10.03.2017

Platos rotos

Hoy he pasado la tarde leyendo conversaciones de cuando era pequeña. Más pequeña que ahora, quiero decir. De cuando tenía diez años menos. De aquel año de mi vida que casi no recuerdo porque no es más que bruma y agua salada. De antes de aquel año también, pero sin duda ese es el peor.

No me reconozco en esas letras. 
No sé quién es esa persona. 
No sé cómo pude escribir todas esas cosas.
Y aún no descifro del todo cómo ser quién soy después de eso.
No sé cómo encajar esa yo en mí.

A medida que leo vienen imágenes a mí. Imágenes inconexas que intentan relacionarse de alguna manera con eso que estoy leyendo. Recuerdos. A veces, también, llegan a mí flashes de audio. Hay uno que se repite incesantemente: un plato que se rompe, estrepitoso, como lanzado de un lado a otro de una habitación.

No recuerdo haber lanzado ningún plato en ninguna de mis crisis. Una vez rompí una ventana y otra un celular, pero lo del plato me coge fuera de base. 

Después de un rato, lentamente, llego a la conclusión de que ese es el sonido que le da mi cabeza a las grietas que fui abriendo en las personas que más amé. A las personas que todavía amo con ese amor cauteloso que deja el dolor. Es el sonido, también, de las grietas que se fueron abriendo en mí.

La depresión es eso, una hilera de platos que se rompen. Uno tras otro. 

En Colombia, no sé en el resto del mundo, uno dice "pagar los platos rotos" cuando tiene que asumir las consecuencias de algo injusto. Estar cerca de una persona con una enfermedad mental es, muchas veces, tener que pagar los platos rotos. Nada en la depresión es justo. La responsabilidad esta ahí, claro, y muchas veces las personas con depresión o las personas a su alrededor toman decisiones que tienen consecuencias, pero nada es justo. Alguna vez le decía a alguien que la depresión no te quita lo hijueputa, que tener una enfermedad mental no es una carta comodín para andar por la vida agrediendo a las personas sin que luego pase nada, pero la línea entre una persona en crisis y un hijueputa es a veces muy delgada. Yo la crucé varias veces. Leyendo esas conversaciones me doy cuenta de como saltaba de allá para acá, pero eso es ahora. Ahora, más grande, años después. En ese momento era un sólo continuo, una hilera de platos que se rompen.

Al final, justo o no, sólo queda pagar los platos. Eso sí, uno no vuelve a tener la vajilla, por más que los japoneses hagan kintsukuroi y reparen la porcelana con oro, la vajilla no vuelve a estar completa. Y uno tiene que vivir con eso. Y, no voy a mentirles, duele. 

Lo bueno es que ahora, años después, he aprendido. Ya no rompo tantos platos. Podría decirse, incluso, que a veces sólo los desportillo. He aprendido a cuidarme a mí y a los míos, a ver el límite con más claridad en esos momentos. A reconocer cuando está hablando la enfermedad y cuándo estoy hablando yo. A pedir ayuda a tiempo. Al final es verdad, si uno tiene la voluntad (y la suerte, porque también creo que es suerte tener la oportunidad de tener a mano las herramientas apropiadas), uno aprende a vivir con ello.



Perdóname por tantos platos rotos,
tu amiga que te ama,
Lú.

6.06.2017

Gracias, Facha.


La primera vez que vine a escribir a este blog, hace diez años, mi abuelo había muerto el jueves anterior. Hoy, que vuelvo a escribir aquí después de dos años de no hacerlo, Fabián ha muerto el jueves.  Será que los eventos dolorosos, que desafían la lógica, son los que terminan trayéndonos de nuevo a la arena de, como dice el cabezote de este blog, pensarnos y diseccionarnos.

No hablaba con Fabián hacía al menos tres años, la última vez que me aventuré a una construcción de Techo. Lo conocí, claro está, en otra construcción de Techo, cuando Techo era Un Techo Para Mi País, hace siete años, en una escuelita en el Edén en el diciembre más frío que me ha tocado (quizá porque por primípara se me olvidó llevar cobijas a la construcción). Lo recuerdo con su sonrisa grande y su cara de cansado, en la terraza de la oficina, con su uniforme de médico, en esas interminables tardes que duré montando las construcciones de agosto de 2011. 

Pero no quiero hablar de lo que Fabián le dejó al mundo, porque de eso se ha hablado mucho. De su voluntad de servir, de su carrera de médico, de su vida de voluntario se ha hablado mucho. De cada una de las familias que ayudó ya fuera construyendo una vivienda de emergencia, ya fuera en una brigada de salud, ya fuera desde la dirección de Habilitación Social. De todo lo que nos regaló estando vivo hemos hablado mucho, y vamos a seguir hablando porque nos negamos a olvidar, pero yo quiero hablar de lo que me regaló cuando ya se había ido.

El sábado pasado la noticia me golpeó como un balde de agua fría. Toda la angustia acumulada a lo largo de la semana se desvaneció y dejó sólo un hueco profundo en la mitad de mí. No pude hablar. No sabía qué decir. Las muertes violentas sólo dejan el frío en la piel y el nudo en la garganta. En ese estado de asombro y vacío, reuní no sé cómo las fuerzas para ir al homenaje que le rendimos en la 85. Allí me encontré una decena de personas, algunas conocidas y otras no, todas despidiéndose del gran amigo, compañero, voluntario y médico que fue Fabián.

Y, de pronto, en uno de esos abrazos que me dieron personas que no veo hace años, lo sentí. La última gran cosa que me regalaba Facha, la última de sus grandes sonrisas y perlas de sabiduría. Allí sentí un cariño que no sentía hace mucho. El hueco frío dentro de mí se llenó de abrazos fuertes, de sonrisas cansadas, de mucho amor. Fabi, como pocos, era de esas personas que son capaces de hacerte sentir la persona más especial del universo con un saludo. Era de esas personas que siente uno que conoce de toda la vida y a la que les puede contar cualquier cosa. Fachita era una de esas personas a las que uno con atrevimiento empezaba a llamarla amigo a las pocas horas de conocerle porque creo, firmemente, que él lo consideraba a uno amigo suyo sólo por el simple hecho de haberse uno cruzado en su camino. Y quizá por eso era tanto su ánimo de servir, porque al final si todos eran sus amigos no se le habría ocurrido nunca no hacer algo para ayudarlos, ayudarnos, en cada oportunidad que tenía.

Gracias, Fachita, por permitirme el sábado tener un montón de amigos. Gracias por cada uno de esos abrazos que recibí que sin haberte conocido probablemente no hubiera sucedido. Gracias por compartir conmigo todo ese amor y ese cariño que a lo largo de los años reuniste a tu alrededor. Gracias por dejarme sentirlo. Lo voy a guardar, lo voy a guardar y lo voy a compartir con las personas que me encuentre en mi camino. 

No sé que opines, pero creo que si como tú, todos fuéramos amigos de todos aquellos con los que tenemos la oportunidad de cruzarnos, estas cosas no pasarían.

No puedo prometerte mucho, la verdad, pero haré el esfuerzo para que cada persona que se cruce en mi vida sienta que tiene en mí una amiga y que, como tú, haré siempre todo lo que esté en mi poder para ayudarle.

Gracias por tanto.

Vete tranquilo, que aquí, entre amigos, nos quedamos.

Un abrazo al inifinto, Fabián.


Eloísa.


9.15.2015

Volver a casa

Llevo varias semanas encontrándome las ganas de escribir aquí hasta en la sopa: No me caben las letras en los tuits, la d aún redirecciona automáticamente al blog cuando la pongo por error en mi navegador y hace tres días tuve que zambullirme de nuevo en las plantillas de blogspot para abrir un blog en mi nuevo trabajo. También alguien preguntó por él, por sus letras que han permanecido escondidas bajo las cortinas estos meses.

Dejé de escribir acá porque me tocó. Porque me sentí invadida e insegura. Porque este blog que hace muchos años no tenía más de 3 visitas diarias, de pronto tuvo 100. Porque lo volví privado para protegerme de todos esos comentarios que sabía que vendrían (vinieron a raudales en la publicación de El Espectador, esa en la que me entrevistaron), con sus pisadas torpes llenas de barro. Uno que periódicamente barre la casita, que recoge con los dedos las pelusas que le sobresalen al tapete -como hacía mi abuela-, que pasa un trapito por la mesa después de comer... uno no puede permitir que esos que se colan en las fiestas le llenen de manitas pegajosas la pared. Así que uno cierra la puerta con doble candado. 

Y uno queda solo. Uno. Y uno redacta, sí, pero ya no escribe. Uno va en transmilenio durante la hora y media reglamentaria de la hora pico y redacta una entrada en la cabeza. Piensa en el título, construye las frases, relee, hace los cambios de estilo y guarda. Se guarda para que al tener que pasar entre los ríos de gente, ser pisada por el hombre que va de afán, esquivar tres charcos, abrir la puerta después de creer que las llaves se perdieron, llegar, que la perra se haya comido medio sofá y  que el trabajo titile en la pantalla del celular, se pierda.

Escribí una entrada desde que dejé en privado el blog, sí. Porque la casa es de los pocos lugares en los que se engrandece la cotidianidad. Así que volví, un momento, pero sin quitar la restricción de privacidad. Uno vuelve pero no del todo. Y, ante todo, uno sigue siendo uno. Solo.

Hoy vuelvo a esta casa porque estoy buscando una. Porque ese lugar físico, que fue mi casa por más de diez años, ya no lo será más (y sé que tengo mucho que decir y que escribir al respecto, mucho que aún no ha salido y que quizá está atorado en forma de bolita en mi espalda).

Hoy he vuelto a esta casa que me ha visto aprender a no exagerar en el uso de los puntos suspensivos, que me ha visto llorar y homenajear a mis muertos, que me ha enseñado a filtrar la realidad y a valorar la privacidad. Hoy vuelvo porque necesito escribir algo más de 140 caracteres en twitter o mil páginas de artículos científicos.

Hoy vuelvo a casa y quito el cerrojo.

Bienvenidos.

4.01.2015

Cotidianas.

Ya poco comparto en este espacio pero hoy tengo ganas de escribir. Escribir por escribir. Por dejar un rastro permanente de lo que resulta tan fugaz, o quizá no. Por primera vez en mi vida siento que no estoy en una carrera contra el tiempo, que los segundos no se me escapan de las manos, que esto va a durar. Tengo la vida llena de cotidianidad y, quizá, un poco falta de palabras.

Benedetti tiene un libro titulado así, Cotidianas. Nunca lo leí completo. Nunca me gustó la poesía encuadernada, poema tras poema. Y Benedetti nunca me gustó del todo. Pero hoy no vengo a hablar de esa poesía confinada a la tinta sino de esa otra, esa que apenas se intuye por encima al leer ciertos libros pero que no siente del todo hasta que se vive: La poesía de los momentos.

Estoy llena de versos cotidianos en este momento de mi vida. De el olor del mismo café endulzado con leche de almendras por las mañanas. De las mismas almohadas esperándome siempre a una hora similar, aunque los ritmos circadianos aún los tenga todos chuecos. De las mismas calles, el mismo frío, la misma cola para la misma ruta de transmilenio. Pero no es tedio lo que me invade al repetir esas escenas, sino maravilla, absoluta maravilla. Más aún cuando día a día me regala ella también sus pequeños versos cotidianos: La manera en la que se recoge el pelo antes de irse a bañar, cómo arruga la nariz todas las mañanas al ponerse las gafas que -inevitablemente- están sucias, ese pequeñísimo ataque de estornudos que le da al despertar o la manera en que se quita la ropa cuando es hora de ir a dormir. Todas esas pequeñas escenas a las que sólo el gato y yo tenemos acceso, una y otra vez, cada día. 

No sé contabilizar el tiempo con exactitud. Nunca he sabido. Solía contarlo en subidas y bajadas, como las vueltas del riel en una montaña rusa. En afanes, ilusiones y dolores. No contaba años sino pesares: Una, dos, tres grietas en el corazón. Ahora está todo en calma. No sé cuánto tiempo lleva en calma y, así mismo, no sé cuándo llegó ella. Sé que llegó cuando me estaba remendando la segunda o tercera grieta, como hace un año más o menos, pero ahora que están casi completamente curadas no sé cuánto tiempo ha transcurrido. Tampoco me importa. Por mí que se repita hasta el infinito.

El amor, a final de cuentas, por fin me reveló su secreto: No era una cuestión de tiranosaurios en la panza sino de hormigas en las palmas de las manos. Ésas que causan cosquillas y no duelen. Claro, eso sí, que la cotidianidad cuesta. Es un trabajo constante. El equilibrio del funambulista no yace en la quietud sino en el movimiento, en dar un paso tras otro con los brazos bien extendidos: En ir cultivando mi carrera, mi futuro, mi salud... y un nosotras.

Para así todos los días poder llegar a la cama a compartir todos los versos con ella. 
Y sentirme en casa.

2.05.2015

En la Universidad de La Sabana como en la vida: Muchos no son todos.

Durante los últimos días he visto el nombre de mi universidad más veces que de costumbre, allí, metido entre los titulares de dos de los temas más resonantes de la realidad nacional por estos días: La adopción por parte de parejas homosexuales y el programa de "becas" del gobierno "ser pilo paga". Con respecto al primer tema somos noticia por haber dado un concepto a la Corte Constitucional respecto a la idoneidad (o nula idoneidad, en el caso del reporte) de las parejas homosexuales para adoptar niños (haga clic aquí) y en el segundo somos noticia junto a la Universidad de los Andes por el aparente "matoneo" al que están sometidos los nuevos becarios (chismosee aquí).

Me tomó muchos días decidir cómo, en dónde y con qué palabras escribir esto, pues no soy fan de las polémicas y menos por internet, pero después de comentarios y más comentarios en mis redes sociales decidí dejar de morderme la punta de los dedos y ponerme en la tarea. Pero primero debo decir que no escribo esto con objetividad pero sí con un infinito conocimiento de causa: soy estudiante de psicología de la Universidad de La Sabana desde el 2010, desde mi primer semestre me encuentro becada por la institución por mi rendimiento académico, quiero ser mamá, vengo de una familia tradicionalmente católica y soy lesbiana; así que, en resumidas cuentas, reúno casi todas las características de los sujetos implicados en este ir y venir de titulares.

En un principio pensé en escribir acerca de cómo los becarios no somos "ñeros", "hampones" o "chusma", siendo que me considero una becaria muy decente a pesar de mi estrato tres, mi hábito de quedarme con las monedas cuando mi mamá me manda por la leche y mi reciente maña de decir "yucas" cuando algo no puede hacerse, pero eso ya lo hizo una compañera mía en un estado de facebook muy alterado como el que yo misma me vi tentada a escribir, en el que decía que era el maldito colmo, unos hipócritas y que por gente así está jodida el país. Después de eso y de la avalancha de comentarios que he recibido durante estos cuatro años acerca de los "niños ricos" de la Sabana, me vi impelida a escribir cómo los estudiantes de la Sabana no vivimos en una nube de lujos y nos sentimos asqueados al ver alguien que no lleva ropa de marca y no juzgamos a la gente que no conoce Miami, pero mientras pensaba en eso me quedé dormida en el bus de la universidad con la tarjeta del SITP en la mano y el muchacho que iba sentado a mi lado -que por el reloj y el maletín que llevaba dudo mucho que sea uno de los nuevo becados- me robó la tarjeta con los diez mil pesitos recién cargados y, mientras logré entender qué sucedía, se bajó campante como si nada y a mi me tocó caminar. Ahí llegué a la conclusión de que ni la hamponería ni la intolerancia discriminan clase social o estrato socio económico, que el problema viene de más adentro...

Y en esas, llego a mi casa para enterarme que La Sabana le ha dicho a la corte que soy incapaz de criar un hijo por mi alta proclividad a los desórdenes mentales, el abuso sexual, la promiscuidad y que seguramente cuando tenga una hija no me aguantaré las ganas de enseñarle que las tetas son la cúspide de todo lo rico y que los penes dan asco. Así que pensé en escribir una diatriba sacando todos los documentos que ha publicado la Asociación de Psicólogos Americanos (APA) o la Organización Mundial de la Salud (OMS), asegurándoles que mis hijos no iban a tener que "salir del clóset" si eran heterosexuales y exponiendo cómo no todos los homosexuales somos promiscuos, inestables y seres del mal porque considero que mi sexualidad no me ha hecho nunca ni peor estudiante, ni peor hija, ni peor ciudadana, pero también alguien me ganó de mano y publicó un estado de facebook al respecto. Entonces leí los comentarios de dicho estatus y todos comenzaban con "pero si es la Sabana, que más puedes esperar", "no sé por qué te escandalizas, es el Opus Dei", "¿no todos en esa universidad piensan igual?" y me imaginé a mí misma, en un par de años, teniendo que poner un anuncio en la puerta de mi consultorio de psicóloga clínica que advirtiera "a pesar de lo que el título de pregrado pueda sugerirle, aquí es bienvenido aunque sea gay" y entre los escalofríos que esa perspectiva me causaba recordé las reacciones que han tenido hacia mi "condición de lesbiana" mis compañeros, los profesores con los que he tenido una relación lo suficientemente cercana como para compartirles mi vida privada e incluso algunos curas con los que he tenido charlas bastante amenas, y pensé en escribir sobre como no todos los católicos y/o las personas de la Sabana somos homofóbicos, pero entonces noté lo importante del asunto:

La cosa que tienen en común ambas situaciones son ese constante tira y afloje entre el ellos y el nosotros. Ellos: Los ñeros peligrosos. Nosotros: Los estudiantes decentes. Ellos: Los niños ricos y elitistas. Nosotros: La gente que ha luchado para estudiar. Ellos: Los gays. Nosotros: La gente con valores. Ellos: Los homofóbicos cavernícolas. Nosotros: Los librepensadores tolerantes. Y va uno a mirar y el campus de la Universidad de La Sabana, como la vida, es una mezcolanza de los unos, los otros, los nuestros y los aquellos. 

Al final no hay manera de saber si la persona que tienes detrás en la fila del almuerzo es gay, acaba de ir a misa, le gusta tocarle la cola a las niñas sin permiso, es becario, tiene un apartamento en Rosales, te va a robar el pasaje del SITP en el bus o todas las anteriores. Porque la hamponería, la intolerancia, la depravación y el irrespeto no distinguen clase social u orientación sexual. Pero de la misma manera la sabiduría, la bondad, la humildad y el honor tampoco, así que la única manera de efectivamente saber quién es quién es sentarnos a conocerlo y asumir que tenemos incidencia en su vida, que es también nuestra responsabilidad comportarnos como un grupo humano que privilegie las virtudes sobre las apariencias, porque si no, ¿de qué sirve tener una universidad sin becarios sin aún así te pueden robar? ¿de qué sirve eliminar de la faz de la tierra a todos los homosexuales si aún así un padre podría violar a su hija? Hay que empezar a pensar qué hace que esos muchos, que no somos todos, se comporten de esa manera. ¿Qué estamos haciendo para que nuestros compañeros sigan creyendo que el sueldo del papá de alguien garantiza su honestidad? ¿Qué estamos haciendo como comunidad para permitir que el irrespeto al otro por su clase social, su apariencia o su orientación sexual sea permitido? ¿que cualquier tipo de irrespeto sea permitido? ¿qué estamos haciendo para que sea normal que nos roben en nuestro campus? ¿qué estamos haciendo como comunidad académica para que habiendo tantos estudios que hemos leído juiciosamente la universidad siga publicando conceptos con artículos del siglo pasado? ¿qué clase de universidad estamos construyendo sino una que tiene cara de elitista y homófoba pero también cara de insegura y poco abierta a la libertad de culto (porque a veces parece casi más grave ser católico practicante que ser ladrón)?

Yo todavía no sé con exactitud, pero creo que vale la pena empezar a preguntárselo, de lo contrario nos estaremos perdiendo de  un montón de maravillas como comunidad universitaria, siempre habrá alguien peleando y yo tendré que seguir diciéndole a la gente que en La Sabana algunos son elitistas, pero no todos; algunos son ladrones, pero no todos; algunos son homofóbicos, pero no todos, hay promiscuos, pero no son todos y no conozco ningún depravado pero seguro habrá alguno y tendré que decir que hay, pero no son todos. En conclusión, me pasaré la vida diciendo que muchos no somos todos y al final no sabré de qué soy parte y ante la pregunta de cuál es mi universidad responderé: "soy estudiante de la Sabana, pero no del todo", porque entre esos muchos y algunos ya no sé quién somos todos.

11.06.2014

Los amores que matan sí mueren.

Siempre creí que el amor dolía. Me lo debieron enseñar en algún libro de esos que leía con avidez cuando pequeña o en alguna película romanticona. Creí que el amor dolía y así lo busqué: Amores de esos que marcan como hierro al rojo vivo. ¡Y vaya que los encontré! Amores imposibles repletos de distancia, de malentendidos, de cicatrices, de desencuentros. Me convencí que el amor era una de esas cosas que pasa, pisa y pesa. Una montaña rusa. Pero al contrario de mis películas y mis libros los amores nunca llegaban al final del recorrido en que uno se quita el cinturón de seguridad, se baja y agarrado de la mano camina hacia un vivieron felices para siempre, no, mis amores se quedaban sin pista y caían al vacío hasta estrellarse contra el piso. Y, amor tras amor, comprendía que estaba muy cerca de entender que sí se podía morir de amor, que uno podía evaporarse de tanto sentir.

Y casi lo hago. Casi me muero de amor. Quizá incluso sí me morí un poquito, no lo sé con certeza, pero sé que me empeñé con terquedad en cumplir aquella promesa que se hacen los enamorados de "moriría por ti". De pronto es todo culpa de Woody Allen que a mis contados trece años me dijo que sólo los amores imposibles podían ser románticos, y seguro ya te habrás dado cuento de que soy una romántica incurable así que no te sorprenderá saber que todos me los conseguí así. Llegué a un límite de insanidad que habría sido digno de una novela de Andrés Caicedo (con lo poquito que me gustan), de una canción de Marea o, al menos, de un manual de relaciones tóxicas. Mis amores dolían desde el mismísimo instante en que, con la voz queda, me decía a mí misma "me enamoré" como si fuera una condena más que una bendición, dolían cuando ya meses después, queriendo huir y dejar el dolor atrás, le daba razón a Sabina en aquello de que los amores que matan nunca mueren.

Pero me equivoqué. Lo supe una noche en que arrunchada en tu pecho comencé a llorar y preguntaste qué pasaba. Pasa que no dueles, te contesté y te abracé con más fuerza. Lloraba porque se sentía lindo, porque estaba venciendo el miedo a no confiar en aquellos amores que no duelen porque no los creía posibles. Estaba sorprendida, no era la primera vez en mi vida que lloraba por amor pero sí la primera en que lloraba por amor de alegría, de pura maravilla al saber que era real, que ese amor que en lo profundo soñaba sí podía ser posible y tan romántico como ninguno.

Debo confesarte que le tenía miedo a que un amor sin dolor fuera un amor soso, cómodo, aburrido y es que quizá los hay así, pero fui comprobando con el tiempo y de tu mano que el nuestro podía ser de otra manera. Que podemos construir lo que queramos y que no hay prisa porque tenemos todo el tiempo que seamos capaces de imaginar, que esto no es una montaña rusa sino un caminito al galope. Y es que contigo siento que puedo equilibrar la cotidianidad con las sorpresas, la pasión con la ternura, la libertad con el apego. Que a pesar de mi alma de nómada siempre quiero regresar a casa contigo, pedirle permiso al gato en la cama y abrazarte hasta quedarme dormida. Amándote me siento como la sirenita en la laguna azul pero con alguien que sí me besa (como sé que no tienes ni idea de qué hablo, amor, hablo de esto. ) pero a la vez con una madurez infinita, con una certeza que nace de lo más profundo de mí. Te amo intensamente pero también llena de tranquilidad y aún hoy, muchos meses después de conocerte, todavía siento hormigas en las palmas de mis manos cuando estás cerca.

No me arrepiento de esos amores de Sabina, pero descubrí que los amores que matan sí mueren y ahora te tengo una propuesta, ¿qué te parece si tenemos un amor de merengue ochentero (como este) o de cancioncitas hipsters que me hacen sonreír mostrando todos los dientes (como esta)?

Te amo veinticinto horas al día, vida mía, ocho días a la semana si te da la gana,

Yo.

7.09.2014

No sé si soy mejor o estoy mejor (o ideas varias acerca de la etiología de una enfermedad mental)

Recuerdo que la primera vez que me enfrenté un diagnóstico estaba tan cansada de la vida y creía tan a pie juntillas que lo merecía, que no me pregunté por qué. Era una adolescente deprimida y la depresión era sólo la cereza del pastel en un año de dificultades y pérdida, prácticamente una broma del destino.

Cuatro años después, en el mismo consultorio, sentada frente a la misma mesa y con un doctor diferente me enfrenté a mi diagnóstico de Trastorno Bipolar Tipo II, y ahí sí me hice la pregunta. ¿Por qué? Es como cuando uno tiene los primeros síntomas de gripa y automáticamente empieza a pensar en todas las personas con gripa con las cuáles tuvo contacto en los últimos días para encontrar ese momento exacto en que el virus llegó a uno. Pero ya tenía cuatro semestres de psicología encima y sabía lo que cualquier profesional en salud mental sabe: que las enfermedades mentales aún no tienen una etiología clara y quién sabe si la tendrán. Aun así, durante varias semanas, continué preguntándome qué había hecho que esa enfermedad se manifestara en mí. Qué paso había dado en falso. Pero no hallé una respuesta concreta porque no la había, no había un momento cero, era un juego de dados, una conjunción de genética y ambiente, tenía la predisposición en mí (producto de una larga historia de enfermedades mentales en mi familia), una personalidad que acunaba perfectamente al trastorno (mi tendencia al dramatismo, la inestabilidad emocional y el aislamiento) y una serie de situaciones y prácticas que no habían ayudado en absoluto. Incluso alguna vez me senté a pensar que mi signo zodiacal, sagitario, tan apasionado, extremista y radical tampoco ayudaba. 

Pero lo difícil no era no saber de dónde provenía la enfermedad, sino no tener algo a lo que culpar. No poder saber nunca cuándo fue que ese alguien te estornudó encima y te pegó la gripa. Porque lo curioso de las enfermedades mentales es eso, que no provienen de un agente externo, no es una bacteria o una sustancia tóxica, no es una mutación de tus células, no se ve con claridad en un escáner y no es extirpable. Y por eso mismo es tan difícil disociarlas de quién es uno en realidad y es tan fácil reducirte a ellas. Uno comienza a creer, con una velocidad impresionante, que no es más que un conjunto de síntomas desadaptativos y que ya no se tiene mayor soberanía sobre sí mismo, si es que se la ha tenido alguna vez. ¿Cómo? Si la soberanía, la voluntad, proviene de la mente y es justamente eso lo que tenemos enfermo.

Cuando uno no es el paciente sino el profesional a cargo y comienza a retroceder en las historias de vida para encontrar el momento del inicio de la enfermedad, casi nunca encuentra un punto cero. Si bien es cierto que las enfermedades mentales suelen manifestarse por completo a ciertas edades (la bipolaridad tiene su etapa cumbre entre finales de la adolescencia y principios de la adultez mientras que la esquizofrenia aparece más tarde, alrededor de los 25 años), cuando uno hace el recuento siempre se puede encontrar a la enfermedad asomando la nariz de manera intermitente a lo largo de toda la historia de vida, escondiéndose en conductas que son normales. Y es que cuando se habla de salud mental la línea entre normal y anormal es muy delgada: Todos hemos tenido un desamor que nos ha tenido de llantina en llantina durante un par de semanas, todos hemos sentido en algún momento las ganas de dejar de vivir, todos hemos tenido un ataque de rabia tal que nos provoca coger a golpes una pared y también nos hemos sentido tan felices que hemos querido bailar en medio de la oficina. La tristeza, la rabia, la alegría y demás sentimientos son normales. Nadie va al psicólogo (aunque deberían) después de una pérdida común como nadie corre a urgencias al primer estornudo. Uno llega al consultorio cuando ya varias áreas de su vida han sido afectadas, como yo, que llegué con una relación amorosa en crisis, una familia al borde del colapso y la universidad en ciernes de una catástrofe. Como el paciente que llega cuando la gripe ya es una bronquitis. 

Y entonces se enfrenta uno al diagnóstico. Y a la realidad terrible (muy terrible en ese preciso momento) de que no es algo que te puedan quitar de adentro, que va a vivir contigo siempre, que tienes que aprender a manejar y que, como la muy maldita enfermedad es multifactorial, el tratamiento así debe serlo. Y la borrosa línea de la normalidad ahora ni siquiera es una línea, es más bien una serie de rayitas y te cuesta encontrar cuándo estás siendo tú y cuándo la enfermedad ha tomado las riendas de tu vida (que, acaso, ¿no soy yo misma la enfermedad? ¿no somos una?). Y si es difícil de establecer la diferencia en retrospectiva, a futuro lo es aún más: ya no estamos seguros de cómo nos comportamos estando en remisión y tenemos tanto miedo de volver a caer que en todo vemos un posible síntoma.

Recuerdo que cuando salí del hospital me sentí liberada. Mi depresión había cedido a la medicación, las rutinas y la psicología y me sentía bien (además salir del hospital hace que cualquiera se sienta mejor). Comencé a pasar mucho tiempo con mi familia y con mi novia de la época y empecé a sentirme realmente feliz, estaba en vacaciones, salía de noche, fumaba más (en la clínica no era permitido) y me sentía todo lo maravillosa que me podía sentir en la situación en la que estaba. Hasta que una noche me descubrí en un ataque de llanto muerta del miedo. Temía que esa alegría re-descubierta fuera la siguiente cara del péndulo que es la bipolaridad: la hipomanía. 

Afortunadamente no lo era. Y han pasado años desde entonces, años en los que he ido aprendido despacito que yo no soy la enfermedad. Que puedo sentirme triste o feliz sin estar entrando en un episodio, en que le perdí el miedo a la alegría porque quizá lo más tenebroso de haber leído ese TAB II en mi historia clínica fue ya no estar segura de si mis alegrías eran reales o eran síntomas (nadie, nunca, debería tenerle miedo a ser feliz, pero de eso hablaré alguna otra vez). Aprendí a no sentirme enferma cada vez que me emocionaba o que lloraba y lo aprendí en parte de mi mamá, que tiene una cepa de estafilococos resistentes a cualquier antibiótico dentro de su nariz y no por eso corre al hospital cada vez que estornuda. Convive con ellos, probablemente los va a tener toda su vida y les puedo jurar que mi mamá no es un estafilococo. En mí, no fue tan fácil establecer la diferencia. No hay un montón de bacterias viviendo en mi nariz a las que pueda criar en una caja de Petri. Hay una enfermedad que no sé dónde se aloja ni qué forma tiene, aunque me gusta imaginármela como un pequeño fantasmita negro sin cara en mi hombro derecho. 

 Hoy puedo decir que llevo más de tres meses en eutimia (ese es el nombre que recibe la ausencia de episodios en el trastorno bipolar) y escribo este texto para celebrarlo. Aún no sé si estoy mejor o soy mejor. Si la enfermedad está en un periodo asintomático o si soy yo la que he crecido y soy una mejor versión de mí, una versión que se ha tomado el tiempo de encontrarse, quererse y explorarse. No sé si es que últimamente la vida se ha portado bien conmigo sin presentarme situaciones estresantes y dolorosas, o si es el haberme tomado el tiempo de llenarme de estrategias y herramientas para sobrellevar mejor las cosas y no dejar que los síntomas se conviertan en un episodio, detectando (en su mayoría, que todavía algunos se me escapan) los factores de riesgo y evitándolos a tiempo. Quizá lo más probable, como en toda enfermedad mental, es que la mejoría tenga una etiología multifactorial. 

Estoy mejor y soy mejor, la enfermedad ya no soy yo

Y eso, en esta pelea tan larga, tan llena de dudas y de terreno pantanoso, es una victoria. Y cada pequeña victoria se siente como ganar la guerra. Releer esta entrada notando todo lo que he aprendido, mirar a mí alrededor y darme cuenta de todo lo que he construido y reconstruido, se siente como ganarle al ejército imperial. Por primera vez desde hace más de tres años me detengo a decir: ¡Viva yo!