Es la primera vez que pisa ese café. Se siente extraña, dado
que conoce prácticamente todos los cafés de la ciudad, tanto así que su exnovio
bromeaba con que ella tenía más cafeína que sangre en las venas. Pobre diablo,
jamás entendió la magia de un tinto oscuro en la mitad de una tormenta
sentimental. Es más, jamás la entendió y fue por eso que a pesar del buen sexo
la relación se fue al carajo. Porque más que orgasmos ella necesitaba en ese
momento de su vida que la entendieran, que le proporcionaran un buen marco en
el que existir porque su cabeza se iba siempre por las variantes y ya no sabía
si se había pasado su vida avanzando o retrocediendo.
-Un tinto bien cargado, por favor.- Pidió y se sentó en la
esquina, afuera, donde el viento de la tarde le despejaba el humo del cigarro
que acababa de prender, y de paso le aliviaba el dolor de cabeza que con el
tiempo se había convertido en un compañero más, otro testigo de su soledad como
la mala costumbre de morderse las uñas o las ojeras marcadas por las que ya
nadie preguntaba.
- El café es un gusto aprendido, ¿sabía?- Le mencionó al
mesero que le traía su taza humeante; en momentos de tormenta odiaba tomar café
en vasitos de cartón, porque no los podría apretar con fuerza entre sus manos.
El mesero asintió con una sonrisa y siguió para la mesa siguiente, total no le
pagaban por oír las ocurrencias de los clientes.
El café es un gusto aprendido. A nadie le gusta el café
cuando pequeño, de buenas a primeras. Siempre es mejor un helado o una gaseosa,
algo cuyo sabor amargo no se te quede pegado por horas al paladar. La tristeza,
ahora que lo pensaba, era también un gusto aprendido. Sonrió torcidamente, era
tan adicta a uno como a la otra. Cerró los ojos con fuerza, apretándose el
tabique entre el índice y el pulgar y suspiró, deseando por un momento volver a
la edad de los helados donde la tristeza no era más que un ejemplo de cómo usar
la z. Ahora su ortografía era perfecta, pero su vida no, y su paladar ya no
toleraba igual el azúcar. Él, su ex, jamás había podido entender su falta de
gusto por el azúcar, tanto así que insistía en regalarle bombones con arequipe
todos los septiembres, los catorce de febrero y hasta en navidad. Él era, en sí
mismo, un bombón con arequipe, y hacía falta un expreso doble para compensar.
Por eso le puso los cachos.
- Otro tinto y un cenicero, por favor.-Pidió, y el mesero de
la sonrisa complaciente no demoró en llevárselos.
Al bombón le había metido los cachos al año y medio de
relación, con el primer cabrón que se encontró. Un gallito de pelea de esos que
les gusta el sexo duro y el whisky seco, que la trataba como un trapo viejo y
la hacía llorar de rabia cuando comprobaba que sus besos no le aceleraban, ni
una milésima, el corazón.
Una noche, entre vino y música de mal agüero, le contó. “-Llevo
dos meses acostándome con alguien que no sos vos-”, le soltó, sonriendo torcido
y esperando un hija de puta, que mal que bien se merecía. Pero no pasó. Siguió
siendo ese menjurje edulcorado. Le apretó la mano con fuerza y con la voz llena
de ternura le preguntó que tenía el otro que no tenía él. No pudo responder. En
realidad, era al contrario, se acostaba con el otro porque no tenía corazón y a
este le sobraba. Quizá debía decirle que…. ¿Que qué?¿Que era mejor polvo, que
la hacía sentir mejor? Posiblemente hubiera mentido, si eso hubiera suscitado
una respuesta diferente, pero ahora estaba segura que hubiera sido la misma: “Te
quiero. Vos verás qué haces, pero cuéntame la próxima vez, así no me preocupo
por vos las noches que no estés en mi cama.” Y la besó, la besó con toda su
dulzura.
Al día siguiente, ella había mandado a la mierda al cabrón
que con un vale, nena, que total ya me hacía falta cambiar de entrepierna, la
dejó ir. Sin mirar atrás. Y se preparó para seguir con el coma diabético,
porque si eso no había alcanzado para amargarle un poquito el alma, estaba
resignada a que nada lo haría.
Sí, el café y la tristeza eran un gusto aprendido que se iba
poniendo más amargo con los años. Ella empezó con los moka en el bachillerato,
cuando la vida le parecía tan apurada que no tenía tiempo de dormir. Cuando su
primer amor, a punta de palabras, le desnudaba las noches en las que tendría
que estar estudiando trigonometría, o alguna de esas cosas que nunca le había
servido para nada después de recibir el diploma. Posiblemente ahí había empezado
a coquetear también con la tristeza. Luego pasó del moka al cappuccino, luego
le quitó el azúcar y ya el amargo del expreso apenas si le provocaba
cosquillas. Con la tristeza fue un proceso similar en el que ya había llegado
al punto en el que estaba triste por el mero hecho de estarlo, de llenarse los
pulmones de agua salada y neblina, como una tormenta a mar abierto.
Aguantó un año y medio más con el chico de los bombones que
jamás dejó de quererla, aunque nunca supo navegar entre sus indecisiones y mucho
menos ser un faro que le ayudara a definir el rumbo. El pobre diablo la quería,
y la quería bien, pero jamás fue capaz de tomarse el café sin azúcar. Le dijo adiós una tarde soleada, sin lágrimas
ni dramas; empacó la maleta y le dejó una caja de besos de chocolate en la
encimera. Se fue sintiendo que no entendía ni siquiera por qué se iba, pero que
él tampoco le daba razones para quedarse.
Esa noche fue a un bar, ella que siempre ha sido más de cafés,
y tomó vodka hasta terminar vomitando en una esquina todas las mariposas
muertas que se había tragado esos tres años. Ahora, llevaba un año durmiendo
sola.
- ¿Desea algo más?- Preguntó el chico de la sonrisa, y ella
pidió otro café, mientras adicionaba correctamente que era de esos que regalaba
también bombones, o quizá muffins con chispitas y corazones, esos que cada vez
se ponían más de moda y a ella le provocaban arcadas.
La verdad sea dicha, ella les tenía cierta envidia. Envidia
a ese amor azucarado que haría feliz a casi cualquiera, y seguro que no
esperarían mucho antes de encontrar, precisamente, a una cualquiera que
rompiera su dieta por ellos y guardara los empaques de los chocolates en la
mesita de noche. Una de esas que toman azúcar con café, en vez de al revés, y
pasan las tristezas corriendo para que no vayan a pensar en quedarse… ella, en
cambio, siempre las acoge en casa y les presta el colchón.
El tinto llegó a la mesa y ella se tomó el primer trago sin
esperar, quemándose la punta de la lengua. Capaz así era como se había quemado
también el corazón… Fue entonces que lo entendió.
Pidió un salero ante la mirada asombrada del camarero quien,
fiel a su política de “el cliente tiene razón” aunque no la tenga en absoluto,
se lo llevó y observó aterrado como ella vería una buena parte del polvo blanco
en la taza y, mientras revolvía con delicadeza, le decía: -Verá, todo este
tiempo he creído que mi problema es falta de amor del bueno y exceso de café;
lo que nunca noté es que soy como el mal invento de un barista loco: aprendí a
sazonar mi amor amargo con lágrimas… y, ¿sabe usted? Este es el resultado. Soy
un café con sal. Un café cuyo gusto no se adquiere ni con toda la edad del
mundo. –El mesero la miró borrando su sonrisa, mientras ella se bebía el café
de un sorbo, casi sin respirar, dejaba paga la cuenta, y levantándose le decía –
No te metas nunca con una mujer enamorada de la tristeza, porque no hay bombón
que arregle un café con sal. Como yo, que son intomable hasta para mí.-