6.03.2012

Dudas en plena madrugada.

Me fumo el, no sé, décimo cigarro de la noche -ya madrugada- y dudo. Dudo sobre muchas cosas, ya saben, es mi manera de tomarme el mundo, pero en este momento dudo específicamente sobre mi historia de amor. La historia de amor con la morena más espectacular que me he topado en la vida. Dudo porque sé que lee mi blog y la última vez que mezclé amor y letras me fue como a los perros en misa.

Les contaré de esa vez. Estaba mortalmente enamorada de una argentina. La argentina por la cual abrí este blog y que todavía ve su sombra en muchas de estas letras (especialmente si retroceden unos cuatro años.. ¡¿cuatro ya?! en el historial de entradas). Ella. Así, en cursiva, porque en esa época no quería que se me confundiera con las otras ellas que empezaban a poblar mi vida de adolescente descubriendo su sexualidad, pero que no podían llegarle ni a los talones, ¡ni que hablar de llegarle a los tobillos! o mejor, de llegarme a mi corazón que le pertenecía con cada una de sus células.

Ella. La que ahora me saluda cada vez que el tiempo de nuestras respectivas facultades nos deja y me dice Hola, mi vida, te extraño. Yo también la extraño, jamás he dejado de hacerlo. Ella me enseñó a extrañar cuando yo no sabía sino de extrañar las vacaciones cuando el colegio se me hacía demasiado tedioso, me enseñó esa sensación que te da en la mitad del pecho y te llena la noche de suspiros esperando que al menos uno alcance su destinatario. Unos suspiros que tenían que atravesar medio continente americano y dos horas de diferencia horaria para encontrarla.

Escribía aquí porque era la única manera de sacar todo el amor que tenía metido hasta el tuétano y que no encontraba ni otro cuerpo ni otra voz donde recrearse. Pero el problema de escribir, a diferencia de acariciar, hablar o besar, es que es una actividad completamente solitaria. Estás vos, la pantalla en blanco y tu remolino de sentimientos que poco a poco se vuelven palabras al ritmo del tac tac de los dedos sobre el teclado. Y de tanto estar sola conmigo mismo la olvidé a ella (a pesar de que era a ella a quien escribía) y se tuvo que tragar sus lágrimas mientras leía las mías hechas tinta. A veces, incluso, casi que por casualidad, se me salía entre las tildes algo de eso que uno oculta por no hacerle daño al otro y ella se mordía los labios o me zampaba un reproche vía msn que yo nunca tenía como responder.

Era una relación diferente. Ahora creo que hace mucho que ella no entra a mi blog y, quizá, las cosas están mejor así (se yo de sobra, por ejemplo, que la frase con la que arranca esta entrada le amargaría con facilidad el café de la mañana, pero ya es una pelea perdida). Ahora me queda la morena. 

Me queda la morena que me lee y me cita de vez en cuando, y yo sonrío asombrada de que sepa parte de mis textos de memoria. La que se enamoró un poco de mis letras antes de enamorarse de mí. La que no me entiende siempre bien lo que digo porque soy una mina jodida y hablo en clave, y ni mencionar de lo complicado que es entenderme al completo cuando escribo.

Así que sí, dudo de si escribir aquí esta historia de amor. Dudo de la conveniencia, porque a ella no podría esconderle nada, su mirada me vuelve transparente y voy por la vida siéndole sincera porque no podría serlo de otra manera. Lo que sí no dudo, es que esta historia me va a dar palabras para rato, porque todo lo que la amo no me cabe en un abecedario de 25 letras.

No hay comentarios: