4.24.2009

Acortazáda

Escribo simple y sencillamente porque Cortázar me sensibiliza más de lo que debería y me picotea las neuronas. Ahí se los dejo:


Es silencio y sensación lo que se transmiten, nada más. Dejaron de ser receptores de la mayoría de sus palabras, simplemente porque ésas tenían la curiosa y mala maña de atárseles al corazón, verbo-sustantivo-verbo, y exprimirles las ganas de sonreír. Ahora sobran las palabras y abundan los actos (los tactos), y se tocan para reconocerse en esa distancia tan grande que ya no se mide sólo con kilómetros, sino con noches en vela empapadas de lágrimas.

Se tocan más de lo que hablan, sin embargo se miran más de lo que se tocan. Se sientan frente a frente, puede ser casi con sus alientos mezclándose o con cada espalda apoyada en paredes paralelas de la habitación, y abren los ojos grandes, grandes, grandisímos, intentando aprehender cada detalle, cada curva, cada sombra, cada pelusa de deseos que sobrevuela en el aire. Todo invisible para la mayoría de las miradas que siempre pasan de largo, vacías de significados.
Simplemente se sientan, se sienten. Y les basta la electricidad, la estática que les recorre el cuerpo erizándoles la piel, para no preguntarse más por qué el mundo es tan cruel, por qué se necesita tanto respirar, y por qué sentir es tan absurdo. Les basta para saberse entrelazados por entre cualquier medida dimensional: tiempo, espacio, masa. Frente a frente, el mundo les pasa de largo.

Se miran más de lo que se tocan, jugando a sentir más de lo que piensan.
Y nada importa mientras se mantengan en completa sintonía; con los ojos abiertos encontrándose de vez en cuando, los bocas abiertas ansiosas buscándose, las pieles deseándose con o sin rozamiento. Temerosos de que cualquier mal movimiento rompa el desequilibrio y retorne la lógica a las cosas, haciendo que los latidos desbocados del corazón no suenen tan fuerte como para apabullar la sentencia de una razón pesimista y carente de sueños... que no terminan de entender.

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