese es esta vez mi deseo de cumpleaños. Ya no eres mi deseo de cumpleaños y aunque me muero por oír tu voz: Adiós.


( Te amo.)

10.21.2013

Entrada muy larga para Lydia (o también titulado: "Yo también tengo líos con la lesbiandad.")

Vamos a retomar un poquito la idea de este blog en donde escribo lo que se me da la gana, cuando me da la gana y porque escribir en papel y lápiz me da pereza. Hoy vengo con un posteo robado de la señorita Lydia (Ver aquí) sobre lo que significa o deja de significar ser lesbiana y entre este posteo y que hace poco abrí una cuenta en ask.fm y la gente parece estar absolutamente asombrada con mi orientación sexual, me dieron ganas de escribir este post.

Yo me declaré bisexual a los catorce años de edad por culpa de Shane McCutcheon (sí, mi primer amor fue una lesbiana de televisión): un día estaba canaleando y me encontré con The L Word y me quedé enganchada con esa mujer medio masculina de ojos claros y boquita sexy. En un principio la confundí con un adolescente emo pero luego de mucho buscarla por internet encontré que era mujer y sufrí las siguientes cuatro temporadas como si me hubiera dejado plantada en el altar. Así que esa semana, de ese borroso año de 2006 o 2007 me declaré bisexual. Sí, me declaré, no me volví, porque ahora cuando miro al pasado encuentro mujeres en mi vida por las cuales me sentí atraída desde muy temprana edad pero que pasaron por mi vida disfrazadas de amistad en una sociedad heteronormativa en la cual que yo quisiera contarle las pestañas a mi amiguita de tercero de primaria se contaba como un síntoma de una profunda amistad y no de un sincero gusto. De hecho, me molesta mucho la gente que usa el verbo "volver" para referirse a su condición sexual, como si uno tuviera un interruptor interno que activara a voluntad, pero ese es un post que escribiré algún otro día. El punto es que me declaré bisexual, abrí un blog y me reí mucho del asunto, aunque no dejaba de resultarme algo incómodo, primero porque en esa época de mi vida mi mamá mantenía firmemente que era mejor ser lesbiana que bisexual, ya que la bisexualidad no era sino confusión culpa de la televisión (todavía el boom del beso de Madonna y Britney no había sido superado) y el bombardeo sexual al que estábamos sometidos los adolescentes; y segundo porque hasta ese momento de mi vida no me había provocado besar a nadie y... ¡me venía a provocar una lesbiana veinte años mayor y tras del hecho inexistente! Porque sí, Shane fue la primera persona a la que quise besar. Y digo Shane porque era ella, con sus líos, su autodestrucción y su pinta de niña mala la que me llamaba la atención, Kate Moening (la actriz que encarna a Shane) no generaba lo mismo en mí. Me pasaba las noches escribiendo en mi diario de papel y mi diario online acerca de lo que estaba descubriendo. Sí, me declaré bisexual en ésa época y se lo conté a los pocos amigos que tenía (que no eran muchos). Para mí, gracias a Jebús, no hubo ningún conflicto conmigo misma, ni odio, ni asco, ni resentimiento. Me gustaban las mujeres, la tristeza, el cappuccino y Arjona, entre todas mis rarezas esa resultaba hasta normal. 

Lo que me torturaba en esa época era la idea de que no me gustara jamás un hombre, de que todos mis "amoríos" de infancia (de esos noviazgos de primaria en que uno enviaba carticas por debajo del pupitre y se cogía la mano en los recreos) hubieran sido amistades disfrazadas de otra cosa porque la sociedad así lo estipulaba. Me costaba renunciar a mis ideas de princesa Disney donde un hombre alto y gentil me agarraba de la cintura y me daba el primer beso de amor y luego nos casábamos y teníamos dos hijos y un golden retriever. No quería renunciar a ese hombre de mis sueños pero todo en mí parecía decir que mi camino estaba marcado de mujeres, al menos en el ámbito sexual porque en esa época mantenía una relación tormentosa con un hombre mucho mayor que yo que tenía un nivel de intensidad emocional altísimo pero que por la distancia y la diferencia de edad nunca dio pie a que  el cuerpo se pronunciara.

Luego, en el 2008, me enamoré por primera vez. Tenía 15 años. Me enamoré de una mujer, claro está, y la relación tormentosa con este hombre fue reemplazada por una relación igual de tormentosa con una argentina que inspiró muchas de las letras con las que se fundó este blog. Ella. Una argentina 28 días menor que yo, a la cual nunca he visto en mi vida, pero que fue mi mejor amiga durante muchos años y mi amor imposible por excelencia. En esa época comencé a mirar a otras mujeres a mi alrededor y desarrollé una pasión desbordada por los uniformes de colegio y esa camaradería femenina que me permitía mirarle las piernas a mi compañera de salón sólo para decirle si la jardinera estaba lo suficientemente larga para que el coordinador de disciplina no molestara. Nunca intenté nada con ninguna de esas mujeres porque seguía con mi amor de distancias, de chatear hasta la madrugada y de llamarla a larga distancia una vez cada mil meses. Mi cuerpo, con el que aún tenía muchos problemas, permanecía mudo y es que yo me creía fea, gorda e inapetente sexual, así que el amor de ideales y de letras que me hacía llorar por las noches era mejor que los noviazgos de besos detrás de la tienda de mis amigas del colegio. Yo creía firmemente que el sexo estaba sobreestimado y que sentir lo que estaba sintiendo, escribir poemas y dedicarle canciones de rock en español, era mejor que cualquier beso o mordisco. Además, en esa época eso de la diversidad sexual todavía era tabú y no como ahora que misteriosamente si no te gradúas del colegio habiéndole dado un beso a alguna mujer, no eres nadie.

Hasta que llegó Lía. Sí, la famosa Lía, princesa gitana, corazón de candela. Eran finales del 2009, yo estaba a punto de graduarme del colegio y tenía el corazón cansado de soñar con una mujer que no sabía cómo olía, cómo se reía o cómo bailaba. Comenzaba a pensar en "mi primera vez" y decía que mi primer beso iba a ser con un hombre pero mi primera acostaba iba a ser con una mujer. Para ésa época ya mi condición de bisexual estaba todavía en furor y ya varios de mis compañeros de colegio sabían. Aún así, prefería decir que era una "mujer que se enamoraba de mujeres", porque no me sentía cómoda ni con el título de lesbiana, ni con el título de bisexual. El de lesbiana me daba miedo porque me quitaba opciones, me limitaba en un mundo en el cual era más fácil conseguir novio que novia y el de bisexual... ¿cómo podía llamarme bisexual si nunca me había sentido atraída por ningún hombre? Aunque, técnicamente, tampoco me había sentido atraída por ninguna mujer. Y llegó Lía. Con su piel morena y su sensualidad de mulata. Llegó a dormir en mi cama, a dejarme la almohada oliendo a ella, a robarme besos de aguardiente y tabaco (bien documentados en este blog) y a decirme, por primera vez en la vida, no que me quería o me amaba: Sino que le gustaba. Que ya no era sólo letras y sensibilidad poética sino que también era labios, caderas, cintura. Me descubrí mirándome las tetas y mirándole las tetas, creo que fue por ésa época que la palabra tetas comenzó a gustarme tanto.

Pero en mi vida nada es fácil, ni normal, ni sigue el camino común. Y no me quejo, eso me encanta. Con Lía nunca tuvimos una relación formal, vivía enamorada de otro hombre y sólo cuando el alcohol le bajaba las inhibiciones aceptaba que quería comerme tanto como yo a ella, pero no pasó nada. Así que yo era un reguero de hormonas y calentura cuando conocí a Jose, un adolescente que se etiquetaba gay a morir, menor que yo y más rico que el pan. Tuvimos por buen rato una amistad muy gay, en el que él me hablaba de sus hombres y yo de mi mujer, y en el que intentábamos decirle a Lydia que la bisexualidad era una cosa maravillosa, más porque realmente queríamos creérnoslo que por otra cosa. Incluso en ésa época le tenía algo de envidia a Lydia y la seguridad con que hablaba de su gayness (término que le adjudico a ella y que usábamos en vez de lesbiandad, dado que es la hora en que no estamos seguras de que la palabra exista). Yo le tenía miedo a la incertidumbre y a no poder sentirme contenta en una etiqueta en este mundo que nos vive etiquetando. Pero volviendo al caso, una noche de despecho cansada de que Lía me negara besos le dije a Jose que necesitaba alguien que me quitara las ganas, y él se ofreció. Fueron muchos los encuentros torpes en que yo iba descubriendo al mismo tiempo mi cuerpo de mujer y su cuerpo de hombre, hasta que finalmente, sin amor pero con mucho cariño, nos acostamos. No me arrepiento de mi primera vez, no fue ni traumática ni dolorosa, estuvo cargada de una complicidad de la cual creo que muchas parejas carecen. Aún así, durante todos esos encuentros, nunca tuve un orgasmo y aunque me encantaba mordernos, tocarnos y besarnos, una y otra vez volvía a mi la idea disfrazada de certeza de que el placer lo encontraría con una mujer. ¿Será que era lesbiana y me negaba a aceptarlo? ¿De que tenía tanto miedo? No me enamoré de Jose porque no iba a ser esa persona en mi vida, pero le debo mucho. Le debo reencontrarme con mi cuerpo, porque lo había perdido hacía muchísimos años, le debo que me hiciera sentir una mujer atractiva y despertar una sexualidad que había sepultado por dolor más que por inapetencia.

Pasó mucho tiempo antes de que volviera a tener un encuentro sexual con alguien. Lía desapareció de mi vida y me sumí en un desamor en el cual todos los besos que me daba con alguien, fuera hombre o mujer, me dejaban hueca porque no eran sus besos. Estaba buscando a Lía en otras personas y no la iba a encontrar, porque como ella sólo hay una. Cuando por fin sentí que me la había quitado de encima me sumergí en un vórtice loco en el que me acosté con varios hombres, casi desconocidos ellos, sin sentir nunca lo que esperaba sentir y preguntándome una y otra vez si lo que necesitaba era acostarme con una mujer para salir de dudas de una vez y si quizá eso era lo que necesitaba para llamarme lesbiana a mí misma y dejar de joder.

Entonces, hace casi dos años, conocí a mi ex y el amor resultó ser mucho mejor guía sexual que las ganas. La amé como no había amado a ninguna otra persona, físicamente hablando. Encontré el orgasmo entre sus dedos y también entre los míos, porque nunca me había excitado tanto llevar hasta el borde del placer a alguien. Lo encontré una, nos, tres veces y lo busqué en ella otras tres, porque era ella, no era cualquier alguien, era la mujer a la que amaba, era aquella con la que quería compartir mi vida. Tuve sexo en la ducha, en la sala, en un baño de un bar, en la escalera. Hice el amor en su cama y en la mía, aprendí la diferencia sutil entre hacer el amor y tener sexo y toqué el cielo en su boca, pero cada vez que iba a definirme a mí misma como lesbiana, la palabra bisexual volvía una y otra vez a salir. ¿Cómo podía negar todas mis historias de cama? ¿Qué habían sido ellos? ¿Un error? ¿Un experimento? Me negaba, y además me aterraba que cuando ella se fuera de nuevo iba a estar en un mercado muy limitado, éso de sólo buscar mujeres lesbianas o bisexuales me aterraba (porque no, respeto la heterosexualidad y no me da la gana de andar tentando a alguien que no me va a corresponder). Entonces terminé con ella y ya la sexualidad era lo que menos me importaba porque con el corazón roto estar en otras manos y en otras bocas carecía de sentido.

Hasta hace dos semanas. Hace dos semanas entendí muchas cosas y quizá por eso este posteo es tan extenso, porque tengo que poner mi aprendizaje en alguna parte y compartirlo, aunque sea a mí misma. Hace dos semanas volví a tener sexo con alguien que no era ella. Llevaba meses sin desnudarme, porque cada vez que estoy rota mi cuerpo siempre se lleva la peor parte a pesar que en estos siete años de descubrimientos he encontrado una sabiduría infinita en la sexualidad: en el sexo. Vamos, que después de tantos meses moría de ganas y de calentura. Y lo encontré a él. Un hombre que se robó mi primer viernes después de llegar del exilio, un tipo con el que llevaba un mes hablando pero al cual nunca había visto. Me hizo sentir cómoda al primer beso y por eso acepté la invitación a su casa. Me sumergí en sus sábanas como si fueran el mar y lo anclé a mí entre mis piernas con una ferocidad que desconocía. Ya no tenía miedo, ya no estaba pensando en la etiqueta con que iba a salir de esa cama, era sencillamente yo y él. Encontré el orgasmo al segundo polvo con los ojos cerrados y una sensación de felicidad que me recorría la piel, aunque podía notar en el titubeo casi imperceptible de su boca que no estaba seguro de estarse acostando con una mujer tan gay como yo, pero le quité las dudas a mordiscos porque yo no tenía ninguna. Salí de esa habitación a la mañana siguiente sabiendo que no iba a volver a llamarme, pero contenta y radiante, como deberíamos salir todas las mujeres después de tener sexo: sin culpas, ni complejos, ni tonterías. 

Y así entendí. Entendí que ese orgasmo me había estado esperando muchos años no porque mi pareja sexual fuera un hombre y no una mujer, sino porque las dudas no me dejaban llegar a él. Entendí que no es que este hombre de hace dos semanas sea el mejor polvo del universo, pero que fue un revolvón de puta madre porque me entregué a él sin etiquetas ni enredos. Entendí que nunca me había sentido cómoda en ninguna etiqueta porque no soy ni lesbiana, ni bisexual, ni heterosexual, ni pansexual, ni qué sé yo. Soy una persona y el mundo allá afuera está lleno de personas. Me pongo y me quito las etiquetas como me cambio el color de pelo, de ropa y hasta el apodo. Nací con la capacidad de no ver en el género un limitante, pero no es porque no me importe el género, sino porque me gusta la persona que va más allá: Lía es una mujer y me gustó como una mujer, Jazz es una mujer y la amé como mujer, los hombres de mi vida han sido hombres y los he amado siendo hombres. Me gustan sus tetas (en ellas), me gustan sus caderas (en ambos), me gustan sus quijadas (en ellos). Pero lo que más me gusta es lo que dicen, cómo piensan, cómo se mueven. Yo me gusto mujer y no quisiera ser hombre, me gusto hormonal, me gusto con tetas, me gusto con voz aguda y con vagina, sí. No quiero cambiar porque a través de los años ser mujer es algo que he construido,  pero quiero creer que si hubiera sido hombre me gustaría a mí mismo de igual manera. Allá ustedes si se molestan cuando digo que soy lesbiana pero tengo sexo con hombres porque es una categoría que me gusta en este momento de mi vida y que se asemeja mucho a lo que estoy viviendo, allá ustedes si insisten en preguntarme qué si prefiero acostarme con hombres o con mujeres porque me encanta con ambos ya que para mí el sexo depende menos del aparato reproductivo y más de otras mañas. Allá ustedes, que aquí me quedo yo con mis líos con la lesbiandad amando a quién se me venga en gana y gozando este 1,67 de estatura como se me venga en gana... que a final de cuentas al amor de mi vida se le van a caer las tetas o se le va a dejar de parar el pene y eso será lo de menos, porque si es el amor de mi vida lo que me va a importar más es cómo le brillen los ojos cuando me diga que me ame. Y aunque nunca he encontrado ese brillo en un hombre, quién quita, todavía tengo fantasías rosas y aún no renuncio al príncipe con dos hijos y un golden retriever.

Con amor,

Yo.

10.20.2013

Un cuento corto.

Estaba parada al borde de las pesadillas, en ese vórtice ruidoso de la mente dónde el que más razón tiene es siempre el que menos manda. Estaba parada con sus piecitos de uñas turquesa balanceándose sobre el borde de la memoria, esa memoria que hemos dejado caer entre el polvo por años porque cada recuerdo corta y lacera como si en vez de estar hecho de pedazos de corazón estuviera hecho de cristal. Quizá, pensó ella en un arrebato de lucidez, el corazón también está hecho de cristal y por eso se escucha romperse en las noches de luna nueva cuando la vida le sacude a uno el pecho. Estaba allí, simplemente sentada, agarrándose de una melodía vieja que la tenía como un arnés y con su pelo ondeando sobre las ganas de saltar... cuando la oyó llegar.
En un principio no supo qué había quebrado la rutina gris de ese lugar que a pesar de ser tan intempestivo se regocijaba en una cotidianidad que agarraba los vértices de su sonrisa y los convertía más bien en una mueca cargada de cansancio. Sencillamente la oyó llegar. Un acorde de más en la melodía que tarareaba, una segunda voz que la acompañaba despacito, desde lejos, levantándole algunas notas que por falta de práctica se le habían caído. Dejó de cantar. Al instante sintió con pavor el agujero que se abría ante sus pies y entre su estómago al haber soltado el arnés. Sin melodía ya nada la tenía a salvo de las pesadillas. Cerró los ojos y arrugó la nariz en espera del golpe seco que seguro se daría contra las rocas monolíticas en las cuales se habían convertido sus derrotas. En ese momento sintió algo que no recordaba haber sentido jamás en la vida alrededor de su muñeca, algo cálido que la agarraba con fiereza y la jalaba de vuelta a la esquina del precipicio. Ella, después de una duda pequeña (porque siempre debía permitirse una duda, en ese lugar la decisión estaba escasa) se agarró con la mano que le quedaba libre y con la punta de sus pies se impulsó para arriba sintiendo como los sueños rotos, enojados, le ladraban a los pies. Era curioso que después de ser águilas, al perder las alas, sus sueños se convirtieran en hienas: siempre a un paso de reírse de ella o tragársela entera. Se sentó y miró al abismo, mitad aterrada y mitad embelesada. La otra mitad de espanto la reservaba para lo que fuera que la había traído de vuelta a tierra firme.
Respiró profundo y el aire cargado de aguasal hizo piruetas a su alrededor. Aquel contacto cálido seguía firme en su muñeca pero ella no se atrevía a mirar, seguía con las pupilas fijas en el abismo. En más de diez años nada que no fuera ella había interrumpido aquella calma tediosa que dominaba aquel lugar en el que ni siquiera podían contarse días y noches porque una luz gris mortecina imperecedera lo iluminaba todo siempre. Las hienas aumentaron el volumen de sus aullidos: Tenía miedo. Pero no, aquello no era miedo. Ella conocía muy bien el miedo, esa bestia horrenda que salía de una caverna de vez en cuando y la revolcaba, la tumbaba a zarpazos y la lamía como si fuera amigable, pero ella bien sabía que era una saliva venenosa que la paralizaba sólo para que aquel monstruo pudiera seguir desordenando sus trenzas con las garras y mordisqueándole la cintura. Usualmente cuando el veneno dejaba de hacer efecto ella solía hacer alguna estupidez, salir corriendo y tropezar con una roca y caer, caer, caer. Caer a ese abismo que siempre la llamaba y siempre la esperaba, ese abismo que la rodeaba sin importar cuánto corriera. Ése mismo abismo del cual la habían salvado hacía apenas un minuto. No, no quería voltear. Lo que sentía no era miedo: era esperanza y eso la aterró aún más.
A las pesadillas no les gusta la esperanza y a la gente que vive en constante compañía de ellas le gusta aún menos. La esperanza no es un buen sentimiento… en realidad, no es ni bueno ni malo. Está ahí, en el límite de todo. La esperanza agarra a los desesperanzados, juega con ellos un rato y luego se marcha. Puede volverlos locos en un segundo. La esperanza es todo lo contrario a la certeza, es un sentimiento que es y no, que revolotea pero no se posa. Los miedos al menos muerden, la esperanza coquetea y no se deja agarrar. Entre las pesadillas se puede habitar, siempre están allí, la desazón hace nido y uno se acurruca en él y cuenta sus fracasos hasta quedarse dormido, pero la esperanza no te deja habitar, te zarandea, te eleva y te tumba. La esperanza espera y ella siempre ha sido impaciente por naturaleza y creía que nunca iba a esperar más, que no había más que esperar. Se mira las uñas turquesa y se muerde el labio. Sacude la cabeza. No quiere imaginarse nada, no quiere ilusionarse: las ilusiones viven (si es que todavía sobreviven) en algún otro lugar de ese enorme laberinto que es su mente y no tiene ganas de ir a buscarlas, ya olvidó el camino. Tiembla y el contacto en su muñeca se hace más fuerte, más cálido y más sólido, la aprieta tanto que hace daño. No quiere voltear, quiere que se vaya, quiere volver a cantar y balancear los pies sobre el abismo, nada más.
De pronto, todo se queda en silencio. Las hienas no ladran, el miedo no gruñe y el viento ha dejado de aullar. El calor que se concentraba en su muñeca comienza a difuminarse, a extenderse por todo el brazo hasta su clavícula y el temblor disminuye. Resulta incómodo y acogedor al mismo tiempo. Ya no sabe si quiere que pare; abajo las hienas esconden el rabo. Ella no entiende por qué todo se ha callado hasta que la escucha: está cantando. Ha recogido la melodía en el punto exacto en que ella la había dejado, es una vieja canción de cuna que canta para no perderse, es su arnés y aquella voz la está atando por partida doble a tierra firme. Suena más hermoso y más triste que antes. Respira profundo y los pulmones se le llenan de aguasal; tiene ganas de llorar. Sabe que cuando la canción acabe se desmoronará todo el peñasco y rebotará entre piedras hasta que las hienas hagan con ella un banquete. Oye al miedo gruñir preparándose para saltar, pero por alguna razón sus gruñidos suenan indecisos, asustados. Eso que le aprieta la muñeca y no es capaz de voltear a ver ha hecho que el miedo tenga miedo. ¿Será capaz de seguir agarrándola cuando se desmorone todo? Se muerde el labio con más fuerza: quiere gritar, gritar que se vaya ahora que está tiempo, que huya aunque está convencida de que aquel lugar no tiene salida. La voz sigue cantando y el calor se extiende ya hasta su pecho, ella se alisa la falda y se pone en pie con las rodillas raspadas y fallándole, ha estado tirada en el piso todo el tiempo. Ya no quiere que se vaya, quiere que se quede y que le estreche con fuerza no sólo la muñeca sino también las costillas, que la abrace tanto que duela, que apriete de tal manera que todo el aguasal deje sus pulmones y vuelva al aire. Cierra los ojos, pasa saliva y entonces voltea.
De pronto, la mujer del café levanta la mirada y se sumerge en esos ojos que ha estado evitando mientras susurra: "Yo también te quiero".

10.15.2013


"No es oro todo lo que reluce, ni todo lo que anda errante está perdido. "
-Tolkien

10.02.2013

En el exilio. (Parte 2 de 2.)

Cuando llegué aquí estaba vencida en todos los frentes de batalla. Estaba exhausta. Llegué sin planes y casi sin alma con la maleta llena de antidepresivos, estabilizadores del ánimo y consejos de psiquiatras. Tenía destrozada la voluntad, mi autoestima había sido amputada y a mis ganas de vivir les hacían falta un par de dientes. Sólo quería hacerme un ovillo y lamerme las heridas, fundir el mar en tempestad de mi pecho con ese mar en calma que me daba la bienvenida. No sabía si quería nadar o ahogarme, así que recibí de buen grado el aislamiento, el calor húmedo y el olor a campo. Esta prisión era mucho más acogedora que lo que había dejado atrás. Permití que me manejaran la vida, me hicieran los horarios, me pintaran las uñas y me apuntalaran la sonrisa porque yo no tenía fuerza para ninguna de esas cosas. Hallé en el murmullo incesante de voces cálidas una buena nana para adormecer las ideas de mi cabeza, a las que volvería semanas después. A punta de yuca frita, plátano con queso, cerveza Presidente y dulce de leche comencé a recuperar no sólo los kilos que había perdido sino también las ganas.  Cuando me sentí lista volví de a poquitos y con tiento sobre esas ideas, sobre esos días brumosos, y fui atando cabos. En algún momento, henchida de brisa marina y de valor, le asesté un golpe tan fuerte a la depresión que se fue dando tumbos aunque no del todo vencida, pues para esa batalla final hacen falta herramientas y aliados que aún no tengo. Todavía la oigo gemir en las esquinas de mi cabeza tramando el desempate,  Casi sin querer y oyendo merengue logré recuperar a mi felicidad del olvido y ahora viene a hacerme compañía y a tomar el té por lo menos una vez cada dos días, aunque todavía no tiene la confianza para quedarse a dormir. Hace un par de semanas reuní el valor necesario para firmar el armisticio que la mujer que amo me ofrecía y, aunque firmé más por amor que por voluntad, aunque firmé porque ella lo pidió y no porque yo estuviera convencida, logré instalar un par de párrafos en los que me devolvía partes de esa mujer que tanto amé y que fui con ella y le regalé de por vida (o hasta que nos dure la memoria) otras partes que en realidad siempre le pertenecieron. Ahora, con la bandera blanca enarbolada, comienzo a dejarnos ir sin embarcarme yo en el mismo barquito de papel porque me necesito en tierra firme, anclada a la vida.

Aún no estoy completamente sana y no creo que logre sanar del todo aquí. El exilio comienza a dejar de ser refugio para convertirse en castigo. Comienzo a llenar las horas vacías del día con nostalgia y a extrañar cosas tan pequeñas que estando en casa casi ni notaba su existencia. Sé que no pertenezco a este lugar, que no son sólo las costumbres y las raíces lo que me llaman de vuelta sino los asuntos pendientes. No emigré, me exilié. No estoy aquí para comenzar una nueva vida sino para secarme las lágrimas, dar dos pasos atrás y ver la pintura desde la lejanía. La nueva vida empieza allá, en esa tierra en la que ya no me siento perseguida porque los monstruos que sobrevivieron se entretienen tomando tinto con panela y jugando al parqués. Esa es mi casa, es mi tierra y merece que si alguna vez me voy me despida con algo más que un portazo. Es hora de volver por completo a mí y de ser verdaderamente libre o al menos intentarlo, y aunque me dé algo de miedo no saber a qué llamar hogar (puesto que he prescindido por fin del hueco de su clavícula), sé que me espera mi terreno y que, ojalá, la próxima casa la construya aquí adentro, en mis costillas, y así nunca más tenga que huir.

Los días en el exilio son siempre iguales y yo ya empaqué mi maleta llena de cambios, los antidepresivos que aún quedan y una sonrisa para estrenar. Es tiempo de agradecer y, sobre todo, ¡por fin es tiempo de volver!

Eloísa Vela Mantilla.

3 de octubre de 2013

9.27.2013

En el exilio. (Parte 1)

República Dominicana.
2013.

Los días en el exilio son siempre iguales.  Las mismas caras cansadas, el mismo olor a campo, el mismo miedo agazapado en el ombligo, el mismo calor húmedo y el mismo tic tac del reloj una hora adelantado. Me exilié para seguir siendo libre y aquí encontré el cautiverio en una rutina sin excesos que ya no se cuenta en días sino en meses. Me asfixio de a pocos, con una asfixia muy diferente a la que en un principio me hizo poner pies en polvorosa. Creí que encontraría paz y en realidad estoy sumida en un tedio pasmoso que no tiene nada que envidiarle a lo que dejé atrás, aunque sea su antítesis. Aquí sólo encuentro paz en las contadas ocasiones en las que voy al mar y me dejo mecer por las olas, me vuelvo liviana y me dejo llevar hasta que estas ganas mías de seguir viviendo me llenan los pulmones de pánico y nado de vuelta a la orilla. He descubierto que aún no tengo el coraje que tenía Alfonsina, pero que estoy irremediablemente enamorada del mar, de ese ser que me abarca entera y me susurra canciones acuáticas al oído, y que si en mí está decidir mi final será dejándome llevar por él de una vez y para siempre. También encuentro paz en las madrugadas en las que me escapo y me siento en la hamaca a escuchar de lejos los gallos que cantan, a contar luciérnagas y a fumar despacio intercalando los cigarrillos con mordiscos de dulce de leche, madrugadas en las que pierdo la noción del tiempo y por un momento siento que estoy hecha de algodón de nube cosido con rayos de luna, en que las horas son vidas enteras y siento que podría quedarme aquí, inmóvil y a oscuras, otro par de vidas más; pero siempre amanece y la rutina me recrimina a coscorrones el haber pasado la noche en vela. Me pregunto a veces si esta tendencia a la quietud solitaria es natural en mí o tiene algo de patológico.

Hablando de patologías, no le he dicho a nadie exactamente porque estoy aquí, tan lejos y en una época tan curiosa del año. Tampoco es que la gente pregunte mucho o que yo tenga ganas de ampliar el concepto de universitaria en vacaciones que tienen de mí. Cuando me piden más información me limito a responder que vine a visitar a mi familia, lo cual es técnicamente cierto pero en la práctica absolutamente falso. Vine huyendo. No me importaba a donde fuera a parar si el clima cambiaba y había mar, si era lo suficientemente lejos. Tengo claro que empaqué maletas y salí a correr sin mayores planes que alejarme de todo y desaparecer del mapa unos cuántos meses. No sabía si venía a renacer o a morirme. Quería liberarme de la prisión de traiciones e intentos fallidos en la que yo solita me había metido por mis ansias de adrenalina emocional, esconderme de esa yo que andaba a trompicones por la vida hiriéndose más de lo que andaba, de los ojos que me miraban entre aprensivos y acusadores, como si temieran que mis remiendos se soltaran de pronto y yo tuviera la culpa de quedar ahí, tirada y descosida. Salí corriendo para alejarme de una ciudad que me sabía a furia y cansancio, de un cuarto que era un reino de colillas, ceniza y tristeza caducada. Y lo logré, pero vine a caer en una prisión aún más angosta que no entraba en mis planes, eso planes que ni siquiera había hecho.

Aunque no he sido sincera del todo, ni conmigo misma: la verdad es que vine huyendo de todo eso en general, pero de una mujer en específico. Siempre creí que mis motivos para emigrar iban a ser por amor y resultó al contrario. Tenía el desamor tan pegado a la piel que no me dejaba estirarme, que me iba carcomiendo las horas y las ganas. Un desamor que, por supuesto, me traje a través del océano a esta isla caribeña pero que aquí, en un lugar que ella nunca ha pisado, un lugar en que no la amé, me he quitado a punta de estropajo y aguasal. Un proceso que no hubiera podido llevar a cabo cuando ella estaba allí, con su sonrisa y su pelo moreno a tan sólo una llamada de distancia. Allí en cada recoveco de la cama, de la cocina, del sofá o del baño donde hicimos el amor y él nos deshizo. No podría haberme zafado de ella caminando por las mismas calles por las que ella camina a horas diferentes, sentándome en aquellas esquinas en las que la llamé a los gritos y mi garganta, por instinto, me pedía siempre que gritara una vez más.

Por eso me exilié. Soy una refugiada de guerra y nadie lo sabe. Incluso yo no lo tenía muy claro al principio, llevaba la cuenta de los muertos y el armamento, sí, pero no sabía muy bien si estaba luchando la guerra del Golfo o la de Corea. Ahora sé que la guerra que estaba peleando era muy compleja, mucho más compleja de lo que se imaginaría Hitler o Napoleón. Ellos peleaban por un territorio, yo por una mujer. Estaba peleando por conquistarme a mí.  Sí, a mí y no a ella. A esa yo que llamaba hogar al hueco de su clavícula y que era capaz de enfrentarse al mundo si la tenía cogida de su mano, esa que aprendió a levitar y que creaba monstruos aterradores sólo para verla sonreír cuando les vencía y ebria de amor le regalaba mis triunfos. Quería recuperar a esa mujer que había sido a su lado y que ella había guardado con recelo todos estos meses para dejármela ver sólo de vez en cuando, cuando le apetecía, cuando me tumbaba sobre el colchón de su cama y la guerra entraba en tregua a punta de gemidos. Una mujer que cedí a su soberanía por idiota y por ingenua, porque creí que la dejaba a buen resguardo, porque el resto de mí sólo sabía de tormentas, de depresiones itinerantes y de una rabia universal que hacía que mis nudillos fueran a parar, una y otra vez, contra las paredes. Creí que cuando me perdiera por completo en mi naturaleza autodestructiva y lograra firmar una tregua con los fantasmas que me han perseguido desde pequeña, podría volver a ella y en ella encontraría ese pedazo de mí, pero al volver no encontré nada y entonces me sumí completamente en una guerra a ciegas de reproches y caricias en el frente que compartía con ella y de golpes y tristezas en el frente que compartía con la depresión.


...Continuará.

9.13.2013

Razones por las cuales me gusta estar viva.

La sensación del pasto mojado en la planta de los pies. El olor a lluvia. El sonido de un aguacero justo antes de dormir. Ver llover bajo una manta calentita. Empezar un libro nuevo. El olor a libro viejo y descubrir anotaciones de un extraño entre sus páginas. Imaginarme la historia de ese extraño. Guiñarle un ojo a una estrella y creer que me responde, aunque ellas se la pasen guiñando. Jugar a adivinar en qué fase está la luna antes de verla. Las figuras de las nubes. Las canciones de Disney. Las películas de Pixar. Enamorarme del árbol que me hace sombra. Treparme al árbol aunque me raspe las rodillas.Abrazarlo después y llenarme de hojas secas. Adivinar cuántas personas no pueden dormir por el número de ventanas con las luces encendidas. La risa de mi mamá cuando se burla de mí. Sonreírle a una mujer guapa en transmilenio. El sonido del teclado cuando escribo de madrugada. Tomar agüita de manzanilla con miel. El café oscuro en taza de porcelana para poder apretarlo con fuerza si me siento tambalear. La arena escapándose entre los dedos. El olor a mar. Hacerle muecas a un bebé desconocido sin que la mamá se dé cuenta. Dejarse llevar por las olas, asustarse, devolverse a la orilla y volver a dejarse llevar. Un chocolate derritiéndose entre la lengua y los dedos. Levantarse tarde y sin despertador. Ver el amanecer. Estrenar una almohada mullidita. Clavar la última puntilla de una vivienda de Techo. Saltar en los charcos, mojarse bajo la lluvia y llegar a secarse tomando agüapanela caliente con limón y jengibre. Probar un nuevo rollito de sushi. Sacarle la lengua a la gente del bus que está al lado. La pizza. Contar cuentos alrededor de una fogata. Escribir  versos en las esquinas de las servilletas o los recibos del café. Comer helado y untarme la nariz. Cogerme las tetas porque tengo, porque puedo, porque son lindas y se siente rico. Reírme duro en la mitad de la calle. Ponerme vestidos de flores y dar vueltas hasta que la falda se hinche. Saludar y darles las gracias a las puertas que se abren por sensor y ver la cara de extrañeza del vigilante. Hacer grullas chuecas con los quices. Ponerme mi pijama más suavecita y recién lavada. Robarme un saco grande que no huela a mí y dormir con él. El ronroneo de un gato, pero mejor si es mi gata. Los abrazos que te dejan sin aire y con morados en las costillas. Los esmaltes de colores. Los girasoles. Bailar salsa. El sol a las cuatro de la tarde. Gritarle a las palomas de las plazas. Aprender algo nuevo. Leer sobre psicología. Un vaso de coca-cola helada y papitas fritas. Montar en columpio. Tequila con limón y sal para cada duda. Un nuevo capítulo de mi serie favorita o repetir ese del cual ya me estaba olvidando. Releer uno de mis libros favoritos. La trilogía del Señor de los Anillos, la canción de los enanos de la montaña y la saga de Harry Potter. Recitar poesía a oscuras. Asar masmelos en una vela. Oír a mi hermano decir que me quiere. Trenzarme el pelo. Ir a una papelería y estrenar colores. Un baño largo con agua calentita.Tomar cerveza viendo un partido de cualquier cosa. El viento helado que entra por la ventanilla de un carro a gran velocidad. Llamar a un viejo amor y reírme porque todavía me tiembla la voz. Cantar aunque no tenga ritmo. El olor a picadillo de pipa que me recuerda a mi abuelo. Las pompas de jabón.


(Lo que no me gusta es no poder recordar nada de eso, cuando estoy triste.)

8.11.2013

Feliz cumpleaños, gitana.

Hoy vengo, tarde como siempre, a escribirte como hace mucho no te escribía en este blog. He aquí, tu regalo de cumpleaños, en un momento en el que sólo puedo regalarte palabras (es decir, pedacitos de mí) y sonrisas trasnochadas, porque la madrugada siempre será nuestro momento para converger.

Así que, ¡feliz 2+8 de agosto atrasado, leona! Feliz martes 13, bruja, (de cualquier mes, pero hoy curiosamente cae a martes 13 de agosto) adelantado. Feliz día, feliz semana, feliz año, feliz cumple-años. Cero y van cuatro años en los que yo celebro tu cumpleaños (porque siempre he creído que aquellos que debemos celebrar somos los que podemos contar un año más con alguien), celebro la maravilla que ha sido encontrarte al lado del camino y abrazarte, fumar el humo mientras todo pasa y llenarnos de espinas y de rosas, aunque mi flor favorita sean los girasoles -que no tiene espinas- y la tuya probablemente no sea flor sino árbol.

La vida pasa, pisa y pesa y aquí seguimos. Aunque la vida me pesa menos a tu lado. ¿Qué mejor motivo para celebrar? Para celebrar incluso que blablablabla, seguimos lloviendo sobre mojado. Para celebrar que de tu brazo (porque caminar de la mano es algo que no hacemos, usualmente vamos jalándonos una a la otra u otra a la una) la vida nos sigue maravillando y, creo que aún mejor, nos sigue doliendo. Porque si no doliera sería una vida cómoda y al único que le salen buenas cosas de las comodidades es, ¡eureka!, a Arquímedes y a su principio físico, aunque tú entiendas menos de pesos y más de corrientes y voltajes.

Celebro las veces que hemos llorado y que hemos reído, por fortuna más lo segundo que lo primero. Celebro haberte visto hace poco así, con esos años encima, con la sonrisa bien puesta y el pelo cortico. Celebro la esperanza de seguirte viendo, de que sean muchos los re-encuentros y los re-conocimientos, y más aún, todos los des-encuentros y des-conocimientos que nos quedan por delante. Celebro que aún cantes, celebro creer que nunca vas a dejar de cantar y celebro que sepas que aquí alguien siempre te escucha. Celebro que aún me contestes al teléfono y que te acuerdes de mí si un gato pasa. Celebro que el pasto aún pueda hacerte cosquillas en los pies y que mis pensamientos aún te despeinen las pestañas cuando me siento en el callejón del Embudo a imaginarte. Celebro poder decir aún enLÍAme que me gusta y que me hayas enseñado que “creo en el amor a través de los años”. Celebro todo lo que aún tienes por enseñarme.

¡Seguimos existiendo, gitana! Con los tatuajes en la piel y las cicatrices en el alma. Seguimos existiendo aunque tantas veces nos hayamos mirado sintiéndonos morir. Andando a veces con los ojos vendados (como ese cumpleaños tuyo en el que te llevé a celebrar la cotidianidad -que también hay que celebrarla más a menudo- caminando por Chapinero sin que pudieras ver a dónde te llevaba), y a veces con los ojos brillantes -que a ambas nos cambian de color-.

Celebro los cafés que nos debemos y los que ya nos hemos tomado. Celebro el amarte hasta los huesos y seguirte encontrando aunque hace muchos años haya aprendido que es mejor no buscarte. Celebro los parasiempres en los que creo tanto y que a vos te recorren la vida con tanto miedo. Celebro que aunque no creamos llegar a los 80 años, todavía me queda la vaga imagen de llegar, viejas y arrugaditas, a un abrazo grande que le pruebe a un mundo que a raudales cree que el amor no existe, que sí existe y que ¡vaya cómo dura!


Celebro que, cuatro años y medio después, aún seas mi Candelaria.

Una Luna de todos pero más tuya,
Yo.

6.29.2013

A mi Quijote.

Cinco años y unos meses. Hace cinco años y unos meses que no estás aquí, pero parece que nunca te hubieras ido. Quizá es porque es así, porque permaneces en cada uno de tus nietos, de tus hijos y hasta de tus árboles, esos que plantaste con tanto esmero. Aunque pienso en ti todos los días, hace mucho no hablaba contigo porque es difícil acostumbrarse a que tus respuestas ya no vienen en forma de tu voz profunda y tus ojos brillantes, sino que vienen de otras maneras que resultan a veces confusas. Hace mucho no te escribía tampoco, es más, estoy segura que la última vez que te escribí fue el día en que dejaste el plano físico (me niego a decir "el día en que moriste", porque sé  que sigues vivo de alguna manera que sólo los que te conocimos podremos entender), el día en que me arrunché junto a la abuela a mirar tu cama vacía y a recordar, aislándonos de un mundo vertiginoso que seguía sin nosotras. No volví a este mundo hasta tu funeral, cuando leí aquello que te había escrito y sentí tu abrazo cálido en mí y supe, yo que le tengo tanto miedo al abandono, que no me dejarías nunca.

Quizás es por eso que ahora te vuelvo a escribir. Porque siento que me bajé de este carrusel que llaman mundo no sé en qué momento y no descubro aún como subir de nuevo. Estoy segura de que tu puedes ayudarme, porque siempre me supiste dar las indicaciones adecuadas para subirme al árbol más imposible de toda la finca aunque hubiera hormigas rojas, avisperos y miedo. Especialmente eso, aunque hubiera miedo. Era cuestión de ver tu sonrisa confiada para subir a lo más alto del mandarino, vencer el miedo y conseguir el botín. Ahora tengo miedo y llevo cargándolo a cuestas como cargabas tú tu costal con mangos, mandarinas y hasta nietos. Llevo cargándolo mucho tiempo. Por eso te necesito, te necesito ahora más que esa vez que, por mi mal humor y mi impulsividad, de un portazo tumbé el corcho de la puerta de mi habitación y pisé un chinche que quedó clavado en mi talón con consecuencias -para mí, a mis 10 años- aterradoras. Necesito tu voz calmándome y llevándome después de una oreja al médico para mi vacuna contra el tétano, que yo me imaginaba horrible y no resultó así. Y, además, aunque no lo sepas, me salvó años después en una construcción en la que me corté con una teja de zinc. Te necesito más que esa vez en la que por andar correteando en la psicina con mis primos un tropezón hizo que casi me quedara sin codo, y fuiste tú el que después de corretearme por toda la finca con remedios que juro que habían vencido antes de mi nacimiento (especialmente ese mertiolate horrible que tanto te gustaba), logró finalmente que me sentara quietecita mientras limpiabas, desinfectabas y vendabas. Recuerdo que cuando volvimos a Bogotá todavía fueron muchos días en los que, con tu paciencia infinita, seguiste sacando piedrecitas de mi codo y, aunque cualquier médico hubiera recomendado al menos cuatro puntos de sutura, tu cariño y tu cuidado lograron que de mi herida quedara sólo una pequeña cicatriz en forma de luna que con los años ha dejado de estar en el codo y ya va cuatro dedos arriba en mi antebrazo. 

Ahora me he tropezado muchas veces en la vida y no sé cuántas heridas tengo. Algunas son viejas y todavía duelen, estoy segura de que deben tener piedritas dentro pero no he encontrado el valor que me infundías tú para quitarles la costra y limpiarlas de nuevo. Por eso te escribo a ti, mi Quijote, mi héroe barbado que se enfrentaba contra cualquier gigante-molino recogiendo de tu ejemplo y tu amor la fuerza para montarme en la vida de nuevo y cabalgar a enfrentarme con todos esos gigantes-miedo que me han tenido escondida bajo las sábanas varios meses ya.

4.18.2013

No confío en los amores que no duelen.


No confío en los amores que no duelen, en los amores que no revientan, que no trastornan, que no retan. No me gustan los amores pausados e insípidos y no soporto que me mezclen el vodka con alguna otra cosa. Confío en los amores que se luchan y sufro de un romanticismo casi fanático con los amores imposibles. Me he enamorado de tantos que me fallan las cuentas. Soy de las mujeres que besan con rabia, con prisa, con los dientes. No me gustan los besos tiernos que dejan los labios con ganas de más, de sentir, de romperse un poco. Soy de las mujeres que corren, que van y vienen, que toman café sin azúcar y saltan de pronto. Saltan al vacío y se juegan la piel. No me gusta el agua tibia ni el sexo con pudor y jamás he comprendido del todo cuándo se usa la palabra cautela. Quizá por eso no pueda entender qué hago salvándome, qué hago retirándome a tiempo si en las batallas mi estrategia siempre es la del suicida que salta de la trinchera sin chaleco antibalas. ¿Qué hago lejos de su trinchera? Acá, queriendo con desgana y besando sin afán, caminando en puntas de pies para no hacer ruido, para no despertar lo que guardé en mis costillas el día en que me rendí y escogí las horas lentas tratando de olvidarla en vez del tiempo de huracán cuando estoy a su lado. No confío en los amores que no duelen, y es por eso que confío en el suyo, en su amor que me tumba los esquemas y me deja campo yermo para sembrar amapolas entre mi ombligo y mi clavícula. ¿Por qué no viene a buscarme? Nunca supe correr lo suficientemente rápido como para perderme y soy pésima borrando huellas, usted ha de saberlo. Era esa clase de mujer que podría amarla con locura hasta que se le desmoronaran los huesos y quizá lo soy todavía porque en este puerto seguro en el que me he resguardado para no sentir su brisa de vendaval aún le mando pedazos míos con las olas. Quizá así pueda encontrarme. 

1.19.2013

Hace un año me desayunaba sus sonrisas con café.

Hace un año me desayunaba sus sonrisas con café mientras la adrenalina me picaba en la punta de los dedos y me hacía agarrar con fuerza el vasito de cartón. En ese momento no me imaginaba que me iba a enamorar de ella, que esos cuentos de amor que le contaba mientras jugábamos a conocernos pronto serían sus cuentos. Me gustaría que a este escrito no lo empaparan las lágrimas, pero de todas maneras parece que no quieren salir. Que están tan enredadas en el fondo de mi garganta como el día que nos dijimos adiós. Quiero cerrar los ojos y sentarme de nuevo en ese café, con su mirada coqueta despeinándome los crespos. Con la certeza de que nada dolía. Hoy hace un año tampoco había dormido, tampoco sabía qué hacer con mi vida y tenía el pelo color violeta. Hoy hace un año llegué tarde como siempre, y sonreí al ver que todavía estaba allí. Me saludó tendiéndome la mano, hola, Amapola. Hola, amor de mi vida. Hola mi princesa, mi canela, mi herida. Si hoy pudiera ser ayer hace un año, y supiera todo lo que deparaba ese año de lágrimas, pesquizas, sonrisas y besos, hubiera ido al encuentro aún así. Aunque a veces desee no haberlo hecho, que ella fuera sólo la nena de twitter y no esa mujer mágica que amo. Porque hoy, un año después, la amo. La amo en silencio y a los gritos, la amo con este amor que no va a ninguna parte pero que galopa con fuerza dentro de mí, esperando. En ese momento yo no sabía de futuros, hoy guardo los futuros debajo de la cama esperando el momento en que un soplo de nosotras los desempolve y podamos soñarnos juntas en una buhardilla en París. Hoy hace un año no sabía que esa mujer con sonrisa de viento era un vendaval. Ella no sabía que yo guardaba tormentas entre mis costillas, tormentas por las que navegaría más de seis meses. Hoy hace un año creíamos más. Teníamos la vida en la puntita de los pies. Hoy estamos tan viejas que parece que nos hubieran pasado veinte años por encima.

Miento, no puedo escribir sin que se me moje el teclado. Se me acumulan los errores de un año, y también las sonrisas que no van a volver. Hoy hace un año, yo sólo quería un café. Hoy, un año después, la quiero a ella.

1.03.2013


He descubierto que nos entendemos mejor en la cama que en la vida. Entre las sábanas enredadas, con los cuerpos calientes, los ojos cerrados y la boca seca. Allí volvemos a encontrarnos, después de tantos desencuentros. Allí vuelvo a encontrarla, tan canela como siempre. Sin palabras. No hay necesidad de ellas, las palabras nos pesan y nos remiten a un pasado que no queremos de huésped. Nos entendemos cuando nos desnudamos, nos quitamos la ropa, la vida, las historias, las razones y hasta la moral. Y si por casualidad se nos escapa una palabra, una simple palabra de nuestros labios rotos, la ahogamos en un gemido, mordiendo una almohada, besando con más fuerza. Porque las palabras son peligrosas y se me quedan enredadas en la cordura que no queremos tener. Allí, desnudas y entrelazadas, nuestros corazones parecen latir de nuevo al mismo ritmo, desenfrenados, desatados y sin dueño. Como latían cuando nos cogíamos de la mano. Una sola palabra podría quebrarlo todo. En la cama parecemos hechas para estar. Parecemos estar para ser. Ser para encajar. Sus manos sobre mis tetas, mis uñas sobre sus caderas, su piel morena coloreando la mía, mi boca roja arrancándole colores del hueco de la clavícula, ése que sólo yo sé cuántos sueños guarda. Nunca pertenecí tanto a alguien como cuando la siento dentro de mí hurgándome las entrañas, nunca soy tan mía como cuando acompaso el ritmo de mi cadera a la suya. Usted nunca ha sido tan mía como cuando el placer de mis dedos le sube un grito a la garganta y funde su boca en mi cuello para que no escape, para que sea mi garganta la que contenga ese grito. Para que sea yo quien la contenga a usted. Y de pronto nos diluimos, nos expandimos, nos llenamos de chispas de luz y el miedo que siempre cargo desaparece por un momento. Es entonces cuando más la comprendo, porque por una fracción de segundo somos una y no sé si habitamos en sus costillas o en las mías. Así nos separamos, sólo para volvernos a fundir en un abrazo en el que mi cuerpo encuentra escondite perfecto en el suyo, en el que nos acoplamos mientras la respiración deja de ser jadeo. Y su amor me envuelve completa, ese amor tan parecido a usted, mi tormentica huracanada, este amor de orgasmo, de vendaval. Y mi cuerpo temblando susurra mi amor, este amor que tiene siempre ganas de correr, este amor que no cabe en mi estatura, este amor que quiere ser y no. Este amor que sólo se entiende con el suyo cuando sus manos me escriben sin letras y definen mi cintura, cuando me besa con dulzura la frente y yo pienso que usted es mi caramelo favorito. Entonces siento las palabras que me corretean buscándome cacería, las preguntas, las esperanzas, los desengaños y yo salto antes de que usted pueda percibirlo y hundo mi rostro en su vientre, deslizándome, desencontrándome, perdiéndome en el hueso de su pelvis. Y allí, en su entrepierna, mi lengua dice todo lo que yo no puedo decir y su cuerpo lo entiende. Usted gime y yo tiemblo. Y le pido entre mordiscos que me caliente, que me queme entera para llevarme a cuestas el ardor de la quemadura y tener con qué calentarme el frío solitario que me escuece en los pies apenas dejo su cama. Y usted lo hace y una vez más me elevo, me convierto en espasmo y se desdibuja el miedo. Exhaustas nos tumbamos lado a lado, y nos buscamos sueños en los ojos, y yo me pierdo en sus ojos de estrella brillantes de placer y pienso en estrellas y constelaciones y nebulosas y que nadie me advirtió que en el espacio no hay oxígeno y me falta el aire. Pero mantengo la sonrisa de orgasmo tranquilo entre los ojos encharcados y me acurruco despistando a la soledad con el aroma de su cuerpo salado, temiendo bien adentro el momento en el que el sol nos encuentre y entre las ropas y el café volvamos a hacernos ajenas y vuelva a no entenderla. Porque nos entendemos mejor en la cama que en la vida, con el corazón latiendo tan rápido que no sabemos ni sentir. Que quizá estamos porque no somos, o somos porque no estamos, que en la vida cotidiana a mi cariño no le encaja el suyo hasta que me toca, y volvemos a inventarnos destrozando el colchón.

(Tengo miedo de nunca más saber cómo hacer el amor sin que nos deshaga.)