6.27.2012

Leer fanfics de Naomily a estas horas no le hace bien a mi cabeza. Darme cuenta, con una sensación parecida a la que produce el aire helado de la madrugada que entra por mi ventana, de que ella es probablemente la primera persona que me hace sentir esto tan así, tan aquí, tampoco le hace bien a mi cabeza.

I'm completely and absolutely and fuckingly in love with her.
(sí, en inglés, porque estoy en-amor, no enamorada. esto es otra cosa bien diferente.)



6.23.2012

Encontrarla.

(Pedazo de un...¿diario?, no sé. De algo que me nació publicar. Sírvase usted de leer y no juzgar, pedazos de corazón vivo dejando por doquier, como una mala maña, pero con la esperanza de siempre encontrármelos después.)

"Encontrarla es todo placer y reto. Aunque debo decir que me encontró primero ella a mí, escondida en lo más recóndito de un personaje diseñado precisa y únicamente: para gustar. Pero me encontró detrás de la máscara, ¡gracias al universo! o si no esto que llamamos amor no se hubiera podido dar. Me encontró un par de flaquezas, un secreto en la sonrisa y un pedazo de amor atado al esternón... y de pronto yo me encontraba, sin pararme a pensarlo, dejando caer mis pedazos por la habitación no para que los recogiera y los pegara, sino para que los examinara y viera en ellos los colores hermosos que tienen, las esquinas tan curiosas que se han formado y cómo reflejan la luz si te los pones frente a los ojos. (Quizá deba aclarar que nunca le volveré a dar mis pedazos a alguien para que me arme, es un entramado demasiado complejo, aunque a veces agradezco cuando se encuentran un pedacito que pasé por alto y me lo entregan con cuidado, es que soy miope y no siempre veo los trozos tirados en la alfombra). Pero volvamos a lo que es encontrarla a ella. La encuentro cuando me despierto y son sus ojos de estrella los que me miran del otro lado, la encuentro en el sabor de mi boca después de besarla largamente (la boca, las mejillas, el cuello, el abdomen, la entrepierna, la espalda, toda, toda ella), la encuentro entre las arrugas de mi sábanas, la encuentro en ciertas páginas de mis libros, la encuentro entre sus dedos cuando me agarro de su mano al caminar. ¡La encuentro en tantas partes! Aunque, bien, esa es la parte placentera. El reto, en cambio, es muchísimo más complejo. El reto es encontrarla en sus silencios impenetrables, encontrarla detrás de su voz dura y fría que corta cuando comienza a hartarse, encontrarla entre el temblor de sus manos, encontrarla en la acidez de los reproches que no sé cómo contestar, encontrarla en lo profundo de su escondite cuando vienen sus amigos a saludar. Encontrarla allí es el reto. Un reto que no siempre da frutos... pero qué hermoso es cuando la encuentro incluso allí y puedo agarrarla -o no, a veces no hay necesidad- de la mano y saber que estamos juntas. Que, sin estarlo buscando, hace varios meses ya que nos encontramos."

6.07.2012

Hoy me dueles en todos los huesos, princesa y mis lágrimas me saben lejanamente a vos. Nunca habías sabido tan salada. Hoy no sé si estamos yendo o viniendo y si todavía puedo usar el plural. Me duele respirar. Me duele porque estás metida en mis costillas y hay unas de ellas que votan porque te quedes y otras que votan porque te vayas. Rompiste algo y todavía hace eco y no sé si se pueda reparar. Me gustaría, ¿sabes? me gustaría que te ofrecieras a hacer el trabajo de mampostería y devolverle la sensación de mágico a esto que se volvió tan catastrófico de pronto. Pero no te atreves y yo no te voy a dar la pauta. He aprendido a remendarme las heridas sola aunque tenga que coser en la oscuridad y al revés, con los dientes apretados y sin anestesia para no perder la conciencia. 

Mi error fue no haber sido clara. Mi error es tenerle miedo a las consecuencias. Mi error, quizá, es no querer vivir sin ti. De poder, puedo... de querer, no quiero. Como los niños chiquitos. Pertenezco a esa clase de personas que suele saber con perfecta claridad cuál es su error, aunque la solución se me llene de bruma, de espuma, de agua de mar. Como mis pulmones.
Tu error espero que lo tengas claro, no soy maestra ni gurú. No vine a marcarle pautas a nadie y me aburre ser el manual de convivencia. Prefiero levantarme la falda y desajuiciar a ajuiciar, siempre y cuando no duela. Siempre y cuando el desjuicie no me pierda la cordura (ésa, la poquita que me queda).

Me cuesta entender cómo amas, si te soy sincera. Me cuesta, a veces, especialmente en noches como estas, no dudar de que lo estamos haciendo al derecho. Pero soy infinitamente consciente de las maletas que llevo a cuestas y de que doy más vueltas que un trompo antes de decidirme a andar hacia adelante. Así que me pongo los zapatos de montaña, les doy el pésame a mis hombros: y camino. Camino porque no quiero estar sin ti. Porque no se me da la gana estar sin ti. Porque quiero que me desdudes, me desnudes, me desanudes.

No quiero que duelas, princesa. Nunca quise. Pero tal vez me consigo los amores con más espinas porque son los que tienen las flores de colores más bonitos. Como tu sonrisa. Como la manera en que me pierdo en tus ojos. Como la manera en que se me corta el aliento cuando te digo que te amo. Como mi sonrisa, que suele cargar algo de la tuya en la comisura, escondidita. Nunca me he arrepentido de tener esa clase de amores, aunque desearía poder ver las flores sin los ojos escarchados de lágrimas.

Soy cobarde y no quiero decidir. No quiero escuchar a las costillas pelear así que cierro los ojos y tecleo con toda la fuerza que pueda, pero no surte efecto. Tarde o temprano hago la decisión. La decisión de realizar yo sola el trabajo de mampostería aunque quede roto y endeble, porque nunca fui buena con las manualidades. Decido, con los pies en la tierra (¡cómo extraño volar!) y el alma en el subsuelo que me voy con vos. Que te sigo a vos. A dónde vayas. Hasta que aguante, hasta que se me acabe la gasolina y la bruma se disipe al grito mudo de un adiós.

Te amo. Y acepto lo catastrófico tanto como lo mágico. Y aunque no sea el amor de tu vida, te voy a amar como nadie mientras nos dure el tirón. Y te voy a amar como sólo se amar yo, después de que eso pase. 

6.03.2012

Amor y enamoramiento.


Enamoramiento es que sea el número más discado en mi celular.
Amor es que sea la persona a la que puedo llamar con la voz rota y el alma torcida cuando siento que todo sale mal.

Enamoramiento es atesorar con locura el pedazo de soga que un hippie loco nos amarró a la muñeca hace meses en una de nuestras salidas.
Amor es darme cuenta que ese lazo que nos unió no lo quiero desatar.

Enamoramiento es no protestar por su maña de hacerme parar de la cama para tenderla antes de dormir.
Amor es atesorar sus manías porque son parte de ella y sonreír.

Enamoramiento es sentir estos picaflores revoloteándome del ombligo a la garganta cada vez que está por llegar.
Amor es sentir este calor con aire a seguridad entre las costillas cuando pienso en ella.

Enamoramiento es querer regalarle un pedazo de luna, una rosa amarilla y mis sonrisas.
Amor es querer compartirle mis miedos y mis inseguridades porque anhelo que me quiera aún con ellas a cuestas.

Enamoramiento es invitarla a un café y esperar que me bese después.
Amor es saber que ese café va con tres de azúcar y que mi sánduche mejor lo pido sin pepinillos porque los odia a rabiar.

Enamoramiento es que no vea mis ojeras, mis uñas a medio pintar y mi pelo de león.
Amor es que opine que soy hermosa recién levantada y sin bañar.

Enamoramiento es que me mande un mensaje con la última canción que la hizo pensar en mí.
Amor es que responda a mis llamadas cuando llevo 40 minutos llorándole al oído por alguna sin razón tan propia de mí, y aún tenga ganas de decirme que quiere un futuro conmigo.

Enamoramiento es que quiera pasar toda la noche del sábado besando cada uno de mis lunares y haciéndome gemir.
Amor es que me diga te amo al oído y quiera despertarse la mañana del domingo a mi lado y traerme café sin necesidad de que lo pida.

Enamoramiento es citarle a Cortázar y a Benedetti entre los sorbos de cappuccino.
Amor es que me preste uno de sus libros preferidos para saber qué tal me pareció.

Enamoramiento es esto que me atrona en los oídos y me calienta las mejillas cuando está cerca.
Amor es que sé que aún cuando eso baje de intensidad, voy a seguir queriéndola a mi lado.

(Sí, señores y señoras lectoras de este blog, esto es así de grave:
No sólo estamos profunda y pasionalmente enamoradas la una de la otra,
sino que nos amamos hasta el tuétano.
Y aunque el enamoramiento no suele durar más de 6 meses -dicen por ahí-,
el amor a mí me dura para toda la vida.)

Dudas en plena madrugada.

Me fumo el, no sé, décimo cigarro de la noche -ya madrugada- y dudo. Dudo sobre muchas cosas, ya saben, es mi manera de tomarme el mundo, pero en este momento dudo específicamente sobre mi historia de amor. La historia de amor con la morena más espectacular que me he topado en la vida. Dudo porque sé que lee mi blog y la última vez que mezclé amor y letras me fue como a los perros en misa.

Les contaré de esa vez. Estaba mortalmente enamorada de una argentina. La argentina por la cual abrí este blog y que todavía ve su sombra en muchas de estas letras (especialmente si retroceden unos cuatro años.. ¡¿cuatro ya?! en el historial de entradas). Ella. Así, en cursiva, porque en esa época no quería que se me confundiera con las otras ellas que empezaban a poblar mi vida de adolescente descubriendo su sexualidad, pero que no podían llegarle ni a los talones, ¡ni que hablar de llegarle a los tobillos! o mejor, de llegarme a mi corazón que le pertenecía con cada una de sus células.

Ella. La que ahora me saluda cada vez que el tiempo de nuestras respectivas facultades nos deja y me dice Hola, mi vida, te extraño. Yo también la extraño, jamás he dejado de hacerlo. Ella me enseñó a extrañar cuando yo no sabía sino de extrañar las vacaciones cuando el colegio se me hacía demasiado tedioso, me enseñó esa sensación que te da en la mitad del pecho y te llena la noche de suspiros esperando que al menos uno alcance su destinatario. Unos suspiros que tenían que atravesar medio continente americano y dos horas de diferencia horaria para encontrarla.

Escribía aquí porque era la única manera de sacar todo el amor que tenía metido hasta el tuétano y que no encontraba ni otro cuerpo ni otra voz donde recrearse. Pero el problema de escribir, a diferencia de acariciar, hablar o besar, es que es una actividad completamente solitaria. Estás vos, la pantalla en blanco y tu remolino de sentimientos que poco a poco se vuelven palabras al ritmo del tac tac de los dedos sobre el teclado. Y de tanto estar sola conmigo mismo la olvidé a ella (a pesar de que era a ella a quien escribía) y se tuvo que tragar sus lágrimas mientras leía las mías hechas tinta. A veces, incluso, casi que por casualidad, se me salía entre las tildes algo de eso que uno oculta por no hacerle daño al otro y ella se mordía los labios o me zampaba un reproche vía msn que yo nunca tenía como responder.

Era una relación diferente. Ahora creo que hace mucho que ella no entra a mi blog y, quizá, las cosas están mejor así (se yo de sobra, por ejemplo, que la frase con la que arranca esta entrada le amargaría con facilidad el café de la mañana, pero ya es una pelea perdida). Ahora me queda la morena. 

Me queda la morena que me lee y me cita de vez en cuando, y yo sonrío asombrada de que sepa parte de mis textos de memoria. La que se enamoró un poco de mis letras antes de enamorarse de mí. La que no me entiende siempre bien lo que digo porque soy una mina jodida y hablo en clave, y ni mencionar de lo complicado que es entenderme al completo cuando escribo.

Así que sí, dudo de si escribir aquí esta historia de amor. Dudo de la conveniencia, porque a ella no podría esconderle nada, su mirada me vuelve transparente y voy por la vida siéndole sincera porque no podría serlo de otra manera. Lo que sí no dudo, es que esta historia me va a dar palabras para rato, porque todo lo que la amo no me cabe en un abecedario de 25 letras.