9.15.2015

Volver a casa

Llevo varias semanas encontrándome las ganas de escribir aquí hasta en la sopa: No me caben las letras en los tuits, la d aún redirecciona automáticamente al blog cuando la pongo por error en mi navegador y hace tres días tuve que zambullirme de nuevo en las plantillas de blogspot para abrir un blog en mi nuevo trabajo. También alguien preguntó por él, por sus letras que han permanecido escondidas bajo las cortinas estos meses.

Dejé de escribir acá porque me tocó. Porque me sentí invadida e insegura. Porque este blog que hace muchos años no tenía más de 3 visitas diarias, de pronto tuvo 100. Porque lo volví privado para protegerme de todos esos comentarios que sabía que vendrían (vinieron a raudales en la publicación de El Espectador, esa en la que me entrevistaron), con sus pisadas torpes llenas de barro. Uno que periódicamente barre la casita, que recoge con los dedos las pelusas que le sobresalen al tapete -como hacía mi abuela-, que pasa un trapito por la mesa después de comer... uno no puede permitir que esos que se colan en las fiestas le llenen de manitas pegajosas la pared. Así que uno cierra la puerta con doble candado. 

Y uno queda solo. Uno. Y uno redacta, sí, pero ya no escribe. Uno va en transmilenio durante la hora y media reglamentaria de la hora pico y redacta una entrada en la cabeza. Piensa en el título, construye las frases, relee, hace los cambios de estilo y guarda. Se guarda para que al tener que pasar entre los ríos de gente, ser pisada por el hombre que va de afán, esquivar tres charcos, abrir la puerta después de creer que las llaves se perdieron, llegar, que la perra se haya comido medio sofá y  que el trabajo titile en la pantalla del celular, se pierda.

Escribí una entrada desde que dejé en privado el blog, sí. Porque la casa es de los pocos lugares en los que se engrandece la cotidianidad. Así que volví, un momento, pero sin quitar la restricción de privacidad. Uno vuelve pero no del todo. Y, ante todo, uno sigue siendo uno. Solo.

Hoy vuelvo a esta casa porque estoy buscando una. Porque ese lugar físico, que fue mi casa por más de diez años, ya no lo será más (y sé que tengo mucho que decir y que escribir al respecto, mucho que aún no ha salido y que quizá está atorado en forma de bolita en mi espalda).

Hoy he vuelto a esta casa que me ha visto aprender a no exagerar en el uso de los puntos suspensivos, que me ha visto llorar y homenajear a mis muertos, que me ha enseñado a filtrar la realidad y a valorar la privacidad. Hoy vuelvo porque necesito escribir algo más de 140 caracteres en twitter o mil páginas de artículos científicos.

Hoy vuelvo a casa y quito el cerrojo.

Bienvenidos.

4.01.2015

Cotidianas.

Ya poco comparto en este espacio pero hoy tengo ganas de escribir. Escribir por escribir. Por dejar un rastro permanente de lo que resulta tan fugaz, o quizá no. Por primera vez en mi vida siento que no estoy en una carrera contra el tiempo, que los segundos no se me escapan de las manos, que esto va a durar. Tengo la vida llena de cotidianidad y, quizá, un poco falta de palabras.

Benedetti tiene un libro titulado así, Cotidianas. Nunca lo leí completo. Nunca me gustó la poesía encuadernada, poema tras poema. Y Benedetti nunca me gustó del todo. Pero hoy no vengo a hablar de esa poesía confinada a la tinta sino de esa otra, esa que apenas se intuye por encima al leer ciertos libros pero que no siente del todo hasta que se vive: La poesía de los momentos.

Estoy llena de versos cotidianos en este momento de mi vida. De el olor del mismo café endulzado con leche de almendras por las mañanas. De las mismas almohadas esperándome siempre a una hora similar, aunque los ritmos circadianos aún los tenga todos chuecos. De las mismas calles, el mismo frío, la misma cola para la misma ruta de transmilenio. Pero no es tedio lo que me invade al repetir esas escenas, sino maravilla, absoluta maravilla. Más aún cuando día a día me regala ella también sus pequeños versos cotidianos: La manera en la que se recoge el pelo antes de irse a bañar, cómo arruga la nariz todas las mañanas al ponerse las gafas que -inevitablemente- están sucias, ese pequeñísimo ataque de estornudos que le da al despertar o la manera en que se quita la ropa cuando es hora de ir a dormir. Todas esas pequeñas escenas a las que sólo el gato y yo tenemos acceso, una y otra vez, cada día. 

No sé contabilizar el tiempo con exactitud. Nunca he sabido. Solía contarlo en subidas y bajadas, como las vueltas del riel en una montaña rusa. En afanes, ilusiones y dolores. No contaba años sino pesares: Una, dos, tres grietas en el corazón. Ahora está todo en calma. No sé cuánto tiempo lleva en calma y, así mismo, no sé cuándo llegó ella. Sé que llegó cuando me estaba remendando la segunda o tercera grieta, como hace un año más o menos, pero ahora que están casi completamente curadas no sé cuánto tiempo ha transcurrido. Tampoco me importa. Por mí que se repita hasta el infinito.

El amor, a final de cuentas, por fin me reveló su secreto: No era una cuestión de tiranosaurios en la panza sino de hormigas en las palmas de las manos. Ésas que causan cosquillas y no duelen. Claro, eso sí, que la cotidianidad cuesta. Es un trabajo constante. El equilibrio del funambulista no yace en la quietud sino en el movimiento, en dar un paso tras otro con los brazos bien extendidos: En ir cultivando mi carrera, mi futuro, mi salud... y un nosotras.

Para así todos los días poder llegar a la cama a compartir todos los versos con ella. 
Y sentirme en casa.

2.05.2015

En la Universidad de La Sabana como en la vida: Muchos no son todos.

Durante los últimos días he visto el nombre de mi universidad más veces que de costumbre, allí, metido entre los titulares de dos de los temas más resonantes de la realidad nacional por estos días: La adopción por parte de parejas homosexuales y el programa de "becas" del gobierno "ser pilo paga". Con respecto al primer tema somos noticia por haber dado un concepto a la Corte Constitucional respecto a la idoneidad (o nula idoneidad, en el caso del reporte) de las parejas homosexuales para adoptar niños (haga clic aquí) y en el segundo somos noticia junto a la Universidad de los Andes por el aparente "matoneo" al que están sometidos los nuevos becarios (chismosee aquí).

Me tomó muchos días decidir cómo, en dónde y con qué palabras escribir esto, pues no soy fan de las polémicas y menos por internet, pero después de comentarios y más comentarios en mis redes sociales decidí dejar de morderme la punta de los dedos y ponerme en la tarea. Pero primero debo decir que no escribo esto con objetividad pero sí con un infinito conocimiento de causa: soy estudiante de psicología de la Universidad de La Sabana desde el 2010, desde mi primer semestre me encuentro becada por la institución por mi rendimiento académico, quiero ser mamá, vengo de una familia tradicionalmente católica y soy lesbiana; así que, en resumidas cuentas, reúno casi todas las características de los sujetos implicados en este ir y venir de titulares.

En un principio pensé en escribir acerca de cómo los becarios no somos "ñeros", "hampones" o "chusma", siendo que me considero una becaria muy decente a pesar de mi estrato tres, mi hábito de quedarme con las monedas cuando mi mamá me manda por la leche y mi reciente maña de decir "yucas" cuando algo no puede hacerse, pero eso ya lo hizo una compañera mía en un estado de facebook muy alterado como el que yo misma me vi tentada a escribir, en el que decía que era el maldito colmo, unos hipócritas y que por gente así está jodida el país. Después de eso y de la avalancha de comentarios que he recibido durante estos cuatro años acerca de los "niños ricos" de la Sabana, me vi impelida a escribir cómo los estudiantes de la Sabana no vivimos en una nube de lujos y nos sentimos asqueados al ver alguien que no lleva ropa de marca y no juzgamos a la gente que no conoce Miami, pero mientras pensaba en eso me quedé dormida en el bus de la universidad con la tarjeta del SITP en la mano y el muchacho que iba sentado a mi lado -que por el reloj y el maletín que llevaba dudo mucho que sea uno de los nuevo becados- me robó la tarjeta con los diez mil pesitos recién cargados y, mientras logré entender qué sucedía, se bajó campante como si nada y a mi me tocó caminar. Ahí llegué a la conclusión de que ni la hamponería ni la intolerancia discriminan clase social o estrato socio económico, que el problema viene de más adentro...

Y en esas, llego a mi casa para enterarme que La Sabana le ha dicho a la corte que soy incapaz de criar un hijo por mi alta proclividad a los desórdenes mentales, el abuso sexual, la promiscuidad y que seguramente cuando tenga una hija no me aguantaré las ganas de enseñarle que las tetas son la cúspide de todo lo rico y que los penes dan asco. Así que pensé en escribir una diatriba sacando todos los documentos que ha publicado la Asociación de Psicólogos Americanos (APA) o la Organización Mundial de la Salud (OMS), asegurándoles que mis hijos no iban a tener que "salir del clóset" si eran heterosexuales y exponiendo cómo no todos los homosexuales somos promiscuos, inestables y seres del mal porque considero que mi sexualidad no me ha hecho nunca ni peor estudiante, ni peor hija, ni peor ciudadana, pero también alguien me ganó de mano y publicó un estado de facebook al respecto. Entonces leí los comentarios de dicho estatus y todos comenzaban con "pero si es la Sabana, que más puedes esperar", "no sé por qué te escandalizas, es el Opus Dei", "¿no todos en esa universidad piensan igual?" y me imaginé a mí misma, en un par de años, teniendo que poner un anuncio en la puerta de mi consultorio de psicóloga clínica que advirtiera "a pesar de lo que el título de pregrado pueda sugerirle, aquí es bienvenido aunque sea gay" y entre los escalofríos que esa perspectiva me causaba recordé las reacciones que han tenido hacia mi "condición de lesbiana" mis compañeros, los profesores con los que he tenido una relación lo suficientemente cercana como para compartirles mi vida privada e incluso algunos curas con los que he tenido charlas bastante amenas, y pensé en escribir sobre como no todos los católicos y/o las personas de la Sabana somos homofóbicos, pero entonces noté lo importante del asunto:

La cosa que tienen en común ambas situaciones son ese constante tira y afloje entre el ellos y el nosotros. Ellos: Los ñeros peligrosos. Nosotros: Los estudiantes decentes. Ellos: Los niños ricos y elitistas. Nosotros: La gente que ha luchado para estudiar. Ellos: Los gays. Nosotros: La gente con valores. Ellos: Los homofóbicos cavernícolas. Nosotros: Los librepensadores tolerantes. Y va uno a mirar y el campus de la Universidad de La Sabana, como la vida, es una mezcolanza de los unos, los otros, los nuestros y los aquellos. 

Al final no hay manera de saber si la persona que tienes detrás en la fila del almuerzo es gay, acaba de ir a misa, le gusta tocarle la cola a las niñas sin permiso, es becario, tiene un apartamento en Rosales, te va a robar el pasaje del SITP en el bus o todas las anteriores. Porque la hamponería, la intolerancia, la depravación y el irrespeto no distinguen clase social u orientación sexual. Pero de la misma manera la sabiduría, la bondad, la humildad y el honor tampoco, así que la única manera de efectivamente saber quién es quién es sentarnos a conocerlo y asumir que tenemos incidencia en su vida, que es también nuestra responsabilidad comportarnos como un grupo humano que privilegie las virtudes sobre las apariencias, porque si no, ¿de qué sirve tener una universidad sin becarios sin aún así te pueden robar? ¿de qué sirve eliminar de la faz de la tierra a todos los homosexuales si aún así un padre podría violar a su hija? Hay que empezar a pensar qué hace que esos muchos, que no somos todos, se comporten de esa manera. ¿Qué estamos haciendo para que nuestros compañeros sigan creyendo que el sueldo del papá de alguien garantiza su honestidad? ¿Qué estamos haciendo como comunidad para permitir que el irrespeto al otro por su clase social, su apariencia o su orientación sexual sea permitido? ¿que cualquier tipo de irrespeto sea permitido? ¿qué estamos haciendo para que sea normal que nos roben en nuestro campus? ¿qué estamos haciendo como comunidad académica para que habiendo tantos estudios que hemos leído juiciosamente la universidad siga publicando conceptos con artículos del siglo pasado? ¿qué clase de universidad estamos construyendo sino una que tiene cara de elitista y homófoba pero también cara de insegura y poco abierta a la libertad de culto (porque a veces parece casi más grave ser católico practicante que ser ladrón)?

Yo todavía no sé con exactitud, pero creo que vale la pena empezar a preguntárselo, de lo contrario nos estaremos perdiendo de  un montón de maravillas como comunidad universitaria, siempre habrá alguien peleando y yo tendré que seguir diciéndole a la gente que en La Sabana algunos son elitistas, pero no todos; algunos son ladrones, pero no todos; algunos son homofóbicos, pero no todos, hay promiscuos, pero no son todos y no conozco ningún depravado pero seguro habrá alguno y tendré que decir que hay, pero no son todos. En conclusión, me pasaré la vida diciendo que muchos no somos todos y al final no sabré de qué soy parte y ante la pregunta de cuál es mi universidad responderé: "soy estudiante de la Sabana, pero no del todo", porque entre esos muchos y algunos ya no sé quién somos todos.

11.06.2014

Los amores que matan sí mueren.

Siempre creí que el amor dolía. Me lo debieron enseñar en algún libro de esos que leía con avidez cuando pequeña o en alguna película romanticona. Creí que el amor dolía y así lo busqué: Amores de esos que marcan como hierro al rojo vivo. ¡Y vaya que los encontré! Amores imposibles repletos de distancia, de malentendidos, de cicatrices, de desencuentros. Me convencí que el amor era una de esas cosas que pasa, pisa y pesa. Una montaña rusa. Pero al contrario de mis películas y mis libros los amores nunca llegaban al final del recorrido en que uno se quita el cinturón de seguridad, se baja y agarrado de la mano camina hacia un vivieron felices para siempre, no, mis amores se quedaban sin pista y caían al vacío hasta estrellarse contra el piso. Y, amor tras amor, comprendía que estaba muy cerca de entender que sí se podía morir de amor, que uno podía evaporarse de tanto sentir.

Y casi lo hago. Casi me muero de amor. Quizá incluso sí me morí un poquito, no lo sé con certeza, pero sé que me empeñé con terquedad en cumplir aquella promesa que se hacen los enamorados de "moriría por ti". De pronto es todo culpa de Woody Allen que a mis contados trece años me dijo que sólo los amores imposibles podían ser románticos, y seguro ya te habrás dado cuento de que soy una romántica incurable así que no te sorprenderá saber que todos me los conseguí así. Llegué a un límite de insanidad que habría sido digno de una novela de Andrés Caicedo (con lo poquito que me gustan), de una canción de Marea o, al menos, de un manual de relaciones tóxicas. Mis amores dolían desde el mismísimo instante en que, con la voz queda, me decía a mí misma "me enamoré" como si fuera una condena más que una bendición, dolían cuando ya meses después, queriendo huir y dejar el dolor atrás, le daba razón a Sabina en aquello de que los amores que matan nunca mueren.

Pero me equivoqué. Lo supe una noche en que arrunchada en tu pecho comencé a llorar y preguntaste qué pasaba. Pasa que no dueles, te contesté y te abracé con más fuerza. Lloraba porque se sentía lindo, porque estaba venciendo el miedo a no confiar en aquellos amores que no duelen porque no los creía posibles. Estaba sorprendida, no era la primera vez en mi vida que lloraba por amor pero sí la primera en que lloraba por amor de alegría, de pura maravilla al saber que era real, que ese amor que en lo profundo soñaba sí podía ser posible y tan romántico como ninguno.

Debo confesarte que le tenía miedo a que un amor sin dolor fuera un amor soso, cómodo, aburrido y es que quizá los hay así, pero fui comprobando con el tiempo y de tu mano que el nuestro podía ser de otra manera. Que podemos construir lo que queramos y que no hay prisa porque tenemos todo el tiempo que seamos capaces de imaginar, que esto no es una montaña rusa sino un caminito al galope. Y es que contigo siento que puedo equilibrar la cotidianidad con las sorpresas, la pasión con la ternura, la libertad con el apego. Que a pesar de mi alma de nómada siempre quiero regresar a casa contigo, pedirle permiso al gato en la cama y abrazarte hasta quedarme dormida. Amándote me siento como la sirenita en la laguna azul pero con alguien que sí me besa (como sé que no tienes ni idea de qué hablo, amor, hablo de esto. ) pero a la vez con una madurez infinita, con una certeza que nace de lo más profundo de mí. Te amo intensamente pero también llena de tranquilidad y aún hoy, muchos meses después de conocerte, todavía siento hormigas en las palmas de mis manos cuando estás cerca.

No me arrepiento de esos amores de Sabina, pero descubrí que los amores que matan sí mueren y ahora te tengo una propuesta, ¿qué te parece si tenemos un amor de merengue ochentero (como este) o de cancioncitas hipsters que me hacen sonreír mostrando todos los dientes (como esta)?

Te amo veinticinto horas al día, vida mía, ocho días a la semana si te da la gana,

Yo.

7.09.2014

No sé si soy mejor o estoy mejor (o ideas varias acerca de la etiología de una enfermedad mental)

Recuerdo que la primera vez que me enfrenté un diagnóstico estaba tan cansada de la vida y creía tan a pie juntillas que lo merecía, que no me pregunté por qué. Era una adolescente deprimida y la depresión era sólo la cereza del pastel en un año de dificultades y pérdida, prácticamente una broma del destino.

Cuatro años después, en el mismo consultorio, sentada frente a la misma mesa y con un doctor diferente me enfrenté a mi diagnóstico de Trastorno Bipolar Tipo II, y ahí sí me hice la pregunta. ¿Por qué? Es como cuando uno tiene los primeros síntomas de gripa y automáticamente empieza a pensar en todas las personas con gripa con las cuáles tuvo contacto en los últimos días para encontrar ese momento exacto en que el virus llegó a uno. Pero ya tenía cuatro semestres de psicología encima y sabía lo que cualquier profesional en salud mental sabe: que las enfermedades mentales aún no tienen una etiología clara y quién sabe si la tendrán. Aun así, durante varias semanas, continué preguntándome qué había hecho que esa enfermedad se manifestara en mí. Qué paso había dado en falso. Pero no hallé una respuesta concreta porque no la había, no había un momento cero, era un juego de dados, una conjunción de genética y ambiente, tenía la predisposición en mí (producto de una larga historia de enfermedades mentales en mi familia), una personalidad que acunaba perfectamente al trastorno (mi tendencia al dramatismo, la inestabilidad emocional y el aislamiento) y una serie de situaciones y prácticas que no habían ayudado en absoluto. Incluso alguna vez me senté a pensar que mi signo zodiacal, sagitario, tan apasionado, extremista y radical tampoco ayudaba. 

Pero lo difícil no era no saber de dónde provenía la enfermedad, sino no tener algo a lo que culpar. No poder saber nunca cuándo fue que ese alguien te estornudó encima y te pegó la gripa. Porque lo curioso de las enfermedades mentales es eso, que no provienen de un agente externo, no es una bacteria o una sustancia tóxica, no es una mutación de tus células, no se ve con claridad en un escáner y no es extirpable. Y por eso mismo es tan difícil disociarlas de quién es uno en realidad y es tan fácil reducirte a ellas. Uno comienza a creer, con una velocidad impresionante, que no es más que un conjunto de síntomas desadaptativos y que ya no se tiene mayor soberanía sobre sí mismo, si es que se la ha tenido alguna vez. ¿Cómo? Si la soberanía, la voluntad, proviene de la mente y es justamente eso lo que tenemos enfermo.

Cuando uno no es el paciente sino el profesional a cargo y comienza a retroceder en las historias de vida para encontrar el momento del inicio de la enfermedad, casi nunca encuentra un punto cero. Si bien es cierto que las enfermedades mentales suelen manifestarse por completo a ciertas edades (la bipolaridad tiene su etapa cumbre entre finales de la adolescencia y principios de la adultez mientras que la esquizofrenia aparece más tarde, alrededor de los 25 años), cuando uno hace el recuento siempre se puede encontrar a la enfermedad asomando la nariz de manera intermitente a lo largo de toda la historia de vida, escondiéndose en conductas que son normales. Y es que cuando se habla de salud mental la línea entre normal y anormal es muy delgada: Todos hemos tenido un desamor que nos ha tenido de llantina en llantina durante un par de semanas, todos hemos sentido en algún momento las ganas de dejar de vivir, todos hemos tenido un ataque de rabia tal que nos provoca coger a golpes una pared y también nos hemos sentido tan felices que hemos querido bailar en medio de la oficina. La tristeza, la rabia, la alegría y demás sentimientos son normales. Nadie va al psicólogo (aunque deberían) después de una pérdida común como nadie corre a urgencias al primer estornudo. Uno llega al consultorio cuando ya varias áreas de su vida han sido afectadas, como yo, que llegué con una relación amorosa en crisis, una familia al borde del colapso y la universidad en ciernes de una catástrofe. Como el paciente que llega cuando la gripe ya es una bronquitis. 

Y entonces se enfrenta uno al diagnóstico. Y a la realidad terrible (muy terrible en ese preciso momento) de que no es algo que te puedan quitar de adentro, que va a vivir contigo siempre, que tienes que aprender a manejar y que, como la muy maldita enfermedad es multifactorial, el tratamiento así debe serlo. Y la borrosa línea de la normalidad ahora ni siquiera es una línea, es más bien una serie de rayitas y te cuesta encontrar cuándo estás siendo tú y cuándo la enfermedad ha tomado las riendas de tu vida (que, acaso, ¿no soy yo misma la enfermedad? ¿no somos una?). Y si es difícil de establecer la diferencia en retrospectiva, a futuro lo es aún más: ya no estamos seguros de cómo nos comportamos estando en remisión y tenemos tanto miedo de volver a caer que en todo vemos un posible síntoma.

Recuerdo que cuando salí del hospital me sentí liberada. Mi depresión había cedido a la medicación, las rutinas y la psicología y me sentía bien (además salir del hospital hace que cualquiera se sienta mejor). Comencé a pasar mucho tiempo con mi familia y con mi novia de la época y empecé a sentirme realmente feliz, estaba en vacaciones, salía de noche, fumaba más (en la clínica no era permitido) y me sentía todo lo maravillosa que me podía sentir en la situación en la que estaba. Hasta que una noche me descubrí en un ataque de llanto muerta del miedo. Temía que esa alegría re-descubierta fuera la siguiente cara del péndulo que es la bipolaridad: la hipomanía. 

Afortunadamente no lo era. Y han pasado años desde entonces, años en los que he ido aprendido despacito que yo no soy la enfermedad. Que puedo sentirme triste o feliz sin estar entrando en un episodio, en que le perdí el miedo a la alegría porque quizá lo más tenebroso de haber leído ese TAB II en mi historia clínica fue ya no estar segura de si mis alegrías eran reales o eran síntomas (nadie, nunca, debería tenerle miedo a ser feliz, pero de eso hablaré alguna otra vez). Aprendí a no sentirme enferma cada vez que me emocionaba o que lloraba y lo aprendí en parte de mi mamá, que tiene una cepa de estafilococos resistentes a cualquier antibiótico dentro de su nariz y no por eso corre al hospital cada vez que estornuda. Convive con ellos, probablemente los va a tener toda su vida y les puedo jurar que mi mamá no es un estafilococo. En mí, no fue tan fácil establecer la diferencia. No hay un montón de bacterias viviendo en mi nariz a las que pueda criar en una caja de Petri. Hay una enfermedad que no sé dónde se aloja ni qué forma tiene, aunque me gusta imaginármela como un pequeño fantasmita negro sin cara en mi hombro derecho. 

 Hoy puedo decir que llevo más de tres meses en eutimia (ese es el nombre que recibe la ausencia de episodios en el trastorno bipolar) y escribo este texto para celebrarlo. Aún no sé si estoy mejor o soy mejor. Si la enfermedad está en un periodo asintomático o si soy yo la que he crecido y soy una mejor versión de mí, una versión que se ha tomado el tiempo de encontrarse, quererse y explorarse. No sé si es que últimamente la vida se ha portado bien conmigo sin presentarme situaciones estresantes y dolorosas, o si es el haberme tomado el tiempo de llenarme de estrategias y herramientas para sobrellevar mejor las cosas y no dejar que los síntomas se conviertan en un episodio, detectando (en su mayoría, que todavía algunos se me escapan) los factores de riesgo y evitándolos a tiempo. Quizá lo más probable, como en toda enfermedad mental, es que la mejoría tenga una etiología multifactorial. 

Estoy mejor y soy mejor, la enfermedad ya no soy yo

Y eso, en esta pelea tan larga, tan llena de dudas y de terreno pantanoso, es una victoria. Y cada pequeña victoria se siente como ganar la guerra. Releer esta entrada notando todo lo que he aprendido, mirar a mí alrededor y darme cuenta de todo lo que he construido y reconstruido, se siente como ganarle al ejército imperial. Por primera vez desde hace más de tres años me detengo a decir: ¡Viva yo!

5.26.2014

Del abstencionismo de mierda y la desesperanza aprendida, un grito electoral.

No sé cómo escribir esta entrada. Lo he intentado tres veces, y he intentado aún más no escribirla. Pero no puedo. No puedo quedarme callada. 

Hace cuatro años estaba levantada a las 8 de la mañana, bañada, perfumada y con mi camiseta verde.  Incluso aunque seis meses me separaban para cumplir mis dieciocho años y tener la claridad mental para poder votar, según la Constitución de Colombia. Hace un par de meses también estaba parada, bañada y con mi camiseta verde. Caminé orgullosa hasta mi puesto de votación aunque es un camino largo y en subida. Voté orgullosa por mi elección y llena de razones y me dediqué a atizar a punta de mensajes en whatsapp a todos los que aún no habían salido de su casa a votar.

Hoy me desperté tarde, abracé a mi perrita con un suspiro y dormí una hora más. Me levanté y me puse a ver un reality de E!. Tenía la desesperanza firmemente agarrada a mi ombligo y no quería enfrentarme a ese tarjetón que me llenaba de malos augurios. Finalmente, a las ya casi tres y  media de la tarde, me ganó el deber. Me paré, me cambié la parte de arriba de la pijama para no verme tan ridícula y me puse unos tennis. Caminé hasta mi puesto de votación como si fuera un hombre que va a un examen de próstata. Llegué faltando 10 minutos para el cierre de las mesas de votación y encontré el lugar vacío. Voté por la candidata más afín a mis ideas, pero sin convicción, sin ganas y totalmente ausente de orgullo y retorné a mi casa arrastrando los pies.

Menos de una hora y media después, me aferraba a mi comprobante electoral como quien se aferra a un salvavidas. La pantalla de mi televisor mostraba que todos mis augurios oscuros se estaban cumpliendo, pero los había sufrido tanto los meses anteriores, entre escándalos de hackers y guerras sucias, que ya no dolían tanto.  Me aferré a mi certificado electoral porque era mi salvavidas moral, porque lo que dolía no era tanto que este país siguiera sin memoria, godo y en pro de la guerra, como me dolía que fuera un país de abstencionistas. Ese era el resultado doloroso: el de la abstención.

Seis de cada diez colombianos que podían votar se quedaron en sus casas, como yo había estado a punto de hacer. Y los entendía, yo también estaba sufriendo de lo mismo aunque mi obediencia me llevó a llevarme la contraria. Y eso de lo que estamos sufriendo todos, en especial los jóvenes (cuyo nivel de abstención supera el 70%) tiene un nombre desde la psicología: se llama desesperanza -o indefensión- aprendida.

El cuento es así: Un día a alguien (no me acuerdo quién, soy más de ideas que de personas) se le ocurrió coger a dos ratas y meterlas cada una en una caja. La caja estaba dividida por una barrita plástica y una de ellas (la caja de la rata experimental, de ahora en adelante E) tenía una tapa que evitaba que E pudiera saltar al otro lado. La caja de la rata control (de ahora en adelante C) no tenía esta tapa. Ambas cajas tenían un mecanismo que electrificaba la mitad del suelo de la caja, suministrándole molestas descargas eléctricas a las pobres de E y C. A la primera descarga, ambas ratas saltaron, C logrando escapar satisfactoriamente del choque eléctrico y E dándose contra la tapa y teniendo que sufrir el choque completo. Pasaron varios choques, aunque no tantos, y al final E ya no saltaba. Se quedaba allí, quieta, esperando el choque eléctrico. Posteriormente, se quitó la tapa de la caja de E. Y se repitió el experimento. E no saltó, se quedó allí, siendo electrocutada. Pasaron uno, dos, cinco intentos más y E tampoco saltó. Nunca más volvió a intentar escapar y se podría decir que se resignó a su pobre vida de rata de laboratorio electrocutada. E había aprendido que hiciera lo que hiciera la iban a electrocutar y por eso al final dejó de intentar hacer algo.

Temo mucho que el electorado colombiano sea E. Esto pasa también en humanos, es una de las teorías más usadas para explicar la depresión, y resulta que en nuestro caso la tapa de la caja ni siquiera tiene que ser real. Selligman dice (clic aquí en caso de querer ñoñear un rato) que en el caso humano las circunstancias que nos llevan a creer que no podemos hacer nada son a veces más una percepción subjetiva que una realidad. Aprendemos, ya sea por lo que vivimos o porque alguien nos lo dice, que la tapa de la caja está ahí y nunca intentamos saltar, a pesar de los choques eléctricos, a pesar de que nos espera un panorama mucho mejor del otro lado, a pesar de que no hay tapa.

¡Claro que nunca nadie a electrocutado así a un humano! Pero siento que esto es lo que pasa en la dinámica electoral. Porque de ese 60% que no vota, la mayoría no vota porque no le importe el país en el que está viviendo (¡¿cómo no te va a importar si a tu abuela la dejan esperando en urgencias 4 horas por la EPS?!, por ejemplo) sino porque ha aprendido que no puede hacer nada votando. Hemos crecido escuchando que votar en realidad es botar, que todos los políticos son iguales, que todo está comprado. Que hagamos lo que hagamos nuestro voto es voto perdido. Y claro, así, ¿quién sale a votar? Y yo estuve a punto de hacer caso a todo eso, de ser una abstencionista más, de caer en la desesperanza aprendida (que además resultó real, porque con esa segunda vuelta me voy a echar a llorar), pero descubrí que no es cierto.

Sí, ¡resulta que no es cierto! ¿qué pasa si no hay tapa? El voto es un mecanismo legítimo para la expresión de la voluntad del pueblo con un correlato jurídico e inmediato, sólo que nunca lo hemos usado. Nunca hemos saltado. En mis diez años de consciencia y memoria electoral la abstención siempre ha superado el 50%. Colombia como país nunca ha votado, nos han gobernado siempre los votos comprados, los arreglados y los pocos que quedan de lealtad partidista. Los que ejercemos voto de opinión somos pocos y vivimos dando patadas de ahogado, nunca hemos ganado. Pero Colombia nunca ha votado, en estos diez años nunca ha habido quórum. O somos un país con una desesperanza aprendida muy arraigada, o somos un país al que le gustan los tiranos, porque "aquel que renuncia a su derecho a elegir, está legitimando la tiranía". 

Mi análisis de estas elecciones es que el panorama cruento y terrorífico que tenemos para segunda vuelta es culpa de los abstencionistas. Y el panorama de hace cuatro años. Y el de hace ocho. Y así. Es culpa de esos 6 de cada 10 que no salieron a votar. Ese 60% que está enviando el mensaje equivocado (quiero creer que es el equivocado y mis conocidos que no votaron me dicen que estoy en lo correcto), le están diciendo al gobierno y a la clase política que hagan lo que hagan no se van a mover. Que pueden gobernar cómo se les antoje. Que menos de la mitad del país los mira y los juzga. ¡Y vaya mensaje tan peligroso! 

En vista de esto, he decidido emprender una campaña a favor del voto para esta segunda vuelta electoral y para todas las elecciones que siguen. La democracia es un sistema que se supone da voz a todos y nosotros cada vez que tenemos el micrófono en frente nos negamos a gritar. Pues yo quiero que, al menos, todos mis amigos griten, de lo contrario he decidido retirarles la palabra. Así tal cual. No sé como se "des-programa" a una rata, pero sí sé cómo hacerlo con un humano y dado que no tengo la capacidad de darles premio a cada uno (refuerzo positivo) he decido retirarles mi palabra por el tiempo que haya entre estas y algunas otras elecciones, que debo confesar que no sé cuánto es, implementando así un castigo negativo. Chachára de psicóloga, al fin y al cabo, pero creo que si cada uno de los que sí votamos hiciéramos esto con nuestros conocidos, el abstencionismo bajaría sustancialmente. Quizá si no les asusta la posibilidad de tener un país como el que estamos encaminados a tener con estas elecciones, les asustará la posibilidad de perder a un amigo.

Y mejor aún, quizá así saltemos. Y de pronto al saltar descubramos que no hay tapa (ya para estas elecciones no fue, porque nos quedamos sin opciones, ni siquiera el voto en blanco tiene algún valor pragmático, pero habrán otras y las conductas hay que volverlas hábitos). Quizá descubramos que sí, pero el chichón al menos hará que nos replanteemos algunas cosas como país. Pero, insisto, ¿qué tal que no haya tapa? Es que, sinceramente, nunca lo intentamos... ¿no estamos cansados de vivir electrocutados?

Ahora bien, no hablo del voto a alguien o en contra de alguien. En realidad no me importa. No me importa si vota por Santos para que no gane Urib¡qué digo! Zuluaga. No me importa si vota en blanco aunque no tenga mayor peso jurídico (en segunda vuelta el voto en blanco es más un acto poético que un acto político). No me importa si escribe de lado a lado en el tarjetón "hijueputas todos" o si mejor lo anula con una flor. No me importa que deje el tarjetón en blanco. Me importa que su cédula quede resaltada en amarillo en la lista y que los pobres jurados no se demoren una hora y media contando diez votos sino que tengan que contar cientos y cientos. ¿Por qué? Porque entonces la lectura que tendrán los políticos es que hay cada vez más personas respirándoles en la nuca, que no somos el 15% (porque es que del 40% que votó, hay que tener en cuenta los votos vendidos, los amenazados y los inventados) los que estamos atentos a qué pasa en este país, sino que somos más. Que somos en efecto una democracia con un pueblo activo, porque este pueblo pasivo no está dando resultados. 

Y es que en este cielo tan oscuro que se cierne sobre nuestras cabezas los próximos cuatro años, gane quien gane, lo que va a importar es eso: la participación ciudadana. La veeduría a un congreso que podría poner trabas (recordemos que entre Verdes, Mira, Polo, UP, CR, hay un peso importante en este congreso, un peso que no está en la silla presidencial) al gobierno de turno si lo presionamos lo suficiente. Lo importante es gestionar proyectos de ley desde la ciudadanía, referendos y consultas. Recuerde que, por ejemplo, al final del proceso de paz habrá un referendo. Pero si no votamos en la elección más importante de estos cuatro años, ¡qué vamos a votar en las pequeñas elecciones!

La democracia se ejerce día a día. Es cierto. Me lo han repetido mis amigos que no votaron un millón de veces (amigos que si no cambian de perspectiva, se quedarán con mi silencio): La democracia se hace en las calles, en las marchas, en los plantones. Y sí, estoy de acuerdo. ¿Pero por qué no mezclamos mecanismos? Una cosa no es excluyente de la otra. Asistir a las urnas a votar así sea para pintarle bigotes a todos los candidatos (a todos, porque recuerde que si se los pinta a uno solo el voto se cuenta) es marcar un grito que luego se hará visible al marchar en la plaza. Si usted no se siente cómodo ni con Santos ni con Zuluaga vote en blanco o anule y luego plántese en la Plaza de Bolívar  (como este evento al que me invitaron: clic aquí) ¡PERO PRIMERO VOTE! ¡Y es que existen ejemplos de que los dos mecanismos son efectivos usados en conjunto! Nada más hay que mirar lo que pasó hoy en Boyacá: un municipio en el cual Santos había ganado contundentemente en las elecciones del 2010 (puede verlo acá) cuatro años después lo deja con menos del 16% de la votación y por debajo de otros tres candidatos (clic aquí para mirar reporte de la Registraduría). La lectura es clara, Boyacá está cobrando en las urnas eso de que "ese tal paro agrario no existe" y para la  segunda vuelta este será un municipio clave en la campaña de Santos pues necesita recapturar los votos de Clara López y de Marta Lucía Ramírez para ser re-elegido allí, de manera que las propuestas de agro tendrán un peso imporante. En cambio no hay un diálogo serio sobre educación superior (les recuerdo que la reforma a la Ley 30 es necesaria y tres años después del adefesio de la primera reforma todavía no tenemos otro proyecto de ley) porque, por lo menos en Bogotá, la abstención en votantes menores de 25 años asciende a más del 70%. No estamos ejerciendo un peso electoral real, ni para bien ni para mal, así que no nos toman en cuenta (¿les sorprende la inasistencia de los candidatos a los debates en las universidades? teniendo en cuenta esto, a mí no, yo tampoco iría a quedarme sin voz en un lugar en el cual la mayoría de los oyentes no va a ir a votar por mí, mejor me gasto en otro entorno).

Así que en conclusión, prefiero vivir en un país de poetas sin remedio que votan en blanco o de pintores frustrados que anulan sus votos con bigotes y flores, que vivir en un país de indiferentes e indolentes, o, ¡peor aún! de tontos. Tontos que tenemos un mecanismo legítimo contra el sistema (porque es un mecanismo del sistema en sí) que nunca hemos querido usar y que además podemos mezclar con los otros cientos mecanismos que se nos han ocurrido sobre la marcha, pero que el sistema no reconoce. Prefiero vivir en un país de ratas con dolor de cabeza a vivir en uno de ratas electrocutadas. Yo no le como cuento a la desesperanza aprendida, soy un ser racional que puede darse cuenta de lo erradas que están sus atribuciones del entorno y cambiarlas, a diferencia de la rata. Y además, algún día la tapa va a desaparecer (si es que está ahí) y vamos a poder saltar a ese otro lado, a ese país diverso, coherente y en paz que sueño y lucho todos los días por construir. Dejemos el abstencionismo de mierda y por una vez hagamos quórum.

Un abrazo de depresión post-electoral,

Eloísa.

5.08.2014

What if...?

¿Qué pasa si...?
¿Qué pasa si no consigo trabajo, si no me gradúo, si no paso ese parcial, si me dejo llevar? ¿Qué pasa si no vuelvo a levantarme, si comer está de más, si ya no me acuerdo de mí? ¿Qué pasa si mañana ya no me quiere, si nunca vuelvo a verle, si la pierdo, si se cansa de mí? ¿Qué pasa si en verdad estorbo, si nadie me necesita, si me olvido de mí? ¿Qué pasa si no sirvo, si estoy cansada, si me dejo ir?

A veces creo que la mayoría de enfermedades mentales empiezan con un "¿Qué pasa si...?". Otras veces, en cambio, creo que ese constante cuestionamiento es lo contrario: una señal de salud mental. Últimamente he barajado la teoría de que no es ni una cosa, ni la otra, de que es sencillamente una puerta y, como toda puerta, la puedes atravesar en dos direcciones. Para entrar o para salir. En mi caso, para entrar o salir de un episodio depresivo.

La preocupación es adaptativa. Si no nos hiciéramos la pregunta de "¿que pasa si me tiro el parcial?", quizá nunca estudiaríamos para ninguno. Además, ese pequeño miedo antes de entrar al parcial, cuando no es extremo, genera una serie de activaciones neurofisiológicas que nos hacen más capaces. La producción de vasopresina, la activación de los lóbulos frontales y su fijación en el estímulo que consideramos amenazantes, el incremento de la presión cardíaca... todas estas cosas hacen que durante esa media hora que estamos sentados frente a la hoja de evaluación, demos lo mejor de nosotros. Si nunca nos preocupáramos por nuestro futuro, probablemente nunca construiríamos uno. Si de vez en cuando no nos preguntáramos si la persona que está a nuestro lado está feliz allí, no intentaríamos de vez en cuando reconquistarle y nuestras relaciones personales serían un fiasco. Por eso digo que la ansiedad, a veces, es una puerta de salida. Cuando estoy deprimida, profundamente deprimida, ninguna de estas preguntas aparece en mi mente. Mi función cognitiva está reducida al mínimo así que cuando, después de varios días de no preocuparme por nada me hago la primera pregunta de "¿qué pasa si...?", lo considero un pequeño triunfo.

El problema es que también puede convertirse en un fenómeno poco adaptativo. Como le sucede a esa persona que entra al parcial y es tanta la presión que se bloquea, y a pesar de que hacía quince minutos podía responder a cualquier pregunta, ya a duras penas sabe qué fecha o cuánto es dos más dos. La preocupación excesiva y constante nos  desgasta. A algunos los lleva a un desorden de ansiedad, a mí debido a la sensación de poco control de las situaciones y a un razonamiento pesimista termina llevándome a la depresión. El miedo paraliza. Y es entonces cuando la ansiedad se convierte en la puerta de entrada. Cuando tenemos demasiadas preguntas acerca de que pasara si, terminamos evitándolas todas y sentándonos en la nada. ¿Qué pasa si nada pasa? Pues precisamente eso, nada. La nada. La playa nublada y fría en que el amanecer no se distingue del mediodía, la depresión.

Últimamente me he hecho mucho estas preguntas y no sé si estoy cruzando la puerta para el lado correcto. Es difícil manejar un equilibrio entre las preguntas que son útiles para mi vida diaria y aquellas que simplemente generan miedo y desgaste, así que he resuelto enfrentarme siempre a la pregunta más aterradora primero, porque así las demás pierden su importancia y se van diluyendo. Es más terrible enfrentarse a la pregunta de ¿qué pasa si pierdo el semestre? que a la pregunta de ¿qué pasa si me saco mala nota en esta exposición? y cuando uno logra llegar a la conclusión de que incluso perder el semestre no es una situación tan desastrosa, el miedo a sacar una mala nota ya no resulta paralizador sino adaptativo. Incluso, ya ni siquiera resulta ser miedo.

Ahora bien, no todas las preguntas de "'¿qué pasa si...?" son malas. ¿Qué pasa si por una vez todas las cosas están saliendo bien?

No sé, pero debe asemejarse mucho a esto que está pasando. A cruzar la puerta en la dirección correcta.