4.09.2012

Pensamientos de madrugada.

Y aquí estoy otra vez. Escribiendo en vez de dormir, y esperando con algo de miedo el sonido del despertador, que no le importa qué, siempre va a sonar. Escribo sin filtros y sin estilo, sin estrategias y sin ritmo,  escribo lo que me va dictando el alma, la cabeza y este revueltico de ganas y pereza que soy.  De aquí no va a salir un nuevo capítulo de mi novela, ni una gran frase, ni un nuevo poema; no los busquen que no están. Aquí sólo estoy yo, desnuda y sin frenos. No escribía hace mucho así, sin un motivo claro, pero como dice, desde hace mucho, el cabezote de este blog: ¡Bienvenidos a mi cabeza! Un viaje que, les aseguro, jamás es seguro.

Suspiro y escucho rock. Nunca es una buena combinación. Tengo miedo. Por primera vez en mucho tiempo tengo un miedo concreto, tengo miedo a que mis palabras sean tomadas de la manera que no es, porque mi sinceridad siempre me lleva a no esconder casi nada, pero también a no decir casi nada de frente. Pero total, son las cuatro de la mañana, y de nada me hago cargo. Ustedes verán que sacan de esto, yo sólo escribo. "Entre hablar y escribir, siempre he preferido lo segundo." Sí, a veces soy una cobarde, pero es que me juego el alma, y la vida, y la piel tan seguido que necesito refugio de vez en cuando.

Mi psiquiatra dice que debería tener rutinas, yo nunca he entendido de eso. Soy mala hasta para los vicios: Bien saben, mi único vicio son las personas, las emociones, y esas no necesitan mucho cuidado. Ni con el cigarro fui fiel. Ahora no sé cómo hacer una rutina. No es que no quiera: Es que no sé. No soy una mujer de medias tintas, nada raro que de ser lo impredecible en persona pase a ser cuadritos de un cuaderno, y eso no lo quiero. Pero quiero estar bien. Quiero que la química de mi cabeza me deje en paz. Quiero leer esto en un año, como leo las historias de este blog de hace tanto, y decir: Oiga, qué bien, cómo he cambiado. Necesito justos medios. Necesito a Aristóteles en mi vida para poder encontrar un equilibrio entre lo gozado y lo padecido, entre mi espíritu salvaje y mis ganas de lograr ser la mujer que quiero ser. Entre jugarme el corazón y resguardarme la cabeza. 

Y me enredo la cabeza sólo porque, se los digo pasito y sin mirarlos a los ojos, me gusta enredarme la cabeza de vez en cuando. Eso no voy a dejarlo ir jamás. El existencialismo es lo mío. Dudo, ergo existo. No pienso, porque de pensar no se escapa nadie, pero dudar es privilegio de pocos y pérdida de muchos. El que duda, especialmente a la hora de saltarse un abismo, pierde. Yo salto primero y dudo después, como método para no embarrarla y caerme en la mitad del cañón. 

Y eso es todo por ahora, porque van a ser las cinco de la mañana, y el amanecer en día laboral no aguanta.

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