4.05.2012

Infinito y levedad.

Los converse violetas ese día le tallaban más que de costumbre, le tallaban con esa manera tan singular que sólo tienen los zapatos que conocen a su dueña y le están diciendo a gritos algo. En este caso, gritaban que querían salir corriendo de aquella habitación e irse a encontrar con ese otro par de zapatos con los que habían estado charlando tan amenamente mientras los gemidos llenaban la habitación. A decir verdad, ella opinaba lo mismo, opinaba que quería estar de vuelta en sus brazos y mirar esos ojos oscuros en los que encontraba el brillo de estrella que tanto le envidiaba a la noche y así perderse en su mirada y sentirse, por un segundo, infinita. Y verán, realmente le hacía falta a veces sentirse infinita, perder los límites de esa humanidad que la confinaba a 1,65 de estatura y que a veces le parecía tan insuficiente para tanto mundo, que sentía que la podían borrar de la historia, del tiempo y, peor aún, del alma de la gente que habí amado, tan sólo con un soplo de viento helado. Pero mirando esos ojos, carajo, se sentía estrella, cometa, nebulosa. Se sentía parte y, al sentirse infinita, también se sentía invulnerable... Ella, que era tan amante de la fragilidad y que llevaba años siendo, en secreto pero patentemente, tan vulnerable como si anduviera con el alma en carne viva en pleno mar. Pero nada de eso lo podían saber los converse, como tampoco sabían que ella no salía corriendo detrás de ese par de zapatos (y de ojos, y de caderas, y de manos) precisamente porque le aterraba la idea de perder a sus zapatos para siempre, de dejarse llevar por toda esa levedad

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