5.31.2012

(Otra de esas entradas en que esto es literalmente mi cabeza.)

Afuera llueve. Puedo decir que adentro también. Siempre me ha sorprendido todo lo que puedo llorar, como si el océano atlántico tuviera conexión directa con mis pulmones y se encargara de llenarlos a oleadas. Lloro porque no sé qué más hacer. De verdad no sé. Porque me siento indefensa y atrapada, paralizada por ese pánico con el que me despierto todos los días en la panza. Es un pánico que no viene de ninguna parte, que se ha acostumbrado a estar ahí con el pasar de los días y al que no me acostumbro, ni osaría querer acostumbrarme. Sencillamente está ahí, compañero imperturbable de mis amaneceres desde hace meses. Un pánico eterno a ser, y despertar cada mañana no es sino constatar que sigo existiendo. Es como despertar todos lo días en la mitad del salto en paracaídas y no recordar por qué carajos saltaste.
Hoy el amanecer me va a encontrar en pie, y aunque tampoco recuerdo por qué salté, al menos si recuerdo porque estoy buscando la mejor manera de caer y no hacerme daño. Mis grullas de origami podrían estropearse en la caída. Soy un soldado ajado de una infinita guerra de guerrillas que lleva años librándose en los recovecos de mi mente. Una guerra desgastante en la que nadie gana, pero en la que he ido perdiendo y encontrando aliados. Yo, por mi parte, sólo quiero no perderte aún. Y descansar. Pero descansar de verdad, no esta bruma en stand by en la que me pierdo cuando cierro los ojos un rato porque mi organismo no da más. Descansar como en las contadas noches en las que duermo escuchando tu corazón latir. Estoy pesando ya casi 4 kilos menos de lo que debo, dudo ya de que los músculos de mi espalda respondan a tal nombre, el nudo en mi garganta ha resuelto dejar de ser metáfora y materializarse y tengo una alergia que, como mis ataques de pánico, viene y va y va y viene. Si este semestre no se acaba pronto, la que se va a acabar soy yo. Así mismo, últimamente ya no sé distinguir el bien del mal, y tampoco, como dice una canción, sé distinguir lo complicado de lo simple. Pero he recuperado las ganas, cuando no estoy cansada aunque últimamente siempre lo esté. Me mantengo a raya aunque no sepa cómo. Le he perdido algo de interés a dibujarme los antebrazos de carmín y los morados ya no son lo mío, aunque siga teniendo una relación curiosa con el dolor. No sé por qué, en realidad. No sé por qué he dejado de hacerme daño físicamente, al menos de manera directa, si ya ni siquiera sé qué me hace daño mental y emocionalmente. No sé si vengo o si voy.  Lo único que sé es que aún sonrío, pero no sé para cuánto me alcance la sonrisa. Espero que lo suficiente como para no perderte. Tengo ganas de vomitar y un dolor de cabeza épico. Te tengo a ti lejos. Quiero parar. Quiero dejar de tener cosas que probarle a todo el mundo. Si a veces no quiero existir no sé qué hago. Según el calendario me quedan unas dos semanas más. Según mi boca del estómago me queda una eternidad. Afuera llueve. Adentro ha escampado un rato, quizá sea ya hora de dormir.

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