3.27.2008

Escribiendo...


Escribe.

Es medianoche y sólo los susurros de sus propios miedos pueblan el ambiente.
Esperó hasta cuando todo el mundo se fue; y luego se abandonó como un títere sin títiritero, a aquellas voces que resuenan dentro todo el tiempo... aquellas que parecen gritar cuando está sola.

Escribe.

Porque es lo único que sabe hacer cuando los sentimientos la abruman, cuando la voz no sale de su garganta y las razones se disuelven entre dudas. Cuando sabe que no hay nadie para oírla así quisiera hablar.

Escribe.

Porque nadie puede contradecirla, ni animarla. Es libre de arrancar a pedazos su autoestima y su realidad, sabiendo que nadie la va a detener, sabiendo que luego se podrá lamentar de ello. Teniendo la certeza de que es ella misma la que hace lo que hace, victima y victimaría. Y juez también.
Necesita estar libre de terceros para no pensar, para dejarse romper sin oponer resistencia. Para herirse sin que nadie se preocupe. Sin preocuparse ella por no romper algunas máscaras de papel.

Si, ella es así, un ser extraño. Una medialuna opaca que espera la hora antes del alba, para hablar con las estrellas ausentes.
¿Qué si alguna vez ha pensado que pasaría si hablara? Claro que lo ha pensado. Ella todo lo piensa, lo calcula, lo manipula. Incluso sus lágrimas tienen un fin, o al menos un pretexto.
Ha pensado miles de veces en abrirse, en mostrarse cuando haya alguien que pueda ver, pero siempre concluye que no es buena idea. En su mente repleta de posibilidades tormentosas siempre existe un quizás... un quizás no entiendan, no oigan. Quizás ayuden a destruir aún más.

Escribe.

Y lo hace en tercera persona, mintiendose a si misma incluso con la pluma.
Ella convierte su lógica en un juego de perspectivas, su razón es esquizofrénica porque ella así lo quiere, y sus ojos se cierran fuertemente en el momento justo en el que sus ideas dan la vuelta de 360 grados y vuelven a quedar en el mismo lugar, en la nada. Atrapada en un círculo vicioso, negandose a ver la salida con el letrero de neón.
Y se hunde, con una mano se aferra y con la otra se empuja.

Escribe.

Entre la locura y una cordura brillante. En el filo entre la esperanza y el desdén.
Allí, mezclando en la tinta lo que siente, lo que cree, lo que cree que siente.
Esperando sólo el momento en el cual alguien la tome del hombro y no la deje escribir más, alguien que le cante una nana al oído y le corte el pensamiento. Pero está sola, por omisión, por decisión y por destino.

Escribe.

Y cuando la tinta acabe se desbordaran las lágrimas, el cansancio caerá reclamando que se duerme de noche... y ella se sumirá entre sueños inquietos, perdida en la imágen que ha creado de si misma, en el personaje ficticio en el que se ha convertido.

¿Preguntabas por el artífice de tu desgracia? Abre tus ojos y mira en tus pasos el destino, escritora, que te has asignado.

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