2.03.2010

Una hamaca para poder dormir.

Hoy voy a tejer una hamaca para poder dormir. De todos los colores menos carmín, porque de líneas carmín por todas partes ya tengo bastante. A la hamaca le voy a poner tintes amarillo pedacito de sol, negro pantera esquiva, azul cielo de enero y púrpura, que no tiene nombre poético pero es mi color favorito y soy yo la que tejo. La hamaca, por supuesto, porque la vida se me teje y se me desteje como le viene en gana (y me dan ganas de gritar “¡¿Qué te crees que soy, el tapiz de Penélope?!”, pero no lo hago). A veces viene bien destejerse, cambiar el diseño. A veces no, el diseño no está claro y me quedo hecha un enredo de lana sin forma. Y me lleno de vacíos y de agujeros trozantes. O me busco con quien enredarme y así al menos jugamos con los colores a dúo. Pero la hamaca, a diferencia del caótico entorno, sí tiene un diseño definido: es una hamaca para poder dormir. No es una hamaca para soñar, ni para jugar, ni para ver estrellas en una noche despejada, ni para contar historias bajo el humo de una pipa, ni para amar… porque sí, hacer el amor en una hamaca (si logras no caerte) debe ser de puta madre. Esta es una hamaca para poder dormir. ¿Por qué? Porque mi cama ya no me sirve, y en una cama que no sirve no se puede dormir.




Me talla la soledad en el colchón, el crash-crash fatídico con el que cruje al moverme y esa esquinita puntuda que por más que lijo no deja de ser un arma mortal en las mañanas, cuando a las seis y estando yo medio dormida, se aprovecha y causa el mayor dolor posible. Me molesta el frío en la planta de los pies y la punta de los dedos, tu silueta ausente se me clava en la base del cuello o entre las costillas, y además hay un olor a salitre, tristeza y humedad (que, acepto, es culpa de mis lágrimas). Por eso necesito hoy una hamaca, el insomnio comienza a enloquecerme al punto de verte donde no estás, quererte donde no vas y pasarme de estación por cabecear en el bus.



A esta hamaca voy a tejerla con un telar enorme, enorme, y con hilos de estrella, porque la madeja de luna se escapó de mi ventana (¡tan a la mano que estaba!) y se fue a tejerte historias que yo desconozco. Y entre nudo y nudo voy a ir cantando una nana, desafinada y sin letra, pero extrañamente útil a la hora de callar todas las voces y hacer que el silencio sea bello y se me meta en la piel sin quemarme el alma y sin despertar a nadie (no saben cuánto ruido hace un silencio).



Y cuando finalmente esté lista me voy a acurrucar en ella, enredaré mis dedos entre sus hilos por acto reflejo y abrazaré lo que querría ser, a falta de mi oso de peluche que se quedó sobre la cama. Ahogaré un bostezo y me arroparé con el mismo tejido, como me enseñaron a hacer cuando pequeña para que los mosquitos no me devoraran. Me cubriré hasta más allá de las narices con los colores, para que no me devoren las oscuridades, ni los mosquitos, y pueda ocultar ese gris tormenta que ya se me sale en las pupilas. Poco a poco cerraré los ojos, desbaratada de cansancio (de cargar sobre la espalda, de aquí para allá, un libro de biología, un esfero sin tinta, muchas notas al margen, dos botones sin camisa, y una manotada de sueños rotos y no tanto) y me sumiré en una nada profunda sin disonancias, sin doremifasol, mientras me mezo al compás de mis propias palabras. Al vaivén (va… ¡y ven! Si’l vous plait.) del vacío.



Y entre un esto y un aquello y ya que jugamos a las princesas, me podré creer la Bella Durmiente y dormiré para siempre, sin sueños (hasta que vos me despiertes, o me canse de esperar a que lo hagas). En esta hamaca tejida, sólo para (por esta noche) poder dormir.

1 comentario:

Anónimo dijo...

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