3.08.2012

Café con sal.


Es la primera vez que pisa ese café. Se siente extraña, dado que conoce prácticamente todos los cafés de la ciudad, tanto así que su exnovio bromeaba con que ella tenía más cafeína que sangre en las venas. Pobre diablo, jamás entendió la magia de un tinto oscuro en la mitad de una tormenta sentimental. Es más, jamás la entendió y fue por eso que a pesar del buen sexo la relación se fue al carajo. Porque más que orgasmos ella necesitaba en ese momento de su vida que la entendieran, que le proporcionaran un buen marco en el que existir porque su cabeza se iba siempre por las variantes y ya no sabía si se había pasado su vida avanzando o retrocediendo.

-Un tinto bien cargado, por favor.- Pidió y se sentó en la esquina, afuera, donde el viento de la tarde le despejaba el humo del cigarro que acababa de prender, y de paso le aliviaba el dolor de cabeza que con el tiempo se había convertido en un compañero más, otro testigo de su soledad como la mala costumbre de morderse las uñas o las ojeras marcadas por las que ya nadie preguntaba.

- El café es un gusto aprendido, ¿sabía?- Le mencionó al mesero que le traía su taza humeante; en momentos de tormenta odiaba tomar café en vasitos de cartón, porque no los podría apretar con fuerza entre sus manos. El mesero asintió con una sonrisa y siguió para la mesa siguiente, total no le pagaban por oír las ocurrencias de los clientes.

El café es un gusto aprendido. A nadie le gusta el café cuando pequeño, de buenas a primeras. Siempre es mejor un helado o una gaseosa, algo cuyo sabor amargo no se te quede pegado por horas al paladar. La tristeza, ahora que lo pensaba, era también un gusto aprendido. Sonrió torcidamente, era tan adicta a uno como a la otra. Cerró los ojos con fuerza, apretándose el tabique entre el índice y el pulgar y suspiró, deseando por un momento volver a la edad de los helados donde la tristeza no era más que un ejemplo de cómo usar la z. Ahora su ortografía era perfecta, pero su vida no, y su paladar ya no toleraba igual el azúcar. Él, su ex, jamás había podido entender su falta de gusto por el azúcar, tanto así que insistía en regalarle bombones con arequipe todos los septiembres, los catorce de febrero y hasta en navidad. Él era, en sí mismo, un bombón con arequipe, y hacía falta un expreso doble para compensar. Por eso le puso los cachos.

- Otro tinto y un cenicero, por favor.-Pidió, y el mesero de la sonrisa complaciente no demoró en llevárselos.

Al bombón le había metido los cachos al año y medio de relación, con el primer cabrón que se encontró. Un gallito de pelea de esos que les gusta el sexo duro y el whisky seco, que la trataba como un trapo viejo y la hacía llorar de rabia cuando comprobaba que sus besos no le aceleraban, ni una milésima, el corazón.

Una noche, entre vino y música de mal agüero, le contó. “-Llevo dos meses acostándome con alguien que no sos vos-”, le soltó, sonriendo torcido y esperando un hija de puta, que mal que bien se merecía. Pero no pasó. Siguió siendo ese menjurje edulcorado. Le apretó la mano con fuerza y con la voz llena de ternura le preguntó que tenía el otro que no tenía él. No pudo responder. En realidad, era al contrario, se acostaba con el otro porque no tenía corazón y a este le sobraba. Quizá debía decirle que…. ¿Que qué?¿Que era mejor polvo, que la hacía sentir mejor? Posiblemente hubiera mentido, si eso hubiera suscitado una respuesta diferente, pero ahora estaba segura que hubiera sido la misma: “Te quiero. Vos verás qué haces, pero cuéntame la próxima vez, así no me preocupo por vos las noches que no estés en mi cama.” Y la besó, la besó con toda su dulzura.

Al día siguiente, ella había mandado a la mierda al cabrón que con un vale, nena, que total ya me hacía falta cambiar de entrepierna, la dejó ir. Sin mirar atrás. Y se preparó para seguir con el coma diabético, porque si eso no había alcanzado para amargarle un poquito el alma, estaba resignada a que nada lo haría.

Sí, el café y la tristeza eran un gusto aprendido que se iba poniendo más amargo con los años. Ella empezó con los moka en el bachillerato, cuando la vida le parecía tan apurada que no tenía tiempo de dormir. Cuando su primer amor, a punta de palabras, le desnudaba las noches en las que tendría que estar estudiando trigonometría, o alguna de esas cosas que nunca le había servido para nada después de recibir el diploma. Posiblemente ahí había empezado a coquetear también con la tristeza. Luego pasó del moka al cappuccino, luego le quitó el azúcar y ya el amargo del expreso apenas si le provocaba cosquillas. Con la tristeza fue un proceso similar en el que ya había llegado al punto en el que estaba triste por el mero hecho de estarlo, de llenarse los pulmones de agua salada y neblina, como una tormenta a mar abierto.  

Aguantó un año y medio más con el chico de los bombones que jamás dejó de quererla, aunque nunca supo navegar entre sus indecisiones y mucho menos ser un faro que le ayudara a definir el rumbo. El pobre diablo la quería, y la quería bien, pero jamás fue capaz de tomarse el café sin azúcar.  Le dijo adiós una tarde soleada, sin lágrimas ni dramas; empacó la maleta y le dejó una caja de besos de chocolate en la encimera. Se fue sintiendo que no entendía ni siquiera por qué se iba, pero que él tampoco le daba razones para quedarse.

Esa noche fue a un bar, ella que siempre ha sido más de cafés, y tomó vodka hasta terminar vomitando en una esquina todas las mariposas muertas que se había tragado esos tres años. Ahora, llevaba un año durmiendo sola.

- ¿Desea algo más?- Preguntó el chico de la sonrisa, y ella pidió otro café, mientras adicionaba correctamente que era de esos que regalaba también bombones, o quizá muffins con chispitas y corazones, esos que cada vez se ponían más de moda y a ella le provocaban arcadas.

La verdad sea dicha, ella les tenía cierta envidia. Envidia a ese amor azucarado que haría feliz a casi cualquiera, y seguro que no esperarían mucho antes de encontrar, precisamente, a una cualquiera que rompiera su dieta por ellos y guardara los empaques de los chocolates en la mesita de noche. Una de esas que toman azúcar con café, en vez de al revés, y pasan las tristezas corriendo para que no vayan a pensar en quedarse… ella, en cambio, siempre las acoge en casa y les presta el colchón.

El tinto llegó a la mesa y ella se tomó el primer trago sin esperar, quemándose la punta de la lengua. Capaz así era como se había quemado también el corazón… Fue entonces que lo entendió.

Pidió un salero ante la mirada asombrada del camarero quien, fiel a su política de “el cliente tiene razón” aunque no la tenga en absoluto, se lo llevó y observó aterrado como ella vería una buena parte del polvo blanco en la taza y, mientras revolvía con delicadeza, le decía: -Verá, todo este tiempo he creído que mi problema es falta de amor del bueno y exceso de café; lo que nunca noté es que soy como el mal invento de un barista loco: aprendí a sazonar mi amor amargo con lágrimas… y, ¿sabe usted? Este es el resultado. Soy un café con sal. Un café cuyo gusto no se adquiere ni con toda la edad del mundo. –El mesero la miró borrando su sonrisa, mientras ella se bebía el café de un sorbo, casi sin respirar, dejaba paga la cuenta, y levantándose le decía – No te metas nunca con una mujer enamorada de la tristeza, porque no hay bombón que arregle un café con sal. Como yo, que son intomable hasta para mí.- 

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