7.09.2014

No sé si soy mejor o estoy mejor (o ideas varias acerca de la etiología de una enfermedad mental)

Recuerdo que la primera vez que me enfrenté un diagnóstico estaba tan cansada de la vida y creía tan a pie juntillas que lo merecía, que no me pregunté por qué. Era una adolescente deprimida y la depresión era sólo la cereza del pastel en un año de dificultades y pérdida, prácticamente una broma del destino.

Cuatro años después, en el mismo consultorio, sentada frente a la misma mesa y con un doctor diferente me enfrenté a mi diagnóstico de Trastorno Bipolar Tipo II, y ahí sí me hice la pregunta. ¿Por qué? Es como cuando uno tiene los primeros síntomas de gripa y automáticamente empieza a pensar en todas las personas con gripa con las cuáles tuvo contacto en los últimos días para encontrar ese momento exacto en que el virus llegó a uno. Pero ya tenía cuatro semestres de psicología encima y sabía lo que cualquier profesional en salud mental sabe: que las enfermedades mentales aún no tienen una etiología clara y quién sabe si la tendrán. Aun así, durante varias semanas, continué preguntándome qué había hecho que esa enfermedad se manifestara en mí. Qué paso había dado en falso. Pero no hallé una respuesta concreta porque no la había, no había un momento cero, era un juego de dados, una conjunción de genética y ambiente, tenía la predisposición en mí (producto de una larga historia de enfermedades mentales en mi familia), una personalidad que acunaba perfectamente al trastorno (mi tendencia al dramatismo, la inestabilidad emocional y el aislamiento) y una serie de situaciones y prácticas que no habían ayudado en absoluto. Incluso alguna vez me senté a pensar que mi signo zodiacal, sagitario, tan apasionado, extremista y radical tampoco ayudaba. 

Pero lo difícil no era no saber de dónde provenía la enfermedad, sino no tener algo a lo que culpar. No poder saber nunca cuándo fue que ese alguien te estornudó encima y te pegó la gripa. Porque lo curioso de las enfermedades mentales es eso, que no provienen de un agente externo, no es una bacteria o una sustancia tóxica, no es una mutación de tus células, no se ve con claridad en un escáner y no es extirpable. Y por eso mismo es tan difícil disociarlas de quién es uno en realidad y es tan fácil reducirte a ellas. Uno comienza a creer, con una velocidad impresionante, que no es más que un conjunto de síntomas desadaptativos y que ya no se tiene mayor soberanía sobre sí mismo, si es que se la ha tenido alguna vez. ¿Cómo? Si la soberanía, la voluntad, proviene de la mente y es justamente eso lo que tenemos enfermo.

Cuando uno no es el paciente sino el profesional a cargo y comienza a retroceder en las historias de vida para encontrar el momento del inicio de la enfermedad, casi nunca encuentra un punto cero. Si bien es cierto que las enfermedades mentales suelen manifestarse por completo a ciertas edades (la bipolaridad tiene su etapa cumbre entre finales de la adolescencia y principios de la adultez mientras que la esquizofrenia aparece más tarde, alrededor de los 25 años), cuando uno hace el recuento siempre se puede encontrar a la enfermedad asomando la nariz de manera intermitente a lo largo de toda la historia de vida, escondiéndose en conductas que son normales. Y es que cuando se habla de salud mental la línea entre normal y anormal es muy delgada: Todos hemos tenido un desamor que nos ha tenido de llantina en llantina durante un par de semanas, todos hemos sentido en algún momento las ganas de dejar de vivir, todos hemos tenido un ataque de rabia tal que nos provoca coger a golpes una pared y también nos hemos sentido tan felices que hemos querido bailar en medio de la oficina. La tristeza, la rabia, la alegría y demás sentimientos son normales. Nadie va al psicólogo (aunque deberían) después de una pérdida común como nadie corre a urgencias al primer estornudo. Uno llega al consultorio cuando ya varias áreas de su vida han sido afectadas, como yo, que llegué con una relación amorosa en crisis, una familia al borde del colapso y la universidad en ciernes de una catástrofe. Como el paciente que llega cuando la gripe ya es una bronquitis. 

Y entonces se enfrenta uno al diagnóstico. Y a la realidad terrible (muy terrible en ese preciso momento) de que no es algo que te puedan quitar de adentro, que va a vivir contigo siempre, que tienes que aprender a manejar y que, como la muy maldita enfermedad es multifactorial, el tratamiento así debe serlo. Y la borrosa línea de la normalidad ahora ni siquiera es una línea, es más bien una serie de rayitas y te cuesta encontrar cuándo estás siendo tú y cuándo la enfermedad ha tomado las riendas de tu vida (que, acaso, ¿no soy yo misma la enfermedad? ¿no somos una?). Y si es difícil de establecer la diferencia en retrospectiva, a futuro lo es aún más: ya no estamos seguros de cómo nos comportamos estando en remisión y tenemos tanto miedo de volver a caer que en todo vemos un posible síntoma.

Recuerdo que cuando salí del hospital me sentí liberada. Mi depresión había cedido a la medicación, las rutinas y la psicología y me sentía bien (además salir del hospital hace que cualquiera se sienta mejor). Comencé a pasar mucho tiempo con mi familia y con mi novia de la época y empecé a sentirme realmente feliz, estaba en vacaciones, salía de noche, fumaba más (en la clínica no era permitido) y me sentía todo lo maravillosa que me podía sentir en la situación en la que estaba. Hasta que una noche me descubrí en un ataque de llanto muerta del miedo. Temía que esa alegría re-descubierta fuera la siguiente cara del péndulo que es la bipolaridad: la hipomanía. 

Afortunadamente no lo era. Y han pasado años desde entonces, años en los que he ido aprendido despacito que yo no soy la enfermedad. Que puedo sentirme triste o feliz sin estar entrando en un episodio, en que le perdí el miedo a la alegría porque quizá lo más tenebroso de haber leído ese TAB II en mi historia clínica fue ya no estar segura de si mis alegrías eran reales o eran síntomas (nadie, nunca, debería tenerle miedo a ser feliz, pero de eso hablaré alguna otra vez). Aprendí a no sentirme enferma cada vez que me emocionaba o que lloraba y lo aprendí en parte de mi mamá, que tiene una cepa de estafilococos resistentes a cualquier antibiótico dentro de su nariz y no por eso corre al hospital cada vez que estornuda. Convive con ellos, probablemente los va a tener toda su vida y les puedo jurar que mi mamá no es un estafilococo. En mí, no fue tan fácil establecer la diferencia. No hay un montón de bacterias viviendo en mi nariz a las que pueda criar en una caja de Petri. Hay una enfermedad que no sé dónde se aloja ni qué forma tiene, aunque me gusta imaginármela como un pequeño fantasmita negro sin cara en mi hombro derecho. 

 Hoy puedo decir que llevo más de tres meses en eutimia (ese es el nombre que recibe la ausencia de episodios en el trastorno bipolar) y escribo este texto para celebrarlo. Aún no sé si estoy mejor o soy mejor. Si la enfermedad está en un periodo asintomático o si soy yo la que he crecido y soy una mejor versión de mí, una versión que se ha tomado el tiempo de encontrarse, quererse y explorarse. No sé si es que últimamente la vida se ha portado bien conmigo sin presentarme situaciones estresantes y dolorosas, o si es el haberme tomado el tiempo de llenarme de estrategias y herramientas para sobrellevar mejor las cosas y no dejar que los síntomas se conviertan en un episodio, detectando (en su mayoría, que todavía algunos se me escapan) los factores de riesgo y evitándolos a tiempo. Quizá lo más probable, como en toda enfermedad mental, es que la mejoría tenga una etiología multifactorial. 

Estoy mejor y soy mejor, la enfermedad ya no soy yo

Y eso, en esta pelea tan larga, tan llena de dudas y de terreno pantanoso, es una victoria. Y cada pequeña victoria se siente como ganar la guerra. Releer esta entrada notando todo lo que he aprendido, mirar a mí alrededor y darme cuenta de todo lo que he construido y reconstruido, se siente como ganarle al ejército imperial. Por primera vez desde hace más de tres años me detengo a decir: ¡Viva yo!

5.26.2014

Del abstencionismo de mierda y la desesperanza aprendida, un grito electoral.

No sé cómo escribir esta entrada. Lo he intentado tres veces, y he intentado aún más no escribirla. Pero no puedo. No puedo quedarme callada. 

Hace cuatro años estaba levantada a las 8 de la mañana, bañada, perfumada y con mi camiseta verde.  Incluso aunque seis meses me separaban para cumplir mis dieciocho años y tener la claridad mental para poder votar, según la Constitución de Colombia. Hace un par de meses también estaba parada, bañada y con mi camiseta verde. Caminé orgullosa hasta mi puesto de votación aunque es un camino largo y en subida. Voté orgullosa por mi elección y llena de razones y me dediqué a atizar a punta de mensajes en whatsapp a todos los que aún no habían salido de su casa a votar.

Hoy me desperté tarde, abracé a mi perrita con un suspiro y dormí una hora más. Me levanté y me puse a ver un reality de E!. Tenía la desesperanza firmemente agarrada a mi ombligo y no quería enfrentarme a ese tarjetón que me llenaba de malos augurios. Finalmente, a las ya casi tres y  media de la tarde, me ganó el deber. Me paré, me cambié la parte de arriba de la pijama para no verme tan ridícula y me puse unos tennis. Caminé hasta mi puesto de votación como si fuera un hombre que va a un examen de próstata. Llegué faltando 10 minutos para el cierre de las mesas de votación y encontré el lugar vacío. Voté por la candidata más afín a mis ideas, pero sin convicción, sin ganas y totalmente ausente de orgullo y retorné a mi casa arrastrando los pies.

Menos de una hora y media después, me aferraba a mi comprobante electoral como quien se aferra a un salvavidas. La pantalla de mi televisor mostraba que todos mis augurios oscuros se estaban cumpliendo, pero los había sufrido tanto los meses anteriores, entre escándalos de hackers y guerras sucias, que ya no dolían tanto.  Me aferré a mi certificado electoral porque era mi salvavidas moral, porque lo que dolía no era tanto que este país siguiera sin memoria, godo y en pro de la guerra, como me dolía que fuera un país de abstencionistas. Ese era el resultado doloroso: el de la abstención.

Seis de cada diez colombianos que podían votar se quedaron en sus casas, como yo había estado a punto de hacer. Y los entendía, yo también estaba sufriendo de lo mismo aunque mi obediencia me llevó a llevarme la contraria. Y eso de lo que estamos sufriendo todos, en especial los jóvenes (cuyo nivel de abstención supera el 70%) tiene un nombre desde la psicología: se llama desesperanza -o indefensión- aprendida.

El cuento es así: Un día a alguien (no me acuerdo quién, soy más de ideas que de personas) se le ocurrió coger a dos ratas y meterlas cada una en una caja. La caja estaba dividida por una barrita plástica y una de ellas (la caja de la rata experimental, de ahora en adelante E) tenía una tapa que evitaba que E pudiera saltar al otro lado. La caja de la rata control (de ahora en adelante C) no tenía esta tapa. Ambas cajas tenían un mecanismo que electrificaba la mitad del suelo de la caja, suministrándole molestas descargas eléctricas a las pobres de E y C. A la primera descarga, ambas ratas saltaron, C logrando escapar satisfactoriamente del choque eléctrico y E dándose contra la tapa y teniendo que sufrir el choque completo. Pasaron varios choques, aunque no tantos, y al final E ya no saltaba. Se quedaba allí, quieta, esperando el choque eléctrico. Posteriormente, se quitó la tapa de la caja de E. Y se repitió el experimento. E no saltó, se quedó allí, siendo electrocutada. Pasaron uno, dos, cinco intentos más y E tampoco saltó. Nunca más volvió a intentar escapar y se podría decir que se resignó a su pobre vida de rata de laboratorio electrocutada. E había aprendido que hiciera lo que hiciera la iban a electrocutar y por eso al final dejó de intentar hacer algo.

Temo mucho que el electorado colombiano sea E. Esto pasa también en humanos, es una de las teorías más usadas para explicar la depresión, y resulta que en nuestro caso la tapa de la caja ni siquiera tiene que ser real. Selligman dice (clic aquí en caso de querer ñoñear un rato) que en el caso humano las circunstancias que nos llevan a creer que no podemos hacer nada son a veces más una percepción subjetiva que una realidad. Aprendemos, ya sea por lo que vivimos o porque alguien nos lo dice, que la tapa de la caja está ahí y nunca intentamos saltar, a pesar de los choques eléctricos, a pesar de que nos espera un panorama mucho mejor del otro lado, a pesar de que no hay tapa.

¡Claro que nunca nadie a electrocutado así a un humano! Pero siento que esto es lo que pasa en la dinámica electoral. Porque de ese 60% que no vota, la mayoría no vota porque no le importe el país en el que está viviendo (¡¿cómo no te va a importar si a tu abuela la dejan esperando en urgencias 4 horas por la EPS?!, por ejemplo) sino porque ha aprendido que no puede hacer nada votando. Hemos crecido escuchando que votar en realidad es botar, que todos los políticos son iguales, que todo está comprado. Que hagamos lo que hagamos nuestro voto es voto perdido. Y claro, así, ¿quién sale a votar? Y yo estuve a punto de hacer caso a todo eso, de ser una abstencionista más, de caer en la desesperanza aprendida (que además resultó real, porque con esa segunda vuelta me voy a echar a llorar), pero descubrí que no es cierto.

Sí, ¡resulta que no es cierto! ¿qué pasa si no hay tapa? El voto es un mecanismo legítimo para la expresión de la voluntad del pueblo con un correlato jurídico e inmediato, sólo que nunca lo hemos usado. Nunca hemos saltado. En mis diez años de consciencia y memoria electoral la abstención siempre ha superado el 50%. Colombia como país nunca ha votado, nos han gobernado siempre los votos comprados, los arreglados y los pocos que quedan de lealtad partidista. Los que ejercemos voto de opinión somos pocos y vivimos dando patadas de ahogado, nunca hemos ganado. Pero Colombia nunca ha votado, en estos diez años nunca ha habido quórum. O somos un país con una desesperanza aprendida muy arraigada, o somos un país al que le gustan los tiranos, porque "aquel que renuncia a su derecho a elegir, está legitimando la tiranía". 

Mi análisis de estas elecciones es que el panorama cruento y terrorífico que tenemos para segunda vuelta es culpa de los abstencionistas. Y el panorama de hace cuatro años. Y el de hace ocho. Y así. Es culpa de esos 6 de cada 10 que no salieron a votar. Ese 60% que está enviando el mensaje equivocado (quiero creer que es el equivocado y mis conocidos que no votaron me dicen que estoy en lo correcto), le están diciendo al gobierno y a la clase política que hagan lo que hagan no se van a mover. Que pueden gobernar cómo se les antoje. Que menos de la mitad del país los mira y los juzga. ¡Y vaya mensaje tan peligroso! 

En vista de esto, he decidido emprender una campaña a favor del voto para esta segunda vuelta electoral y para todas las elecciones que siguen. La democracia es un sistema que se supone da voz a todos y nosotros cada vez que tenemos el micrófono en frente nos negamos a gritar. Pues yo quiero que, al menos, todos mis amigos griten, de lo contrario he decidido retirarles la palabra. Así tal cual. No sé como se "des-programa" a una rata, pero sí sé cómo hacerlo con un humano y dado que no tengo la capacidad de darles premio a cada uno (refuerzo positivo) he decido retirarles mi palabra por el tiempo que haya entre estas y algunas otras elecciones, que debo confesar que no sé cuánto es, implementando así un castigo negativo. Chachára de psicóloga, al fin y al cabo, pero creo que si cada uno de los que sí votamos hiciéramos esto con nuestros conocidos, el abstencionismo bajaría sustancialmente. Quizá si no les asusta la posibilidad de tener un país como el que estamos encaminados a tener con estas elecciones, les asustará la posibilidad de perder a un amigo.

Y mejor aún, quizá así saltemos. Y de pronto al saltar descubramos que no hay tapa (ya para estas elecciones no fue, porque nos quedamos sin opciones, ni siquiera el voto en blanco tiene algún valor pragmático, pero habrán otras y las conductas hay que volverlas hábitos). Quizá descubramos que sí, pero el chichón al menos hará que nos replanteemos algunas cosas como país. Pero, insisto, ¿qué tal que no haya tapa? Es que, sinceramente, nunca lo intentamos... ¿no estamos cansados de vivir electrocutados?

Ahora bien, no hablo del voto a alguien o en contra de alguien. En realidad no me importa. No me importa si vota por Santos para que no gane Urib¡qué digo! Zuluaga. No me importa si vota en blanco aunque no tenga mayor peso jurídico (en segunda vuelta el voto en blanco es más un acto poético que un acto político). No me importa si escribe de lado a lado en el tarjetón "hijueputas todos" o si mejor lo anula con una flor. No me importa que deje el tarjetón en blanco. Me importa que su cédula quede resaltada en amarillo en la lista y que los pobres jurados no se demoren una hora y media contando diez votos sino que tengan que contar cientos y cientos. ¿Por qué? Porque entonces la lectura que tendrán los políticos es que hay cada vez más personas respirándoles en la nuca, que no somos el 15% (porque es que del 40% que votó, hay que tener en cuenta los votos vendidos, los amenazados y los inventados) los que estamos atentos a qué pasa en este país, sino que somos más. Que somos en efecto una democracia con un pueblo activo, porque este pueblo pasivo no está dando resultados. 

Y es que en este cielo tan oscuro que se cierne sobre nuestras cabezas los próximos cuatro años, gane quien gane, lo que va a importar es eso: la participación ciudadana. La veeduría a un congreso que podría poner trabas (recordemos que entre Verdes, Mira, Polo, UP, CR, hay un peso importante en este congreso, un peso que no está en la silla presidencial) al gobierno de turno si lo presionamos lo suficiente. Lo importante es gestionar proyectos de ley desde la ciudadanía, referendos y consultas. Recuerde que, por ejemplo, al final del proceso de paz habrá un referendo. Pero si no votamos en la elección más importante de estos cuatro años, ¡qué vamos a votar en las pequeñas elecciones!

La democracia se ejerce día a día. Es cierto. Me lo han repetido mis amigos que no votaron un millón de veces (amigos que si no cambian de perspectiva, se quedarán con mi silencio): La democracia se hace en las calles, en las marchas, en los plantones. Y sí, estoy de acuerdo. ¿Pero por qué no mezclamos mecanismos? Una cosa no es excluyente de la otra. Asistir a las urnas a votar así sea para pintarle bigotes a todos los candidatos (a todos, porque recuerde que si se los pinta a uno solo el voto se cuenta) es marcar un grito que luego se hará visible al marchar en la plaza. Si usted no se siente cómodo ni con Santos ni con Zuluaga vote en blanco o anule y luego plántese en la Plaza de Bolívar  (como este evento al que me invitaron: clic aquí) ¡PERO PRIMERO VOTE! ¡Y es que existen ejemplos de que los dos mecanismos son efectivos usados en conjunto! Nada más hay que mirar lo que pasó hoy en Boyacá: un municipio en el cual Santos había ganado contundentemente en las elecciones del 2010 (puede verlo acá) cuatro años después lo deja con menos del 16% de la votación y por debajo de otros tres candidatos (clic aquí para mirar reporte de la Registraduría). La lectura es clara, Boyacá está cobrando en las urnas eso de que "ese tal paro agrario no existe" y para la  segunda vuelta este será un municipio clave en la campaña de Santos pues necesita recapturar los votos de Clara López y de Marta Lucía Ramírez para ser re-elegido allí, de manera que las propuestas de agro tendrán un peso imporante. En cambio no hay un diálogo serio sobre educación superior (les recuerdo que la reforma a la Ley 30 es necesaria y tres años después del adefesio de la primera reforma todavía no tenemos otro proyecto de ley) porque, por lo menos en Bogotá, la abstención en votantes menores de 25 años asciende a más del 70%. No estamos ejerciendo un peso electoral real, ni para bien ni para mal, así que no nos toman en cuenta (¿les sorprende la inasistencia de los candidatos a los debates en las universidades? teniendo en cuenta esto, a mí no, yo tampoco iría a quedarme sin voz en un lugar en el cual la mayoría de los oyentes no va a ir a votar por mí, mejor me gasto en otro entorno).

Así que en conclusión, prefiero vivir en un país de poetas sin remedio que votan en blanco o de pintores frustrados que anulan sus votos con bigotes y flores, que vivir en un país de indiferentes e indolentes, o, ¡peor aún! de tontos. Tontos que tenemos un mecanismo legítimo contra el sistema (porque es un mecanismo del sistema en sí) que nunca hemos querido usar y que además podemos mezclar con los otros cientos mecanismos que se nos han ocurrido sobre la marcha, pero que el sistema no reconoce. Prefiero vivir en un país de ratas con dolor de cabeza a vivir en uno de ratas electrocutadas. Yo no le como cuento a la desesperanza aprendida, soy un ser racional que puede darse cuenta de lo erradas que están sus atribuciones del entorno y cambiarlas, a diferencia de la rata. Y además, algún día la tapa va a desaparecer (si es que está ahí) y vamos a poder saltar a ese otro lado, a ese país diverso, coherente y en paz que sueño y lucho todos los días por construir. Dejemos el abstencionismo de mierda y por una vez hagamos quórum.

Un abrazo de depresión post-electoral,

Eloísa.

5.08.2014

What if...?

¿Qué pasa si...?
¿Qué pasa si no consigo trabajo, si no me gradúo, si no paso ese parcial, si me dejo llevar? ¿Qué pasa si no vuelvo a levantarme, si comer está de más, si ya no me acuerdo de mí? ¿Qué pasa si mañana ya no me quiere, si nunca vuelvo a verle, si la pierdo, si se cansa de mí? ¿Qué pasa si en verdad estorbo, si nadie me necesita, si me olvido de mí? ¿Qué pasa si no sirvo, si estoy cansada, si me dejo ir?

A veces creo que la mayoría de enfermedades mentales empiezan con un "¿Qué pasa si...?". Otras veces, en cambio, creo que ese constante cuestionamiento es lo contrario: una señal de salud mental. Últimamente he barajado la teoría de que no es ni una cosa, ni la otra, de que es sencillamente una puerta y, como toda puerta, la puedes atravesar en dos direcciones. Para entrar o para salir. En mi caso, para entrar o salir de un episodio depresivo.

La preocupación es adaptativa. Si no nos hiciéramos la pregunta de "¿que pasa si me tiro el parcial?", quizá nunca estudiaríamos para ninguno. Además, ese pequeño miedo antes de entrar al parcial, cuando no es extremo, genera una serie de activaciones neurofisiológicas que nos hacen más capaces. La producción de vasopresina, la activación de los lóbulos frontales y su fijación en el estímulo que consideramos amenazantes, el incremento de la presión cardíaca... todas estas cosas hacen que durante esa media hora que estamos sentados frente a la hoja de evaluación, demos lo mejor de nosotros. Si nunca nos preocupáramos por nuestro futuro, probablemente nunca construiríamos uno. Si de vez en cuando no nos preguntáramos si la persona que está a nuestro lado está feliz allí, no intentaríamos de vez en cuando reconquistarle y nuestras relaciones personales serían un fiasco. Por eso digo que la ansiedad, a veces, es una puerta de salida. Cuando estoy deprimida, profundamente deprimida, ninguna de estas preguntas aparece en mi mente. Mi función cognitiva está reducida al mínimo así que cuando, después de varios días de no preocuparme por nada me hago la primera pregunta de "¿qué pasa si...?", lo considero un pequeño triunfo.

El problema es que también puede convertirse en un fenómeno poco adaptativo. Como le sucede a esa persona que entra al parcial y es tanta la presión que se bloquea, y a pesar de que hacía quince minutos podía responder a cualquier pregunta, ya a duras penas sabe qué fecha o cuánto es dos más dos. La preocupación excesiva y constante nos  desgasta. A algunos los lleva a un desorden de ansiedad, a mí debido a la sensación de poco control de las situaciones y a un razonamiento pesimista termina llevándome a la depresión. El miedo paraliza. Y es entonces cuando la ansiedad se convierte en la puerta de entrada. Cuando tenemos demasiadas preguntas acerca de que pasara si, terminamos evitándolas todas y sentándonos en la nada. ¿Qué pasa si nada pasa? Pues precisamente eso, nada. La nada. La playa nublada y fría en que el amanecer no se distingue del mediodía, la depresión.

Últimamente me he hecho mucho estas preguntas y no sé si estoy cruzando la puerta para el lado correcto. Es difícil manejar un equilibrio entre las preguntas que son útiles para mi vida diaria y aquellas que simplemente generan miedo y desgaste, así que he resuelto enfrentarme siempre a la pregunta más aterradora primero, porque así las demás pierden su importancia y se van diluyendo. Es más terrible enfrentarse a la pregunta de ¿qué pasa si pierdo el semestre? que a la pregunta de ¿qué pasa si me saco mala nota en esta exposición? y cuando uno logra llegar a la conclusión de que incluso perder el semestre no es una situación tan desastrosa, el miedo a sacar una mala nota ya no resulta paralizador sino adaptativo. Incluso, ya ni siquiera resulta ser miedo.

Ahora bien, no todas las preguntas de "'¿qué pasa si...?" son malas. ¿Qué pasa si por una vez todas las cosas están saliendo bien?

No sé, pero debe asemejarse mucho a esto que está pasando. A cruzar la puerta en la dirección correcta.

3.30.2014

¿Estás triste? No, estoy llena de bruma.

La bruma es la imagen literaria que siempre viene a mi mente cuando intento hablar de esto que me pasa (o, quizá, esto que no me pasa, porque hay un momento en que ya nada pasa y no sé qué es peor). La imagen es clara y siempre es la misma: Estoy parada en la mitad de la pequeña playa pedregosa de un pueblo inglés que visité alguna vez. Frente a mí sólo hay bruma grisácea y no hay límites, el cielo y el mar se funden en uno y el horizonte desaparece. Es sólo esa pared algodonosa que no empieza y no termina. Que se mete, húmeda y helada, en los pulmones al respirar. Que me rodea por todas partes. Que me aísla, estoy sola y no hay nadie aunque tampoco veo mucho más allá de mi brazo extendido. Sólo se oye el mar, rugiendo, inamovible. Un ruido que nunca calla y que no me deja pensar. Y hace frío, muchísimo, ese frío que corta y que cansa, que da ganas sólo de hacerse un ovillo y esperar. Aunque ni sepa ya qué espero.

Así se siente para mí estar deprimida. O algo similar. Una vez intenté compararlo con el monstruo de El viaje de Chihiro, Kaonashi, pero aunque a veces mi depresión es un pequeño monstruo sin cara que  va creciendo conforme me traga y que habla con mi voz, prefiero pensar en ella como un lugar. Por eso y porque el sincara en últimas me cae bien y tengo miedo de haber convertido a mi depresión en una amiga.  Es más poético plantearlo como un lugar que enumerar uno a uno los síntomas que ya conozco de memoria (anhedonia, afecto plano, apatía, abulia, anorexia, irritabilidad, ideación suicida, ideas fijas de minusvalía, hipersomnio, conducta autolesiva y podría seguir recitando como recito Rinrin Renacuajo pero no tiene sentido), ¿no?

Me diagnosticaron bipolaridad tipo II hace dos años. Dos años antes de eso, ya me habían diagnosticado una depresión mayor. Hace dos años estuve interna en una clínica psiquiátrica por un rato, hasta que me cansé de estar entre la bruma y decidí salir a caminar. Claro que las rutinas, las pastillas y la psicología ayudaron, pero me gusta creer que fue mi espíritu nómada el que me sacó de ahí. Hace seis meses dejé la medicación por completo, craso error. Igual los médicos tradicionales y yo no nos llevamos muy bien, soy de esas que se crió curándose los males con cristales y agüitas varias. Pero debo admitir que cortar de golpe y sin aviso fue un error. El primero de una serie larga de errores. 

Ahora estoy teniendo una crisis depresiva. Estoy de nuevo sentada en la playa gris y me froto las manos para conservar algo de calor.  Sé que cumplo los criterios de un episodio de depresión mayor porque me entrené para saberlo, pero eso no dispersa la bruma. Llevo veinte días aquí. Ya corrí en círculos buscando la salida y al tropezarme me raspé las rodillas (en la vida real eso equivale a que tuve una crisis de angustia y rompí el vidrio de mi ventana, cortándome en el proceso, pero es más bonito imaginarme corriendo a la orilla del mar). A esta playa siempre es más fácil llegar que salir, tengo miedo del día en que encuentre una carpa o una mecedora aquí y no vuelva a sentir la necesidad de salir ya jamás. O el día en que al salir a correr me pierda y ya no me encuentre nunca. El día en que una cortada sea fatal. El día en que esté sintiéndome tan mal que no tenga cómo hacerle frente a la idea insistente de saltar por la ventana. El día en que, tras veinte días de bruma, decida efectivamente tomarme todas las pastillas del botiquín con vodka. 

Lo he pensado. Sí. Cada uno de esos escenarios y otros varios. Los he deseado, incluso. Hasta me los he argumentado lo más lógicamente que mi mente ha podido. Pero me acuerdo de un término japonés: kintsukuroi, que habla de reparar la porcelana con oro y de cómo esa pieza es más hermosa ahora por haber estado rota. Pienso que ojalá algún día pueda repararme con oro, pero que no me molesta mientras tanto volverme una y otra vez a reparar con resina de dentistería rosada como la que usaba mi abuelo para reparar todo lo que caía en sus manos. Pienso también en la rabia que me da que Kurt Cobain se haya matado a los 27 y en lo guapo que se vería ahora canoso. En todo lo que le faltaba a Alejandra Pizarnik por escribir y lo mucho que hubiera querido leer su novela. Pienso que Alfonsina no debió internarse en el mar y que a Hendrix lo extraña mucho su guitarra y los treinta o cuarenta años de música que habría podido seguir haciendo. Y si bien yo no soy músico, actriz, poeta... ni siquiera creo ser buena psicóloga, no estoy dispuesta a dejarme ganar la pelea aunque, coño, cómo cuesta.


Hace frío, me siento sola y aunque sé que hay gente por ahí la bruma no permite verlos, no sé si están lejos o cerca, no sé si me puedan encontrar. A veces tengo la energía suficiente para pedir auxilio, pero no siempre. Hay un buque de guerra permanentemente sobre mis costillas y no se hace fácil respirar. Pensar me cuesta, el incesante rugido del mar me impide hilar las ideas. Cuando tengo ánimo juego candy crush y en este estado siempre pierdo porque no puedo concentrarme lo suficiente.  Aunque hay días buenos y días malos, claro. Hoy es un buen día. Hoy me bañé, me vestí, tendí la cama, comí y hasta salí a dar una vuelta. Creo que ha salido un poco el sol porque la bruma brilla, más blanca que gris. Todavía no veo con claridad, estoy cansada y he tenido ganas de llorar sin razón al menos unas tres veces, pero ya no quiero estar aquí. Volví a tomar la medicación, saqué cita con la psiquiatra, volví al origami. Pero aún no estoy de vuelta (y hay una pequeña parte de mí que sabe que una vez pisas este lugar nunca vuelves del todo, "la depresión nunca termina de irse, de pronto da coletazos" dice Sabina).


Y bueno, aquí estoy, llena de bruma pero con una leve idea de dónde está la salida. Y vuelvo al blog, vuelvo a escribir, porque esto es lo que siempre me ha salvado. Porque las letras son mis migajas de pan en el bosque de Hansel y Gretel, no sirven de mucho para hallar el camino de vuelta a casa pero llenan la vida de pájaros y uno tiene la sensación de que sí, de que conoce el camino de vuelta. Lo bello es, a veces, inútil (como recitar Rinrin Renacuajo, como saberme el nombre en japonés del sincara, como las grietas restañadas con oro, como el origami, como este paréntesis...como yo).

3.21.2014

Autorretrato.

Tiene la cabeza siempre entre las nubes de su pelo revuelto. Azul, verde, dorado. Como un cuadro de Van Gogh. Como campo de trigo con cipreses aunque hay días en que quisiera pintarse todo de azul y violeta y parecerse más a la noche estrellada. En sus pupilas se tejen historias que a veces terminan mal y toda ella se oscurece y quiere cerrar los ojos con fuerza y no abrirlos más. Quizá es por andar con tantas historias que es miope y no ve lo que hay justo bajo sus narices. El presente nunca le pareció un lugar interesante para vivir. Tiene los labios quebrados de tanto morderlos, por angustia, por manía, por costumbre, por ganas. Esas mismas ganas que la hacen sonreír torcido y, de la nada, hacen aparecer un hoyuelo, uno, dispar, en su mejilla derecha. Asimétrico como toda ella. Tiene el cuello largo por siempre estar mirando para arriba y dos lunares bajo la clavícula derecha. Todo lo tiene un poco a la derecha, aunque siempre sea más de izquierdas. Si achicas los ojos puedes ver una sombra sobre sus hombros, una que nunca se va y que a veces la agarra también por la cintura y le murmura cosas al oído. ¿Recuerdas el monstruo gris de la máscara blanca en el viaje de Chihiro? Kaonashi.  Sin cara. Algo así. Es un monstruo que la devora y a veces toma su forma, habla como ella, pero otras veces es sólo una pequeña capa gris, casi transparente. Especialmente si hace sol y alguien le cuenta las costillas. Sus costillas. Sus costillas son como las ramas de un árbol, largas y escalonadas y bajo ellas hay un mar. La mar, en femenino, como la de El Viejo y el Mar, porque ella está toda construida de mujeres. En los días de frío se puede escuchar rugir, en tempestad, con la bruma que se le sube a la garganta y los barcos que enfilan hacia su ombligo, hacia puerto seguro. En la mitad del pecho tiene una grieta, profunda, que le parte la vida de lado a lado y atraviesa toda su caja torácica. A veces, hay quien ha logrado plantar girasoles, amapolas o dientes de león allí. Otras veces sólo crecen hierbajos. Tiene los brazos largos y delgados, igual que sus dedos. En alguna otra vida debió haber sido pianista. Tiene las muñecas delgadas y huesudas, como las caderas, aunque sean anchas. Sí, como las de la Venus de algún artista renacentista aunque no se sabe a ciencia cierta cuál. Sus piernas, en cambio, largas e inquietas, tachonadas de cicatrices, recuerdan a una pintura de Klimt. A las piernas de la modelo de el pintor y la modelo. Y su cuerpo termina, aún un poco en las nubes, en unos pies pequeños que dan la impresión de siempre querer salir corriendo, de poner pies en polvorosa. Y es que ella a veces sencillamente parece un atardecer lleno de bruma.

1.18.2014

Ella, pedacito de cielo. (I).

Hoy amanecí con una mujer en todo el cuerpo. No la conozco, no recuerdo su nombre, no sé qué hace acá. Respira sobre mi cuello, siento su boca húmeda acercarse a mi oreja. No quiero abrir los ojos, sé que la  he estado soñando antes de despertarme y no quiero que desaparezca. Huelo su pelo, quiero tocarlo, enredo mis dedos en él y siento la piel de su nuca, suave, tersa. ¿Sigo soñándola o realmente está, por fin, acá? Su lengua roza el lóbulo de mi oreja y la sensación vuela, baja, la siento en los labios, en la punta de mi propia lengua, en el esternón, debajo del ombligo, en la entrepierna. Siento sus dedos en mis muslos, mi boca entreabierta la busca pero ella no llega y yo no sé cómo llamarla. Se aleja y se ríe con burla.  Siento que se va a ir. ¿Cómo la retengo? ¿Qué palabras la harán quedarse en mí? Me rindo, abro los ojos pero no la miro, temo. La agarro fuerte de la cadera y hundo mi cara en su pecho. Siento su respiración agitada, mis pestañas contra su piel, mi lengua que cuenta de dos en dos sus costillas. Si eres sueño hoy no despierto, le digo entre dientes. Se ríe. Me agarra de la cintura y me gira, me inmoviliza. Se me acaloran las mejillas y mi corazón parece galopar. Su peso sobre mi cadera me hace temblar y no tengo de otra que aferrarme a ella con fuerza, de arañarle la espalda, de lamerle el ombligo, de amarla. Le grité "quédate" con mi boca sobre su cuello, sobre sus pechos, sobre su cadera. Hoy amanecí con una mujer en todo el cuerpo y al despuntar el sol, ya no estaba allí.

12.30.2013

Epistolario.

Hey you, out there in the cold 
Getting lonely, getting old 
Can you feel me? ~

Bonita,

La he visto irse más veces de las que puedo contar. Me sé el ritual de memoria: Se pone la mochila en el hombro derecho, esconde el pelo en el saco, dice algo en voz baja y sale dando un portazo. Se ve muy guapa de espaldas y por alguna razón siempre espero que voltee y nunca lo hace. Yo tampoco corro detrás de ella. Y nunca sé de quién es el error, si de ella por irse o mío por quedarme. También yo he dado un par de portazos y he salido corriendo, no puedo negarlo, pero siempre me quedo sin aire rápido. Estoy cansada. Tomo gotitas de Olivo y Corazoncillo para el mal de amores y vuelvo una y otra vez al origami a hacer grullas, que es lo único que sé doblar. También leo libros y duermo más de la cuenta como hacía de pequeña para escapar. Recito consejos de autoayuda y hasta pego post-it en las ventanas con propósitos que nunca cumplo. Mis amigos están cansados de que siempre que tomo de más termine buscándola en mi cajón de recuerdos. También se ríen de mí y de mi ciclotimia amorosa en la cual nunca se sabe si quiero hablar de ella o me arde que la nombren. No sé no amarla. Todavía respondo el teléfono si llama y le doy consejos aunque eso implique olvidarme de mí y todavía daría la vida para que nada le vuelva a doler jamás. Claro que a veces también quiero golpearla, olvidarla y entonces la borro de todas mis redes sociales y apago el número celular. ¡Cómo si eso sirviera de algo! Sé que no es sano pero la coca-cola tampoco y si no puedo dejar a la segunda, menos a la primera. También tengo más mujeres, que hay una a la que le debo la vida aunque ya casi no se acuerde de mí, que hay otra cuya voz ronca me mueve el alma como si fuera cuerda de guitarra y a quien le digo te amo prometiendo que le donaría un riñón porque así de fucked up son mis historias de amor. Incluso tengo un fantasma viejo, un lobo de mar que me atrapó cuando era sirena y que todavía puebla mis pesadillas cuando hay luna nueva. También te busco a ti, debo confesarlo, te busco a veces, en los mensajes de texto, en la esquina derecha de mi sonrisa, en una que otra canción de Pink Floyd. Te busco en la nada, que al fin y al cabo aquí nada está pasando. Y, por supuesto, hay meses en que se me llena la vida de desconocidos y de besos de bar con personas advertidas de que voy a emprender retirada pronto porque no soporto los no-amores cómodos, soy presa fácil del tedio.

No puedo con la vida cuando no pasa nada, ¿sabías? Quizá ya me conoces lo suficiente como para saberlo. Será el alma de poeta, como dices tú, yo creo que es una pequeña pulga que vive en mi esternón y me pica cuando no me muevo. Aprendí del dolor a sentirme viva hace ya muchos, muchísimos años. La adrenalina emocional es mi adicción más complicada, más que al cigarrillo, a las personas, los relajantes musculares o a la cafeína. Y pago las consecuencias a tiempo y en efectivo, a punta de soledades, morados, cicatrices y un cansancio que no me deja sino cuando voy a bailar. Siento la vida hasta el agotamiento, me enamoro igual. Por eso la amo hasta los huesos y los oigo romperse cuando se va. Por eso mi riñón derecho le pertenece a alguien que no soy yo. Por eso cuando llama se me encoge el estómago a tal punto que se me quita el hambre por horas, casi días. Por eso cuando beso se me dilatan las pupilas. Y cuando beso y no pasa salgo corriendo, porque no soporto a la gente que cuando besa no muerde, que nunca ha saltado al vacío, que no entabla conversaciones a las tres de la mañana con sus fantasmas. No sé por qué te escribo todo esto, quizá porque necesitaba hacerlo, quizá porque te quiero, quizá porque quiero que me conozcas, quizá porque sí. No pido que entiendas la vorágine en la que me acostumbré a vivir y en la cual ella es mi ingrediente favorito porque me conoce maravillosa y terrible y en su momento me amó (¿ama?) así; hace mucho dejé de pedir que alguien entendiera y empecé a llenar las conversaciones de silencios y suspiros resignados. A veces, en días como hoy, tanto sentir me deja exhausta y sólo sé hacerme un ovillo, enrroscarme sobre mí misma, confortably numb. Me escondo, sí, porque no sé cómo explicar lo que pasa durante y después de esos ataques de... ¿de vida? ¿de rabia, de risa, de lágrimas, de besos, de promesas, de reclamos? ¿de destellos de luces de colores en mitad de la más profunda oscuridad? Porque a veces ni siquiera tengo fuerza para recordarlos por completo, porque a veces ni siquiera tengo la fuerza para reconocerlos por completo. Prefiero el silencio porque antes hubo tanto, tantísimo ruido...

Y luego algo me salva. Me salva de quedarme ahí, estancada, inmóvil, en esa inapetencia que tanto miedo me da pero a la que siempre vuelvo. Con la que tanto peleo. A veces no sé si esa soledad, esas ganas de silencio, de quietud y de recogimiento son un rasgo de personalidad o algo un poco más patológico. El punto es que algo me salva, una canción de Disney, el amanecer de colores, que me regalen un chocolate, descubrir que a Mila le gusta Pink Floyd y que me gruñe si pauso la canción, sentir que se me arruga la nariz cuando sonrío con todos los dientes. Algo me salva y me embarco en la otra cara de la luna, en la cara brillante, en esa que mencioné antes y hace origami, recita poesía, toma té arrunchada en su cobija favorita (porque no tomo café cuando ella acaba de irse, me sabe demasiado amargo) y baila en calzones encima de la cama. Pero soy pendular, el tiempo y el mundo también lo son aunque la gente no lo sepa ver, pero yo soy marcadamente pendular y por eso la dejo (a ella y a mi depresión, no sé exactamente a cual me refiero) volver las veces que quiera aunque tenga que repetir el ritual de las lágrimas, la puerta que se cierra y los golpes sordos a la pared. Quizá por eso, como dice Ismael, me enamoro de mujeres comprometidas, llenas de abrazos, de camas compartidas, quizá por eso me enamoro de mujeres jodidas porque necesito poderme reflejar un poco. Porque no hay nadie que pueda entender mi andar torcido si no está, al menos, un poco chueco. Porque no soporto que me juzguen ya que soy juez por excelencia de cada cosa que hago y tengo parámetros para mí tan rígidos que a cualquiera le darían pavor. Quizá, sí, estoy enamorada de esa yo terrible de golpes, muertes y ojos hinchados aunque cuando aparece la odie y me llene de miedo. Y no porque esté enamorada quiero que se quede ahí para siempre, pero la necesito, me necesito, porque la otra opción es peor. 

Te quiero y agradezco mucho que hayas estado ahí aunque todavía dudo que te quedes. Dudo porque yo no me quedaría conmigo si me pudieran dar a elegir, pero estoy trabajando en eso de a pocos. Lamento no escuchar, pero acerca de si ella vale o no la pena la suerte está echada y siempre la valdrá. Todas las mujeres a las que amo valen la pena porque no las amo por el bien que me hacen sino por quiénes son, con todo y sus miedos, sus dobleces mal hechos, sus fantasmas. Eso las hace quienes son y quienes son me ha enseñado mucho aunque no siempre de la manera más fácil, porque no sé aprender de la manera fácil, soy de las que nunca entendió que el fuego quemaba hasta que se quemó. Te quiero y no espero que me quieras, pero lo haces y entonces esperaré que me quieras así, con los silencios y los gritos. 

Un abrazo grande lleno de frío,
Yo.


Your lips move but I cant hear what youre sayin.
When I was a child I had a fever.
My hands felt just like two balloons.
Now I got that feeling once again.
I cant explain, you would not understand.
This is not how I am.
I have become comfortably numb. ~