7.01.2011

La damisela en peligro (simplemente porque tengo que escribirlo en alguna parte)

No sé en qué momento me acostumbré a ser un centurión romano en esta batalla infinita que llevo contra mí misma y parte del mundo. A resistir embate tras embate, con los dientes apretados, y estando dispuesta a morir con la espada en la mano y de pie, jamás de rodillas, en una guerra que parece no tener final. Es un asedio implacable en el que día a día mis fuerzas se revientan y desangran contra las murallas impenetrables, los dardos envenenados y, cuando ocasionalmente llego hasta arriba, las espadas de doble filo. Me acostumbré a ser centurión romano y no pedir ayuda a nadie, y así mismo no confiar en nadie, porque se saben famosas las victorias por traición. Una vida dura que no siempre paga lo suficiente, aunque levantarme cada día y ser capaz de sonreír lo considero muchas una victoria digna.

Ahora bien, todo se desbarata cuando alguien me quita la investidura, las condecoraciones y me desnuda. De repente, dejó de ser un centurión romano y me convierto en una mujer en medio de una guerra. Una mujer joven, indefensa y asustada. La damisela en peligro. Una damisela que por tantos años de fingir ser fuerte y aguerrida, ahora es carne de cañón y no tiene quién la salve. Y me toman presa, con sus manos de bestias horribles que hieden a fracaso y a pasado, a todos mis miedos, y me arrastran hacia dentro... Hacia dentro de aquella fortaleza impenetrable que tanto tiempo asediado, y que tanto repudio, odio y temor me causa. Y me embarga una rabia infinita por no tener armas con qué defenderme, y por haberme quedado sin quién me cuide. La batalla, entonces, ha sido ganada por el otro lado y las fuerzas cesan de embestir las murallas, mientras yo, callada y tirada en algún sucio rincón oscuro, me hago un ovillo rabioso, que no es capaz de pedir ayuda por orgullo y que se siente a cada segundo más vulnerable y, por ende, más miserable.

Es entonces, cuando me quitan la coraza y las grebas, que mi ejército se retira y los dueños de aquella fortaleza que me pareciera inexpugnable salen de cacería a arrasar todo y a todos, a saquear, quemar, dañar, mientras a mí me hieren con adjetivos filosos y dudas envenenadas, y entre más intento resistirme, más fuertes se hacen, porque nada les excita más que ver a una mujer indefensa, orgullosa y enojada. Es en esos momentos en los que me convierto, para mí y para todos, en esa mujer que sólo sabe ser negativa y odiarse a sí misma, y me vuelvo un poco inútil para hacer cualquier cosa, y esta inutilidad desemboca en aún más frustración, odio y negatividad. Curiosamente, es en esos momentos, en esos momentos en los cuales soy más insoportable y repulsiva para todo el mundo, cuando necesito ser salvada

Y, créanme, no es fácil. Yo, que he combatido toda mi vida frente a esas murallas, sé que penetrar en ellas y sacar una damisela en peligro no es fácil. Es tedioso, desesperanzador, arriesgado... pero me gustaría creer que lo vale. Que para ustedes, sacar a esta damisela en peligro de la fortaleza oscura de vez en cuando lo vale.

Y así, volver a ser el centurión romano de siempre. 

3 comentarios:

Anónimo dijo...

affordable link building service guaranteed seo backlink service backlinks free

Anónimo dijo...

Miedo de pieles, tal vez, afán de virtudes; miedo de sangre que mancha y no para de brotar. Romana o no... mujer...
La valentía o la cobardía de una guerra definitivamente no es para almas inevitablemente expuestas a esto que llamamos sentir.
A veces hay que dejarnos llevar por la intuición, y dejar que mamá cometa sus locuras al meter agua y una foto bajo la armadura.

Anónimo dijo...

vuelve a escribir, traigo ojos ávidos de historias de madrugada. (el mismo anónimo de arriba)