4.19.2012

Historias añejas.


Él me miraba con sus ojos azules y esa sonrisita pícara que le valió el titulo de "The devil" en mi lista de apodos, y yo contenía el aire helado entre mis pulmones para que las volutas de vapor no delataran mi respirar acelerado. Era otoño, era Inglaterra, era pequeña y el mundo me sabía a cuento de hadas. Nos enamoramos por casualidad, porque volver del otro lado del océano sin un amor de otoño no entraba en mis cálculos. Nos enamoramos a punta de malentendidos idiomáticos y té -con leche y sin azúcar, darling- mientras el tiempo se escurría bajo mis pies y el alma se me inflaba con un país de vientos helados y caminar rápido. 

Ahora que Paul McCartney toca en Bogotá me acuerdo de él, por casualidad. De mi diablo, ángel, compañero, imposible. De nuestra fugacidad. De saber que no íbamos a hacer nada y que tampoco íbamos a ser nada porque nuestra historia se la tragaba el calendario a pasos rápidos (pasos de inglés cuando va de afán) acercándose a la fecha en que yo debía volver a mi tierra, a mi historia, y bajarme de cuentos de hadas en que los caballeros sonríen y te dicen, pasito y al oído: "Everyone dies, darling, not everyone lives". Y yo estaba dedicada a vivir, a vivir hasta que se me acabara la suela de los zapatos y las monedas para café, ese otoño.

Él cantaba Across The Universe y se reía pasito cuando yo le confesaba que las únicas tres canciones que me sabía completas de los Beatles eran Yesterday, Yellow Submarine e Imagine. A veces arrugaba el entrecejo, como buen inglés, y meneaba la cabeza. Yo tiritaba buscando su abrazo y le cantaba pasito The Used, porque lo mío era el desastre sin frenos...

I'm melting, I'm melting in your eyes. 

Luego me tomaba de la mano y me regalaba dulces, era asombrosa la cantidad de dulces que cargaba en sus bolsillos. Y me sonreía pícaramente y yo sentía que en algún momento había intercambiado papeles con el masmelo que tenía en el chocolate caliente entre mis manos.

La última vez que lo vi eran las 5:30 p.m. y ya la oscuridad se tragaba las callecitas de Winchester dándole un aire asombrosamente tétrico a la catedral. Yo estaba escapada de mi tutora y tenía ganas de que ese lugar me tragara y no me soltara jamás. Él llevaba su violín a la espalda, su gabardina negra y esa chispa azul marino en los ojos que podía hacerme temblar las rodillas y enredarme la lengua (¡cómo si necesitaramos más impedimentos lingüísticos!). Me abrazó con fuerza, yo hubiera querido tener el coraje de darle un beso pero a -3°C el coraje es escaso. Me prometió venir. Le prometí volver. Ambos pensamos en alguna parte de nuestro ser que era una promesa poco probable, pero teníamos que decirlo para creérnoslo un rato.

Al día siguiente, a las cuatro de la mañana, yo me alejaba cantando In your eyes, I lost my place, could stay a while? y con esa inseguridad en la panza de no saber si volvería jamás a esas calles, y con la seguridad entre mis costillas de que no volvería jamás a él.

Como buen diablo, me olvidó en dos semanas. Como buena enamoradiza, aún no lo olvido del todo, especialmente cuando tomo té inglés. Si me preguntan: Fue un sueño. Un lindo sueño, porque en Inglaterra, con las hojas doradas, Hey Jude en las orejas y la vida por empezar: encontrar a un príncipe azul es fácil. Lo curioso es que nadie te dice lo fácil que es perderlo. 

Si se lo encuentran estudiando medicina en algún lugar de Inglaterra, por favor, pregúntenle si aún se acuerda de esta colombianita. Que yo, los jueves fríos cuando McCartney canta Let it be y tomo té, todavía me acuerdo de él.

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