11.16.2012

Y así estoy....

Con el corazón latiéndome duro en las costillas, a veces por una mujer y a veces a pesar de ella.

10.26.2012

Un domingo como tantos, sin usted.

Me armo de valor y le escribo de frente, aunque el valor sólo me alcanza para escribirle estas letras que quién sabe si leerá. Para hablarle de usted como si hubiera una distancia insalvable entre nosotras, y es que probablemente la hay. Volví a oír a Sabina, ¿sabe? y tengo unas ganas irrefrenables de hacerle caso y vestirme de putita, corazón pero he descubierto que sin usted la lengua sólo me sirve para hablar. ¿De qué me sirve desnudármele a un cualquiera si la estoy pensando a usted? ¿Si son sus manos, sus caderas, sus tetas las que espera mi cuerpo? Mi escondite, mi clave de sol, mi reloj de pulsera. Mi princesa, mi canela, mi morocha. Quizá no debería escuchar a Sabina un domingo, pero es que el entiende a la perfección mis ganas de escaparme, de huir de la calle melancolía y quizá refugiarme donde habita el olvido. Allá donde usted nunca llega, porque es inolvidable. Quiero contarle que, a pesar de todo, lo estoy llevando bien. Que me cuesta aceptar que la extraño y que no he podido bajar de la I en mi celular al buscar nombres para no toparme con el suyo, aunque sé que me tomo su decisión tan en serio que no sería capaz de llamarla ni siquiera después de una botella de vodka. O quizá sí. Tendré que hacer el intento a ver si el alcohol me desenreda lo que tengo en la garganta, o al menos diluyen un poco estas ganas de correr a su lado. 

He de confesar que se me han ocurrido más de quinientas maneras de llenarme su ausencia, pero ninguna me convence. 

10.12.2012

Inconclusa.

No sé cómo empezar a escribir esto. He pensado en estas palabras desde el lunes pero se me revuelven todas, como se me revuelven las entrañas al pensarlo. No quiero usar la palabra final, por eso el título. Porque me niego a escribir nuestro final. Quizá por eso me niego también a llorar, aunque siempre en mi vida las pérdidas más grandes las he llorado tarde. Es una bonita historia de amor (escribí era en un principio, pero aún lo es, las historias, por fortuna, no mueren... siempre que quede alguien para contarlas). No puedo escribir que acabó, y menos cuando ella está todavía aquí. Dentro y fuera. No he sido capaz de quitar sus "te amo" de mi pared, aunque ella me haya desaparecido de toda red social. En serio no sé cómo escribir esto, y se nota, pero tengo que escribirlo. Tengo que verlo ir apareciendo de a poco en la pantalla para ver si así se hace más real, pero no está funcionando. Sigue sin parecer real. Aún así me obligo a seguir escribiendo, entre cigarros y canciones de Amy Winehouse, porque lo necesito. Lo necesito tanto como enviarle la carta que empecé a escribir esa noche en un transmilenio con el llanto en la garganta (llanto que no ha salido de ahí y que no sé cómo convencer para que salga), pero la carta también está inconclusa. Tengo muchos cabos por atar, y precisamente son los nuestros los últimos de la lista. Mi psicóloga me ha mandado a imaginarme en el futuro, a construir de nuevo todo eso que arranqué de a poquitos este año, pero no he podido. No he podido no sólo porque dejé todo tan borroso que no sé por dónde empezar, sino porque todos mis futuros que sobrevivieron eran con ella. No es porque la necesite, sino porque su imagen se aparece por ahí junto a mí, impasible ante la resolución de su dueña de alejarse todo lo posible. 

En realidad no sé cómo escribir esto. Probablemente sea el texto peor construido de por aquí. Sé cómo escribir finales y sé cómo escribir principios. Soy increíblemente buena escribiendo nudos. Pero esto... esto va más allá de mi capacidad literaria. Con ella, desde un principio, siempre me faltaron las palabras. No me cupo en palabras en un principio, y ahora tampoco me cabe su ausencia en las mismas. Quiero dejar esto como ese "final" inesperado de los buenos libros que te permiten seguir soñando. Quiero seguir soñando. Pero no me malinterpreten, aquí no hay nada más que una esperanza desvaída de encontrarla después en el camino, si es que el camino se nos cruza. Aquí ya no hay ganas de perseguirla. No podría. No podría pedirle que vuelva cuando no hay a dónde volver. Pero tampoco puedo dejarla ir por completo cuando el amor me retumba todavía dentro. Y le retumba a ella. ¿Cómo hace uno para entender que dos personas que se aman con locura se dejaron de lado? Yo no puedo entenderlo, pero sencillamente pasó. Y fue una de esas decisiones tomada a mansalva, pero sabiendo que no había otro camino. 

¿Saben? Yo quería que este texto se llamara epílogo. Epílogo porque quería contar en qué andaban los personajes después de el último capítulo. Pero sólo tengo la mitad de la historia. Sólo puedo decir en qué quedé yo. Puedo decir que no he vuelto a escuchar a Fito, a Arjona o a Sabina. Puedo decir que soñé con ella el jueves y me levanté con el corazón arrugado. Puedo decir, una vez más, que no he llorado. Puedo decir que se me escapa una sonrisa triste cuando veo lo que dejó regado por mi habitación, y que me pregunto si ella habrá botado todo lo que yo dejé en su cuarto. Puedo decir que nunca dudé ni dudaré del amor que nos profesamos. Puedo decir que intento, a veces, borrarla de mi memoria pero siempre me arrepiento. 

Y puedo decir que después de ese último abrazo que nos dimos, me siento inconclusa.

9.03.2012

Basura soy.

Así se titulaba una entrada en otro blog desaparecido cuando tenía unos 13 años. Hoy me siento exactamente igual.

Por lo que a mí concierne: Este blog entra en receso por un largo periodo de tiempo, sino de manera permanente.

Gracias al lector.

8.09.2012

Y yo aquí, sin poder dejar de pensar. 






(en ti.)

8.05.2012

De amor no vive nadie.

Faltan 10 minutos para las cinco de la mañana. No quiero ver la luz azul en mi ventana, pero aún así me resisto a dormir. Demasiado frío en los huesos, demasiadas letras en mi cabeza, demasiado de vos por toda la habitación como para poner la cabeza en la almohada y apagar la luz. Te extraño. Negarlo sería una mentira que mi sinceridad no puede aguantar. Te amo, también, pero como vos misma dijiste: de amor no vive nadie. Y esa es probablemente la frase que más rebota por mi cerebro, porque hasta hace poco yo sí creía que podía vivir de amor. Es más, aún lo creo. Estoy aquí parada porque me aman. No vos, aunque quizá también por vos, pero porque mi familia me ama, mis amigos me aman y algo de mí misma aún me ama después de tantos golpes que me he dado. De amor vivo, el amor es lo que me tiene día a día en pie, pero al parecer en este caso no es suficiente. Y eso me tiene con insomnio.

No sé por qué te estoy escribiendo. No era mi intención. Podría borrar esta página y comenzar de nuevo como si no te estuviera hablando a vos, pero daría igual porque lo hago, porque ni siquiera estoy segura de que vas a leerlo, porque estas palabras que están en mi cabeza hablan mucho de mí, pero también de vos y de nosotras. No hablan de más. ¿Hay todavía un nosotras? Tiemblo. Tiemblo de manera incontrolable, pero al menos ya no lloro. Ya no tengo más lágrimas, no para esta noche. Quisiera vivir de amor con vos, pero no pudimos. No sé qué hacer. Me siento repitiendo la historia. Me siento como hace un par de meses cuando nos dijimos adiós porque a mí me dolía mucho y a vos te cansaba demasiado. Creímos haberlo solucionado pero aquí estamos de nuevo. O, mejor, allá estás y aquí estoy, separadas de nuevo y sin plural.

Me dijiste adiós hace una semana larga ya. Un adiós tan rápido y sin posibilidad de réplica que me pareció más un hasta luego que otra cosa. Te busqué dos días después y terminé en una de las charlas más heladas que he tenido en mi vida. Me convertí en la reina del sarcasmo y vos te sacaste medalla de oro en cinismo. No me gustan esas conversaciones, me llenan los huesitos de esquirlas, esquirlas que no se sacan sino con cirugía y las cirugías dejan cicatrices feas. Amar me saca lo mejor y lo peor de mí, y en ese momento me sacaste algo de lo peor que hay aquí adentro. Y no estoy dispuesta a que se repita. Odio esas conversaciones, es de lo único que me arrepiento cuando se termina una historia, de llegar a ese límite. ¿Se terminó nuestra historia? 

Después el amor nos pudo más. Pero fueron de esos te amos que se dicen para que queden inscritos en la posteridad, para evitar un reclamo futuro... y es que si de algo me enorgullezco es que, aunque las historias en plural no den para más, nunca han dejado de amarme. Y yo nunca dejo de amar. Te lo dije la primera vez que, hace casi seis meses, te dije te amo. Pero de ahí no pasó. No era ningún vuelve. Estábamos en un vaivén que tenía más de vai que de vén.  Y de tanto vai, me fui. Me fui porque me lo estabas pidiendo a gritos. Me fui porque te habías ido primero, porque ya no estabas, porque al buscarte me topaba con el vacío. Me fui y te lloré dos noches. No nos merecíamos más lágrimas, más aguasal en las heridas. Me fui y comencé, de a pocos, a amarte sólo de lejos. Yo no mezclo duelos y fantasmas, así que hace mucho tiempo aprendí a diferenciar amar de depender, de manera que rescaté del fondo de mi alma la certeza de que puedo vivir sin vos (aunque no quiera) y empecé a hacerlo.

Ahora me buscas. Días después me buscas. Después de ser la reina de piedra, allí estás de nuevo. Como la primera vez. Necesitándome, amándome, buscándome. Y yo no sé qué hacer. Porque la primera vez volví sin pensarlo dos veces, volví porque nunca quise decir adiós. Esta vez tampoco quería decir adiós, no quiero. Nunca he querido decirte adiós. ¡Ese maldito viernes tampoco quería decir adiós y mucho menos verte hacerlo! No quiero. No quiero tener que lidiar con tu ausencia, que se ha vuelto fiel compañera de mis caminatas por Chapinero, no quiero tener que morderme los labios con fuerza cada vez que suena Arjona o Sabina o cualquiera que haya hablado de nosotras, no quiero tener la manilla que me regalaste en el fondo de mi mochila porque ya no se siente cómoda en mi muñeca, no quiero tener que esconder tu saco en el fondo del armario porque ponérmelo y saber que vos ya no me abrazas más es demasiado. Yo te quiero a vos. Quiero tus correos en mi bandeja de entrada deseándome buenos días, quiero tus carcajadas burlonas, quiero tu lengua en mi entrepierna haciéndome gemir, quiero el hueco de tu clavícula donde duermo tan bien -¡donde sueño tan bien!-, quiero perderme en tus ojos de estrella. Incluso quiero tus problemas de familia, tus exámenes de la Nacho, tu cansancio del trabajo, porque quiero estar ahí para vos en las buenas y en las malas. Porque te amo.

Pero no es suficiente. De amor no vive nadie. Nuestro amor está intacto, nadie lo puede dudar. Está ahí tan pasional, intenso, demente e ingenuo como la primera vez. Quizá demasiado ingenuo. De amor no vive nadie. La frase se repite una y otra vez. Algo se me rompió, no sé a vos (porque ya no uso plurales), pero algo se me rompió. Nuestros sueños a futuro se murieron de hambre, como te advertí que estaban haciendo esa noche hace una semana. Nadie los alimentó más, porque yo no sirvo para soñar sola y vos no estabas. Podríamos tener otros, sí, pero estos se murieron. Aunque eso es lo de menos, el futuro está muy allá, muy lejos de nuestras narices, de la punta de nuestros dedos. Me preocupa lo que está pasando y lo que ha  pasado. Te has ido ya dos veces. Te he visto irte y me he quedado dándole golpes a la pared que dejas de reemplazo. Te has ido por la misma razón. Me duele de vos lo mismo que me dolía hace meses, esa maña de buscarme en cualquiera que no sea yo y yo comienzo a sentirme un paréntesis que puede ser ignorado sin cambiar en modo alguno la sintaxis de tu vida. La verdad, no sé cómo hacer para que deje de doler, aunque ya mi psicóloga prometió ponerse a la tarea de ayudarme. Pero vos no me ayudas. No sé por qué, no sé si no entiendes o no quieres, pero no me ayudas. No te gustan las culpas y no te estoy culpando, pero sí hay responsabilidad tuya en esto. Y no sé cómo hacértelo entender, especialmente si cuando tocamos el tema vuelvo a ser una pelota rebotando contra la pared que sos. Ping, ping, ping.

Quiero estar con vos. Quiero ser con vos. Te extraño. No me gusta estar así. No quiero que seas just somebody that I used to know. Pero no quiero volver sólo por volver, para volver a estar así en un par de meses y luego otra vez, y otra y otra hasta que no demos más. No quiero volver a ser la reina del sarcasmo con vos. Pero lo irónico del caso es que... ¡yo no quería irme! Yo hubiera podido seguir así hasta que me dieran los goznes. Pero te alejaste y, con ello, me obligaste a mí a dar también un paso atrás. Y desde aquí el problema se ve más claro, y no quiero errar de nuevo. ¿Te confieso algo? No sé de dónde estoy sacando la voluntad para no responderte, para no llamarte, para no amarte de cerca. Porque te amoDe amor no vive nadie. Carajo. No me quiero dar por vencida con vos. I won't give up on us. Te necesito para saber qué hacer, porque hablar en singular no me va a llevar a ningún lado hoy. Porque yo no sirvo para terminar historias unidireccionalmente. ¿Queremos cambiar la una por la otra o simplemente somos dos tontas que nos enamoramos de la persona equivocada? Yo quiero cambiar, pero no sola.

Ya son las seis y dieciocho. Amaneció nublado, como mi cabeza, y no estás para soplar las nubes grises y que tenga un buen día. Y no sé si acostumbrarme o no a que no vas a estar más.

6.27.2012

Leer fanfics de Naomily a estas horas no le hace bien a mi cabeza. Darme cuenta, con una sensación parecida a la que produce el aire helado de la madrugada que entra por mi ventana, de que ella es probablemente la primera persona que me hace sentir esto tan así, tan aquí, tampoco le hace bien a mi cabeza.

I'm completely and absolutely and fuckingly in love with her.
(sí, en inglés, porque estoy en-amor, no enamorada. esto es otra cosa bien diferente.)



6.23.2012

Encontrarla.

(Pedazo de un...¿diario?, no sé. De algo que me nació publicar. Sírvase usted de leer y no juzgar, pedazos de corazón vivo dejando por doquier, como una mala maña, pero con la esperanza de siempre encontrármelos después.)

"Encontrarla es todo placer y reto. Aunque debo decir que me encontró primero ella a mí, escondida en lo más recóndito de un personaje diseñado precisa y únicamente: para gustar. Pero me encontró detrás de la máscara, ¡gracias al universo! o si no esto que llamamos amor no se hubiera podido dar. Me encontró un par de flaquezas, un secreto en la sonrisa y un pedazo de amor atado al esternón... y de pronto yo me encontraba, sin pararme a pensarlo, dejando caer mis pedazos por la habitación no para que los recogiera y los pegara, sino para que los examinara y viera en ellos los colores hermosos que tienen, las esquinas tan curiosas que se han formado y cómo reflejan la luz si te los pones frente a los ojos. (Quizá deba aclarar que nunca le volveré a dar mis pedazos a alguien para que me arme, es un entramado demasiado complejo, aunque a veces agradezco cuando se encuentran un pedacito que pasé por alto y me lo entregan con cuidado, es que soy miope y no siempre veo los trozos tirados en la alfombra). Pero volvamos a lo que es encontrarla a ella. La encuentro cuando me despierto y son sus ojos de estrella los que me miran del otro lado, la encuentro en el sabor de mi boca después de besarla largamente (la boca, las mejillas, el cuello, el abdomen, la entrepierna, la espalda, toda, toda ella), la encuentro entre las arrugas de mi sábanas, la encuentro en ciertas páginas de mis libros, la encuentro entre sus dedos cuando me agarro de su mano al caminar. ¡La encuentro en tantas partes! Aunque, bien, esa es la parte placentera. El reto, en cambio, es muchísimo más complejo. El reto es encontrarla en sus silencios impenetrables, encontrarla detrás de su voz dura y fría que corta cuando comienza a hartarse, encontrarla entre el temblor de sus manos, encontrarla en la acidez de los reproches que no sé cómo contestar, encontrarla en lo profundo de su escondite cuando vienen sus amigos a saludar. Encontrarla allí es el reto. Un reto que no siempre da frutos... pero qué hermoso es cuando la encuentro incluso allí y puedo agarrarla -o no, a veces no hay necesidad- de la mano y saber que estamos juntas. Que, sin estarlo buscando, hace varios meses ya que nos encontramos."

6.07.2012

Hoy me dueles en todos los huesos, princesa y mis lágrimas me saben lejanamente a vos. Nunca habías sabido tan salada. Hoy no sé si estamos yendo o viniendo y si todavía puedo usar el plural. Me duele respirar. Me duele porque estás metida en mis costillas y hay unas de ellas que votan porque te quedes y otras que votan porque te vayas. Rompiste algo y todavía hace eco y no sé si se pueda reparar. Me gustaría, ¿sabes? me gustaría que te ofrecieras a hacer el trabajo de mampostería y devolverle la sensación de mágico a esto que se volvió tan catastrófico de pronto. Pero no te atreves y yo no te voy a dar la pauta. He aprendido a remendarme las heridas sola aunque tenga que coser en la oscuridad y al revés, con los dientes apretados y sin anestesia para no perder la conciencia. 

Mi error fue no haber sido clara. Mi error es tenerle miedo a las consecuencias. Mi error, quizá, es no querer vivir sin ti. De poder, puedo... de querer, no quiero. Como los niños chiquitos. Pertenezco a esa clase de personas que suele saber con perfecta claridad cuál es su error, aunque la solución se me llene de bruma, de espuma, de agua de mar. Como mis pulmones.
Tu error espero que lo tengas claro, no soy maestra ni gurú. No vine a marcarle pautas a nadie y me aburre ser el manual de convivencia. Prefiero levantarme la falda y desajuiciar a ajuiciar, siempre y cuando no duela. Siempre y cuando el desjuicie no me pierda la cordura (ésa, la poquita que me queda).

Me cuesta entender cómo amas, si te soy sincera. Me cuesta, a veces, especialmente en noches como estas, no dudar de que lo estamos haciendo al derecho. Pero soy infinitamente consciente de las maletas que llevo a cuestas y de que doy más vueltas que un trompo antes de decidirme a andar hacia adelante. Así que me pongo los zapatos de montaña, les doy el pésame a mis hombros: y camino. Camino porque no quiero estar sin ti. Porque no se me da la gana estar sin ti. Porque quiero que me desdudes, me desnudes, me desanudes.

No quiero que duelas, princesa. Nunca quise. Pero tal vez me consigo los amores con más espinas porque son los que tienen las flores de colores más bonitos. Como tu sonrisa. Como la manera en que me pierdo en tus ojos. Como la manera en que se me corta el aliento cuando te digo que te amo. Como mi sonrisa, que suele cargar algo de la tuya en la comisura, escondidita. Nunca me he arrepentido de tener esa clase de amores, aunque desearía poder ver las flores sin los ojos escarchados de lágrimas.

Soy cobarde y no quiero decidir. No quiero escuchar a las costillas pelear así que cierro los ojos y tecleo con toda la fuerza que pueda, pero no surte efecto. Tarde o temprano hago la decisión. La decisión de realizar yo sola el trabajo de mampostería aunque quede roto y endeble, porque nunca fui buena con las manualidades. Decido, con los pies en la tierra (¡cómo extraño volar!) y el alma en el subsuelo que me voy con vos. Que te sigo a vos. A dónde vayas. Hasta que aguante, hasta que se me acabe la gasolina y la bruma se disipe al grito mudo de un adiós.

Te amo. Y acepto lo catastrófico tanto como lo mágico. Y aunque no sea el amor de tu vida, te voy a amar como nadie mientras nos dure el tirón. Y te voy a amar como sólo se amar yo, después de que eso pase. 

6.03.2012

Amor y enamoramiento.


Enamoramiento es que sea el número más discado en mi celular.
Amor es que sea la persona a la que puedo llamar con la voz rota y el alma torcida cuando siento que todo sale mal.

Enamoramiento es atesorar con locura el pedazo de soga que un hippie loco nos amarró a la muñeca hace meses en una de nuestras salidas.
Amor es darme cuenta que ese lazo que nos unió no lo quiero desatar.

Enamoramiento es no protestar por su maña de hacerme parar de la cama para tenderla antes de dormir.
Amor es atesorar sus manías porque son parte de ella y sonreír.

Enamoramiento es sentir estos picaflores revoloteándome del ombligo a la garganta cada vez que está por llegar.
Amor es sentir este calor con aire a seguridad entre las costillas cuando pienso en ella.

Enamoramiento es querer regalarle un pedazo de luna, una rosa amarilla y mis sonrisas.
Amor es querer compartirle mis miedos y mis inseguridades porque anhelo que me quiera aún con ellas a cuestas.

Enamoramiento es invitarla a un café y esperar que me bese después.
Amor es saber que ese café va con tres de azúcar y que mi sánduche mejor lo pido sin pepinillos porque los odia a rabiar.

Enamoramiento es que no vea mis ojeras, mis uñas a medio pintar y mi pelo de león.
Amor es que opine que soy hermosa recién levantada y sin bañar.

Enamoramiento es que me mande un mensaje con la última canción que la hizo pensar en mí.
Amor es que responda a mis llamadas cuando llevo 40 minutos llorándole al oído por alguna sin razón tan propia de mí, y aún tenga ganas de decirme que quiere un futuro conmigo.

Enamoramiento es que quiera pasar toda la noche del sábado besando cada uno de mis lunares y haciéndome gemir.
Amor es que me diga te amo al oído y quiera despertarse la mañana del domingo a mi lado y traerme café sin necesidad de que lo pida.

Enamoramiento es citarle a Cortázar y a Benedetti entre los sorbos de cappuccino.
Amor es que me preste uno de sus libros preferidos para saber qué tal me pareció.

Enamoramiento es esto que me atrona en los oídos y me calienta las mejillas cuando está cerca.
Amor es que sé que aún cuando eso baje de intensidad, voy a seguir queriéndola a mi lado.

(Sí, señores y señoras lectoras de este blog, esto es así de grave:
No sólo estamos profunda y pasionalmente enamoradas la una de la otra,
sino que nos amamos hasta el tuétano.
Y aunque el enamoramiento no suele durar más de 6 meses -dicen por ahí-,
el amor a mí me dura para toda la vida.)

Dudas en plena madrugada.

Me fumo el, no sé, décimo cigarro de la noche -ya madrugada- y dudo. Dudo sobre muchas cosas, ya saben, es mi manera de tomarme el mundo, pero en este momento dudo específicamente sobre mi historia de amor. La historia de amor con la morena más espectacular que me he topado en la vida. Dudo porque sé que lee mi blog y la última vez que mezclé amor y letras me fue como a los perros en misa.

Les contaré de esa vez. Estaba mortalmente enamorada de una argentina. La argentina por la cual abrí este blog y que todavía ve su sombra en muchas de estas letras (especialmente si retroceden unos cuatro años.. ¡¿cuatro ya?! en el historial de entradas). Ella. Así, en cursiva, porque en esa época no quería que se me confundiera con las otras ellas que empezaban a poblar mi vida de adolescente descubriendo su sexualidad, pero que no podían llegarle ni a los talones, ¡ni que hablar de llegarle a los tobillos! o mejor, de llegarme a mi corazón que le pertenecía con cada una de sus células.

Ella. La que ahora me saluda cada vez que el tiempo de nuestras respectivas facultades nos deja y me dice Hola, mi vida, te extraño. Yo también la extraño, jamás he dejado de hacerlo. Ella me enseñó a extrañar cuando yo no sabía sino de extrañar las vacaciones cuando el colegio se me hacía demasiado tedioso, me enseñó esa sensación que te da en la mitad del pecho y te llena la noche de suspiros esperando que al menos uno alcance su destinatario. Unos suspiros que tenían que atravesar medio continente americano y dos horas de diferencia horaria para encontrarla.

Escribía aquí porque era la única manera de sacar todo el amor que tenía metido hasta el tuétano y que no encontraba ni otro cuerpo ni otra voz donde recrearse. Pero el problema de escribir, a diferencia de acariciar, hablar o besar, es que es una actividad completamente solitaria. Estás vos, la pantalla en blanco y tu remolino de sentimientos que poco a poco se vuelven palabras al ritmo del tac tac de los dedos sobre el teclado. Y de tanto estar sola conmigo mismo la olvidé a ella (a pesar de que era a ella a quien escribía) y se tuvo que tragar sus lágrimas mientras leía las mías hechas tinta. A veces, incluso, casi que por casualidad, se me salía entre las tildes algo de eso que uno oculta por no hacerle daño al otro y ella se mordía los labios o me zampaba un reproche vía msn que yo nunca tenía como responder.

Era una relación diferente. Ahora creo que hace mucho que ella no entra a mi blog y, quizá, las cosas están mejor así (se yo de sobra, por ejemplo, que la frase con la que arranca esta entrada le amargaría con facilidad el café de la mañana, pero ya es una pelea perdida). Ahora me queda la morena. 

Me queda la morena que me lee y me cita de vez en cuando, y yo sonrío asombrada de que sepa parte de mis textos de memoria. La que se enamoró un poco de mis letras antes de enamorarse de mí. La que no me entiende siempre bien lo que digo porque soy una mina jodida y hablo en clave, y ni mencionar de lo complicado que es entenderme al completo cuando escribo.

Así que sí, dudo de si escribir aquí esta historia de amor. Dudo de la conveniencia, porque a ella no podría esconderle nada, su mirada me vuelve transparente y voy por la vida siéndole sincera porque no podría serlo de otra manera. Lo que sí no dudo, es que esta historia me va a dar palabras para rato, porque todo lo que la amo no me cabe en un abecedario de 25 letras.

5.31.2012

(Otra de esas entradas en que esto es literalmente mi cabeza.)

Afuera llueve. Puedo decir que adentro también. Siempre me ha sorprendido todo lo que puedo llorar, como si el océano atlántico tuviera conexión directa con mis pulmones y se encargara de llenarlos a oleadas. Lloro porque no sé qué más hacer. De verdad no sé. Porque me siento indefensa y atrapada, paralizada por ese pánico con el que me despierto todos los días en la panza. Es un pánico que no viene de ninguna parte, que se ha acostumbrado a estar ahí con el pasar de los días y al que no me acostumbro, ni osaría querer acostumbrarme. Sencillamente está ahí, compañero imperturbable de mis amaneceres desde hace meses. Un pánico eterno a ser, y despertar cada mañana no es sino constatar que sigo existiendo. Es como despertar todos lo días en la mitad del salto en paracaídas y no recordar por qué carajos saltaste.
Hoy el amanecer me va a encontrar en pie, y aunque tampoco recuerdo por qué salté, al menos si recuerdo porque estoy buscando la mejor manera de caer y no hacerme daño. Mis grullas de origami podrían estropearse en la caída. Soy un soldado ajado de una infinita guerra de guerrillas que lleva años librándose en los recovecos de mi mente. Una guerra desgastante en la que nadie gana, pero en la que he ido perdiendo y encontrando aliados. Yo, por mi parte, sólo quiero no perderte aún. Y descansar. Pero descansar de verdad, no esta bruma en stand by en la que me pierdo cuando cierro los ojos un rato porque mi organismo no da más. Descansar como en las contadas noches en las que duermo escuchando tu corazón latir. Estoy pesando ya casi 4 kilos menos de lo que debo, dudo ya de que los músculos de mi espalda respondan a tal nombre, el nudo en mi garganta ha resuelto dejar de ser metáfora y materializarse y tengo una alergia que, como mis ataques de pánico, viene y va y va y viene. Si este semestre no se acaba pronto, la que se va a acabar soy yo. Así mismo, últimamente ya no sé distinguir el bien del mal, y tampoco, como dice una canción, sé distinguir lo complicado de lo simple. Pero he recuperado las ganas, cuando no estoy cansada aunque últimamente siempre lo esté. Me mantengo a raya aunque no sepa cómo. Le he perdido algo de interés a dibujarme los antebrazos de carmín y los morados ya no son lo mío, aunque siga teniendo una relación curiosa con el dolor. No sé por qué, en realidad. No sé por qué he dejado de hacerme daño físicamente, al menos de manera directa, si ya ni siquiera sé qué me hace daño mental y emocionalmente. No sé si vengo o si voy.  Lo único que sé es que aún sonrío, pero no sé para cuánto me alcance la sonrisa. Espero que lo suficiente como para no perderte. Tengo ganas de vomitar y un dolor de cabeza épico. Te tengo a ti lejos. Quiero parar. Quiero dejar de tener cosas que probarle a todo el mundo. Si a veces no quiero existir no sé qué hago. Según el calendario me quedan unas dos semanas más. Según mi boca del estómago me queda una eternidad. Afuera llueve. Adentro ha escampado un rato, quizá sea ya hora de dormir.

5.24.2012

Cerrar los ojos y apretarte la mano, así sea en mi cabeza.


Me gustaría poder empacarte la confianza en una botellita y regalártela mañana para que tomes un poquito cada vez que te haga falta y se te infle de nuevo el pecho, pero con la crisis económica y la escasez de certezas, la confianza es algo que anda caro últimamente. Me encantaría poder regalarte un poquitico de esta sensación cálida en la boca del estómago que tengo cada vez que estoy cerca a vos, porque, verás, esa a mi me sobra y quizá sea de utilidad a la hora de pelear con esa sensación tan aburrida que nos come a veces, pero la biología me desaconseja abrirme las tripas para buscar esa calidez… ¿qué tal que en el intento se escapen todas las mariposas?

Quizá podría regalarte un minuto en mi cabeza. Para que te vieras como te veo yo y pudiéramos jugarle trampas a esa visión tuya que hoy parece una lupa al revés y te hace ver pequeña pequeñita. Podrías ver lo mucho que creo en vos, todas las virtudes y destrezas que te encuentro, y lo adorables que se ven tus manías desde aquí. Pero luego pienso en que podrías coger el camino equivocado y perderte en el laberinto que tengo como cerebro. ¿Te imaginas ir a parar a mis recuerdos de infancia, o quizá al lugar donde guardo cosas inútiles como la lista del mercado? ¿Qué tal que te pierdas y vayas a parar al recoveco de mis miedos, esos de dientes afilados que tan duro muerden?

Si fuera Morfeo te regalaría una noche de sueño, para que entre las cobijas se apague esa cabecita tuya que no tiene freno y las preocupaciones se quedaran sin conciencia que morder. Y, aprovechando que por una noche tus sueños son míos me metería en ellos y los llenaría de puestas de sol, caracoles de colores, música de guitarras flamencas y quizá (o mejor dicho seguramente porque no podría resistirme) me colaría yo también y te llenaría cada vértice de besos sabor chocolate y te pintaría con la punta de mi lengua una sonrisita de ésas que de tan reales dejan de ser sólo sueño y se dibujan también en tus labios dormidos.

Si estuviera cerca te regalaría un abrazo de esos que le quitan los caprichos al sistema nervioso autónomo y que, por alguna razón que no comprendo, hacen que los pulmones estrujados por mis brazos respiren mejor. Pondría mi corazón bien cerquita del tuyo para que empezaran a latir juntos… aunque, ahora que lo pienso, el mío late tan rápido cuando tu piel roza la mía que quizá no sea tan buena idea.

Me gustaría poder llenarte los bolsillos de certezas, la panza de ganas, las costillas de tranquilidad, las rodillas de confianza, la cabeza de sueños, la mirada de claridad… pero como no puedo, me quedo dándote lo que tengo. Me quedo sentada de este lado soplando nubes para que no se atreva el cielo a lloverte el día de mañana. Me quedo cruzando los dedos. Me quedo confiando en vos calladita, porque a veces las confianzas ajenas pesan. Me quedo porque yo también tengo tormentas entre los pulmones, porque yo también sé que es intentar y no poder, porque yo tengo más miedos que canciones, porque todo eso no duele tanto si estoy contigo. Y sobretodo, me quedo pase lo que pase, que incluso si la tormenta voltea el barco y tus predicciones rotundamente negras tienen la razón: será nadando junto a ti que esperaré el siguiente barco. Que esperaré a que el clima cambie, a que tus certezas vuelvan, a que la seguridad te retorne los pasos.
…O quien sabe, princesa, capaz sin barco alguien venga a rescatarnos en avión.

5.09.2012

Un pequeño ejército de esperanzas.



Esperanza # 1.

En la oscuridad, sentada en lo profundo del pozo, tan abajo que la luz es un recuerdo olvidado... Dar el primer paso es la parte más compleja. Llenarte de la energía para levantarte de allí por más que duelan las heridas, por más que pese el cansancio, por más que estés a ciegas y ni siquiera sepas si estás tomando el camino adecuado. Pero bien dicen que cuando tocas fondo no hay otro camino que para arriba, así que muerta del miedo y temblando, con el frío de un posible fracaso en las rodillas, dí mi primer paso.

Dando el primer paso, grulla 1.
Hacer grullas no me resulta fácil. Ya les había comentado el por qué. Pero bien, ahí ven a la primera, después de una media hora doblando aquí y doblando allá, resistiendo las ganas de dejar todo tirado (¿a quién se le ocurre que hacer grullas es una buena manera de combatir la depresión?) ahí está. Tiene forma de grulla. Tiene alas. Quizá después de todo, si sigo caminando y doblando por dónde es, recupere yo mis alas también.

Esperanza # 4.


Después de tres grullas comprobé con una sonrisa que, en general, lograba recordar cómo se hacían, igual que recordaba de a pasos cómo se sonreía. La cuarta grulla fue una sonrisa. Un quiz aburrido que convertí en una mini-grulla, un tedio que volví magia. Las cosas pequeñas de la vida, con un mínimo esfuerzo, pueden resultar asombrosas y sacarte sonrisas a vos y a los que tienes al lado. 


Se me había olvidado que yo era la mujer que sonreía descubriendo magia hasta entre las baldosas.

Esperanza # 6, 7 y 8.


Mi mamá y mis amigos de la universidad me regalaron cada uno una grulla, después de que les enseñé como hacerlas. En ellas escribieron algo para mí.  No estoy sola, y no estoy tan chueca. Ellos son capaces de ver las alas que estoy reconstruyendo pero que nunca he perdido por completo. Pero si yo no continúo, si no camino, no hay manera de que me ayuden.

.... Así pues, entre esperanzas construidas y prestadas, ya llevo un pequeño ejército.
Y aún no me canso de caminar.

(Y, ¿les cuento un secreto? Hay una esperanza que aún no he hecho grulla porque no me sale lo suficientemente hermosa, pero en mi alma esa esperanza lleva su nombre.)

5.01.2012

Hola, princesa.


Hola, te extraño.
Hola, si aparecieras y quisieras darme la mano la tomaría sin pensar.
Hola, ya no me queda tan fácil dormirme sin antes escuchar tu voz.
Hola, quiero que sepas que desde que me reencontraste con Sabina se ha tomado mi vida.
Hola, quizá ya entendí qué eran esos 11 y 6 que cargaban en la canción de Fito.
Hola, me muerdo los dedos para no escribirte.
Hola, yo no hago negocios con la necesidad, por eso no sé pedirte que te quedes.
Hola, ¡qué lindos ojos tienes!
Hola, ¿podrías decirme en qué momento me enamoré de ti?
Hola..... ehm, me faltan las palabras, sabrás disculpar.
Hola, acompáñame a estar sola.
Hola, jamás me imaginé comenzar mayo sin ti.


Hola, te amo.
Ojalá no hagan falta 19 días y 500 noches... princesa.

4.30.2012

Cien grullas, un deseo.

(No sé si conozcan el concepto de Senbazuru, si no, les recomiendo que lo googleen o no van a entender.)



Desde que tengo memoria, nunca me he llevado bien con el origami. Soy chueca hasta para hacer una línea recta con regla y lo que me cuesta hacer un doblez con precisión no tiene nombre. Siempre he creído que no soy sólo chueca para esa clase de cosas, sino que en general soy el concepto contrario a rectitud, con patitas y bailando por ahí. Soy especialmente chueca a la hora de amarme, y no entiendo a esas personas que aprietan el dentífrico por la parte de abajo y siempre se van a la cama a la misma hora. Soy chueca hasta para amar a otros, y lo lamento en el alma. Por eso nunca pude hacer correctamente ninguna figura en origami y en el colegio me dedicaba a escribir mientras mis compañeros hacían grullas, cometas, sapos y no sé que más.

También por eso de la chuequez tuve que decir adiós esta tarde. Y aunque ahora la extraño a rabiar y quiero más que nunca tenerla respirando contra mi pecho, sé que no voy a poder hacer el doblez correcto. Estoy cansada, apabullada, rota y arrugada. Llevo quizá más de 10 años entablando una pelea contra mí misma en la que nadie va a ganar y eso me impide ser una persona que entable relaciones sanas, porque todas me salen chuecas. He llorado mucho. He peleado mucho. Contra mí, contra el mundo, contra todo. Me he herido mucho. Pero nunca he sabido muy bien qué hacer al respecto. Qué es lo que le falta a este engranaje para funcionar.

Ahora lo sé. Le falta un poco de confianza, de pulso firme, de rectitud y de constancia. Precisamente lo que hace falta para hacer origami. Necesito volver a mí. No sé cuánto me cueste porque me sumergí tanto en esta batalla que perdí de vista quién era. Y necesito volver a mí para poder volver a ella. Y darle un amor de colores que valga la pena.

Senbazuru. Mil grullas, un deseo. Yo no tengo tanto un deseo como una meta. Por eso, quizá, le robo un cero y hago cien grullas. Cien grullas. Cuando logre tener la constancia, paciencia y concentración que necesito para hacer cien grullas... En ese momento sabré que estoy bien. O lo suficientemente bien.

Cien grullas, un deseo. Amarme a mí misma como lo merezco es la meta. Que ella aún esté ahí para amarla como se debe, es el deseo. Vamos a ver qué tanto los japoneses tienen razón.

(Te amo.)

4.26.2012

Como dice Lydia en su cuento:

Es tiempo de reinventarse. Tiempo de buscarse una nueva imagen.

4.25.2012

Un nudo en la garganta, tantas horas por delante, y estas ganas de llorar.

Oigo súbitamente un pitido en la oreja. El corazón se me sube a la garganta y me tiembla la parte inferior del labio. El aire se escapa a otros reinos, quizás los suyos, y me deja jugando con bocanadas vacías cual pez fuera del agua. Y es que sí, quizá después de todo eso soy: un pez pescado. Mordí el anzuelo de dejarme llevar, y ése no tiene vuelta atrás. Tengo un nudo en la garganta, tantas horas por delante y estas ganas de llorar. También tengo un temblorcito de ésos que no son suficientes para tumbarte la estructura pero que te impiden andar derecha, como si estuvieras alcoholizada por la vida, como si hubiera cambiado el pesar por vodka. 
Pero no. Nada ha cambiado, y el sonido se aleja progresivamente igual que el sabor al salitre de mi boca (sí, al parecer soy pez de agua salada) y me devuelves la capacidad de respirar, dejando sólo un pequeño resabio de rabia en la boca de mi estómago. Me molesta darme cuenta de mi debilidad, me cuesta aceptar que soy humana (ya ve usted, por eso prefiero verme como un pez pescado) y me molesta saber que ya no puedo huir en plena retirada. Que estoy atada al anzuelo. Y que, aunque no lo estuviera, tampoco querría nadar en otra dirección. Que me quedo jugando a anfibio el tiempo que haga falta.

Entienda usted que las suelas de mis zapatos no están acostumbradas a compartir caminos, y que el miedo siempre está vivo en el fondo de mi piel. Que me cuesta hacer mío este nosotras entre tantos túes y yoes que no puedo controlar. Que te amo, pero cuando me cogen por sorpresa, siempre acertaré a no confiar. Me viene por costumbre, quizá por instinto. Pero cuando la razón, y hasta el corazón que -quién lo creyera, él siempre tan histérico- salen a tu rescate, no me queda más que bajar la cabeza y sonreír con dulzura. Llegará el día en que no me falte aire y no se me encojan las tripas creyéndose corazón. 


Mientras tanto, mientras me acostumbro a ser humana... ¿te quedarías conmigo, princesa? ¿Te quedarías un rato con este pez pescado, por favor?

4.21.2012

Espejos.

Me miro en el reflejo y no sé bien lo que veo. Es una chica guapa la que está ahí, algo desarreglada y cansada, sí, pero quizás por eso más guapa. Siempre me han gustado las mujeres así, un poco rotas, un poco pisadas por el mundo porque jamás han sabido cambiar de acera a tiempo. Veo sus ojos y por un momento me encuentro, hay un chispazo de reconocimiento en ellos y vuelvo y me pierdo. No sé qué hay en la profundidad de esos ojos gatunos que cambian de color. Pero sonríe, la chica guapa del espejo sonríe y algo de tranquilidad me invade la piel, antes casi no sonreía y en sus ojos nublados de llanto era imposible ver algo. Ahora miro. El universo se abre allí, pero yo no sé lo que veo. No me veo. Veo muchas cosas pero no a . Estoy cansada y no quiero intentar ver más. Últimamente siempre estoy cansada... ¿cómo se puede estar cansado de intentar a los diecinueve años? No lo sé. Y pensar que, estadísticamente, aún me quedan unos 50 años por delante. ¿Cincuenta, dije? A este ritmo creo que menos. Fumo en demasía, como poco y pienso mucho. Quizá lo más perjudicial sea precisamente lo último: pensar mucho y ser poco. El espejo ya no me ofrece más información y siento que mi reflejo quiere irse de paseo, así que lo dejo ir. Sé con pasmosa certeza que no soy esa imagen reflejada a dos dimensiones, porque esa imagen no es capaz de levantar la voz o recrear mis palabras y yo, yo últimamente canto porque se escucha. Aún así, me gustaría verme, verme en la curvatura de la sonrisa o en la manera de fruncir el entrecejo. Pero no, aún no, aún mi reflejo está distante por tantos años de pelea y me niega la posibilidad de saber que soy y que estoy. A veces me siento muy cansada para ambas cosas y desearía vivir en inglés dónde es el mismo verbo. 

Así, filosofando sobre estructuras gramaticales que me son ajenas, paso del espejo de cristal al otro espejo, a este espejo que es infinitamente más fiel pero no por eso menos traicionero. Aquí si me encuentro, pero también me pierdo. Puedo verme con claridad en las frases enredadas, en la falta de uso de conceptos claros, en la excesiva cantidad de comas. En el frenesí. Puedo verme incluso en las letras que no son mías, en la Maga de Cortázar frustrada porque no es capaz de entender tanta tertulia, en la mujer de Que Viva la Música que sólo quiere bailar una pieza más y dejarse el alma en los tacones, en la Sabina de Kundera que sólo quiere alguien que se mire al espejo con ella, desnuda y sin tanta traición, y entienda la importancia de un sombrero de copa, en las mujeres de Benedetti cargadas tanto de sensualidad como de melancolía. Me veo por instantes porque no soy ninguna de ellas, y a la vez soy todas. Las he hecho mías con el tiempo, y temo que si alguna vez me encuentro con sus creadores me reclamen en lo que las he convertido, pero no me importa. Me veo también en Amapola y en Candelaria, porque miente aquel escritor que dice que no deja un pedazo de sí mismo en sus creaciones. Pero entre tanto camaleón ya no sé de qué color soy

Y finalmente, me veo en sus ojos. O creo verme. Y me eriza la piel, esta piel tan mía y tan cargada de cicatrices, esa que ella ha hecho suya de a pocos. Me veo en sus ojos de estrella, veo esa imagen algo coja y no del todo correcta que tiene de mí, y me sorprende la claridad con la que es capaz de verme incluso cuando me disfrazo, cuando me cubro de tristeza o de desespero porque esos conceptos son al menos más claros que el concepto de . Supongo que por eso le tengo esperanzas a este amor de locos nacido a las carreras, porque en sus ojos alcanzo a reconocerme por instantes, porque ella se hunde en estos ojos de gata y me rescata. Y veo cosas horrendas y veo cosas hermosas, porque hace mucho no soy la princesa de la boca de fresa, y me agarro de su mano para saber que soy. Que existo. Que cuando el reflejo se vaya (porque son cabrones y siempre se van), yo voy a seguir existiendo. 

Y finalmente me quedo sola y a oscuras y grito. Y en el eco de esa voz dándose golpes con los rincones comienzo a encontrarme. De a pocos. Pero los laberintos que me he construido dentro son muchos y no tengo mapa ni brújula, y tampoco un hilo como Teseo. Me pierdo y me reencuentro, y se me ocurre que, quizá, esa es la forma en la que somos... de otra manera, sin perdernos y siempre parados en la tranquilidad del mismo punto, simplemente estamos.

4.19.2012

Historias añejas.


Él me miraba con sus ojos azules y esa sonrisita pícara que le valió el titulo de "The devil" en mi lista de apodos, y yo contenía el aire helado entre mis pulmones para que las volutas de vapor no delataran mi respirar acelerado. Era otoño, era Inglaterra, era pequeña y el mundo me sabía a cuento de hadas. Nos enamoramos por casualidad, porque volver del otro lado del océano sin un amor de otoño no entraba en mis cálculos. Nos enamoramos a punta de malentendidos idiomáticos y té -con leche y sin azúcar, darling- mientras el tiempo se escurría bajo mis pies y el alma se me inflaba con un país de vientos helados y caminar rápido. 

Ahora que Paul McCartney toca en Bogotá me acuerdo de él, por casualidad. De mi diablo, ángel, compañero, imposible. De nuestra fugacidad. De saber que no íbamos a hacer nada y que tampoco íbamos a ser nada porque nuestra historia se la tragaba el calendario a pasos rápidos (pasos de inglés cuando va de afán) acercándose a la fecha en que yo debía volver a mi tierra, a mi historia, y bajarme de cuentos de hadas en que los caballeros sonríen y te dicen, pasito y al oído: "Everyone dies, darling, not everyone lives". Y yo estaba dedicada a vivir, a vivir hasta que se me acabara la suela de los zapatos y las monedas para café, ese otoño.

Él cantaba Across The Universe y se reía pasito cuando yo le confesaba que las únicas tres canciones que me sabía completas de los Beatles eran Yesterday, Yellow Submarine e Imagine. A veces arrugaba el entrecejo, como buen inglés, y meneaba la cabeza. Yo tiritaba buscando su abrazo y le cantaba pasito The Used, porque lo mío era el desastre sin frenos...

I'm melting, I'm melting in your eyes. 

Luego me tomaba de la mano y me regalaba dulces, era asombrosa la cantidad de dulces que cargaba en sus bolsillos. Y me sonreía pícaramente y yo sentía que en algún momento había intercambiado papeles con el masmelo que tenía en el chocolate caliente entre mis manos.

La última vez que lo vi eran las 5:30 p.m. y ya la oscuridad se tragaba las callecitas de Winchester dándole un aire asombrosamente tétrico a la catedral. Yo estaba escapada de mi tutora y tenía ganas de que ese lugar me tragara y no me soltara jamás. Él llevaba su violín a la espalda, su gabardina negra y esa chispa azul marino en los ojos que podía hacerme temblar las rodillas y enredarme la lengua (¡cómo si necesitaramos más impedimentos lingüísticos!). Me abrazó con fuerza, yo hubiera querido tener el coraje de darle un beso pero a -3°C el coraje es escaso. Me prometió venir. Le prometí volver. Ambos pensamos en alguna parte de nuestro ser que era una promesa poco probable, pero teníamos que decirlo para creérnoslo un rato.

Al día siguiente, a las cuatro de la mañana, yo me alejaba cantando In your eyes, I lost my place, could stay a while? y con esa inseguridad en la panza de no saber si volvería jamás a esas calles, y con la seguridad entre mis costillas de que no volvería jamás a él.

Como buen diablo, me olvidó en dos semanas. Como buena enamoradiza, aún no lo olvido del todo, especialmente cuando tomo té inglés. Si me preguntan: Fue un sueño. Un lindo sueño, porque en Inglaterra, con las hojas doradas, Hey Jude en las orejas y la vida por empezar: encontrar a un príncipe azul es fácil. Lo curioso es que nadie te dice lo fácil que es perderlo. 

Si se lo encuentran estudiando medicina en algún lugar de Inglaterra, por favor, pregúntenle si aún se acuerda de esta colombianita. Que yo, los jueves fríos cuando McCartney canta Let it be y tomo té, todavía me acuerdo de él.

4.09.2012

Pensamientos de madrugada.

Y aquí estoy otra vez. Escribiendo en vez de dormir, y esperando con algo de miedo el sonido del despertador, que no le importa qué, siempre va a sonar. Escribo sin filtros y sin estilo, sin estrategias y sin ritmo,  escribo lo que me va dictando el alma, la cabeza y este revueltico de ganas y pereza que soy.  De aquí no va a salir un nuevo capítulo de mi novela, ni una gran frase, ni un nuevo poema; no los busquen que no están. Aquí sólo estoy yo, desnuda y sin frenos. No escribía hace mucho así, sin un motivo claro, pero como dice, desde hace mucho, el cabezote de este blog: ¡Bienvenidos a mi cabeza! Un viaje que, les aseguro, jamás es seguro.

Suspiro y escucho rock. Nunca es una buena combinación. Tengo miedo. Por primera vez en mucho tiempo tengo un miedo concreto, tengo miedo a que mis palabras sean tomadas de la manera que no es, porque mi sinceridad siempre me lleva a no esconder casi nada, pero también a no decir casi nada de frente. Pero total, son las cuatro de la mañana, y de nada me hago cargo. Ustedes verán que sacan de esto, yo sólo escribo. "Entre hablar y escribir, siempre he preferido lo segundo." Sí, a veces soy una cobarde, pero es que me juego el alma, y la vida, y la piel tan seguido que necesito refugio de vez en cuando.

Mi psiquiatra dice que debería tener rutinas, yo nunca he entendido de eso. Soy mala hasta para los vicios: Bien saben, mi único vicio son las personas, las emociones, y esas no necesitan mucho cuidado. Ni con el cigarro fui fiel. Ahora no sé cómo hacer una rutina. No es que no quiera: Es que no sé. No soy una mujer de medias tintas, nada raro que de ser lo impredecible en persona pase a ser cuadritos de un cuaderno, y eso no lo quiero. Pero quiero estar bien. Quiero que la química de mi cabeza me deje en paz. Quiero leer esto en un año, como leo las historias de este blog de hace tanto, y decir: Oiga, qué bien, cómo he cambiado. Necesito justos medios. Necesito a Aristóteles en mi vida para poder encontrar un equilibrio entre lo gozado y lo padecido, entre mi espíritu salvaje y mis ganas de lograr ser la mujer que quiero ser. Entre jugarme el corazón y resguardarme la cabeza. 

Y me enredo la cabeza sólo porque, se los digo pasito y sin mirarlos a los ojos, me gusta enredarme la cabeza de vez en cuando. Eso no voy a dejarlo ir jamás. El existencialismo es lo mío. Dudo, ergo existo. No pienso, porque de pensar no se escapa nadie, pero dudar es privilegio de pocos y pérdida de muchos. El que duda, especialmente a la hora de saltarse un abismo, pierde. Yo salto primero y dudo después, como método para no embarrarla y caerme en la mitad del cañón. 

Y eso es todo por ahora, porque van a ser las cinco de la mañana, y el amanecer en día laboral no aguanta.

4.05.2012

Infinito y levedad.

Los converse violetas ese día le tallaban más que de costumbre, le tallaban con esa manera tan singular que sólo tienen los zapatos que conocen a su dueña y le están diciendo a gritos algo. En este caso, gritaban que querían salir corriendo de aquella habitación e irse a encontrar con ese otro par de zapatos con los que habían estado charlando tan amenamente mientras los gemidos llenaban la habitación. A decir verdad, ella opinaba lo mismo, opinaba que quería estar de vuelta en sus brazos y mirar esos ojos oscuros en los que encontraba el brillo de estrella que tanto le envidiaba a la noche y así perderse en su mirada y sentirse, por un segundo, infinita. Y verán, realmente le hacía falta a veces sentirse infinita, perder los límites de esa humanidad que la confinaba a 1,65 de estatura y que a veces le parecía tan insuficiente para tanto mundo, que sentía que la podían borrar de la historia, del tiempo y, peor aún, del alma de la gente que habí amado, tan sólo con un soplo de viento helado. Pero mirando esos ojos, carajo, se sentía estrella, cometa, nebulosa. Se sentía parte y, al sentirse infinita, también se sentía invulnerable... Ella, que era tan amante de la fragilidad y que llevaba años siendo, en secreto pero patentemente, tan vulnerable como si anduviera con el alma en carne viva en pleno mar. Pero nada de eso lo podían saber los converse, como tampoco sabían que ella no salía corriendo detrás de ese par de zapatos (y de ojos, y de caderas, y de manos) precisamente porque le aterraba la idea de perder a sus zapatos para siempre, de dejarse llevar por toda esa levedad

3.13.2012

Sueños de ocasión.


No sé si es mi raza de sagitario, mi alergia a la rutina, lo poco que me gusta la disciplina (con esa sc tan molesta de escribir), o qué descache de crianza, pero tengo pocos sueños que me duren más allá de una semana. Soy impulsiva y la vida la vivo a atracones, por eso siempre admiré a la gente que con voz serena contesta cómo se imagina en 5 años, 10, 50. Yo no puedo. No puedo imaginarme ni siquiera a final de año. No porque técnicamente no pueda, puesto que mi imaginación es tan poderosa que puedo describir hasta mi ropa interior, o el color del cielo o el brillo de los ojos del transeúnte que me pase al lado cuando camine por ahí a mis noventa años. Sino porque de imaginar a creer hay un trecho largo, y soy tan consciente de la manera en que la vida te puede cambiar en un segundo, que no me atrevo a creer en nada más allá que el ahora.

No me malinterpretes, la filosofía del carpe diem a morir que tanto han prostituido últimamente no va conmigo. No me refiero a no planear, a no ver más allá... me refiero a que hago todo lo que puedo, aquí y ahora, porque esas cosas -esas pocas cosas por las que el gusto me dura más de una semana- pasen. Porque estos sueños de tiempo completo en los que se me va la vida son los que delinean mi presente, porque aunque no lo creas aún soy la chica de los para siempre, esa que necesita idealizar en pequeñas dosis el universo para poderse tragar las verdades que le sirve la realidad a diario. 

El problema es que últimamente ando buscando que un sueño de ocasión se vuelva sueño permanente y me acompañe hasta los lunes por las mañanas, esos momentos en que no sueñas sino con seguir cinco minutos más en la cama. Últimamente ando planteándome futuros que nadie me ha pedido, y notando con cierta amargura que por más reales que los imagine no me lo creo, porque me jodieron -o quizá tuve jodida desde siempre- la visión de lejos. Soy miope por naturaleza, y no veo mucho más allá. Lo que si veo es el acá y mis ganas de soñar. De soñar incluso cuando debería estar durmiendo, como ahora. 

De soñar con un nosotras, en vez de con un yo. 

Ahora la pregunta del millón es si habrá alguien en el mundo que se atreva a llevarme el paso con estos sueños de ocasión, estos sueños en que te puedes soñar hasta el premio nobel porque el día te sonríe y sientes acalorada la panza. Si habrá alguien que se atreva a recordármelos en plena tormenta, cuando las nubes grises ni siquiera dejen intuir cuando amanecerá. 

Y me pregunto en silencio qué tanto estoy dispuesta a volver ese sueño un sueño de tiempo completo, y que tanto para vos soy sólo un sueño pasajero que se va con el primer vagón del tren.

3.08.2012

Café con sal.


Es la primera vez que pisa ese café. Se siente extraña, dado que conoce prácticamente todos los cafés de la ciudad, tanto así que su exnovio bromeaba con que ella tenía más cafeína que sangre en las venas. Pobre diablo, jamás entendió la magia de un tinto oscuro en la mitad de una tormenta sentimental. Es más, jamás la entendió y fue por eso que a pesar del buen sexo la relación se fue al carajo. Porque más que orgasmos ella necesitaba en ese momento de su vida que la entendieran, que le proporcionaran un buen marco en el que existir porque su cabeza se iba siempre por las variantes y ya no sabía si se había pasado su vida avanzando o retrocediendo.

-Un tinto bien cargado, por favor.- Pidió y se sentó en la esquina, afuera, donde el viento de la tarde le despejaba el humo del cigarro que acababa de prender, y de paso le aliviaba el dolor de cabeza que con el tiempo se había convertido en un compañero más, otro testigo de su soledad como la mala costumbre de morderse las uñas o las ojeras marcadas por las que ya nadie preguntaba.

- El café es un gusto aprendido, ¿sabía?- Le mencionó al mesero que le traía su taza humeante; en momentos de tormenta odiaba tomar café en vasitos de cartón, porque no los podría apretar con fuerza entre sus manos. El mesero asintió con una sonrisa y siguió para la mesa siguiente, total no le pagaban por oír las ocurrencias de los clientes.

El café es un gusto aprendido. A nadie le gusta el café cuando pequeño, de buenas a primeras. Siempre es mejor un helado o una gaseosa, algo cuyo sabor amargo no se te quede pegado por horas al paladar. La tristeza, ahora que lo pensaba, era también un gusto aprendido. Sonrió torcidamente, era tan adicta a uno como a la otra. Cerró los ojos con fuerza, apretándose el tabique entre el índice y el pulgar y suspiró, deseando por un momento volver a la edad de los helados donde la tristeza no era más que un ejemplo de cómo usar la z. Ahora su ortografía era perfecta, pero su vida no, y su paladar ya no toleraba igual el azúcar. Él, su ex, jamás había podido entender su falta de gusto por el azúcar, tanto así que insistía en regalarle bombones con arequipe todos los septiembres, los catorce de febrero y hasta en navidad. Él era, en sí mismo, un bombón con arequipe, y hacía falta un expreso doble para compensar. Por eso le puso los cachos.

- Otro tinto y un cenicero, por favor.-Pidió, y el mesero de la sonrisa complaciente no demoró en llevárselos.

Al bombón le había metido los cachos al año y medio de relación, con el primer cabrón que se encontró. Un gallito de pelea de esos que les gusta el sexo duro y el whisky seco, que la trataba como un trapo viejo y la hacía llorar de rabia cuando comprobaba que sus besos no le aceleraban, ni una milésima, el corazón.

Una noche, entre vino y música de mal agüero, le contó. “-Llevo dos meses acostándome con alguien que no sos vos-”, le soltó, sonriendo torcido y esperando un hija de puta, que mal que bien se merecía. Pero no pasó. Siguió siendo ese menjurje edulcorado. Le apretó la mano con fuerza y con la voz llena de ternura le preguntó que tenía el otro que no tenía él. No pudo responder. En realidad, era al contrario, se acostaba con el otro porque no tenía corazón y a este le sobraba. Quizá debía decirle que…. ¿Que qué?¿Que era mejor polvo, que la hacía sentir mejor? Posiblemente hubiera mentido, si eso hubiera suscitado una respuesta diferente, pero ahora estaba segura que hubiera sido la misma: “Te quiero. Vos verás qué haces, pero cuéntame la próxima vez, así no me preocupo por vos las noches que no estés en mi cama.” Y la besó, la besó con toda su dulzura.

Al día siguiente, ella había mandado a la mierda al cabrón que con un vale, nena, que total ya me hacía falta cambiar de entrepierna, la dejó ir. Sin mirar atrás. Y se preparó para seguir con el coma diabético, porque si eso no había alcanzado para amargarle un poquito el alma, estaba resignada a que nada lo haría.

Sí, el café y la tristeza eran un gusto aprendido que se iba poniendo más amargo con los años. Ella empezó con los moka en el bachillerato, cuando la vida le parecía tan apurada que no tenía tiempo de dormir. Cuando su primer amor, a punta de palabras, le desnudaba las noches en las que tendría que estar estudiando trigonometría, o alguna de esas cosas que nunca le había servido para nada después de recibir el diploma. Posiblemente ahí había empezado a coquetear también con la tristeza. Luego pasó del moka al cappuccino, luego le quitó el azúcar y ya el amargo del expreso apenas si le provocaba cosquillas. Con la tristeza fue un proceso similar en el que ya había llegado al punto en el que estaba triste por el mero hecho de estarlo, de llenarse los pulmones de agua salada y neblina, como una tormenta a mar abierto.  

Aguantó un año y medio más con el chico de los bombones que jamás dejó de quererla, aunque nunca supo navegar entre sus indecisiones y mucho menos ser un faro que le ayudara a definir el rumbo. El pobre diablo la quería, y la quería bien, pero jamás fue capaz de tomarse el café sin azúcar.  Le dijo adiós una tarde soleada, sin lágrimas ni dramas; empacó la maleta y le dejó una caja de besos de chocolate en la encimera. Se fue sintiendo que no entendía ni siquiera por qué se iba, pero que él tampoco le daba razones para quedarse.

Esa noche fue a un bar, ella que siempre ha sido más de cafés, y tomó vodka hasta terminar vomitando en una esquina todas las mariposas muertas que se había tragado esos tres años. Ahora, llevaba un año durmiendo sola.

- ¿Desea algo más?- Preguntó el chico de la sonrisa, y ella pidió otro café, mientras adicionaba correctamente que era de esos que regalaba también bombones, o quizá muffins con chispitas y corazones, esos que cada vez se ponían más de moda y a ella le provocaban arcadas.

La verdad sea dicha, ella les tenía cierta envidia. Envidia a ese amor azucarado que haría feliz a casi cualquiera, y seguro que no esperarían mucho antes de encontrar, precisamente, a una cualquiera que rompiera su dieta por ellos y guardara los empaques de los chocolates en la mesita de noche. Una de esas que toman azúcar con café, en vez de al revés, y pasan las tristezas corriendo para que no vayan a pensar en quedarse… ella, en cambio, siempre las acoge en casa y les presta el colchón.

El tinto llegó a la mesa y ella se tomó el primer trago sin esperar, quemándose la punta de la lengua. Capaz así era como se había quemado también el corazón… Fue entonces que lo entendió.

Pidió un salero ante la mirada asombrada del camarero quien, fiel a su política de “el cliente tiene razón” aunque no la tenga en absoluto, se lo llevó y observó aterrado como ella vería una buena parte del polvo blanco en la taza y, mientras revolvía con delicadeza, le decía: -Verá, todo este tiempo he creído que mi problema es falta de amor del bueno y exceso de café; lo que nunca noté es que soy como el mal invento de un barista loco: aprendí a sazonar mi amor amargo con lágrimas… y, ¿sabe usted? Este es el resultado. Soy un café con sal. Un café cuyo gusto no se adquiere ni con toda la edad del mundo. –El mesero la miró borrando su sonrisa, mientras ella se bebía el café de un sorbo, casi sin respirar, dejaba paga la cuenta, y levantándose le decía – No te metas nunca con una mujer enamorada de la tristeza, porque no hay bombón que arregle un café con sal. Como yo, que son intomable hasta para mí.- 

3.05.2012

....Te amo.


Entrar en mis costillas siempre será un riesgo, princesa, porque aquí adentro no sólo se esconden sonrisas y amores de luna llena, sino también todo lo que escondo. Mis miedos, mis inseguridades, mi falta de argumentos. Y por eso decirte te amo me tomó una tarde de lágrimas que empapó el colchón. Porque decirte te amo implica decir que esto, todo esto que soy, las risas a las tres de la madrugada y los dientes apretados con rabia al amanecer, la magia y la oscuridad, las heridas y las mariposas, todo esto es lo que te ama. Porque cuando seduces te escondes, cuando amas te desnudas. Me gustaría decirte que no, que te ama sólo la mujer que me gusta ser, pero eso sería mentirte. Te amo, y amarte significa que tienes pase expreso para meterte en mis costillas y escarbar lo que quieras, aunque siempre habrá espacios sin luz en los que no podrás ver absolutamente nada porque no eres yo y no puedes leer a ciegas, pero por el resto puedes deambular y desempolvar las cajas en mi aorta, o quizás las palabras que no dije en mis pulmones, o el grito que se me enredó en la garganta la última vez que amé a alguien. Incluso, si caminas despacito y con cuidado, puedes encontrar por ahí las miniaturas de las otras personas a las que amo (porque no creo en la tilde del verbo amé, y nunca hago limpieza en ese lado de mí). De paso, te pido por favor que si me encuentras, grites, que hace muchos años hubo un temblor y quedó vacío el espacio para amarme a mí misma.  Decirte te amo es aceptar una vulnerabilidad más allá de lo lógico, y aceptar también que todo puede ser irremediablemente mágico como catastrófico.  Que puedes ayudar a que todo aquí adentro sea un lugar habitable, puedes romperme un par de ilusiones y esperanzas, o puedes dejar todo intacto, que total nada de esto es tu responsabilidad y para amar no siempre se pide permiso, sólo pasa y te encuentras con que cada vez que me ves se abren más puertas y conoces aún más este laberinto que soy, este corazón con insomnio y estas ganas indomables de ser excelentemente buena hasta siendo mala. No sé hasta qué parte de ti tenga yo acceso, no sé que encuentre dentro, pero sí sé que cuando digo que te amo lo digo con todos tus defectos, con tus miedos, con tus paranoias y tus inseguridades. Con tus manías, tu pasado y hasta tus historias inconclusas. Pero basta de hablar, pasa, pasa, hurga si quieres hasta en mi cerebro, así descubrirás que anoche, preciosa, soñé otra vez con vos.

2.15.2012

Corazón coraza.

En un café se vieron por casualidad, cansados en el alma de tanto andar ~

Tiene el pelo liso y oscuro hasta el cuello y una sonrisita de picardía que me hace estremecer. Tiene una linda cintura, cadera, ¡y qué par de piernas, joder!... Se llamará Jazz, aunque suene más a otro género musical. Uno más alegre, de esos que no te deja quieto el esternón.

No sé cómo seguir escribiendo, si les soy sincera. Ella no me cabe en un párrafo, quizá tampoco en un libro. Pero además, no quiero intentarlo. No quiero intentarlo porque no quiero que sea sólo letras, quiero que sea esa vocecita ronca que a veces me dice te quiero, guapa, y me estremece la punta de este iceberg que he resuelto volver a llamar alma (porque creía que se me había perdido), quiero que sea su nariz contra la mía, su respiración contra mis labios y el túntúntún de un corazón (¿o ambos?).

La cita a ciegas se cumplió a cabalidad, y como siempre, jugándomela con la diosa fortuna, con una desconocida en la plaza de Lourdes fui a dar. Ha salido muy bien las últimas veces, y esta salió mejor. Han pasado... más de tres semanas, creo. Y ya ven por donde vamos, ella es más guapa que cualquiera. Y lo digo con conocimiento de causa, de mis manos en su espalda y sus labios en mi cuello. De sus ojos mirándome y de esos te quiero que me llegan hasta la médula. Y de mis te quieros susurrados a media voz, porque tienen tanta fuerza que si los digo más duro quizá rompan algo.


Vamos a ver qué pasa, por ahora, mientras recuerdo cómo besa,  me conformo con cantar pasito un:

Miren todos, ellas solas, pueden más que el amor.


Porque les cuento, lectores, que a mí el amor me ha dado muy duro últimamente. Aunque, a pesar de que él no crea en mí, yo sigo queriéndole creer.

2.08.2012

Tengo.

Tengo dos entradas, quizá tres, en el tintero. No sé si quiero terminar de escribirlas, menos aún publicarlas. Una linda, una triste, una que planamente es un desastre de tristeza/rabia/decepción. Tengo un corazón debarajustado que padece de insomnio. Tengo una trayectoria académica bastante buena, una trayectoria emocional trágica. Tengo la mamá más linda del mundo. Tengo una uña rota. Tengo clase temprano mañana. Tengo dudas. Tengo una sonrisa que sonríe con todos los dientes. Tengo una Torre Eiffel tatuada en la espalda. Tengo una pared izquierda. Tengo más nudos que un rosario, necesito un masaje. Tengo más cuentos para contarte que los hermanos Grimm. Tengo varias lecturas por hacer, y trabajos por escribir. Tengo sueño. Tengo sueños, que es marcadamente distinto. Tengo ganas de mejorar. Tengo diecinueve años, pero me creo muchas veces de 5. O de 13.  O de 5000. Tengo ganas de llorar. Tengo un cuarto lleno de magia, aunque hay quien dice que la magia la tengo yo. Tengo la gata más espectacular del mundo. Tengo miedo. Tengo una guitarra que no toco. Tengo una novela sin terminar. Tengo café. Tengo amigos que me quieren, aunque últimamente sienta que no es suficiente. Tengo un lunar muy lindo en mi hombro. Tengo buenas ideas. Tengo buena suerte, casi siempre. Tengo, según el promedio, al menos sesenta años por delante. Tengo un número incontable de culpas. Tengo una autoestima, lo sé, en alguna parte de mi desorden. Tengo los mejores atardeceres en mi universidad. Tengo un oso de peluche. Tengo un curso de italiano por delante. Tengo un hermano que no deja de crecer. Tengo muy buena memoria. Tengo la capacidad de volverme mierda. Tengo un revuelto de pasiones por dentro. Tengo pedazos de pelo violeta. Tengo un borrador de mi futuro. Tengo verdades entre las costillas. 


....Y tengo que escribir esto, porque a veces me cuesta verme en perspectiva. Y esto ayuda. Es lo que tengo ahora. Qué decido hacer con eso, es cosa mía.... Pero esto, esto es a lo que se le llama vivir.

1.19.2012

Arriesgarse.

Si me leen, sabrán que soy una mujer que se arriesga.

Suelo saltar al vació en el amor, principalmente, y también tiendo a la suerte asiduamente (en estas vacaciones lo hice mucho, nadando en ríos con corrientes fuertes y metiéndome a mares tempestuosos, por ejemplo). Me gusta vivir mi vida rápido y al máximo porque soy de las que dudo estar viva el día de mañana... Y, como he aprendido en multitud de situaciones peligrosas (saltando pequeños acantilados, por decir algo): El que duda pierde.

Además, sabrán también que soy una mujer a la que le gusta la adrenalina.

Mis relaciones sentimentales son jodidas porque busco que sean jodidas. Y así es todo en mi vida (desde mis hábitos alimenticios hasta mi promedio académico). Si duro demasiado tiempo en la normalidad, me aburro y voy y me busco algún problema con el que quemarme la cabeza. Un nuevo reto, un nuevo acertijo, un nuevo proyecto. Soy impulsiva y límite. Necesito sentir cosquillas en la panza con cierta regularidad.

Y bueno, ¿a qué viene todo este preámbulo?

A que mañana me tiro de nuevo al agua. (Lydia María probablemente leerá esto y sonreirá ya que se parece ligeramente a la historia de cómo nos conocimos). Así es: Mañana aceptaré una invitación a un café con una mujer que conozco hace dos días vía twitter (si usted quiere seguirme, pinche aquí), simplemente porque me causa curiosidad y porque me ha hecho sonreír vía msn las últimas dos noches. Hace mucho nadie me hacía sonreír vía msn. Les contaré prontamente qué tal me fue.

2012, al parecer estás cumpliendo tu promesa de traer gente nueva a mi vida. Gracias por eso.


1.15.2012


Entre hablar y escribir siempre he preferido lo segundo.  Entre huir y enfrentar, en cambio, nunca he sabido cuál prefiero. Soy complicada y por eso me gusta que me gusten las cosas simples, porque las complicadas no sé si me gustan o no. Ya sabes, resulta complicado. A mí me gusta el cappuccino sin azúcar y el tinto con panela. Me gusta el vodka sin mezclar, los colores y dormir hecha un ovillo (si es con alguien, mejor). Me gustan los paréntesis porque te dan la oportunidad de no leerlos. (A veces me gustaría ser un paréntesis). Me gusta leer, los saxofones, el olor a hombre y las cinturas de mujer. No sé si me gustan las mujeres enteras porque son muy enredadas y tampoco sé si me gustan los hombres porque esos joden todavía más, espero no te ofendas. También me gusta hacer listas y hago unas interminables aunque jamás termine lo que empiezo, listas incluidas. Como esto. Será que no me gustan los finales. Me gustan los mordiscos en el cuello y los abrazos por la espalda. No sé si me gustan las mariposas violetas que algunas personas con ojos de estrella alborotan en mi estómago, porque suelen convertirse en picaflores y ¿quién les explica que no tienen a dónde volar? ¿les explicarás tú con esa vocecita ronca, como me explicas a mí trescientas trece veces la manera correcta de decir que no –a mí, que prefiero siempre decir que sí-? Me gusta sonreír mostrando todos los dientes, y entre los gatos y los perros siempre he amado a los primeros, mientras que entre dejarte ir y secuestrarte, entre quererte y olvidarte, no lo tengo claro. Me gustan las cosas simples, aunque no lo sea, por eso no sé si me gustas y tampoco sé si me gusta la idea de que me gustes…

… Y precisamente por eso, porque soy un enredo con alma de desastre, tengo un miedo a y unas ganas terribles de, precisa y caóticamente, enamorarme de vos. 

1.03.2012

Prepárame la cena que regreso pronto ~

Me voy. Parto en dos horas a un viaje de quince días, esos quince días que dije que necesitaba para arrancar el 2012. Me voy a una pequeña reserva ecológica en donde no hay electricidad, así que no esperen que me conecte. Es más, voy a desconectarme de todo y de todos. A encontrarme. A estar sola sentada en la playa inmóvil sanando dolores, culpas y asuntos sin resolver que vengo cargando hace mucho. Estoy aterrada y emocionada al mismo tiempo. Llevo una maleta enorme (de esas para acampar e irse de mochilero por el mundo) y a mí misma, y dentro de la maleta siento que no sólo va mi ropa sino todos mis asuntos y me da pánico no poder cargarla. Llevo mis colores y mi libreta, llevo un par de libros y llevo todas las ganas de dejar que el sol, con su calor, me saque tanto hielo que crié por dentro (que, aunque no lo crean, el hielo también quema y quema duro). Van a ser días de soledad, de enfrentar ausencias talladas a la espalda y de crecer (y recuerden que crecer duele). No sé cómo regrese, no sé si el equipaje me ampolle los hombros, no sé si las peleas -emocionales y mentales- me ampollen el alma, no sé si estoy llevando equipaje emocional de sobra.... Pero espero botar allí lo que ya no sirve y que el mar me lave todo esto. Espero ser la Luna en la que creo la próxima vez que escriba aquí.

Y por último les dejo la canción que me llevo tatuada en el alma a este viaje. Una canción que refleja a la perfección mi 2011 y quizá una gran parte de mi vida entera. Esto es lo que soy, lo que fui y también parte de lo que quiero ser. No hay una frase que no me haga temblar. Espero que ustedes puedan ver en esta canción lo que yo veo (aunque si se quedan con el significado que le dio René para la Unicef, no me quejo tanto):

Prepárame la cena - Calle 13

No soy un número ni parte de una cifra  

Aunque se paga por igual la misma tarifa  
Todos caminamos con la misma camisa  
Sin prisa, para mirar dónde se pisa  
No vale el tiempo pero valen las memorias  
No se cuentan los segundos, se cuentan historias  
La paciencia es lo que se cosecha  
Mi calendario no tiene fecha  
No estoy solo, ando con mis 5 sentidos:  
Acá el silencio se convierte en sonido.  
Todo lo malo que soñé lo toqué  
Pero está tan oscuro que el miedo no se ve  
Yo me huelo lo que siento, por eso presiento  
Que dentro del circuito me queda poco tiempo  
En el próximo tren yo me monto:  
Prepárame la cena que regreso pronto  
Prepárame la cena que regreso pronto.
  
Yo miro para afuera y miro para adentro  
La reclusión es mi punto de encuentro  
Me ubican dentro de lo marginal  Letra de Preparame la cena - Calle 13 - Sitio de letras.com
Pero en algún momento todos nos portamos mal  
¿Y quién determina lo bueno y lo malo?  
¿Lo poco saludable y lo sano?  
De lo crudo a lo cocido hay una larga diferencia  
Y cocinar termino medio no es ninguna ciencia  
En esta vida me castigaste,  
Me robaste el tiempo, me re-cagaste  
Mi culpabilidad es como una pecera vacía  
Como juzgar al sol por salir de día  
Si mis tristezas te causan alegrías  
Es por que tus reglas son distintas a las mías  
Creo en todo lo que veo  
Y aunque soy ateo, rezo pa' que nunca me pase algo feo  
Para soñar con mi partida y con tú llegada  
No me hace falta un catre con almohada  
Yo soy libre por que desde aquí yo vuelo  
Solo toca despegarse del suelo  
Prepárame la cena que regreso pronto..



Prepárenme la cena, lectores, que espero regresar pronto (y completa),

Yo.
Con todo lo que ser yo significa.

PD: No crean que ando por aquí ahora. Partí el 31 de dic a una hora indecente de la madrugada, pero a que es simpático lo que las entradas programadas hacen.